La pastelera de los martes tristes Capítulo 3
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Capítulo 3

El miércoles el cielo amaneció lavado. La galerna se había marchado durante la noche llevándose las nubes de una en una, y Peñalisa se despertó azul y fría, con los charcos quietos reflejando los balcones y el mar liso hasta el horizonte, ese mar de después de la tormenta que finge que nunca ha roto nada.

Mariona abrió la tienda con el ánimo de vuelta al cuerpo.

Los miércoles le sabían distintos. Después del hueco del martes, cualquier día parecía un regalo.

Y se notaba en las manos. La primera hornada le salió cantando, los croissants inflados como si respiraran, y cuando a las ocho entró la señora Encarna con la cara larga porque el yerno —el santo, el desastre— se había ido al pueblo con los niños y la había dejado sin ver a los nietos el finde, Mariona le puso un suizo recién hecho, todavía tibio, hecho con la idea de una abuela y sus nietos metida bien dentro de la masa.

Encarna le dio un mordisco de pie, ahí mismo, y se le pasó.

Se le pasó de verdad. Salió diciendo que total, que ya vendrían los niños en el puente, que qué tontería ponerse así.

Los miércoles la casa curaba. Los miércoles Mariona era Mariona.

A las siete y cuarto, marea puntual, entró Emérito.

—Hace un frío que pela —anunció, y se frotó las manos—. Un frío honrado, de los de antes. Esto sí es octubre y no la murga de ayer.

—Buenos días, don Emérito.

—Ponme el café. —Se sentó en su taburete, el segundo—. Y hoy normal, no me lo cargues como ayer, que me tuviste toda la mañana con el corazón a las carreras.

—Ayer me lo pidió cargado usted.

—Yo no pido nada. Yo sugiero. —Recibió el café, lo probó, hizo su mueca de costumbre—. Está pasable.

—Gracias.

—No es un cumplido. Pasable es pasable. Tu abuela lo hacía peor, para que veas, y jamás se lo dije, porque a Rosa no se le podía decir nada sin que te tirara un cazo a la cabeza. —Sopló la taza—. Genio tenía. Genio y media.

Mariona levantó la vista. Emérito no solía hablar de Rosa así, a bocajarro, entre sorbo y sorbo. En Peñalisa la gente hablaba de los muertos con cuidado, como se pisa el hielo, y de Rosa nadie hablaba en presente, como hacía él sin darse cuenta.

—¿La conoció mucho? A mi abuela.

—Toda la vida. —Emérito se encogió de hombros—.

Yo era un crío cuando ella abrió esto. Bueno, un crío no, un mozo.

Y ella tampoco era vieja entonces, aunque a ti te cueste imaginártela sin las canas.

Tenía una edad, tu abuela, en que este pueblo entero andaba pendiente de por dónde pisaba.

—Se calló un momento, como quien mira una foto que no enseña—.

Cosas de antes. Ya no queda nadie que se acuerde.

Los que se acuerdan estamos aquí muriéndonos de a poco.

Yo, la Remedios del estanco, cuatro más.

El pueblo es una casa con mucha gente dentro, niña, solo que la mayoría ya no está y hay que llevarlos uno en la cabeza para que no se caigan del todo.

Lo dijo sin drama, mirando el café. Y luego, porque era Emérito y no soportaba quedarse en lo tierno más de tres segundos, añadió:

—A lo que iba. Que mañana no me pongas la magdalena esa de arándanos, que me repite. Ponme la de toda la vida.

—La de toda la vida.

—Y no le pongas tanto azúcar por encima, que no soy un niño.

Le puso la de toda la vida y le puso el azúcar de siempre, ni más ni menos, porque sabía que si le ponía menos protestaría igual, y Emérito se la comió entera sin dejar una miga, refunfuñando cada bocado.

Cuarenta años subiendo al faro y ahora el faro se encendía solo, con un sensor, sin necesitarlo.

Mariona lo pensó viéndolo comer: que Emérito bajaba cada mañana no por el café, que le parecía pasable, ni por la magdalena, que le repetía, sino porque en algún sitio del mundo alguien tenía que estar esperándolo a las siete y cuarto, y ese sitio era su barra.

Le puso un segundo café sin que lo pidiera.

—No te he pedido otro.

—Invita la casa.

—La casa no invita nunca. Rosa jamás invitó a nadie ni a un vaso de agua.

—Pues yo sí. Cállese y beba.

Emérito bebió, y por debajo de la boina, si una miraba con atención, se le vio algo parecido a la satisfacción de saberse esperado.

A media mañana llegó Candela, y no camino del colegio, porque los miércoles salía a mediodía, sino de la mano de la abuela Pili, que la dejó en la puerta con el recado de que volvería a por ella en un rato, que tenía que ir a la farmacia.

Candela entró con paso de misión importante y se plantó delante de la barra, muy seria, y abrió la boca.

—Mira.

Le faltaba un diente de abajo. Un hueco rosa y perfecto donde el día anterior había habido un incisivo.

—¡Anda! —dijo Mariona—. ¿Y eso?

—Se me cayó anoche comiendo una manzana. No me dolió nada. —Lo dijo con el orgullo de una veterana de guerra, y luego se le nubló la cara—. Pero tengo un problema.

—Cuéntame el problema.

Candela se subió a un taburete, el de al lado de Emérito, que resopló y se apartó medio palmo por principios. La niña sacó del bolsillo del chubasquero un diente diminuto envuelto en un trozo de papel de cocina.

—El ratoncito Pérez —dijo, bajando la voz por si el ratoncito escuchaba— viene de noche.

Y mamá esta semana hace noches. Llega cuando yo ya duermo y se va cuando yo todavía duermo.

Y la abuela Pili se acuesta a las nueve y ronca como una moto y no se entera de nada.

—Miró el diente en su mano como si fuera un problema de matemáticas sin solución—.

¿Y si el ratoncito viene y no hay nadie despierto para…

para lo que sea que hace? ¿Y si se piensa que en mi casa no me quieren y no vuelve?

Emérito, al lado, abrió la boca para soltar alguna barbaridad sobre roedores y realidades de la vida, y Mariona lo fulminó con la mirada por encima de la cabeza de la niña. El viejo cerró la boca y se dedicó a su café con una dignidad ofendida.

—A ver —dijo Mariona, y se apoyó en la barra para quedar a la altura de Candela—.

Eso lo arreglamos en un momento. El ratoncito Pérez no necesita que nadie esté despierto.

Al revés: tiene que estar todo el mundo dormido, si no, no viene, es muy vergonzoso.

Lo que necesita es saber dónde dejar la moneda. ¿Tú dónde lo pones, el diente?

—Debajo de la almohada.

—Pues ahí lo tienes. Pero como esta semana andáis con los horarios cambiados, vamos a hacer una cosa.

—Cogió una bolsita de las de los caramelos, de papel, y metió dentro el diente con cuidado—.

Le vamos a dejar una nota. A los ratoncitos les encantan las notas, les da mucha confianza.

—Escribió en la bolsita, leyendo en voz alta mientras escribía—: «Diente de Candela.

La casa duerme raro esta semana porque mamá cuida a gente en el hospital.

Pero aquí se la quiere mucho. Firmado: la pastelera.

» —Se la dio—. Esto lo pones debajo de la almohada y no falla.

El ratoncito lee la nota, ve que en tu casa se te quiere un montón, y deja la moneda encantado.

A lo mejor hasta te deja propina por lo de la nota.

Candela cogió la bolsita como quien recibe un tesoro y la leyó despacio, moviendo los labios, con el hueco del diente asomando.

—¿Tú lo conoces? Al ratoncito.

—De vista. Pasa por aquí de vez en cuando. Le gusta el turrón.

—Ya. —Candela guardó la bolsita en el bolsillo con las dos manos, apretándola—. Gracias, Mariona.

Y porque tenía ocho años y los problemas a los ocho años se cierran de golpe cuando alguien mayor te dice que están resueltos, se olvidó del ratoncito por completo y pidió si podía llevarse un bollo para el camino y otro para la abuela Pili «que no ha desayunado bien».

Se los llevó los dos, y en la puerta, cuando llegó la abuela, Mariona la oyó decirle, muy digna: «Abuela, el ratoncito viene igual, me lo ha dicho la que sabe. »

Emérito esperó a que la puerta se cerrara.

—Le has mentido a la criatura —dijo—. El ratoncito Pérez.

—Le he arreglado la noche. Que es distinto.

—Ya. —Removió el poso—. Rosa hacía lo mismo. Contigo, sin ir más lejos, cuando eras de este tamaño y llorabas por tu madre. Se inventaba unas historias que ni un cura. —La miró de reojo—. Sois iguales, tú y ella. Da hasta susto.

No era la primera vez que se lo decían y siempre le calentaba algo por dentro y le dolía un poco a la vez, las dos cosas juntas.

Toña entró a la una en punto, como un vendaval, todavía con las tijeras colgando del bolsillo del delantal de la peluquería y un mechón de tinte en la mano derecha.

—Que no puedo quedarme, que tengo a la Puri con el tinte puesto y como me despiste se me pone naranja y me la lío parda —dijo del tirón, y se sentó igualmente—. Ponme un cortado rápido. Y escúchame, que esto es gordo.

—¿El qué es gordo?

—El forastero. —Toña bajó la voz, que en ella era como bajar un tractor—.

El de las escrituras. Ha aparecido. Lo vio ayer mi cuñada, la del registro, con un tío trajeado que resultó ser un tasador, uno de esos que van midiendo las paredes con un aparatito.

Y no venían por el local de los Figueroa, Mariona.

—Hizo una pausa dramática que estropeó ella misma al no aguantarla—.

Venían preguntando por esta calle. Por los edificios de esta acera. El tuyo incluido.

Mariona dejó de secar el vaso que estaba secando.

—¿El mío?

—Bueno, el tuyo, el tuyo… El edificio. Este de aquí.

—Toña señaló el techo, la tienda, todo—.

¿Tú sabes de quién es esto? Porque tu abuela lo tenía de alquiler de toda la vida, ¿no?

Nunca fue de los Prado. Era de una familia de fuera, de gente que se marchó hace siglos.

—Se encogió de hombros—. Igual no es nada.

Igual el tío viene a vender un solar y ya.

Pero yo, en tu lugar, miraría el contrato ese que tienes por ahí. Por si acaso.

—Toña, no metas miedo —dijo Emérito—. Bastante tiene la chica.