La pastelera de los martes tristes Capítulo 5
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Capítulo 5

Esa noche Mariona hizo caso a Emérito y leyó el contrato.

Bajó al despacho después de cerrar, con una infusión que se le enfrió sin tocarla, y desplegó otra vez sobre la mesa los papeles de Rosa.

El arrendamiento estaba mecanografiado en un folio que el tiempo había vuelto del color del té, con la firma de su abuela abajo, joven, redonda, distinta de la letra saltada de los últimos años.

Y arriba, en la casilla del arrendador, el apellido de la familia propietaria, la de fuera, la que se marchó hace siglos.

El mismo que había leído esa mañana en una tarjeta boca abajo sobre el mármol.

Se quedó mirándolo mucho rato. No era un apellido común; no había margen para el consuelo de la casualidad.

El forastero de las humedades, el del coche limpio y el abrigo de ciudad, el que había mirado el rótulo de Rosa como quien mira algo que le pertenece, se apellidaba igual que los dueños de la casa donde Mariona había nacido, crecido y enterrado a su abuela.

Venía de esa familia. Venía, de algún modo que ella todavía no entendía, a por lo suyo.

Guardó los papeles. No durmió gran cosa. Y a la mañana siguiente, viernes, se levantó con una idea tonta y terca metida entre las cejas, de esas que no se van hasta que una las obedece.

Iba a averiguar quién era ese hombre. Y lo iba a hacer a su manera.

El viernes amaneció quieto. El norte se había cansado durante la noche y había dejado el pueblo aclarito y frío, con esa luz de octubre que no calienta pero se agradece.

Mariona abrió, encendió el horno, y la mañana fue de viernes bueno, con la gente de mejor humor porque el sábado asomaba a la vuelta de la esquina.

A media mañana entró Lourdes, la del quiosco, con la cara descompuesta porque le habían dado los resultados de no sé qué análisis y estaba esperando a que la llamaran del médico y no podía con el cuerpo.

Mariona la sentó, le puso una torrija de las que hacía los viernes, tibia, empapada en leche y canela, hecha con la idea de una espera que se hace más corta si se endulza.

Lourdes se la comió y se le pasó el temblor de las manos.

Se marchó al quiosco más entera, capaz de aguantar la llamada, fuera lo que fuera.

La casa funcionaba. Era viernes y la casa funcionaba como funcionaba cualquier día que no cayera en martes.

Se lo dijo a sí misma con cierto orgullo antes de saber que iba a necesitarlo.

Porque a las once y media, cuando salió a barrer la acera, ahí estaba él.

El coche estaba aparcado otra vez en la esquina, y el tasador daba vueltas alrededor de la manzana con su aparato.

Pero el forastero no estaba con él. Estaba plantado en la acera de enfrente, delante del portal de al lado del suyo, con el móvil pegado a la oreja y la otra mano en el bolsillo, discutiendo con alguien en voz baja y tensa.

Llevaba media hora ahí, calculó Mariona, porque lo había visto por el rabillo del ojo entre cliente y cliente.

Media hora al relente, sin abrigarse bien, con esa terquedad de la gente de ciudad que cree que el frío del norte es como el de Madrid y aprende tarde que no.

Cualquier otro día habría mandado a Candela con un café. Pero Candela estaba en el colegio y a Mariona le hervía por dentro aquella idea terca de la noche.

Se metió, se lavó las manos, y en vez de servir a nadie se puso a hacerle algo.

A él. Y aquí está lo raro, lo que le costó reconocerse después: que no lo hizo con rabia.

Podría haberlo hecho con rabia, con ganas de demostrarle que en aquel pueblo de pescadores sabían tratar mejor a un enemigo que él a ellos.

Pero cuando se puso delante del mármol y pensó en aquel hombre, lo que le vino no fue la rabia.

Fue lo que había visto pasarle por los ojos el día anterior un segundo antes de que subiera el muro: un cansancio hondo, de mucho tiempo, la clase de agotamiento que no se arregla durmiendo.

Se acordó, batiendo la mantequilla, de una cosa que le decía Rosa cuando era pequeña y la subía a un taburete para que la viera trabajar.

El secreto no está en la receta, boba, la receta te la sabe cualquiera.

El secreto está en para quién lo haces. Si horneas con la persona en la cabeza, sale una cosa.

Si horneas por hornear, sale otra. Y no te engañes nunca, que las manos saben si mientes.

De cría lo tomaba por una de las muchas cosas raras que decía su abuela.

De adulta lo había comprobado tantas veces que ya no lo pensaba: bastaba con querer bien a quien iba a comer para que el dulce hiciera lo suyo.

Por eso los desconocidos también se curaban en su tienda; porque Mariona sabía querer bien de oficio, a la primera, a cualquiera que cruzara la puerta con una pena a cuestas.

Así que quiso bien a aquel hombre. Se sorprendió pensando en su cansancio con algo peligrosamente parecido a la ternura, dejó fuera el contrato y las humedades y el apellido de la tarjeta, y amasó pensando en él como pensaba en cualquiera al que quisiera aliviar.

Un bollo sencillo, de mantequilla, con un poco de azúcar y canela por encima, de esos que saben a que alguien se ha molestado por ti.

Lo hizo con toda la intención del mundo, la misma que ponía en la torrija de Lourdes o en la tarta de Sabino.

La misma exacta. Las manos no le mintieron; ella sabía que no. Puso lo que había que poner.

Lo sacó del horno, lo puso en una servilleta con un café bien cargado, y salió a la calle.

—Oiga.

Él se giró, todavía con el móvil en la mano. Colgó sin despedirse.

—¿Sí?

—Lleva media hora ahí congelándose. —Le tendió el café y el bollo—. En este pueblo no dejamos que la gente se muera de frío en la puerta, ni aunque venga a medirnos las humedades. Tenga.

Él miró el café y el bollo como si le ofrecieran un documento que no había pedido firmar.

—No hace falta.

—Ya sé que no hace falta. Cójalo igual.

—Es usted muy insistente.

—Y usted lleva dos días midiéndome la casa por fuera.

Lo menos que puedo hacer es darle de desayunar mientras la mide.

—Le acercó el vaso hasta casi tocarle la mano, sin darle opción—.

En este pueblo hasta a los que vienen a incordiar se les da un café.

Es una costumbre bárbara, ya lo sé, pero le va a costar quitárnosla.

Hubo un pulso corto, de esos que en Peñalisa se ganan por cansancio, y lo ganó ella. Adrián cogió el vaso y el bollo con un gesto de rendición mínima, más por acabar antes que por otra cosa. Dio un sorbo al café. Y le dio un mordisco al bollo.

Mariona lo miró comer.

No lo disimuló. Se quedó plantada delante de él en la acera fría, con el trapo en las manos, observándole la cara con una atención que a él debió de parecerle rarísima, esperando lo que pasaba siempre, lo que llevaba pasando toda su vida delante de aquel mostrador: el momento en que a la persona algo se le suelta por dentro.

Los hombros que bajan. La mandíbula que se afloja.

La sombra que se retira un dedo de los ojos.

Ese instante pequeño y milagroso en que el dulce llega a donde tiene que llegar y hace lo suyo.

No pasó.

Adrián masticó. Tragó. Dio otro sorbo al café.

—Está bueno —dijo, con la misma temperatura con la que habría dicho que llovía—. Gracias.

Y siguió igual. Exactamente igual. El cansancio seguía instalado detrás de los ojos como un inquilino con contrato.

No se había movido ni un dedo. Ni un asomo de alivio, ni de sorpresa, ni de esa gratitud sin motivo que le entra a la gente cuando come algo hecho con el corazón y no sabe por qué de pronto está mejor.

Nada. Se terminó el bollo por educación, se bebió el café porque hacía frío, y para él aquello no había sido más que un desayuno tardío que una vecina insistente le había endosado en plena calle.

—¿Está bueno? —preguntó Mariona, y le salió la voz un poco rara.

—Sí. Muy correcto. —Le devolvió el vaso vacío—. No tenía que haberse molestado.

Muy correcto. Un bollo hecho con toda su alma, y el hombre lo despachaba con un «muy correcto», como se puntúa un trabajo ajeno.

Mariona cogió el vaso sin decir nada. Por dentro se le había abierto una grieta pequeña y fría que no supo nombrar en ese momento y que la acompañaría todo el fin de semana.

Porque no le había fallado nunca. Ni una vez.

Ni con el más cerrado de los clientes, ni con los turistas que no creían en nada, ni con los adolescentes que entraban de morros.

La casa curaba a todo el mundo. Menos los martes, y esto no era martes: esto era viernes, y hacía media hora Lourdes se había ido del quiosco con las manos quietas.

Funcionaba. Con todos. Con todos menos con este.

—De nada —dijo Mariona, tarde, cuando él ya se estaba girando hacia el coche.

Volvió a entrar en la tienda con el vaso vacío en la mano y se apoyó en la barra.

Le temblaba algo por dentro, muy hondo, en un sitio donde no le temblaba casi nunca.

Se puso a repasar el momento como quien repasa una cuenta que no cuadra.

¿Había puesto la intención de verdad? Sí.

La misma que en la torrija. ¿Le había deseado bien de corazón, a pesar de todo, a pesar del contrato y las humedades y el apellido de la tarjeta?

Eso era lo peor: que sí. Que en el momento de amasar le había deseado bien de verdad, había querido aliviarle aquel cansancio, y aun así.

Y entonces le vino la duda que la dejó helada, mucho más helada que el frío de la calle.

Y si la que había fallado no era la casa, sino ella.

Y si el don de Rosa no vivía en las paredes ni en el horno ni en la receta, sino en el corazón de quien horneaba, y ese corazón, el suyo, había empezado a estropearse sin que nadie la avisara.

Los martes fallaba con todos. ¿Y si ahora había empezado a fallar también los otros días, de uno en uno, y este hombre era solo el primero de una lista que iría creciendo hasta dejarla sin lo único que sabía hacer, sin lo único que la hacía ser algo más que una señora que vende bollos?

Se miró las manos. Las manos de Rosa, le decían todos. Le parecieron, por primera vez, manos como cualquier otras.

Y con esa idea vino otra, todavía peor, porque tenía que ver con lo que ella era.

Si lo que hacía de Mariona Mariona —no la del apellido ni la de la tienda, sino la de verdad, la que servía para algo en este mundo— era el don de aliviar a la gente, y el don empezaba a fallar, entonces ¿qué quedaba?

Una mujer de treinta y dos años, sola, que vivía encima de una pastelería que ni siquiera era suya, que curaba a un pueblo entero y a sí misma no, y que ahora igual dejaba también de curar al pueblo.

Se agarró al borde de la barra. Nunca se había parado a pensar quién sería ella sin lo suyo, porque nunca lo había necesitado.

Como no se piensa en el suelo hasta que cruje.

Volvió a probar la teoría, más tarde, porque necesitaba probarla.

Necesitaba saber, como quien se toca un diente que duele para comprobar si sigue doliendo, si el don estaba entero o si se le escapaba entre los dedos.

Cuando a la una entró don Casimiro, viudo, medio sordo, difícil de contentar, de los que devuelven el pan si no está a su gusto, Mariona le puso una porción de tarta de manzana con toda la intención, conteniendo la respiración, mirándole la cara igual que le había mirado la cara al forastero.

Y a Casimiro se le humedecieron los ojos a los dos bocados y le contó, sin venir a cuento, arrastrando las palabras, que ese día habría sido el cumpleaños de su mujer, que llevaba ocho años sin ella y que había amanecido con ganas de no levantarse.

Se fue del brazo de su bastón un poco menos solo.

La casa funcionaba. Ella funcionaba. El don estaba entero.

Era solo aquel hombre. Aquel hombre concreto, el del apellido de los dueños, sobre el que su mundo entero no hacía ningún efecto, como si estuviera hecho de un material que la magia de Rosa no sabía tocar.

No había fallado ella. No había fallado la casa.

Había fallado con él, y solo con él, y eso —aunque le devolvía la fe en sus manos— era casi más inquietante que lo otro.

Porque significaba que había en el mundo, y ahora mismo aparcado en la esquina de su calle, un hombre a prueba de lo único que ella sabía dar.

No le encontró explicación. No la había, o no la que ella pudiera ver desde donde estaba, con las piezas que tenía.

Guardó el vaso que él había vaciado sin darse cuenta de lo que le había hecho, y no lo lavó enseguida, lo dejó en el borde del fregadero como quien guarda una prueba de un delito que no entiende.

Esa tarde Emérito la notó rara y le preguntó qué le pasaba, y ella le dijo que nada, que el sábado tenía el bautizo y andaba liada.

Emérito no se lo creyó, porque a Emérito no se le colaba una, pero tampoco insistió.

Se tomó su café en silencio, observándola trastear por el obrador con esa cara de perro viejo que también tenía Bizcocho, la de quien ha visto a mucha gente fingir que está bien.

Solo, antes de irse, dejó las monedas y dijo, mirando la calle:

—Ese hombre volverá. Los de su clase siempre vuelven, y nunca con buenas noticias. —Se caló la boina—. Tú, cuando vuelva, no le des nada de comer. No malgastes en él lo que tienes, que no todo el mundo se merece tu trabajo.

—¿Y cómo sabe usted quién se lo merece?

—A mi edad se sabe. Se le ve a la gente en cómo dice gracias. —Abrió la puerta—. Ese no sabe darlas.

Mariona no le dijo que ya lo había malgastado.

Que le había dado lo mejor que sabía hacer y el hombre lo había llamado «muy correcto» y se había ido igual de frío que como había venido, dejándola a ella con una grieta nueva y una pregunta que no la dejaría dormir: si el problema era él, o si por fin, después de tanto arreglar a todo el mundo, había empezado a rompérsele a ella algo por dentro.

Fuera, el coche gris ya no estaba. Pero Mariona, mientras fregaba el vaso por fin, con más fuerza de la necesaria, supo que Emérito tenía razón en una cosa por lo menos.

Ese hombre iba a volver.