Capítulo 2
El martes llovía de verdad, no el orbayu del día anterior, sino una lluvia adulta que venía de poniente y golpeaba el escaparate con ganas.
Mariona subió la persiana igual que siempre —tirón, pausa, tirón—, pero la persiana, con la humedad, se quedó a medio camino y hubo que darle un tercer empujón.
Le pareció un mal presagio y enseguida se dijo que ella no creía en presagios.
Encendió el horno. La tienda tardó más en calentarse que otros días, como si el frío hubiera entrado durante la noche y hubiera echado raíces bajo las baldosas.
Se ató el delantal de Rosa. Las mismas dos vueltas de más a la cinta, el mismo gesto de siempre.
Solo que los martes se lo ataba sin mirarlo, deprisa, como quien se pone un uniforme para un trabajo que no le gusta.
Los otros días el delantal era su abuela abrazándola por detrás. Los martes era solo tela.
Bizcocho, que en verano dormía en el escaparate y en invierno se pegaba al horno, se había instalado ya contra la puerta de la cámara y la miraba con esa cara de perro viejo que ha visto muchos martes y no espera nada de ninguno.
—Ya lo sé —le dijo Mariona—. Hoy tampoco.
Empezó por lo de siempre. Croissants, napolitanas, el pan de leche de la señora Encarna.
Trabajó con las mismas manos, la misma harina, la misma canela que ayer, y todo salió igual de bien: doraron los croissants, subió la masa, olió la tienda a mantequilla y a azúcar como olía cada mañana.
Por fuera no había ninguna diferencia. Un forastero que entrara no notaría nada.
Esa era la trampa de los martes: que todo parecía funcionar.
La semana tenía una forma, y Mariona se la sabía de memoria.
Los lunes la gente venía con las penas nuevas del fin de semana, y ella podía con casi todas.
Los miércoles y los jueves eran de mantenimiento, encargos y clientes de paso.
Los viernes olían a esperanza tonta, a plan de sábado.
Los sábados eran de fiesta —bodas, bautizos, cumpleaños— y ahí la confitería daba lo mejor de sí, porque la alegría también se puede empujar un poco.
Los domingos cerraba. Y los martes eran el agujero, el día muerto en mitad de la cuenta, el peldaño que faltaba en la escalera y que ella había aprendido a saltar sin mirar.
Organizaba la vida entera alrededor de ese hueco.
No firmaba encargos importantes para los martes, no citaba a proveedores, no se comprometía a nada que exigiera que sus manos hicieran magia.
Y lo más raro era que el pueblo, sin saberlo, hacía lo mismo: los martes venían los que solo querían pan, y los que traían el corazón cargado esperaban, sin darse cuenta de que esperaban, a que fuera miércoles.
Como si Peñalisa entera respirara al ritmo de una casa y evitara pedirle a esa casa lo que ese día no podía dar.
A las siete y cuarto entró Emérito, chorreando.
—Menudo día de perros —dijo, y colgó el chubasquero en el gancho que él consideraba suyo—. Ni las gaviotas han salido. Están todas debajo del muelle, muertas de asco, como Dios manda.
—El café más cargado, ¿no?
Emérito se paró a mitad de sentarse.
—¿Y tú cómo sabes eso?
—Me lo pidió usted ayer. Que los martes hay que aguantarlos con algo.
—Yo no dije eso.
—Lo dijo.
—Bueno. —Se acomodó en el segundo taburete y aceptó el café doble como si le hicieran una faena—. Pues acertaste por casualidad.
Mariona no discutió. Se lo puso cargado, con los dos de azúcar, y Emérito bebió y torció el gesto y no dijo que estaba bueno porque nunca lo decía, pero se quedó las dos manos alrededor de la taza más rato del necesario.
Fuera, la lluvia arreciaba. Dentro estaban calientes.
Por un momento, con el viejo en su sitio y el perro en el suyo y el horno encendido, Mariona casi se olvidó de qué día era.
Casi.
A las nueve pasó Sabino por delante del escaparate, camino de la lonja.
Se paró, la vio dentro y levantó la mano.
Traía otra cara. No la cara de un hombre feliz, que eso no se arregla en una noche, pero sí la de un hombre que había dormido: la piel menos gris, los ojos con agua otra vez.
Le hizo un gesto con la mano abierta, cinco dedos, y Mariona entendió.
Cinco horas. Cinco horas seguidas por primera vez desde septiembre.
Le devolvió el saludo y Sabino siguió su camino bajo el paraguas, un poco más recto, y ella se quedó mirándolo alejarse con un orgullo tibio que se le agrió a los pocos pasos, porque le recordó lo que hoy no iba a poder hacer por nadie.
Porque lo de Sabino había sido ayer. Ayer era lunes.
Doña Consuelo llegó a media mañana, cuando escampó un poco.
Venía sin paraguas, con el pelo aplastado por la lluvia y el abrigo bueno, el de los entierros y las visitas, aunque no iba a ningún sitio.
Consuelo tenía setenta y tantos y un hijo en Stuttgart que llamaba los domingos y prometía venir en verano y no venía.
Vivía sola en la casa de la cuesta, la de las hortensias, demasiado grande para una persona.
Los martes eran su día malo; nunca había dicho por qué y Mariona nunca lo había preguntado, pero venía los martes, siempre los martes, como si el resto de la semana pudiera con ella sola y ese día no.
—Buenos días, Mariona.
—Doña Consuelo. Qué alegría. Siéntese, que está usted calada. Ahora mismo le pongo algo.
La sentó en la mesa de la ventana, la buena, y le quitó de las manos el abrigo empapado y lo colgó cerca del horno para que se secara. Consuelo se dejó hacer. Tenía las manos moradas de frío y las miraba como si fueran de otra.
—Se me ha ido el verano otra vez —dijo—.
Decía que venía en agosto. Luego en septiembre.
Ahora dice que en Navidad, con los niños.
—Sonrió sin sonreír—. Los niños ya casi ni hablan español.
La última vez que vinieron, el pequeño me llamó Oma.
Es abuela, en alemán. Me hizo gracia y me dio una pena que no te puedo explicar.
Mariona la escuchó. Y mientras la escuchaba fue al obrador y se puso a hacerle a Consuelo lo que otras veces le había hecho: un bizcocho de yogur y limón, sencillo, tibio, de esos que saben a merienda de la infancia, a cuando a una la esperaban en casa.
Lo hizo pensando en Consuelo con toda la fuerza que tenía.
Pensó en su casa vacía de la cuesta, en el teléfono de los domingos, en la palabra Oma dicha por un niño que no la conocía.
Puso en la masa todo lo que sabía poner.
Lo horneó, lo sacó dorado y tembloroso, cortó un trozo generoso y se lo llevó con un vaso de leche templada, igual que ayer con Sabino, exactamente igual.
Y no pasó nada.
Consuelo comió. Dijo que estaba muy rico, y lo dijo de corazón, porque estaba muy rico.
Pero no se le soltaron los hombros. No se puso a hablar de las cosas buenas.
No le volvió el agua a los ojos de la manera en que le vuelve a alguien cuando algo por dentro se destraba.
Se comió el bizcocho como quien se come un bizcocho —con educación, con hambre incluso— y siguió igual de sola que cuando entró, con el hijo igual de lejos y el martes igual de encima.
Mariona lo supo en cuanto la vio masticar.
Lo notó como se nota una cuerda que no tensa, un interruptor que se acciona y no enciende nada.
—Está buenísimo —repitió Consuelo, y se limpió con la servilleta—. Tienes las manos de tu abuela, hija.
Pero no era verdad. Los martes no las tenía.
Se quedó un rato más, al calor, mientras se le secaba el abrigo, y habló del tiempo y de las hortensias y de que este año no había podado bien.
Cuando el abrigo estuvo seco Mariona se lo ayudó a poner, le envolvió medio bizcocho para la casa —que se lo comería sola, delante del televisor, y no le curaría nada— y le abrió la puerta.
—Que se cuide, doña Consuelo. Y abríguese, que ha refrescado.
—Gracias por todo, guapa. Aquí siempre se está bien.
Y se fue, cuesta arriba, hacia la casa de las hortensias, con el paso corto de los martes, igual de encorvada que había venido. Mariona la vio subir hasta que dobló la esquina. Luego cerró la puerta y se apoyó en ella un momento, por dentro, con la frente casi tocando el cristal frío.
No había servido de nada. Otra vez. Había puesto lo mismo que ayer, había pensado en Consuelo con la misma intensidad con que había pensado en Sabino y en Amalia, había hecho todo bien, cada paso, y la mujer se había ido igual de rota.
Los martes ella era una señora que vendía bizcochos.
Buenos bizcochos, eso sí. Pero bizcochos.
Y si lo único que ella sabía hacer era esto —arreglar a la gente por dentro, que era lo que Rosa le había dejado en herencia junto con la persiana rota y el delantal grande—, entonces los martes no sabía hacer nada.
Los martes no servía. Y cuando una pasa un día entero sin servir para lo suyo, acaba preguntándose si sirve para algo.
Emérito, desde la barra, la miraba. Llevaba un rato callado, que en él era casi un grito.
—No ha funcionado —dijo. No lo preguntó.
Mariona se separó de la puerta y se puso a recoger la mesa de la ventana con más energía de la necesaria.
—No sé de qué me habla.
—Ya. —Emérito removió el poso del café—. Llevo viniendo aquí cuarenta años, niña. Primero con tu abuela, ahora contigo. Me sé los días buenos y los días malos de esta casa mejor que los míos. —Levantó la vista—. Los martes esta casa no cura. Nunca ha curado. Ni con Rosa.
Mariona se detuvo con los platos en la mano.
Era la primera vez que alguien lo decía en voz alta.
En Peñalisa nadie decía que la confitería curaba, y mucho menos decía que un día concreto no lo hacía.
Que Emérito lo soltara así, entre el café y la lluvia, como quien comenta la marea, le hizo sentir a la vez un alivio enorme y un miedo pequeño.
—¿Por qué los martes? —preguntó, muy bajo.
Emérito la miró largo. Por un segundo pareció que iba a decir algo, algo que sabía, algo que pesaba. Luego se encogió de hombros y volvió al café.
—Yo qué sé. Cosas de esta casa. —Dejó las monedas justas—. Pregúntale a tu abuela.
—Mi abuela está muerta.
—Ya lo sé. —Se levantó, descolgó el chubasquero todavía húmedo—. La enterramos aquí al lado. Un año hará ya. —Se caló la boina—. Un martes, por cierto.
Y salió a la lluvia sin despedirse, como salía siempre, dejando la campanilla temblando y a Mariona quieta en medio de la tienda con dos platos en las manos y una frase clavada donde no llegaba a rascarse.
Un martes.
Ya lo sabía, claro que lo sabía; había sido ella la que había elegido el nicho y la que había vuelto a abrir al día siguiente porque no supo qué hacer con las manos.
Pero una cosa era saberlo y otra oírlo dicho por otra boca, en voz alta, un martes de lluvia, junto al café.
Como si al decirlo Emérito hubiera atado sin querer dos cabos que ella tenía siempre sueltos a propósito.
No ató nada más. No quiso. Guardó los platos, barrió la harina del suelo, apuntó en la pizarra del obrador que la tarta del bautizo la haría el jueves —nunca hacía los encargos importantes en martes, aunque a nadie le hubiera explicado por qué—, y dejó pasar la tarde vendiendo pan y magdalenas a gente que no traía penas, que era lo único que los martes podía hacer bien: atender a los que solo querían pan.
Y hubo de eso, por suerte. Vino una pareja joven a por bollos para la merienda y se rieron delante de la vitrina sin poder decidirse, y Mariona les dio a probar un trozo de cada cosa y se fueron con más de lo que pensaban comprar.
Vino un chaval a por velas de cumpleaños, las de colores, y ella le regaló una de más «por si se apaga alguna».
Vino un pescador enorme, de manos como palas, a por una docena de sobaos para llevar al barco, y le contó que a la mar le gustaba el dulce, que un barco sin dulce era un barco triste, y Mariona le dio la razón.
Fueron transacciones limpias, sin fondo, de las que no dejan poso.
Los martes eran para eso. Para lo que se resolvía en el mostrador y salía por la puerta sin mirar atrás.
Al caer la tarde, con la lluvia ya mansa y la calle vacía, hizo una cosa que hacía casi todos los martes y que no le había contado a nadie.
Cogió tres limones de la reineta —de los que Rosa llamaba «los amarillos de verdad»—, ralló la piel hasta que el obrador entero olió a cítrico y a algo antiguo, y montó una tartaleta pequeña, una sola, del tamaño de la palma de la mano.
La del limón. La de siempre. La que su abuela hacía y que Mariona no había conseguido igualar del todo nunca, por más que tenía la receta escrita del puño y letra de Rosa en el cuaderno de tapas de hule.
Sacó el cuaderno del cajón, aunque se la sabía de memoria, porque los martes le gustaba tenerlo abierto sobre el mármol mientras trabajaba.
La letra de Rosa era grande y torcida, de las que se aprenden con prisa.
Azúcar, huevos, la ralladura, el punto exacto de la crema, el tiempo de horno.
Y luego, donde debería ir el último paso, la página se quedaba en blanco.
Siempre había sido así. Rosa nunca escribió cómo se terminaba la receta, y de cría Mariona daba por hecho que a su abuela se le había acabado la tinta o la paciencia, y remataba ella la tartaleta a su manera, por instinto, sin darle más vueltas.
Nunca se le había ocurrido preguntar por qué faltaba justo ese renglón.
La horneó despacio. La dejó enfriar en el plato del ribete azul.
Y se sentó sola a la mesa de la ventana, la buena, con la tartaleta delante, y se la comió a pequeños bocados mientras fuera se encendían las farolas y el mar se volvía negro.
No le curó nada. No le quitó el peso del pecho ni le arregló el martes ni le trajo de vuelta a Rosa.
Nunca lo hacía. A sí misma no podía curarse ningún día de la semana, y los martes menos, y aun así la hacía, cada martes, y se la comía sola, porque era lo más parecido que tenía a que alguien la estuviera esperando en casa.
Le gustaba pensar que Rosa hacía esta misma tartaleta al final de sus propios martes, hace años, cuando la tienda era suya y Mariona era una cría dormida en el piso de arriba.
Nunca se lo había preguntado. Ahora ya no podía.
Cuando terminó, lavó el plato del ribete azul, lo secó y lo subió al estante de arriba, donde no llegaba nadie más que ella.
Se desató el delantal de Rosa, lo colgó del gancho, y esta vez sí lo miró un momento antes de apagar la luz: la tela blanca de las flores desvaídas, colgando en la penumbra, con la forma vacía de dos mujeres dentro.
Afuera seguía lloviendo. Mañana era miércoles.