Capítulo 9
Aguantó dos días sin buscarlo en internet. Al tercero se rindió.
Fue el miércoles, a la hora muerta de después de comer, cuando la tienda se vacía y en Peñalisa no pasa nada.
La cobertura del móvil, como siempre, iba y venía según el humor del mar, así que cruzó a la peluquería de Toña, que tenía wifi para las clientas y a esa hora ninguna, y le dijo que necesitaba mirar una cosa.
A Toña se le encendieron los ojos como a un perro de caza.
—¿Qué cosa? ¿Es sobre él? Es sobre él, ¿verdad. Dame el nombre.
—Toña, que lo miro yo.
—Que lo miramos las dos, que para eso están las amigas. Trae. —Le quitó el móvil de las manos y se sentó bajo el secador apagado como quien se acomoda en el cine—. Adrián Vega, has dicho. A ver.
Lo escribió. Y lo que salió las dejó a las dos calladas, que en el caso de Toña era un fenómeno digno de estudio.
Adrián Vega no era un cualquiera. Adrián Vega era, o había sido, alguien.
Compositor de bandas sonoras. De las de verdad, de las de películas que Mariona había visto sin saber que la música que la había hecho llorar en la butaca la había escrito el mismo hombre que dormía el fin de semana en el cuarto de su abuela.
Salían fotos de él de hace años, más joven, con esmoquin, recogiendo premios; una estatuilla dorada de un festival, otra de otro.
Salían titulares de periódicos serios llamándolo «el compositor español más prometedor de su generación», «el hombre que le puso música al cine de una década».
Salía una entrevista con una foto en la que Adrián sonreía de verdad, con toda la cara, una sonrisa que Mariona no le había visto ni de refilón y que le costó reconocer como suya.
—Madre mía —dijo Toña, con una devoción nueva—.
Que tienes a un famoso durmiendo en tu casa y me lo cuentas como si fuera el fontanero.
Que este hombre ha estado en la tele. Que a este hombre lo he visto yo, Mariona, lo he visto en la gala esa de los premios del cine, la que ponen en primavera, el año que ganó la de los pescadores, ¿te acuerdas?
La que nos hizo llorar a todas en el cineclub.
—Se llevó la mano al pecho—. Esa música la hizo él. El borde de tu esquina.
—No fastidies.
—Que sí, mujer, mira. —Le señaló la pantalla, una lista de películas, algunas que Mariona había visto y otras no, todas con el nombre de Adrián debajo, «música: Adrián Vega», como una firma repetida por media cartelera de una década—.
Este hombre le ha puesto la banda sonora a medio país. Y tú dándole lentejas.
—Sigue, sigue, baja. A ver qué más.
Mariona bajó. Y ahí, por debajo de la gloria, empezaba lo otro.
Los artículos recientes eran distintos. Hablaban en pasado.
«Qué fue de Adrián Vega.» «El silencio del maestro.
» Uno, de hacía un año, contaba que el compositor llevaba cerca de tres años sin firmar una sola banda sonora, que había rechazado encargos importantes —una serie internacional, una película de las gordas—, que se había retirado casi por completo de la vida pública tras «una etapa personal difícil» de la que no daba detalles.
Que se rumoreaba que ya no componía. Que se había mudado de Madrid, que no cogía el teléfono a los productores, que algunos decían que se había secado.
Un periodista lo llamaba, con esa crueldad elegante de los que escriben sobre el arte de los demás, «una promesa apagada».
—Pobre —dijo Toña, que pasaba de la fascinación a la pena con la misma facilidad con que cambiaba de tijeras—. Mira que es guapo y mira qué cara de pena tiene en las de ahora, comparado con las de antes. Aquí sonríe. Aquí ya no. Algo le pasó a este hombre.
—Algo le pasó —repitió Mariona, muy bajo.
Ninguno de los artículos decía qué. Todos rodeaban el mismo hueco sin nombrarlo, igual que Adrián había rodeado el suyo la noche del temporal.
Se me llena la cabeza. Se está mejor levantado.
Tres años sin componer. Tres años sin música.
Un hombre que había hecho llorar a media España desde una butaca a oscuras y que un día, por algo que no contaba nadie, había dejado de poder.
Mariona se quedó mirando la pantalla con una sensación rara subiéndole por dentro, y no era la que esperaba.
No era el morbo de Toña. Era otra cosa, un reconocimiento que le dio casi vergüenza, porque entendía aquello.
Lo entendía en los huesos. Sabía exactamente lo que era tener un don que sirve para tocar a la gente por dentro y encontrarse un día con que se te ha apagado, con que las manos siguen ahí pero ya no hacen lo suyo.
Ella lo vivía todos los martes. Él, al parecer, lo vivía todos los días desde hacía tres años.
No lo dijo en voz alta. Ni a Toña. Le devolvió una sonrisa floja, le dijo que ya había visto suficiente, y volvió a la tienda con la cabeza dándole vueltas a un hombre mudo que le medía la casa.
Porque él llegó esa misma tarde, con el tasador, a medir por dentro.
Le había avisado, como prometió, con un mensaje escueto que a Mariona le entró de golpe cuando volvió la cobertura.
Y a las seis apareció el coche gris, y con él Adrián y el hombre bajo del aparatito, que esta vez traía además una cinta láser y una tablet.
Adrián se disculpó, seco, por las molestias.
El tasador pidió permiso para pasar y empezó su trabajo, y ahí fue cuando a Mariona se le cerró de verdad el estómago, porque una cosa era que le midieran las fachadas desde la calle y otra muy distinta ver a un desconocido apuntando la cinta láser al techo de su cocina, a la pared de su dormitorio, al marco de la puerta del cuarto de Rosa, poniéndole números a cada rincón de su vida como quien inventaría un almacén.
Cada pitido del láser era un metro cuadrado más que dejaba de ser suyo.
Los siguió por la casa sin querer seguirlos, incapaz de quedarse abajo.
El hombre medía y dictaba a la tablet con una voz monótona que a Mariona se le clavaba: «cocina, doce coma cuatro; dormitorio principal, catorce; distribución mejorable, tabiquería no portante, se puede tirar».
Se puede tirar. Hablaba de tirar el tabique contra el que estaba la cama de Mariona, el que ella había pintado de amarillo el primer verano sin Rosa para no volverse loca.
«El baño hay que rehacerlo entero.» El baño donde su abuela la había bañado de cría.
«Esta habitación da al norte, poca luz, para un dúplex se aprovecha regular.
» La habitación de Rosa. La foto seguía allí, contra la lámpara, mirando a la puerta, y el tasador le pasó la cinta láser por delante sin verla, midiendo la distancia entre dos paredes que para él no guardaban nada y para Mariona lo guardaban todo.
Le entraron ganas de gritarle que aquello no eran metros cuadrados, que aquello era una vida, dos vidas, pero se mordió la lengua, porque a la gente que viene con una cinta láser no se le explican esas cosas, no las miden.
Adrián lo notó. Se mantuvo apartado, junto a la barra de abajo, sin subir con el tasador a las habitaciones, como si él tampoco quisiera mirar cómo se le ponía precio a la casa de una mujer a la que había visto pasar la noche en el suelo con un perro.
Bizcocho, en cuanto lo vio entrar, se levantó de su cojín, recuperado del todo, y fue derecho a saludarlo con toda la alegría de un perro que no entiende de desahucios, meneando el rabo, plantándole las patas en las rodillas.
Y Adrián, que en público seguía siendo puro muro, se agachó a rascarle las orejas casi sin darse cuenta, y el perro se dejó caer panza arriba, y a él se le suavizó la cara un momento, ahí, al calor de la tienda que olía a lo de siempre, con el animal que había salvado de madrugada revolcándose de gusto a sus pies.
Y entonces Mariona lo oyó.
Estaba agachado, rascándole la barriga a Bizcocho, con la cabeza gacha, y de su boca salió, muy bajo, casi para el perro, casi para nadie, una melodía.
Unas pocas notas. Nada, un hilo, cuatro compases de algo que no era ninguna canción que Mariona conociera, que a lo mejor no era ninguna canción todavía, que sonaba a inventado en ese instante, dulce y triste a la vez, como una nana para un perro que ya está bien.
Lo tarareó sin pensar, con la naturalidad del que respira, un hombre en paz durante tres segundos.
Era una melodía sencilla y honda, de las que se meten a la primera y no se van, con una vuelta al final que subía cuando uno esperaba que bajara y dejaba el corazón un poco en el aire.
Sonaba a algo que se estaba escribiendo solo, ahí mismo, en la boca de un hombre agachado sobre un perro.
Duró eso. Tres segundos.
Porque de pronto se dio cuenta de lo que estaba haciendo.
Se le cortó la melodía en la garganta como se corta una cuerda tensa.
Levantó la cabeza de golpe, y su cara, cuando encontró la de Mariona mirándolo desde el otro lado de la barra, fue la de alguien a quien pillan haciendo algo prohibido.
Se puso de pie. Se recompuso. El cierre bajó tan deprisa que casi se oyó.
—El tasador tardará poco —dijo, con la voz otra vez plana, y se metió las manos en los bolsillos.
Mariona no dijo nada de la melodía. No le preguntó qué era, ni de cuándo, ni por qué se había asustado tanto de que lo oyeran tararear.
Entendía demasiado bien lo que acababa de ver.
Había visto a un hombre hacer, sin querer, durante tres segundos, lo que llevaba tres años sin poder hacer a propósito.
Y había visto el miedo con que lo había enterrado en cuanto se dio cuenta, el mismo miedo con que ella no le contaba a nadie lo de los martes.
Porque eran lo mismo, comprendió, de pie al otro lado de la barra, con una claridad que le puso la carne de gallina.
Los dos habían recibido un don raro, de esos que sirven para llegar a la gente por dentro: él con la música, ella con el azúcar.
Los dos habían pasado la vida moviendo lo que otros sienten, haciéndolos llorar en una butaca o consolándolos en un mostrador.
Y a los dos, en algún momento, se les había roto el grifo.
A él del todo, hacía tres años, por algo que no contaba.
A ella un día por semana, cada martes, por algo que tampoco contaba.
Dos personas que sabían curar a cualquiera menos a sí mismas, y que ahora se miraban desde dos orillas del mismo silencio raro, reconociéndose sin querer, como se reconocen dos que hablan el mismo idioma extraño en un país extranjero.
Estuvo a punto de decírselo. Tuvo la frase entera en la boca —yo también tengo un día en que no me sale—, y se la tragó, porque decirla habría sido abrir su propia puerta, y porque a un hombre que huye de su silencio no se le señala el silencio con el dedo.
Cada uno guardaba el suyo. Y quizá, pensó, lo más parecido al respeto que podían darse en aquel momento era no tocarle al otro la herida que uno mismo no dejaba tocar.
—¿Quiere un café mientras espera? —dijo Mariona al fin, porque era lo único que sabía ofrecer y porque necesitaba hacer algo con las manos.
—No, gracias. —Una pausa—. Aunque… —Miró la cafetera, la vitrina, y por un segundo pareció que iba a bajar el muro un dedo—. No. Gracias.
Se lo puso igual. Descafeinado, porque eran las seis y el hombre no dormía, aunque eso ella no se lo dijo.
Lo dejó en la barra, a su lado, sin más comentario, y volvió a lo suyo.
Él lo miró, el café que no había pedido y que ella le había puesto de todos modos, y no lo rechazó.
Se lo bebió despacio, en silencio, mientras arriba el láser seguía pitando y poniéndole precio a la casa.
El tasador bajó al cabo de media hora, guardó el aparato, dijo un número al aire que a Mariona le sonó a insulto, y anunció que ya tenía todo lo que necesitaba. Adrián dejó la taza vacía en la barra.
—Gracias por dejarnos pasar —dijo—. Ya no la molestamos más por esto.
—¿Y ahora qué pasa?
—Ahora la gestoría prepara los papeles de la venta con las mediciones. Yo tengo que quedarme por la zona unas semanas, hasta cerrar el trato con el grupo comprador. —Titubeó—. Estaré yendo y viniendo de Santander. Si necesita cualquier cosa del tema del traslado, ya sabe.
—No voy a necesitar nada suyo —dijo Mariona, pero le salió sin filo, cansada, porque después de lo del perro y lo de la melodía ya no le funcionaba tan bien tratarlo de enemigo.
Adrián lo notó. La miró un momento largo, con aquel cansancio hondo detrás de los ojos, y por un instante Mariona pensó que iba a decir algo verdadero, algo de la música, o de la foto que sabía que ella había visto, o de por qué un hombre deja de hacer lo único que sabe hacer.
Pero se guardó todo, como se lo guardaba todo, y se fue con el tasador y el coche gris cuesta arriba.
Mariona recogió la taza que él había vaciado y se quedó un rato con ella en la mano, junto a la ventana, oyendo dentro de la cabeza los cuatro compases de aquella nana para un perro sano, la música de un hombre que creía que ya no tenía música.
La tarareó ella misma, muy bajito, para no perderla, y le salió torcida, porque no tenía oído, pero le bastó para comprobar que se le había quedado dentro.
Cuatro notas de un desconocido que venía a echarla, y ya no se le iban a ir.
Y pensó, sin querer, que a lo mejor no estaba tan seca como los periódicos decían.
Que a lo mejor solo estaba esperando, como esperaban las cosas de aquella casa, a que llegara el día que no fuera martes.
Que a lo mejor por eso se le había escapado la melodía justo aquí, al calor de la tienda, con el perro a los pies: porque hay sitios que le sueltan a uno lo que lleva agarrotado, y aquella tienda llevaba cincuenta años siendo uno de esos sitios para medio pueblo.
Le había pasado a Sabino con el sueño. Le había pasado a Consuelo, aunque los martes no.
A lo mejor le estaba empezando a pasar a él, sin darse cuenta, con la música.
Y esa idea la asustó más que ninguna otra, porque significaba que la tienda, la de Rosa, la que aquel hombre venía a vender, a lo mejor estaba haciendo con él lo que hacía con todo el mundo: curarlo un poco. Y no había cosa más peligrosa que una casa empeñada en curar a quien viene a derribarla.
Luego se dijo que aquello no era asunto suyo, que aquel hombre venía a echarla, y que reconocerse en el silencio de alguien no era lo mismo que perdonarle la carpeta. Se lo dijo con firmeza, fregando la taza, guardándola en su sitio.
No se lo creyó del todo.