La pastelera de los martes tristes Capítulo 10
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Capítulo 10

Candela entró el jueves con cara de tener un plan, que en una niña de ocho años es una cara peligrosa.

Se subió al taburete de la barra, dejó la mochila en el suelo con un golpe de determinación, y esperó a que Mariona terminara de cobrar a un cliente antes de exponer su asunto. Cuando estuvieron solas, se inclinó hacia delante y bajó la voz, como quien negocia algo gordo.

—Necesito un dulce mágico —dijo.

—Todos mis dulces son mágicos, según tu abuela Pili.

—No de esos. Uno de los de verdad. —Candela la miró muy seria, con el hueco del diente ya casi cerrado—. Uno que haga que a mi madre le den el viernes libre.

Mariona dejó el trapo despacio.

—A ver. Cuéntame.

Y Candela le contó. El viernes por la tarde había merienda de las familias en el colegio.

Venían las madres, algún padre, alguna abuela, y merendaban todos juntos en el patio con bizcochos y zumo, y cada niño enseñaba a su familia los dibujos que tenía colgados en clase.

Todos los años igual. Y todos los años igual, la madre de Candela, que era enfermera y esa semana hacía turno de tarde en el hospital de Santander, no podía ir.

El año pasado fue la abuela Pili, pero la abuela Pili se había caído en agosto y andaba con el bastón y con el patio del colegio no se apañaba bien.

—Así que voy a ser la única sin nadie —dijo Candela, y no lo dijo llorando, lo dijo con la frialdad terrible de los niños cuando han pensado mucho una cosa—.

Otra vez. Y ya me da igual, ¿eh? Pero he pensado que si tú le haces a mi madre uno de tus dulces, de los que arreglan a la gente, a lo mejor le arreglan el turno y le dan el viernes libre y puede venir.

Le pago con mi hucha. Tengo seis euros y una moneda que no sé de qué país es.

Mariona se quedó mirándola, con aquella propuesta puesta sobre la barra como una moneda de un país que no existe, y sintió que algo se le caía por dentro despacio.

Porque no podía. Esa era la verdad fea y sencilla: no podía.

Sus dulces hacían muchas cosas, pero no hacían esa.

No movían los cuadrantes de un hospital, no le daban días libres a nadie, no cambiaban el mundo de sitio.

Podían aliviarle a una persona el peso del pecho, ayudarla a dormir, a recordar bien, a aguantar un día difícil.

Eran para el corazón, no para la vida. Y a veces, como aprendía en aquel momento con una cría delante ofreciéndole seis euros, el corazón y la vida no eran la misma cosa, y ella solo sabía tocar uno de los dos.

Podría haberle mentido. Habría sido lo fácil: cógete tu bizcocho mágico, cariño, ya verás cómo el viernes tu madre viene.

Y el viernes la madre no vendría, y Candela aprendería, encima de a estar sola, que la única persona que le arreglaba las cosas también le mentía.

Mariona no iba a hacerle eso. A los niños, su abuela se lo decía siempre, se les puede no contar todo, pero no se les miente en lo que importa.

Así que se sentó en el taburete de al lado, quedando a su altura, y le habló claro.

—Candela, escúchame. Te voy a decir la verdad, porque tú y yo somos amigas y a las amigas no se les cuentan trolas. —Cogió aire—. Mis dulces no pueden hacer eso. No pueden darle a tu madre un día libre. No funcionan así.

Candela frunció el ceño, receloso.

—Pero si curan a todo el mundo. Le curaste el sueño a don Sabino. Y a mí me arreglaste lo del ratoncito.

—Eso es distinto. Yo puedo ayudar a que una persona esté mejor por dentro cuando lo está pasando mal.

Puedo quitarle un poquito de la pena, o del miedo, o del cansancio.

Pero no puedo cambiar las cosas de fuera.

No puedo hacer que en el hospital sobre gente para que tu madre libre.

Ojalá pudiera, te lo juro. Si mis dulces sirvieran para eso, le haría a tu madre uno cada semana. Pero no sirven. Sirven para otra cosa.

—¿Para qué otra cosa? —Candela lo preguntó con verdadera curiosidad científica, que era su manera de encajar los golpes.

—Para lo de dentro. —Mariona se llevó la mano al pecho—. Y a lo de dentro sí que le podemos hacer algo. A lo tuyo y a lo de tu madre.

Y como no soportaba dejar a nadie con las manos vacías, y menos a aquella cría, se puso a pensar deprisa, con la cabeza que tenía para arreglar a la gente, en qué sí podía hacer que fuera verdad y no magia de mentira.

—Vamos a hacer dos cosas —dijo—. La primera: a la merienda del viernes voy contigo yo.

Candela levantó la cabeza de golpe.

—¿Tú?

—Yo. Cierro la tienda un rato, que para eso es mía todavía, y me planto en el patio de tu colegio con mi mejor cara y un bizcocho enorme, y me enseñas los dibujos uno por uno, y si alguna otra madre dice algo, le digo que soy tu…

—dudó un segundo— tu madrina de dulces, que es un cargo que me acabo de inventar y que es muy importante.

Así no eres la única sin nadie. Eres la única que viene con la pastelera del pueblo, que es bastante más que una madre normal, dónde va a parar.

A Candela se le empezó a deshacer el ceño.

—¿Y la segunda cosa?

—La segunda es para tu madre. —Mariona bajó del taburete y fue hacia el obrador—.

Tu madre no puede ir a la merienda porque está cuidando a gente en el hospital, que es un trabajo importantísimo, de los que hacen los héroes.

Y llega a casa por la noche reventada, ¿a que sí?

Tarde, cansada, sin fuerzas ni para cenar.

—Se sienta en el sofá y a veces se duerme con los zapatos puestos.

—Pues tú y yo le vamos a dejar preparada una cosa para cuando llegue.

La vamos a hacer juntas, tú y yo, ahora mismo.

Un dulce de los míos, hecho pensando en ella, en lo cansada que llega, para que cuando lo coma se le afloje un poco el día y descanse de verdad.

Eso sí lo puedo hacer. Eso es lo que sé hacer.

No le voy a dar el viernes libre, Candela, ojalá, pero le voy a hacer las noches un poco menos duras. ¿Trato?

Candela lo pensó, con la seriedad con que pensaba todo, sopesando la oferta contra el sueño imposible del día libre. Y decidió, como decidían los niños cuando alguien les cambiaba una fantasía por algo verdadero que podían tocar, que el trato era bueno.

—Trato. Pero me guardo los seis euros.

—Faltaría más.

Le puso el delantal de Rosa, el grande, que a la niña le arrastraba por el suelo como una túnica de reina, y le dejó romper los huevos —dos, y solo se le cayó media cáscara— y remover la masa con una cuchara de palo más alta que ella.

Candela se lo tomó como una misión de Estado, con la lengua asomada por la comisura, informando en voz alta de cada paso («ya está, ¿ahora qué?

, ¿echo el azúcar?, ¿todo?, ¿seguro que todo?

»), y Mariona se descubrió riéndose más de lo que se había reído en toda la semana, que buena falta le hacía.

Y mientras removían, por debajo de la risa, le seguía doliendo lo de antes.

Porque Mariona se pasaba la vida arreglándole las cosas a la gente, y le gustaba, y en el fondo era lo que le daba sentido a los días.

Pero aquella tarde había tenido que decirle a una cría de ocho años que había una cosa, la que la cría más quería en el mundo, que ella no podía arreglar.

Que su don, el famoso don de las manos de Rosa, tenía un tamaño, y que fuera de ese tamaño no llegaba.

No llegaba a los cuadrantes de un hospital ni a la soledad de una madre trabajadora ni al hueco que deja un padre del que nadie hablaba.

Ella podía endulzarle a Sonia una noche mala.

No podía darle una vida más fácil. Y por primera vez se preguntó, removiendo aquella masa con una niña disfrazada de reina al lado, si no llevaría toda la vida confundiendo las dos cosas: creyendo que curaba a la gente cuando lo único que hacía, en realidad, era acompañarla un rato en lo que no tenía cura.

La idea le duró un segundo y la apartó, porque era jueves y había un bizcocho que sacar y una niña a la que hacer reír. Pero se le quedó dentro, agazapada, como se le quedaban las cosas importantes, para salir cuando menos le conviniera.

Y mientras removían, Mariona pensó en Sonia, la madre, a la que conocía poco pero le bastaba: una mujer joven, sola, que se dejaba la piel de noche por gente ajena y volvía a casa a una niña dormida y a una suegra que roncaba, y que se perdía las meriendas del cole no porque no quisiera ir, sino porque el mundo no le daba la vida para todo.

Horneó pensando en el cansancio de Sonia como había horneado otras veces pensando en el sueño de Sabino, con toda la intención metida en la masa.

Un bizcocho de yogur y limón, sencillo, de merienda, que oliera a casa.

Para que cuando Sonia llegara reventada a las once de la noche encontrara sobre la mesa algo hecho para ella, y al comerlo, aunque no supiera por qué, se sintiera cuidada por una vez, ella que se pasaba la vida cuidando.

Lo estaban sacando del horno cuando sonó la campanilla, y era Adrián.

Venía por lo de siempre, por la venta, con unos papeles que la gestoría necesitaba que ella firmara —o que no firmara, que de eso iban a discutir otro día—, y se quedó parado en la puerta al encontrarse la escena: la tienda tomada por una niña con un delantal de reina y la cara manchada de harina, subida a un taburete, y a Mariona sacando un bizcocho del horno, las dos riéndose de algo.

Bizcocho fue a saludarlo. Candela lo miró con la desconfianza rápida de los críos.

—¿Este quién es? —le preguntó a Mariona, sin bajar la voz.

—Un señor que ha venido por un asunto de la tienda.

—¿Es tu novio?

—No —dijeron Mariona y Adrián a la vez, los dos demasiado deprisa, y Candela los miró a uno y a otro con esa perspicacia que tienen los niños para lo que los adultos peor disimulan, y no dijo nada, pero apuntó algo en su cabecita para más tarde.

Adrián se quedó un momento en el umbral, mirando aquello: la harina, el delantal, el bizcocho recién hecho, la niña.

Y a Mariona le pareció verle otra vez la grieta, esa que se le abría cuando bajaba la guardia.

Debió de preguntarse, aunque no lo dijo, para quién era aquel bizcocho, y por qué una pastelera cerraba un viernes por la tarde para ir a la merienda del colegio de una niña que no era suya, y qué clase de sitio era ese que su familia había reducido a metros cuadrados en una tablet.

—Vengo en mal momento —dijo—. Vuelvo mañana.

—Vuelve mañana —dijo Mariona.

Y él, antes de irse, hizo una cosa que a Mariona la descolocó: se acercó a Candela, se agachó a su altura, y le dijo, muy serio, de igual a igual:

—Ese bizcocho tiene una pinta estupenda. La que se lo coma es afortunada.

Candela lo miró, evaluándolo, y concedió:

—Es para mi madre. Que trabaja mucho. —Y añadió, porque era incapaz de callarse nada—: No es magia de la que tú crees. Es de la otra. De la que sirve para dentro.

Algo le pasó a Adrián en la cara al oír eso, algo que Mariona no supo leer del todo pero que le duró más de lo normal. Asintió despacio, como si la niña le hubiera dicho una cosa mucho más grande de lo que ella sabía, se levantó y se fue sin más, dejando la campanilla temblando.

El viernes Mariona cerró la tienda a las cinco, colgó en la puerta un cartel de «vuelvo en un rato» que solo ella escribía sin poner la hora, se puso su mejor rebeca y se plantó en el patio del colegio con un bizcocho descomunal envuelto en un paño de cuadros.

Fue la madrina de dulces de Candela ante todo primero de primaria.

Repartió bizcocho a media clase, a las otras madres, a la seño, y cuando una madre le preguntó de qué conocía a la niña, Mariona dijo lo del cargo inventado con tanto aplomo que la mujer asintió como si la madrina de dulces fuera una institución de toda la vida en Peñalisa.

Y luego Candela le enseñó los dibujos, uno por uno, con la solemnidad de quien enseña un museo.

El de las vacaciones, el del otoño, el de los animales del mar.

Y al final, el que tocaba ese trimestre: «mi familia».

Candela lo había pintado con todo lujo de detalles y ni una pizca de vergüenza: a su madre en el centro, grande, con un uniforme de enfermera azul y una jeringuilla en la mano; a la abuela Pili al lado, con su bastón bien dibujado; a Bizcocho abajo, más grande que la abuela, porque las prioridades son las prioridades.

Y en una esquina, un poco apartada pero dentro del recuadro de la familia, una señora con un delantal blanco de flores y una bandeja de dulces.

Mariona tardó un segundo de más en reconocerse.

Debajo, con la letra grande y torcida de los ocho años, Candela había escrito los nombres, y bajo la señora del delantal ponía, sin más, «Mariona».

No en la lista de vecinos. No en la de amigos. En el dibujo de la familia.

Mariona no dijo nada, porque si decía algo se le iba a romper la voz delante de treinta críos y sus madres, y eso no.

Le apretó la mano a Candela por debajo de la mesa, fuerte, un momento, y Candela le devolvió el apretón sin dejar de comer bizcocho, tan tranquila, ajena a que acababa de colocar a la pastelera en un sitio del que ya no iba a poder sacarla.

Y Mariona pensó, mirando aquel dibujo, en la tablet del tasador, en los metros cuadrados, en «esta habitación da al norte, poca luz», y sintió por primera vez con toda su fuerza que lo que aquel hombre venía a vender no era un edificio.

Era el sitio donde una niña sin sitio había encontrado uno. Y eso no cabía en ninguna medición.

Esa noche, cuando Sonia llegó a casa a las once, reventada, con los pies hinchados y el uniforme oliendo a hospital, se encontró en la mesa de la cocina un bizcocho de limón tapado con un paño y una nota con letra de niña que decía «para ti, de la merienda que no viniste, no pasa nada».

Y cortó un trozo, y se lo comió de pie, sola, en su cocina a oscuras, y aquella noche, en vez de dormirse en el sofá con los zapatos puestos como todas, sin saber por qué, se sentó a descansar de verdad antes de acostarse, como si alguien la hubiera cuidado a ella para variar.

Eso Mariona no lo vio. Pero lo sabía, como sabía siempre lo que hacían sus dulces cuando salían por la puerta. Lo que no sabía todavía era que aquel bizcocho de un viernes iba a ser una de las últimas cosas normales que horneara antes de que todo empezara a complicarse de verdad.