Capítulo 4
El jueves entró el norte. No traía lluvia, traía filo: un viento seco que bajaba de la sierra, limpiaba el cielo de un azul casi violento y se colaba por debajo de las puertas como un cuchillo fino.
Mariona lo agradeció, porque los días de norte la masa reposa mejor, y aquel jueves tenía la tarta del bautizo entre manos y quería que saliera perfecta.
Llevaba desde las siete con ella. Tres pisos de bizcocho, relleno de crema y mermelada de frambuesa, un baño de nata que había batido pensando en el crío que el sábado recibiría el agua y en la familia entera reunida alrededor de una mesa.
La dejó enfriando en la cámara y salió a atender, con las manos todavía blancas de azúcar glas.
El pueblo iba y venía. Vino el cartero a oler. Vino Remedios, la del estanco, a por su barra. A media mañana Mariona bajó al almacén a por harina y, cuando subió, la calle había cambiado de humor.
Lo notó por el silencio. Peñalisa, a esa hora, era un rumor constante de saludos y persianas y motores de reparto. Y de pronto había un hueco en el ruido, esa quietud de cuando pasa algo. Se asomó al escaparate secándose las manos en el delantal.
Y no fue la única. En Peñalisa las noticias no se cuentan, se respiran, y aquella mañana el pueblo entero pareció olerla a la vez.
Remedios se quedó parada en la puerta del estanco con la barra de pan bajo el brazo.
Dos pescadores que subían de la lonja aflojaron el paso.
En el primer piso de enfrente se apartó una cortina.
En Peñalisa un coche desconocido era un acontecimiento, y un coche desconocido parado justo ahí, en la esquina muerta de los Figueroa, con dos hombres bajándose de él, era casi un presagio, de esos en los que Mariona no creía y que sin embargo se le metían debajo de la piel.
Delante de la esquina de los Figueroa había aparcado un coche que no era de aquí.
Un coche gris, grande, silencioso, de esos que se alquilan en los aeropuertos y no tienen ni una brizna de sal pegada en las ruedas.
Los coches de Peñalisa llevaban el óxido del mar como una condecoración; este venía limpio, ajeno, de otro mundo.
Junto a él, dos hombres. Uno, bajo y trajeado, con una carpeta bajo el brazo y un aparato electrónico en la mano que apuntaba a las fachadas y soltaba un pitido corto cada vez.
El tasador de Toña. El del aparatito. Existía, entonces.
El otro no medía nada. El otro estaba de pie en mitad de la acera, con las manos en los bolsillos de un abrigo oscuro que en Peñalisa nadie llevaba, y miraba hacia arriba.
No miraba las fachadas como quien admira un pueblo bonito.
Las miraba como quien lee una factura. Alto, moreno, con el pelo revuelto por el norte y una barba de tres días que olía a desgana más que a descuido, la de quien tiene cosas más urgentes que la cara.
Cuarenta y pocos, calculó Mariona. Y de aquí, nada.
Recorrió las fachadas de la acera con la vista, una a una, sin prisa.
Y al llegar a la de la confitería, se detuvo.
Levantó la cabeza y miró el edificio de Mariona de arriba abajo: la piedra, los balcones de forja, la ventana del piso donde ella dormía.
Se quedó en esa ventana un segundo de más.
Luego bajó la vista, la posó en el escaparate, y la posó en Mariona, que lo miraba desde dentro con el trapo a medio camino.
No apartó la mirada. La sostuvo, un instante largo, sin saludar, sin sonreír, con la naturalidad de quien mira un objeto que forma parte del inventario.
Y a Mariona, que llevaba toda la vida al otro lado de un cristal viendo entrar a gente que la quería, aquella mirada le sentó como una corriente de aire. Fue ella la que se apartó.
La campanilla sonó a los diez minutos.
Entró él solo; el tasador se quedó fuera, midiendo el portal contiguo. Adentro, el frío del norte entró con él y tardó en irse. Mariona, por costumbre, por educación, por lo que fuera que llevaba treinta años haciéndose automático, sonrió y dijo lo que decía siempre:
—Buenos días. ¿Qué le pongo?
Él no contestó. Cerró la puerta, cortó el viento, y en lugar de mirar la vitrina —que era lo que miraba todo el mundo, la gente entra en una pastelería y mira el dulce, es ley de vida— miró el techo.
Las molduras. La viga vista del fondo. Bajó luego a las paredes, a la unión de la pared con el suelo, a la humedad de una esquina que Mariona conocía bien porque llevaba dando guerra desde el invierno pasado.
Sacó del bolsillo un móvil y le hizo una foto a esa esquina.
—¿Perdone? —dijo Mariona.
—Es un momento. —Ni la miró. Guardó el móvil, se acercó a la pared del fondo y le dio dos golpes con los nudillos, escuchando, como quien pregunta a una madera si está podrida—. ¿El edificio tiene segunda planta habitable?
—Vivo yo arriba.
—¿Usted es la inquilina, entonces.
No fue una pregunta. Fue una casilla que marcaba. Mariona dejó el trapo sobre la barra.
—Soy la pastelera —dijo—. Esto es una pastelería. La gente entra, saluda, compra algo. A veces hasta da los buenos días. —Ladeó la cabeza—. Es un pueblo pequeño, se estila.
Por primera vez él la miró de verdad. Fue un cambio mínimo, un ajuste, como quien reenfoca.
La miró un segundo, dos, y a Mariona le pareció ver pasar por detrás de aquellos ojos algo que poco tenía que ver con la frialdad: un cansancio viejo, de mucho tiempo, mal disimulado bajo el abrigo caro. Se le fue enseguida. Volvió el hielo.
—Buenos días —dijo él, sin una gota de calor, cumpliendo el trámite que ella le había reclamado—. ¿Es usted la propietaria del local o solo lo tiene alquilado?
—¿Y a usted qué más le da?
—Me da bastante, la verdad.
—Pues yo a los desconocidos no les cuento mis alquileres. —Cruzó los brazos—. ¿Quiere comprar algo o va a seguir haciéndole fotos a mis humedades?
Él ignoró la pregunta. Recorrió el local otra vez con la mirada, más despacio, y esta vez Mariona tuvo la impresión de que no medía: buscaba.
Se detuvo en el rótulo antiguo de detrás de la barra, el de letras doradas medio comidas por el tiempo, Confitería Rosa, el que su abuela mandó pintar cuando abrió y que Mariona no había querido cambiar nunca.
—¿Cuánto lleva abierto este local? —preguntó.
—Toda mi vida y bastante más. Lo abrió mi abuela.
—¿Su abuela. —De nuevo no era pregunta, pero algo le pasó al decirlo. Fue una pausa mínima, la de un pie que se posa donde no esperaba encontrar suelo. Se quedó mirando el rótulo dorado un instante demasiado largo para un hombre a quien solo le interesaban las vigas—. ¿Y sigue…?
—Murió el año pasado.
—Ya. —Bajó la vista. Por un segundo pareció que iba a decir algo más, y Mariona esperó, sin saber por qué esperaba. Pero el muro volvió a subir, ladrillo a ladrillo, delante de ella—. Lo siento.
Lo dijo como se dicen esas cosas cuando no se sienten, por reflejo social, y sin embargo a Mariona le sonó distinto, le sonó a un hombre que sabía de qué hablaba cuando hablaba de muertos. Se sacudió la impresión. El norte, se dijo. El norte le ponía la cabeza a inventar.
Algo se le movió en la comisura de la boca.
No llegó a sonrisa. Fue el fantasma de una, la memoria de una sonrisa que aquella cara había sabido hacer en otra época y ya no ensayaba.
Sacó la cartera, y por un momento Mariona pensó, con alivio, que iba a comprar algo y a comportarse como una persona.
Pero no sacó dinero. Sacó una tarjeta, la dejó sobre el mármol de la barra, boca abajo, sin darle la vuelta.
—Si es usted la inquilina, va a tener noticias mías por escrito. No hace falta que se preocupe hoy. —Se subió el cuello del abrigo—. Bonito local. Tiene buenos huesos, debajo de todo esto.
—Debajo de todo esto vive gente —dijo Mariona—. Por si le sirve para el aparatito.
Él la miró otra vez, esta vez más largo, y por un segundo Mariona tuvo la sensación incómoda de que la estaba viendo a ella y no al inventario, y de que lo que veía no le resultaba tan sencillo de tasar como una viga.
Luego se dio la vuelta, abrió la puerta, dejó entrar el norte, y se fue.
La campanilla se agitó detrás de él como quien se santigua.
Mariona se quedó mirando la tarjeta boca abajo sobre el mármol.
No la tocó. Fuera, en la acera, el hombre le dijo algo al tasador, el tasador guardó el aparato, se metieron los dos en el coche gris sin sal y arrancaron cuesta arriba, hacia la carretera, hacia donde fuera que iba la gente que no era de aquí.
Y lo que más le duró, cuando ya no quedaba nada de él más que el frío que había metido, no fue lo de las escrituras ni lo del aparatito ni lo de la ventana de su cuarto.
Fue una cosa pequeña y tonta que a nadie le habría parecido importante.
Por aquella puerta llevaba treinta años entrando gente, y toda, sin faltar una, salía distinta de como había entrado.
Un grado más caliente. Encarna con su suizo, Sabino con su noche de sueño, Candela con su ratoncito arreglado, hasta los turistas de paso, que entraban con prisa y salían despacio sin saber por qué.
La confitería tocaba a la gente. Era lo que hacía.
Era, en el fondo, lo único que Mariona sabía hacer de verdad.
Y aquel hombre había entrado, se había quedado un buen rato entre sus paredes, había respirado el olor a frambuesa y a nata recién batida que aquella mañana lo llenaba todo, y había salido exactamente igual de frío que como había llegado.
No se le había ablandado un músculo. No se le había cruzado por la cara la sombra de una gana de nada.
La casa no le había hecho ni cosquillas.
Y eso a Mariona no le había pasado nunca, ni un martes siquiera, porque los martes al menos la casa fallaba con todos por igual; esto era otra cosa.
Esto era un hombre sobre el que su mundo entero no tenía el menor efecto.
No le gustó descubrir cuánto le picaba aquello. Ni las ganas, absurdas, impropias de ella, de que volviera solo para demostrarle que se equivocaba.
Bizcocho, que en toda la escena no había abierto un ojo, eligió ese momento para levantarse, ir hasta la puerta y olisquear el aire que el forastero había dejado. Olisqueó largo, con interés, la cosa más parecida a una opinión que había emitido en años. Luego resopló y volvió a su sitio.
—Menuda ayuda —le dijo Mariona—. Para eso te doy de comer.
Le dio la vuelta a la tarjeta.
Un nombre de pila —Adrián— y un apellido.
Un teléfono con prefijo de Madrid. Y debajo, en letra pequeña, dos palabras de esas que suenan a despacho cerrado: algo de gestión, algo de patrimonio.
El nombre de pila no le dijo nada. El apellido, en cambio, le dejó un cosquilleo incómodo en algún rincón de la cabeza, como cuando una palabra se te queda en la punta de la lengua y no acaba de bajar.
Lo había visto hacía poco, estaba casi segura.
Escrito. En alguna parte. Y no en un buen contexto, aunque no habría sabido decir por qué pensaba eso.
La puerta volvió a sonar. Toña, cómo no, que había cruzado desde la peluquería a medio secar a una clienta con tal de no perderse el parte.
—¿Qué te ha dicho? ¿Qué quería? Lo he visto todo desde la ventana, tenía una cara de estreñido que no podía con ella. ¿Es el de las escrituras? ¿A que es el de las escrituras?
—No lo sé —dijo Mariona, y era verdad—. No me ha dicho ni a qué venía. Su nombre lo sé. —Miró la tarjeta—. Adrián. El apellido me suena y no me suena. Lo demás, nada.
—Pero ¿es majo o es un borde?
—Es un borde.
—Uy. —Toña se apoyó en la barra, encantada—. Los bordes a veces son los mejores. En las películas siempre acaban…
—Toña.
—Que sí, que me callo. —No se calló—. Pero es guapo, ¿eh? Reconóceme que es guapo. Borde, pero guapo. De esos que dan ganas de darles una colleja y un abrazo, no sé si me entiendes.
Mariona no dijo si la entendía. Guardó la tarjeta en el cajón de la caja, debajo de las gomas, y se fue al obrador a rematar la tarta del bautizo, que era lo suyo, lo que sabía hacer, lo que un hombre con un aparatito no podía medir ni entender.
Pero mientras montaba las últimas rosas de nata, con las manos firmes y la cabeza en otra parte, se le vino sin buscarlo la carpeta de gomas de la noche anterior.
El contrato mecanografiado. El nombre del propietario subrayado dos veces por la mano de Rosa.
La familia de fuera, la que se marchó hace siglos.
Ahí. Ahí lo había visto, el apellido de la tarjeta; o eso le decía la tripa, aunque la cabeza no terminara de jurarlo, porque la noche anterior estaba cansada y había leído aquellos papeles como quien pasa la mano por encima de una herida sin apretar.
Dejó la manga pastelera. Estuvo a punto de ir al cajón, sacar la tarjeta, bajar al despacho, abrir la carpeta y comparar los dos apellidos letra por letra hasta salir de dudas.
Estuvo a punto. Pero eran las doce y media, la tarta del bautizo la esperaba una familia entera, el sábado no se movía por nadie, y comparar apellidos con un muerto podía esperar a la noche.
Se dijo que lo haría luego. Se dijo que seguramente no era nada.
Se dijo, sobre todo, aquello que se decía siempre para no mirar de frente lo que le daba miedo: que la tarta era lo importante.
Esa tarde, cuando Emérito pasó a por su café de las seis —el segundo del día, el que él fingía que no se tomaba—, lo encontró más callado de lo normal.
Mariona le contó lo del forastero por encima, quitándole hierro, y el viejo escuchó sin interrumpir, que en él era mala señal.
Cuando llegó a lo del rótulo, a que el hombre se había quedado mirando el nombre de Rosa como quien mira algo que le pertenece, Emérito levantó la vista de la taza.
—¿Preguntó por tu abuela?
—Preguntó cuánto llevaba abierto el local. Le dije que lo abrió ella. Y se quedó… no sé. Raro. —Mariona se encogió de hombros—. Le dije que había muerto y me dio el pésame como quien firma un albarán.
Emérito no dijo nada durante un rato largo. Movió el poso del café en círculos, mirándolo, con esa cara que ponía cuando sabía más de lo que soltaba, que Mariona empezaba a reconocerle sin todavía saber leerla del todo.
—Ya te lo dije yo —murmuró al fin—. Las novedades siempre vienen a quitarte algo. —Miró hacia la ventana, hacia la esquina de los Figueroa donde ya no había ningún coche gris—. Lo que no sé todavía es el qué. Ni de dónde ha salido este. Aunque una idea me hago.
—¿Qué idea?
—Ninguna. —Dejó las monedas justas y se levantó, cerrando la conversación con el ruido de las monedas, como cerraba todo—. Cosas de viejo. Hazme caso en una: ese contrato de tu abuela, míratelo esta noche. No mañana. Esta noche.
Y se fue, dejando a Mariona con la advertencia clavada y el norte todavía barriendo la calle. La tarjeta del forastero dormía en el cajón, boca abajo otra vez, con su apellido de fuera esperando a que alguien le encontrara sentido.