Capítulo 3 #2
—No meto miedo, informo. Que es mi obligación como vecina.
—Se levantó, apuró el cortado de un trago—.
Y a ti, Mariona, te digo otra cosa, ya que estoy.
Que trabajas demasiado y te pasas los días arreglándole la vida a medio pueblo y a ti no te la arregla nadie.
Que tienes treinta y dos años, no ochenta como el amargado este.
—Oye —protestó Emérito.
—Que deberías salir. Que hay vida ahí fuera. Que un día de estos te presento a alguien y no me digas que no. —Ya estaba en la puerta—. ¡Que se me pone la Puri naranja! ¡Luego hablamos!
Y se fue tan deprisa como había venido, dejando en el aire el olor del tinte y una frase que a Mariona se le quedó dando vueltas más de lo que le habría gustado.
A ti no te la arregla nadie. Recogió el cortado, limpió la barra donde Toña había dejado un cerco.
No era verdad del todo, pensó. Ella tenía la tienda, tenía al pueblo entrando y saliendo por su puerta, tenía a Emérito a las siete y cuarto y a Candela con sus dientes y sus catástrofes, tenía el olor del pan por las mañanas.
Tenía una vida llena. Llena de los demás, eso sí. Pero llena.
Lo que pasaba, y esto no se lo dijo ni a sí misma más que de refilón, mientras aclaraba la taza, era que ella se sabía la cara de todo el pueblo el día que peor lo pasaba.
Sabía qué le hacía falta a Encarna cuando le fallaban los nietos, y a Sabino cuando no dormía, y a Consuelo los martes que no podía.
Los leía a todos como se lee una etiqueta.
Y a cambio no había en Peñalisa una sola persona que supiera leerla a ella.
No porque no la quisieran, que la querían.
Sino porque Mariona se había colocado, sin darse cuenta y desde muy pronto, en el lado del mostrador donde se da y no en el que se recibe.
Rosa la había educado así, con la mejor intención del mundo: una Prado atiende, una Prado no molesta, una Prado se guarda lo suyo para el final del día, cuando ya no queda nadie a quien servir.
Y para el final del día no le quedaban a Mariona más que una tartaleta de limón que no le curaba nada y un delantal grande colgado de un gancho.
Emérito se lo había preguntado el día antes, entre el café y la lluvia: ¿quién te hace a ti la tarta a ti?
Ella se había reído. Reírse era más barato que contestar.
La tarde fue de miércoles bueno: encargos, clientes de paso, una madre que venía a cerrar los detalles del bautizo del sábado —dos docenas de pastas, la tarta, que Mariona haría al día siguiente—, un par de turistas despistados de los que quedan en octubre.
Trabajó a gusto, con las manos obedientes y el pueblo de vuelta en su sitio después del paréntesis del día anterior.
Al caer la tarde, con la luz volviéndose naranja sobre los tejados mojados, cerró la caja y se quedó un momento en la puerta, mirando la calle.
Enfrente, la esquina de los Figueroa seguía tapiada como llevaba años, con el cartel de SE VENDE despintado por el salitre.
Y Mariona, sin querer, subió la vista por la fachada de su propio edificio, el de la confitería, el que nunca había sido de los Prado: la piedra vieja, los balcones de forja, la ventana del piso de arriba donde ella dormía ahora y donde había dormido de cría mientras Rosa cerraba abajo.
Un edificio de otra familia. Una familia de fuera, de gente que se marchó hace siglos.
Nunca se había parado a pensar de quién era la casa en la que había vivido toda la vida. Nunca había hecho falta.
Metió a Bizcocho, bajó la persiana, y esa noche, antes de subir, buscó en el cajón del fondo del despacho una carpeta de gomas que llevaba un año sin abrir, la de los papeles de Rosa.
Nunca había querido revisarla. Cuando su abuela murió, un gestor del pueblo le había dicho lo que tenía que firmar y ella lo firmó sin leer, porque leer aquellos papeles con el nombre de Rosa en cada página le parecía entonces por encima de sus fuerzas.
Los guardó en el cajón y no volvió a mirarlos.
La confitería seguía abierta, el alquiler se pagaba solo por el banco cada mes, un recibo pequeño que nunca subía, y mientras las cosas funcionaran no había motivo para remover.
Ahora sí lo había. Sacó la carpeta, le quitó las gomas, y sobre la mesa del despacho, bajo la bombilla desnuda, fue apareciendo la vida de Rosa en forma de documentos: escrituras que no eran suyas, recibos amarillos, un contrato de arrendamiento mecanografiado en una máquina de las de antes, con la letra saltada en algunas teclas.
Y por los márgenes, aquí y allá, la caligrafía grande y torcida de su abuela, anotando fechas, sumas, un par de nombres.
Mariona acercó la bombilla. Uno de los nombres, el del propietario, el de la familia de fuera que se había marchado hace siglos, estaba subrayado dos veces por la mano de Rosa.
Y al lado, con esa misma letra que apretaba al final como si le faltara sitio, su abuela había escrito una sola palabra que Mariona no entendió, y que decidió, porque era tarde y estaba cansada y al día siguiente había que hacer la tarta del bautizo, dejar para otro momento.