Capítulo 6
El sábado del bautizo la confitería se llenó de gente feliz, y eso, en octubre, es un lujo.
Vinieron los Sarabia enteros, con el pequeño Mateo dormido y ajeno a su propia fiesta, envuelto en el faldón que había sido de su bisabuela.
Vinieron los tíos, los primos, la madrina llorando desde antes de la iglesia.
Bea, la madre, había querido celebrarlo allí, en la tienda, porque decía que en ningún otro sitio del pueblo se estaba tan a gusto, y Mariona había juntado las mesas, sacado la vajilla buena y montado la tarta en el centro: tres pisos de bizcocho, crema y mermelada de frambuesa, un baño de nata rematado con rosas hechas una a una.
La había hecho pensando en aquella familia reunida alrededor de una mesa, y se notaba.
La gente cortaba, comía, y a la segunda cucharada se le ablandaba la cara, se reía más fácil, se acordaba de los suyos con menos pena y más cariño.
La abuela de Bea, que llevaba meses sin apenas hablar, cogió al niño en brazos y se puso a cantarle una canción de cuna en un hilo de voz, y toda la sala se calló para oírla.
Fue uno de esos momentos por los que Mariona hacía lo que hacía, uno de esos que le llenaban el depósito para muchos días.
Candela andaba entre las piernas de todos con un vestido de fiesta y el hueco del diente exhibido con orgullo, robando rosas de nata cuando creía que nadie la veía.
Toña había cerrado la peluquería una hora antes «por defunción de un tío lejano» —mentira— para no perderse el convite.
Hasta Emérito se dejó caer, protestando que él a los bautizos no iba desde el suyo, y se comió dos raciones de tarta refunfuñando que estaba empalagosa mientras repetía.
Bea la buscó a media fiesta, con el niño dormido contra el hombro, y le cogió las dos manos.
—Oye, de verdad, gracias. No por la tarta, que también.
Por esto. —Señaló la sala, la gente, el ruido bueno—.
Mi madre lleva desde julio sin sonreír, ¿sabes?
Desde lo de mi padre. Y llevo un rato mirándola y no ha parado de reírse.
—Se le empañaron los ojos y se rio de sí misma—.
No sé qué tenéis aquí. Mi abuela decía que la Rosa tenía las manos benditas y que tú las heredaste.
Yo de eso no entiendo. Pero es verdad que aquí la gente se cura de cosas.
Mariona le apretó las manos y no dijo nada, porque de esas cosas no se hablaba en voz alta, ni siquiera cuando alguien te las ponía delante envueltas en un cumplido.
Pero se lo guardó. Aquella frase —aquí la gente se cura de cosas— se le quedó dentro, calentita, sin saber que unas horas después iba a necesitarla como se necesita un abrigo cuando ya ha empezado a nevar.
Durante unas horas, con la casa llena y el niño pasando de brazo en brazo y el olor a café y a frambuesa flotando sobre las cabezas, Mariona se olvidó del forastero, del contrato y del apellido de la tarjeta.
Se olvidó de la grieta del viernes. Fue, sin más, feliz, con la felicidad de prestado que le daba la felicidad de los demás, que era la única que sabía tener.
La fiesta se deshizo despacio, como se deshacen las buenas, a base de despedidas que no acaban nunca en la puerta.
A media tarde el cielo, que había amanecido limpio, empezó a cargarse por el oeste, y para cuando se fue el último Sarabia el viento traía olor a lluvia y las gaviotas volaban tierra adentro, que es lo que hacen cuando saben algo que nosotros no.
Mariona se quedó recogiendo, sola, con la radio puesta y las manos cansadas y contentas.
Bizcocho dormía debajo de una mesa, empachado de restos.
Estaba subiendo las sillas cuando sonó el cristal de la puerta. No la campanilla: unos nudillos. Ya había echado el pestillo.
Era él.
Estaba fuera, bajo el toldo, con el abrigo oscuro y el pelo otra vez revuelto por el viento que arreciaba, y una carpeta fina bajo el brazo.
Mariona se quedó un momento mirándolo a través del cristal, con el trapo colgando de la mano.
Podía no abrir. Estaba cerrado, era su casa, no le debía nada.
Pero abrió, porque no sabía hacer otra cosa, porque llevaba treinta años abriendo esa puerta a quien llamara.
—Está cerrado —dijo, sin apartarse para dejarlo pasar.
—Ya lo sé. He esperado a que se fuera la gente.
—Lo dijo sin darle importancia, pero lo dijo, y a Mariona no se le escapó: había estado por ahí, en algún sitio, esperando a que terminara el bautizo para no reventárselo.
Un hombre que venía a darle un disgusto y tenía el detalle de elegir la hora.
No supo qué hacer con eso—. ¿Puedo pasar? Serán cinco minutos.
Se apartó. Él entró y el viento entró con él, y esta vez no trajo frío de norte sino la humedad tibia y pesada de la tormenta que venía.
Adrián miró la sala todavía a medio recoger, las mesas juntas, los platos con restos de tarta, las servilletas de fiesta, y algo se le tensó en la mandíbula, como si el escenario le complicara lo que había venido a hacer.
—Usted dirá.
Dejó la carpeta sobre una mesa. La abrió. Sacó unos folios grapados, de esos con membrete, y los dejó girados hacia ella.
—Le dije que tendría noticias por escrito.
Prefería traérselas yo antes de que le llegara el burofax el lunes y se enterara por un cartero.
—Hizo una pausa—. Me representa una gestoría de Santander, pero el asunto es de mi familia.
El edificio es nuestro. De los Vega. Lo ha sido desde antes de que su abuela abriera aquí abajo.
—Eso ya lo sé —dijo Mariona—. Leí el contrato.
Él levantó la vista, un poco sorprendido de que fuera por delante.
—Entonces sabrá que es un arrendamiento antiguo, de los de renta antigua, con una renta que hoy es casi simbólica.
Su abuela pagaba una miseria por este local y por la vivienda de arriba, y usted ha seguido pagándola.
—No lo dijo con reproche; lo dijo como quien lee un expediente—.
Ese tipo de contratos tienen fecha de caducidad por ley.
El suyo vence. Y mi familia ha decidido no renovar. Vamos a vender el edificio.
La palabra cayó en mitad de la sala como una teja suelta.
—¿Vender.
—Hay un grupo interesado en toda la manzana.
Los Figueroa ya han dicho que sí. Quieren la parcela entera para hacer apartamentos con vistas al puerto.
—Señaló los folios—. Ahí tiene los plazos.
Se le comunica por escrito la no renovación y se le da hasta final de febrero para desalojar el local y la vivienda.
Cinco meses. Es más de lo que exige la ley; en eso he insistido yo.
Mariona no tocó los folios. Los miraba desde arriba, las letras bailándole un poco, y por debajo del susto le iba subiendo, despacio, la dimensión entera de lo que aquel hombre acababa de decir con voz de leer el tiempo.
No era el negocio. O no solo. Era la casa.
Era el piso de arriba con la ventana desde la que se veía el mar, la cama donde había dormido de cría mientras Rosa cerraba abajo, la cocina donde su abuela le había enseñado a querer bien a la gente a base de mantequilla.
Era el rótulo dorado. Era el sitio donde había enterrado a Rosa por dentro cada martes durante un año.
Todo lo que ella tenía, lo poco y lo mucho, estaba dentro de aquellas cuatro paredes que resultaban ser de otros. De los Vega. De él.
Y no era solo suyo. Pensó, sin venir a cuento, en toda la gente que aquella noticia iba a dejar sin sitio sin saberlo todavía.
En Sabino, que venía a que le arreglaran el sueño.
En Consuelo, que aguantaba los martes viniendo.
En Candela, que tenía allí su segunda casa.
En Emérito, que bajaba cada mañana a que alguien lo esperara a las siete y cuarto.
¿A dónde iban a ir todos? ¿A unos apartamentos con vistas al puerto, a llamar al telefonillo de un piso turístico para que les arreglaran la pena?
La confitería no era un local que se pudiera mudar tres calles más allá con el mismo nombre.
Era ese sitio, esas paredes, ese horno viejo, ese olor que llevaba cincuenta años metiéndose en la madera.
Se dio cuenta, con una claridad fría, de que no sabría existir en otra parte.
De que si le quitaban aquello, no sabía qué quedaba de ella.
—Hasta febrero —repitió, y le salió la voz pequeña.
—Hasta febrero.
—Vivo aquí. Trabajo aquí. Nací aquí. —No estaba discutiendo; estaba nombrando las cosas en voz alta, como si nombrarlas pudiera clavarlas al suelo—.
Mi abuela levantó esto de la nada. Este pueblo viene aquí a…
—se calló, porque no iba a explicarle a él a qué venía el pueblo—. Esto no es una parcela.
—Para el grupo inversor lo es. —Adrián se guardó las manos en los bolsillos.
Por primera vez desde que había entrado pareció incapaz de sostenerle la mirada, y la bajó a las mesas de la fiesta, a las rosas de nata a medio comer—.
Mire, yo no le voy a contar que lo siento, porque usted no me va a creer y con razón. Es una decisión de la familia. Yo solo…
Le sonó el móvil. Lo sacó, miró la pantalla, y a Mariona le dio tiempo a leer el nombre antes de que él girara el teléfono: NURIA. Descolgó de espaldas, unos pasos hacia la puerta, en un intento de intimidad que en una sala vacía no engañaba a nadie.
—Dime. —Silencio—. Sí, estoy con ella ahora.
—Silencio—. Ya se lo he dicho. —Silencio más largo, y algo se le endureció en la nuca—.
Nuria, febrero. Quedamos en febrero. No, no voy a llamarla el lunes para adelantarlo, bastante es…
—Bajó todavía más la voz, pero la sala era pequeña y la tormenta aún no había llegado y el silencio lo llevaba todo—.
Porque hay una persona viviendo ahí, por eso.
Sí, ya sé que es un activo. También es una casa.
—Una pausa—. Lo hablamos el lunes. Lo hablamos el lunes, Nuria. Adiós.
Colgó. Se quedó un segundo de espaldas antes de girarse, y cuando se giró había vuelto a colocarse el muro, pero tarde: Mariona ya había visto la grieta por la que se colaba, ya había oído a un hombre discutir por ella con quien fuera aquella Nuria, defenderle cinco meses que no tenía por qué defender, llamar casa a lo que su familia llamaba activo.
No era un santo. Venía a echarla. Pero no lo estaba disfrutando, y esa distinción, en aquel momento, era casi lo único a lo que Mariona podía agarrarse.
—Una pregunta —dijo ella—. Su familia lleva cincuenta años sin poner un pie aquí.
Cincuenta años cobrando cuatro perras por este edificio sin venir ni a mirarlo.
Mi abuela lo cuidó, lo pintó, lo mantuvo en pie con su dinero, y a ustedes nunca les importó lo más mínimo.
—Cruzó los brazos—. ¿Por qué ahora? ¿Por qué de repente hay tanta prisa por vender algo que llevaban medio siglo olvidando?
Adrián abrió la boca y la cerró. Por un momento pareció que la pregunta lo pillaba a él tan de sorpresa como a ella, que era una pregunta que quizá se había hecho también él y no tenía respuesta buena.
—Por dinero —dijo al fin—. Como todo.
—No le creo.
—Pues es la respuesta que tengo. —Pero lo dijo mirando otra vez el rótulo dorado de detrás de la barra, Confitería Rosa, con una expresión que a Mariona le resultó imposible de leer, algo entre la incomodidad y otra cosa más honda que él mismo no parecía querer mirar de frente.
Se recompuso—. Mi familia y este edificio tienen una historia larga.
No es asunto suyo, y sinceramente tampoco mío. Yo solo he venido a cerrarla.
—Su familia tiene prisa —dijo ella.
—Mi familia tiene un comprador con prisa.
Es distinto. —Recogió su carpeta, dejó los folios en la mesa—.
Léalo con calma. Si tiene dudas legales, busque un abogado; le conviene.
Y si hay algo que… —Se detuvo, como si él mismo se sorprendiera de ir a ofrecer algo—.
Si necesita tiempo para lo del traslado, dentro de lo que puedo, cuente conmigo.
Es lo único que le puedo prometer, y ya es más de lo que debería.
—No quiero su tiempo —dijo Mariona—. Quiero mi casa.
Él no respondió a eso. No había respuesta que no fuera cruel o mentira, y tuvo al menos la decencia de no dar ninguna de las dos. Se subió el cuello del abrigo, fue hacia la puerta, y al abrirla el viento ya venía cargado de agua, las primeras gotas gordas estrellándose contra el toldo.
—Va a caer una buena —dijo, mirando el cielo negro sobre el puerto, casi para sí—. Dicen que la carretera de la costa se corta cuando el temporal es fuerte.
—Se corta. Por el argayo del kilómetro cuatro. Todos los inviernos. —Mariona lo dijo sin pensar, por costumbre de dar el parte, y solo después cayó en lo que significaba—. ¿Por dónde ha venido usted?
—Por la costa. —Adrián miró la calle, el agua arreciando, el coche gris solitario bajo la farola—. Estoy en Santander. Volvía esta noche.
Se miraron. Fuera, el cielo se rompió del todo y empezó a llover como llueve en el Cantábrico cuando de verdad se lo propone, en cortinas, de lado, tapando el mar y el puerto y el mundo.
La radio, a espaldas de Mariona, cortó la canción para dar un aviso de la Agencia Estatal: alerta naranja por temporal costero, se recomienda no circular por carreteras secundarias.
Adrián se quedó en el umbral, con una mano en la puerta, mirando la tromba que le cerraba el único camino de vuelta. Sacó el móvil, consultó algo, la pantalla iluminándole la cara mojada. Frunció el ceño.
—El desvío por el interior son dos horas más y también da avisos. —Habló como para sí, contrariado, calculando—. Y en este pueblo no hay ni un hostal, ¿verdad?
—Cerró el año pasado. —Mariona lo dijo con una satisfacción pequeña y mezquina que le duró justo lo que tardó en entender lo que implicaba—. La pensión de Fina. No hay nada. La gente que viene se aloja en Santander o en Comillas.
—Ya. —Adrián miró la lluvia, miró la calle anegada, miró el coche gris bajo la farola con el agua rebotándole en el techo, y se le escapó algo entre dientes que sonó a improperio de ciudad—. Perfecto. Sencillamente perfecto.
Y ahí estaban los dos, cada uno a un lado de la mesa donde seguían sin tocar los folios del desahucio: ella, con la fiesta a medio recoger y el suelo desapareciéndole bajo los pies; él, empapándose en el umbral de una casa que su familia quería vender, sin un sitio a donde ir y con la carretera cortada por un temporal que no entendía de plazos ni de apellidos.
Mariona miró al hombre que venía a quitarle su casa, atrapado esa noche dentro de ella por una jugarreta del cielo, y pensó que Rosa se habría reído a carcajadas. Rosa, que decía que el mar siempre acaba trayéndote a la orilla justo lo que no habías pedido.