La pastelera de los martes tristes Capítulo 7
23%

Capítulo 7

Lo primero que hizo Mariona fue intentar librarse de él.

Cogió el teléfono del despacho y llamó a la pensión de Fina, aunque sabía que Fina había echado el cierre en enero para irse a vivir con la hija a Torrelavega.

Sonó y sonó en una casa vacía. Llamó a los Corrales, que a veces alquilaban una buhardilla a los del faro cuando venían de mantenimiento, y le contestó Josefa que la buhardilla estaba con goteras y que con este temporal ni de broma.

Llamó, ya por desesperación, a la casa rural de Ruiloba, y le saltó un contestador diciendo que cerraban de octubre a Semana Santa.

Colgó. Adrián seguía en el umbral, empapado hasta el abrigo caro, mirando la lluvia con cara de estar calculando cuánto tardaría un hombre en morir de hipotermia dentro de un coche de alquiler.

—Puedo dormir en el coche —dijo, como si le leyera el gesto de fastidio.

—No puede dormir en el coche. —A Mariona le salió del alma, contra su propia voluntad, con la misma rabia con que se dice una verdad que a una le fastidia—.

Con esta galerna, en un coche, junto al agua, no.

Se le mete el mar por debajo y amanece usted en Francia.

En este pueblo no se deja a nadie a la intemperie una noche así. Ni a un Vega.

Lo del apellido lo dijo con retintín, para que quedara claro que no se le olvidaba con quién estaba hablando ni qué llevaba él en la carpeta. Adrián lo encajó sin pestañear.

—Hay un cuarto arriba —siguió Mariona, apretando los dientes—.

Era de mi abuela. Ahora es medio trastero, pero tiene una cama y mantas.

Dormirá ahí. Una noche. Y que le quede clara una cosa.

—Se plantó delante de él, con el trapo todavía en la mano como si fuera un arma—.

Que le dé cobijo esta noche no cambia nada de nada de lo que ha dejado usted sobre esa mesa.

Mañana esos folios seguirán ahí. Mañana usted seguirá siendo el que viene a echarme de mi casa.

Le doy una cama porque no soy capaz de dejar a un cristiano ahogándose en la puerta, no porque hayamos hecho las paces. ¿Nos entendemos?

—Perfectamente. —Adrián inclinó la cabeza, y en la comisura de la boca le tembló de nuevo aquel fantasma de sonrisa que a Mariona empezaba a resultarle irritante—. Es usted la anfitriona más hostil que he tenido nunca. Se agradece la claridad.

—No he empezado.

Subieron por la escalera estrecha del fondo, la que comunicaba la tienda con el piso, y Mariona fue encendiendo luces y bufando por dentro a cada peldaño.

El cuarto de Rosa estaba tal como lo había dejado ella: la cama de hierro con la colcha de ganchillo, el armario de luna, la máquina de coser Alfa bajo una funda, y por todas partes las cajas y los bultos de una vida que Mariona no había sido capaz de tirar ni de ordenar en un año.

Fotos enmarcadas con la cara hacia la pared.

Un maniquí de costura con un vestido a medio hilvanar desde vaya usted a saber cuándo.

El olor de su abuela, que en aquel cuarto no se había ido del todo.

—Aquí. —Mariona sacó mantas del armario y las dejó a los pies de la cama con más golpe del necesario—.

El baño es el del pasillo, lo compartimos, así que no tarde por las mañanas.

No hay wifi. La cobertura va y viene según el humor del mar.

Y si se va la luz, que se irá, en el cajón de la cocina hay velas.

Adrián miró el cuarto, las cajas, el maniquí decapitado por la penumbra, con una expresión rara, como quien entra en un sitio que no esperaba que le fuera a pesar.

—¿Todo esto era de su abuela?

—Todo esto era de mi abuela. —Mariona se paró en la puerta—. La misma que levantó la tienda que ustedes van a vender. Que duerma bien.

Y lo dejó allí, entre las cosas de Rosa, con una satisfacción pequeña y algo miserable que le duró hasta media escalera.

La luz se fue a las once, como estaba mandado.

El temporal arreció, el viento aullaba por la chimenea vieja y hacía golpear una contraventana suelta en algún sitio, y Mariona bajó a la cocina a por velas y se encontró a Adrián ya allí, a oscuras, junto a la ventana, mirando la tromba con el móvil inútil en la mano, sin cobertura, sin nada que hacer, un hombre de ciudad al que se le había apagado el mundo de golpe, incómodo con el silencio que le quedaba dentro cuando no había una pantalla que lo tapara.

—No hay señal —dijo él.

—Bienvenido a Peñalisa. —Encendió dos velas, le tendió una—. Aquí la gente, cuando se va la luz, habla o se acuesta. Le recomiendo lo segundo.

Bizcocho apareció entonces, bajando la escalera con su trote perezoso, y aquí fue donde a Mariona se le torció la noche del todo.

Porque el perro, que llevaba doce años ladrándole al cartero, gruñéndole al butanero y desconfiando por principio de todo el que no oliera a pan, fue directo hacia el forastero, le olisqueó los zapatos mojados, dio dos vueltas y se echó sobre sus pies con un suspiro de satisfacción, como quien encuentra por fin el sitio que llevaba toda la vida buscando.

—Bizcocho —dijo Mariona—. Bizcocho, ven aquí.

El perro abrió un ojo, la miró, y no se movió.

—Traidor. —Mariona lo dijo en voz baja, dolida de verdad—. Doce años dándote de comer.

Adrián bajó la vista al animal repanchingado sobre sus zapatos de mil euros, y por un momento pareció no saber qué hacer con aquello, como si le hubieran puesto encima algo que no había pedido y no supiera devolver.

Con torpeza, con la mano rígida de quien no ha tratado mucho con perros ni con nada que dependa de él, le rascó las orejas. Bizcocho gimió de gusto.

—Tiene usted un perro con muy poco criterio —dijo Adrián.

—Tenía —contestó Mariona—. Hasta esta noche pensaba que era el ser vivo más leal del Cantábrico.

Se acostó furiosa, con el perro de su enemigo roncando en la cocina y el enemigo durmiendo entre las cosas de su abuela, y tardó en dormirse oyendo el temporal y pensando en los folios de la mesa de abajo, que seguían ahí, como ella le había prometido, sin moverse.

El domingo amaneció sin amanecer del todo.

El cielo era una plancha de plomo y la lluvia había amainado a un aguacero terco y constante, de los que no cortan la carretera pero tampoco dejan repararla.

Mariona llamó al ayuntamiento; le confirmaron lo que ya sabía: el argayo del kilómetro cuatro había vuelto a caer con el temporal, la costa estaba cortada, y hasta que no escampara y pasaran las máquinas —lunes, con suerte, martes— no había forma de salir del pueblo hacia Santander salvo el desvío del interior, que también daban por cortado en dos puntos.

Se lo comunicó a Adrián en el desayuno con el tono con que se da un pésame.

—Está usted atrapado hasta mañana. Como mínimo.

—Ya. —Adrián removía un café que ella le había puesto por costumbre, sin pensarlo, y del que se arrepintió a mitad de servirlo—. Lo he entendido esta noche, cuando el perro se ha meado en mi zapato.

—Le habrá tomado cariño.

—Me ha marcado el territorio. Es distinto.

Mariona escondió una risa detrás de la taza. No pensaba dársela. No a él.

El domingo, con la tienda cerrada y el mundo cortado por agua, se hizo largo y raro.

Mariona intentó hacer su vida de domingo como si no tuviera a un desconocido rondándole la casa: bajó a adelantar masa para el lunes, revisó pedidos, fregó lo del bautizo.

Y él, que era un hombre acostumbrado a llenar los días de reuniones y llamadas y pantallas, se encontró de pronto sin nada, encerrado, sin cobertura, dando vueltas por una casa ajena como un animal en jaula nueva.

A mediodía se planteó el problema de la comida.

Mariona no podía dejarlo sin comer —eso también entraba en lo de no dejar a un cristiano tirado—, pero se le atragantaba la idea de ponerse a cocinarle.

Al final le hizo lo más neutro que encontró: un plato de lentejas de las que tenía hechas, pan, queso.

Comida honrada y sin intención ninguna, comida de llenar el estómago y punto.

Y cuando terminaron y él, por educación, miró de reojo hacia la vitrina de abajo, hacia los dulces que se veían desde la escalera, Mariona se le adelantó.

—Ni lo piense —dijo—. De la tienda no va a probar usted nada. Ni un bollo. Eso es para mis clientes.

—Solo miraba.

—Pues no mire. —Recogió los platos—. Le doy cama y le doy lentejas porque es usted un ser humano y hay un temporal. Pero lo que sale de ese obrador es otra cosa, y esa otra cosa no es para quien viene a cerrarme el obrador. Cada cual defiende lo suyo como puede. Yo lo defiendo así.

Adrián la miró un momento, y Mariona esperó la réplica fría, el «muy correcto», el muro. Pero él solo asintió despacio, como si lo entendiera mejor de lo que ella habría querido.

—Me parece justo —dijo.

Y no insistió. No volvió a mirar la vitrina en todo el día. Aquella obediencia sin discusión desconcertó a Mariona más que si le hubiera plantado cara, y se pasó la tarde rumiándola sin saber dónde colocarla.

Se ofreció, torpe, a ayudarla con los platos, y Mariona estuvo a punto de decirle que no por principio, pero le pudo la eficiencia y le tendió un trapo.

Fregaron en un silencio tenso, cada uno en su punta del fregadero, el hombre que la echaba y la mujer a la que echaban, secando juntos la vajilla buena de un bautizo.

Si alguien lo hubiera visto desde fuera habría pensado cualquier cosa menos la verdad.

Lo peor fue Bizcocho. El perro no se despegó de Adrián en toda la mañana.

Lo siguió al baño y se quedó esperándolo en la puerta.

Lo siguió al cuarto de Rosa y se tumbó en el umbral.

Cuando Adrián se sentó en la cocina a hacer nada, porque no había otra cosa que hacer, Bizcocho se le echó encima de los pies otra vez, y cuando el hombre se levantaba, el perro se levantaba con él, con la devoción absurda de quien ha decidido que ese es su humano y no hay más que hablar.

Mariona los observaba de reojo, ofendidísima, sirviéndose de su propia dignidad para no llamar al chucho, que total no habría venido.

Adrián, por su parte, se movía por la casa como un huésped en un país cuyo idioma no habla: intentó cargar el móvil y no había luz; buscó un enchufe para el portátil y tampoco; se asomó a la ventana cada cierto rato a comprobar si el temporal aflojaba, y no aflojaba.

Un hombre que medía su vida en reuniones, encerrado un domingo entero sin señal, con un perro pegado a los tobillos y una casa que crujía.

Mariona disfrutó de aquello más de lo que estaba dispuesta a reconocer.

Alguien lo vio.

A media mañana golpearon la puerta de la tienda, y era Emérito, con el chubasquero chorreando y una bolsa de pan que no venía a comprar porque la tienda estaba cerrada, sino de excusa.

—Pasaba por aquí —dijo el viejo, que vivía en la otra punta del pueblo y no pasaba por allí ni de casualidad un domingo con temporal.

—Claro que pasaba.

—Me han dicho en el bar que el coche del forastero lleva dos días en tu esquina. —Emérito entró sin que lo invitaran, escurriendo agua, y barrió la cocina con la mirada hasta dar con Adrián, de pie junto al fregadero con un trapo en la mano y cara de circunstancias—. Ajá.

—Se ha quedado tirado por el temporal, don Emérito. La carretera está cortada. No había dónde meterlo.

—Ya. —Emérito no le quitaba ojo a Adrián, con esa cara de perro guardián viejo que le salía cuando algo no le gustaba—. Conque este es el que viene a venderos el edificio. Y duerme en tu casa.

—Duerme en el cuarto de mi abuela. Que es distinto.

—Igual de mal me parece. —Se volvió hacia Adrián y le habló de usted, muy despacio, con esa cortesía que en un cántabro viejo es lo más parecido a una amenaza—: Como esta chica tenga el menor problema por tenerlo bajo su techo, el menor, ya me entiende, yo me entero.

En este pueblo nos enteramos de todo. Que le quede claro.

—Me queda —dijo Adrián, serio, sin ironía por una vez—. Descuide.

Emérito gruñó, dejó el pan de excusa sobre la barra, aceptó de mala gana el café que Mariona ya le estaba poniendo, y se quedó media hora vigilando, hasta que se convenció de que el forastero no iba a asesinar a nadie a plena luz del domingo. Al irse, en la puerta, le dijo a Mariona por lo bajo:

—No le cojas ley. —Miró de reojo a Bizcocho, otra vez pegado a los pies de Adrián—. Ya veo que el chucho sí. Pero tú no. Ese se irá en cuanto abran la carretera y se llevará tu casa en la carpeta. No lo olvides.

—No lo olvido, don Emérito. —Y era verdad. No lo olvidaba ni un minuto—. Le tengo aquí de prestado, como la lluvia. En cuanto escampe, se va.

Emérito se marchó bajo el aguacero, y el teléfono sonó casi enseguida: Toña, que ya se había enterado por Emérito, que se había enterado por el bar, en la cadena habitual, y que quería el parte completo, con detalles, y que gritaba tanto por el auricular que Mariona tuvo que apartarse el teléfono de la oreja mientras Adrián, discretamente, fingía no oír que una voz de mujer decía a todo volumen algo sobre que ella siempre lo había dicho, que los bordes y las tormentas, que en las películas.

Colgó con las mejillas calientes.

—Su pueblo —dijo Adrián— tiene un sistema de comunicaciones más rápido que mi móvil.

—Y más fiable. —Mariona guardó el teléfono—. Aquí no hay cobertura, pero se entera todo el mundo de todo. Es un misterio de la costa.

Casi se rio, ella. Casi. Se contuvo a tiempo, porque no se le olvidaba, ni con el perro traidor ni con Emérito de guardaespaldas ni con la vajilla del bautizo secándose entre los dos, que aquel hombre tenía sobre la mesa de abajo cinco meses y un desahucio, y que reírse con él sería el primer paso para una tontería que ella no se podía permitir.

Esa noche, la segunda, la luz volvió a irse.

Y volvió a encontrarse a Adrián en la cocina a oscuras, junto a la ventana, mirando el mar invisible.

Solo que esta vez, cuando ella entró con la vela, él no dijo nada de la cobertura ni del silencio.

Estaba muy quieto, con Bizcocho a los pies, y tenía en las manos una de las fotos enmarcadas del cuarto de Rosa, una que debía de haber cogido sin querer, o queriendo, del montón vuelto hacia la pared.

—Perdone —dijo, al verla, y dejó la foto boca abajo sobre la mesa a toda prisa, como un crío pillado en algo—. Estaba… no podía dormir.

Mariona no le dio importancia. Le puso la vela delante, subió a acostarse, y no volvió a pensar en aquella foto hasta el día siguiente, cuando todo empezó a torcerse de una manera que ni el temporal ni los folios ni el apellido de la tarjeta le habían hecho prever.