Capítulo 8
La despertó un ruido que no era el del temporal.
Serían las tres de la madrugada. El viento seguía golpeando la contraventana suelta, pero por debajo de aquel escándalo Mariona oyó otra cosa, un sonido pequeño y feo que reconoció con el instinto de quien lleva doce años durmiendo encima de un perro: Bizcocho, en la planta baja, gimiendo y devolviendo.
Se levantó de un salto, se echó una rebeca por encima del camisón y bajó a oscuras la escalera, tanteando la pared.
En la cocina ya había luz. Una vela, la del cajón, encendida sobre la mesa. Y en el suelo, arrodillado sobre las baldosas frías con el pijama que Mariona le había dejado —de Rosa, ancho, ridículo en él—, estaba Adrián, sujetando al perro.
—Le pasa algo —dijo, sin levantar la vista, con una voz distinta de todas las que le había oído hasta entonces, una voz sin muro—. Ha empezado hace un rato. Le he oído desde arriba.
Bizcocho estaba hecho una pena. Había vomitado tres veces, temblaba, y tenía la barriga hinchada y dura como un tambor. Mariona se arrodilló al otro lado y le puso la mano en el costado, y el perro la miró con esos ojos de animal que no entiende lo que le duele y confía en que tú sí.
—Se ha empachado —dijo ella, y le tembló un poco la certeza—. El sábado se hartó de restos del bautizo. Nata, jamón, todo lo que pilló del suelo. Lleva dos días con el estómago revuelto y yo sin darme cuenta. —Se le quebró la voz un instante y la recompuso—. Hay que llevarlo al veterinario.
—La carretera está cortada.
—Ya lo sé. —Cogió el móvil de la encimera. Sin cobertura, como llevaba dos días—. Y no hay señal para llamar a Eladio, el de Comillas, que es el que nos ve a los animales. —Se pasó la mano por la cara—. Vale. Vale. Entonces lo hacemos nosotros.
Y ahí, en mitad de la noche, con el temporal fuera y una vela dentro, ocurrió una cosa que Mariona no habría creído si se la cuentan.
Que el hombre del abrigo caro, el del «muy correcto», el que medía las humedades con un aparatito y llevaba en la carpeta el desahucio de toda su vida, se remangó el pijama de su abuela muerta y se puso a cuidar a un perro que no era suyo como si le fuera algo en ello.
Hicieron lo que se puede hacer sin veterinario y con lo que hay en una casa.
Mariona sabía de empachos de perro más de lo que le habría gustado, porque Bizcocho llevaba toda la vida robando comida, y fue diciéndole a Adrián lo que había que hacer: agua, poca y a menudo, con una jeringuilla de las de la farmacia que tenía en un cajón; masajear la barriga en círculos, despacio, para mover el gas; mantenerlo caliente y quieto y vigilar que respirara bien.
Y Adrián lo hizo. Torpe al principio, con las manos grandes y sin práctica, pero atento, sin quejarse, sin mirar el reloj, sin sacar ni una vez aquel móvil inútil.
Sostuvo al perro contra su pecho durante horas para que no se enfriara en el suelo.
Le limpió los vómitos sin arrugar la nariz.
Le habló en voz baja, cosas tontas, «venga, campeón, ya pasa, aguanta», con una ternura que Mariona no le había visto ni sospechado, una ternura que él parecía tener guardada en algún sitio muy hondo y muy cerrado, como quien tiene una habitación de la casa clausurada y de pronto, por una urgencia, se ve obligado a entrar en ella.
En un momento dado, cuando Bizcocho tuvo una arcada fea y se quejó, Adrián lo apretó un poco más fuerte contra sí y le puso la barbilla sobre la cabeza, un gesto reflejo, involuntario, de los que no se fingen, y Mariona apartó la vista porque le pareció que estaba mirando algo que no le tocaba mirar.
No hablaron de la venta. No hablaron de nada que no fuera el perro.
Pero Mariona, sentada en el suelo frente a él, con la vela entre los dos y el animal jadeando en el regazo del enemigo, empezó a verlo.
No al forastero. Al hombre. Y lo que veía la desarmaba y la asustaba a partes iguales, porque era mucho más difícil odiar a quien pasa la noche en un suelo helado salvándote el perro que a quien te deja un desahucio sobre la mesa.
Habría preferido que fuera solo lo segundo.
A eso de las cuatro, con Bizcocho por fin quieto contra su pecho, hablaron un poco. Poco y bajo, como se habla de noche, cuando la oscuridad hace de confesionario y al amanecer todo se puede negar.
—¿Usted no duerme? —preguntó Mariona. Lo había notado despierto también la primera noche, junto a la ventana.
—Poco. —Adrián miraba al perro, no a ella—. Desde hace un tiempo. Me acuesto y se me llena la cabeza. Se está mejor levantado.
—¿La cabeza de qué?
—De cosas. —Y con esa palabra cerró la puerta que había entreabierto, como quien se arrepiente de haber dejado pasar la corriente. Volvió al perro—. ¿Le doy más agua?
Mariona no insistió. En aquel pueblo había aprendido que a la gente no se le saca lo que duele a tirones; se espera a que lo suelte cuando puede, si es que puede.
Pero se guardó aquello: un hombre que no dormía, que se acostaba y se le llenaba la cabeza de cosas que no nombraba, que prefería pasar la noche en un suelo frío con un perro ajeno antes que a solas con lo suyo.
Empezaba a entender que aquella coraza no la levantaba el desprecio.
La levantaba algo que dolía demasiado para dejarlo a la vista.
Y esa idea le complicó la noche mucho más que el temporal.
Le acercó una manta por encima de los hombros, sin comentarios, como se la habría acercado a cualquiera que estuviera pasando frío en su cocina a las cuatro de la mañana.
Él la aceptó con un gesto de la cabeza. Y así siguieron, cada uno con su mitad de la vela, velando a un perro entre los dos, dos personas que por todas las razones del mundo tendrían que haber estado a gritos y estaban, sin embargo, en silencio, cuidando de lo mismo.
Hacia el amanecer Bizcocho eructó, se soltó un pedo heroico que en otro contexto los habría hecho reír, y se quedó dormido, con la barriga más blanda, respirando hondo y regular.
Estaba fuera de peligro. Adrián no lo soltó de golpe; esperó a estar seguro de que dormía de verdad, y solo entonces lo depositó despacio sobre su cojín, con un cuidado que no le pegaba nada a un hombre de carpeta y aparatito.
—Se pondrá bien —dijo Mariona, más para sí que para él—. Menudo susto, animal.
—¿Seguro? —Adrián miraba al perro con el ceño fruncido, como quien no se fía de una tregua.
—Seguro. Mañana estará robando croissants otra vez.
—Lo miró. Tenía el pelo revuelto, ojeras nuevas, el pijama de Rosa manchado, y ni rastro del blindaje; se le había caído en algún momento de la noche y no le había dado tiempo a recogerlo—.
Gracias. No hacía falta que… Es mi perro.
Podría haberme llamado y volverse a la cama.
—Ya. —Adrián se miró las manos, como si él mismo no supiera por qué no había vuelto a la cama—.
No sé. Estaba solo, y sufría, y no había nadie más.
—Se encogió de hombros, incómodo con sus propias palabras, y en cuanto las oyó salir se apresuró a taparlas—.
Además, con este escándalo no iba a dormir de todos modos.
Y ahí volvió a echar el cierre, pero tarde, siempre tarde, porque Mariona ya había oído lo de antes, lo de estaba solo y sufría y no había nadie más, y había tenido la impresión clarísima de que, por un segundo, aquel hombre no estaba hablando del perro.
No preguntó. No se atrevió. Le dio las gracias otra vez, le dijo que subiera a dormir un rato, que ella se quedaba de guardia, y Adrián subió, arrastrando los pies, con el pijama de su abuela y el pelo de loco.
El lunes el temporal amainó del todo. A media mañana llamó el ayuntamiento: habían pasado las máquinas por el argayo del kilómetro cuatro, la carretera de la costa estaba abierta con precaución, ya se podía salir hacia Santander.
Mariona se lo dijo a Adrián en el desayuno, y notó, con un pinchazo que no supo justificar, que no le hacía tanta gracia darle la noticia como habría esperado el sábado.
—Entonces me voy —dijo él.
—Puede irse.
Recogió sus cosas, que eran pocas, y mientras él se duchaba Mariona subió al cuarto de Rosa a airearlo y a rehacer la cama. Y fue entonces, quitando la colcha de ganchillo, cuando la vio.
La foto.
Estaba sobre la mesilla, no boca abajo entre el montón vuelto hacia la pared como todas las demás, sino de pie, apoyada contra la lámpara, como si alguien la hubiera sacado del montón para mirarla y luego, en vez de esconderla, la hubiera dejado ahí, a la vista, sin decidirse a devolverla al olvido.
Era la que él había tenido en las manos la otra noche. Mariona la cogió.
Rosa. Rosa joven, jovencísima, con un vestido de verano y el pelo suelto y una risa que Mariona no le había conocido nunca, una risa de antes de todo.
Estaba en la puerta de la confitería recién pintada, con el rótulo dorado todavía brillante detrás.
Y a su lado, con el brazo echado sobre sus hombros y la cabeza inclinada hacia ella como quien no quiere estar en ningún otro sitio del mundo, había un chico.
Un chico moreno, alto, de barbilla fuerte y ojos oscuros, que miraba a la cámara con una media sonrisa desganada, la sombra de una sonrisa, la memoria de una sonrisa que aquella cara sabía hacer.
Mariona se quedó sin aire.
Porque conocía esa cara. La había tenido enfrente todo el fin de semana, secando platos, cuidando a su perro, midiéndole las humedades.
Cincuenta años más joven, con otra ropa y otro pelo, pero era la misma.
El chico de la foto, el que abrazaba a su abuela en la puerta de la tienda el día que la abrió, era clavado a Adrián.
Le dio la vuelta a la foto con los dedos torpes. En el reverso, la letra grande y torcida de Rosa, la de siempre, la que apretaba al final por falta de sitio. Solo tres palabras, y ninguna era un nombre.
El que volvería.
Nada más. Ni una fecha, ni una firma, ni una explicación. El que volvería. Como una promesa hecha a sí misma, o una condena, o las dos cosas.
Oyó el agua de la ducha cortarse en el baño del pasillo.
Oyó los pasos de Adrián. Y Mariona, de pie en el cuarto de su abuela con la foto temblándole en la mano, tuvo por primera vez la sospecha, todavía informe, todavía imposible, de que aquel hombre no había llegado a Peñalisa por casualidad, ni solo por un edificio, y de que su abuela, muerta hacía un año, un martes, llevaba medio siglo esperando a alguien que se parecía muchísimo a él.
Y de pronto empezaron a caerle las piezas encima, todas a la vez, sin encajar.
El apellido subrayado dos veces por Rosa en el contrato, con una palabra al lado que Mariona no había llegado a leer.
El chico de la foto, clavado a Adrián, abrazando a su abuela el día que abrió la tienda.
El que volvería, escrito detrás con la letra de siempre.
Y hasta la receta del limón, la del cuaderno de hule, con aquel último paso en blanco que Mariona llevaba toda la vida rellenando a ojo sin preguntarse por qué su abuela lo había dejado sin escribir.
Cosas que ella había mirado por separado durante años, cada una en su cajón, y que ahora, con la foto en la mano, se le juntaban en algo que no sabía leer pero que tenía forma de secreto.
Un secreto viejo, guardado en las paredes de aquella casa mucho antes de que ella naciera, que resultaba tener algo que ver con la familia del hombre que se estaba secando el pelo al otro lado del tabique.
No supo qué hacer con todo aquello. Era demasiado grande y demasiado raro para las nueve de la mañana de un lunes.
Volvió a dejar la foto contra la lámpara, tal como la había encontrado, y no dijo nada.
Quería mirar el contrato otra vez, leer aquella palabra.
Quería preguntarle a Emérito, que conocía a Rosa de toda la vida y ponía esa cara de saber más de lo que soltaba.
Quería, sobre todo, no querer nada de aquello, seguir con su lunes, hornear el pan, olvidarse.
Pero ya no se podía olvidar. Las piezas, una vez juntas, no se dejaban volver a separar.
Cuando Adrián bajó, listo para marcharse, con el abrigo de ciudad y la carpeta bajo el brazo, la encontró en la tienda, fregando algo que no estaba sucio.
—Me voy ya. La carretera puede volver a cortarse esta tarde si arrecia. —Se paró junto a la puerta. Bizcocho, recuperado, se levantó a despedirlo y le puso el hocico en la mano, y algo se le ablandó a él en la cara—. Gracias por la cama. Y por lo de anoche.
—Es mi perro —dijo Mariona—. Habría hecho lo mismo por cualquiera.
—Lo sé. —La miró un momento, y por debajo del muro asomó otra vez aquella cosa cansada y honda—. Volveré durante la semana. Hay que cerrar lo del edificio con la gestoría y el tasador tiene que entrar a medir por dentro. Le avisaré con tiempo.
Titubeó. Miró la tienda, el rótulo dorado de Rosa, la vitrina, como quien se despide de algo más que de una pastelera hostil.
Por un momento Mariona pensó que iba a decir algo importante, algo de lo de la noche, de lo que no dormía, o incluso de la foto, porque tuvo la sensación de que él sabía que ella la había visto.
Pero no lo dijo. Fuera lo que fuera, se lo tragó, como se lo tragaba todo.
—Cuídese —dijo, y fue lo único que le salió—. Y cuide al perro.
—Descuide.
Salió. El coche gris arrancó cuesta arriba y se perdió en la carretera recién abierta, entre la niebla que dejaba el temporal.
Y Mariona se quedó sola en la tienda, con el perro a los pies y la foto arriba, contra la lámpara, y tres palabras de su abuela dándole vueltas en la cabeza como una campana que no sabía tocar.
El que volvería. Miró la carretera vacía por donde acababa de irse el hombre que venía a quitarle la casa, el hombre que era clavado a un chico de una foto de hace cincuenta años, y por primera vez desde que todo aquello empezó no supo qué era lo que quería que pasara.
Solo supo, con una certeza que la asustó, que quería que volviera.
Y que no sabía si era para pelear con él por la casa, para descifrar de una vez el secreto de Rosa, o por algo mucho más tonto y más peligroso que no estaba dispuesta a nombrar ni estando sola.
Arriba, en el cuarto de su abuela, la cama seguía sin hacer y la foto seguía mirando hacia la puerta, como llevaba mirando cincuenta años, esperando a alguien.