La pastelera de los martes tristes
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Capítulo 1
El primer lunes de octubre Peñalisa amaneció con el orbayu pegado a los cristales, esa llovizna fina que en la costa no cae, se posa, y Mariona subió la persiana de la confitería con la misma maniobra de siempre: el tirón corto, la pausa, el segundo tirón hasta arriba.
La persiana llevaba treinta años quejándose a esa hora y ella había aprendido a quejarse con ella, por lo bajo, para hacerle compañía.
Dentro olía a lo de anoche, a mantequilla dormida y a azúcar frío.
Encendió las luces del obrador y el escaparate se volvió un rectángulo ámbar contra la calle gris.
Fuera, el pueblo todavía no era pueblo: era un rumor de gaviotas y el motor de la furgoneta del pan bajando hacia el puerto.
Mariona se ató el delantal de su abuela, el blanco de las flores desvaídas, y lo hizo como cada mañana, dando dos vueltas de más a la cinta porque le quedaba grande y siempre le había quedado grande.
Rosa había sido una mujer de otra anchura.
Un año después, el delantal seguía oliendo a ella si una lo buscaba, y Mariona no lo buscaba, pero tampoco lo lavaba del todo.
Prendió el horno. Bizcocho levantó una oreja desde su cojín del rincón, decidió que el mundo podía esperar y volvió a dormirse con el hocico entre las patas.
—Buenos días a ti también —le dijo ella.
A las siete y diez encendió la cafetera, y a las siete y cuarto, puntual como una marea, la campanilla de la puerta soltó su tres notas y entró don Emérito.
—Vaya asco de día —dijo el farero, sacudiéndose el agua de la boina—. No sé para qué me levanto.
—Para desayunar aquí, don Emérito.
—Para nada. Me levanto porque a mi edad si te quedas en la cama te da por pensar, y pensar no lo recomiendo.
—Se sentó en su taburete de siempre, el segundo de la barra, el único que no cojeaba, y miró el café que Mariona ya le estaba poniendo delante como si fuera un imprevisto molesto—. No te he pedido nada.
—Ya.
—Con dos de azúcar.
—Como siempre.
—Yo no tengo un «como siempre» —protestó él, y le echó los dos de azúcar—. Eso son cosas de la gente que se deja llevar por la costumbre. Yo cada día decido.
—Por supuesto.
Bebió. Cerró los ojos medio segundo, lo justo para que ella lo viera y él fingiera que no.
Emérito había pasado cuarenta años subiendo cada noche los ciento cuarenta escalones del faro de Peñalisa y ahora que el faro funcionaba solo, con un sensor y una bombilla que no se fundía nunca, bajaba cada mañana a la confitería a discutir con el café.
Mariona sospechaba que era su manera de seguir encendiendo algo a horas fijas.
—Está flojo —dijo él.
—Está como a usted le gusta.
—Eso lo decidiré yo.
Ella sonrió hacia el obrador, donde él no podía verla, y sacó la primera hornada de croissants.
El vaho subió a las lunas del escaparate y las emborronó, y por un momento la calle entera fue una acuarela: la peluquería de Toña con la persiana todavía bajada, la fila de balcones con geranios de plástico que resistían el invierno mejor que los de verdad, el mar allá al fondo, gris sobre gris.
A las ocho menos veinte pasó Candela camino del colegio, con el chubasquero amarillo y la mochila más grande que ella, y se plantó delante del escaparate como cada mañana a hacer el ritual: apoyó la nariz y las dos manos en el cristal y dejó tres huellas y un aliento.
Mariona salió con medio croissant en una servilleta.
—Que llegas tarde.
—Es que Bizcocho no ha venido a saludarme.
El perro, oyendo su nombre, se estiró como quien hace un favor y fue hasta la puerta a dejarse rascar dos veces exactas antes de volver a su cojín.
—¿Trabaja tu madre hoy? —preguntó Mariona.
—Turno largo. Vuelve cuando yo ya esté dormida. —Candela lo dijo sin drama, con la naturalidad de quien ha convertido una pena en un dato—. Me quedo con la abuela Pili.
—Pues dale recuerdos a la abuela Pili. Y corre.
La niña corrió, con el croissant en una mano y las tres huellas quedándose atrás en el cristal, empañándose despacio. Mariona las miró un segundo antes de volver dentro. No las limpió. Ya se limpiarían solas al mediodía, cuando entrara el sol si es que entraba, y mientras tanto le hacían compañía.
El pueblo empezó a llenarse a cuentagotas.
Vino la señora Encarna a por su barra de pan de leche, y se quedó veinte minutos contando lo del yerno, que si el yerno esto, que si el yerno lo otro, y Mariona escuchó las dos versiones —la de que el yerno era un santo y la de que el yerno era un desastre, que Encarna sostenía ambas sin pestañear— y le puso una madalena de regalo «para el camino».
Vino el cartero, que no compraba nunca pero olía la tienda de arriba abajo como quien reza.
Vino Toña, ya con la peluquería abierta, a por su cortado y su dosis de vida ajena.
—¿Te has enterado? —dijo Toña, dejándose caer en el taburete de al lado de Emérito, que resopló—. Dicen que van a abrir algo en el local de los Figueroa. El de la esquina, el que lleva años cerrado.
—¿Algo de qué? —preguntó Mariona.
—Ni idea. Un forastero preguntando por escrituras y no sé qué. Mi cuñada, que trabaja en el registro, dice que ha habido movimiento. —Toña bajó la voz como si el registro estuviera escuchando—. Movimiento, Mariona.
—Movimiento —repitió Emérito, sombrío—. Aquí lo único que se mueve es la marea, y bien que estamos.
—Tú es que estás en contra de todo.
—Estoy en contra de las novedades, que es distinto. Las novedades siempre vienen a quitarte algo.
Mariona los dejó discutir. Puso el cortado de Toña, atendió a dos crías del instituto que compraban chuches con las monedas contadas, cobró, dio las gracias, sonrió.
Le salía natural, lo de sonreír; le salía tan natural que a veces, al cerrar por la noche y quedarse sola, se descubría todavía con la sonrisa puesta, como quien se olvida un guante, y tenía que quitársela ella misma.
Pero eso era por la noche. Por la mañana la confitería era un sitio cálido y lleno, y ella estaba bien, estaba bien de verdad, con las manos en la masa y el pueblo entrando y saliendo por su puerta como la sangre por un corazón que funciona.
A las once y media entró Sabino.
Mariona lo notó antes de verlo, por el modo en que la campanilla sonó distinto —o le pareció que sonaba distinto, que era lo mismo—.
Sabino Cea llevaba tres semanas viudo. Amalia se había ido en septiembre, despacio, después de un verano de hospitales, y desde el entierro Sabino venía cada dos o tres días a comprar cosas que no comía.
Se le notaba en la ropa, que le empezaba a sobrar, y en la cara, que tenía el color de quien no duerme.
Un hombre grande que se estaba haciendo pequeño.
—Buenos días, Mariona —dijo, y hasta la voz le sobraba.
—Don Sabino. ¿Qué le pongo?
—No sé. Pan, igual. Amalia compraba… —Se paró. Miró la vitrina como si las palabras estuvieran ahí dentro y no las encontrara—. Compraba una cosa de esas. Da igual. Pan.
Mariona no le puso pan.
Le dijo que se sentara un momento, que hacía un frío de mil demonios ahí fuera y que tenía café recién hecho, y Sabino se sentó porque era más fácil sentarse que discutir.
Ella entró en el obrador. En la nevera baja tenía manzanas reineta, de las ácidas, y tenía canela de la buena, la que Rosa compraba en Santander una vez al año y guardaba como si fuera oro.
No era hora de ponerse a hornear una tarta.
Tenía la comanda del bautizo del sábado a medio hacer y las napolitanas por rellenar. Pero se puso.
Peló las manzanas pensando en Amalia, que en paz descansara, y en las tardes de hace años en que Amalia venía a por harina y se quedaba enseñando a Mariona a hacer la masa quebrada con las manos frías, «que la mantequilla se te derrite si tienes las manos calientes, niña, por eso yo hago tan buena repostería, porque soy una mujer de sangre fría».
Amalia decía eso y se reía sola. Mariona amasó pensando en aquella risa.
Esto era lo que Rosa le había enseñado, aunque Rosa nunca lo hubiera dicho con esas palabras.
Su abuela no daba lecciones; daba codazos.
«Aparta, que no es así», y le quitaba a Mariona la manga pastelera de las manos y la rellenaba ella, y Mariona aprendía mirando, que es como se aprende lo que no se puede explicar.
Rosa cocinaba pensando en la persona. Antes de encender el horno preguntaba por quién era el encargo, no para cobrarlo, sino para saber a quién estaba metiendo en la masa.
«El pastel se acuerda de en quién pensaste», decía, y luego se reía de sí misma y añadía que eran bobadas de vieja.
Mariona, de cría, creía que eran bobadas de vieja.
Ya no lo tenía tan claro. Puso la canela pensando en el olor de la cocina de Amalia, que había entrado una vez, siendo muy pequeña, y no había olvidado nunca: aquel piso pequeño y cálido, la ventana empañada, Amalia canturreando algo antiguo mientras removía.
Metió la tarta en el horno con ese olor dentro y con la risa de Amalia dentro, y se quedó un momento con la mano en la puerta caliente, como quien cierra una carta antes de echarla.
Mientras se hacía no atendió a nadie que no lo necesitara de verdad: le pidió a Toña que le echara una mano con la barra, y Toña, que de tonta no tenía un pelo, la echó sin preguntar.
Cobró dos cafés con la cabeza en otra parte, y desde el obrador el olor de la reineta y la canela fue saliendo despacio y llenando la tienda, y hasta Emérito, que no lo reconocería ni bajo tortura, respiró un poco más hondo en su taburete.
Cuando la tarta salió, doró justo, con el borde crujiente y el centro tembloroso, Mariona cortó un trozo, lo puso en un plato de los buenos —los de Rosa, los del ribete azul— y se lo llevó a Sabino con un tenedor y un vaso de leche templada, como a un niño.
—No tengo hambre —dijo él.
—Ya lo sé. Pruebe un poco y si no le gusta lo deja.
Sabino cogió el tenedor. Se quedó un rato mirando la tarta sin comer, y Mariona se apartó, se puso a limpiar la vitrina que no hacía falta limpiar, para dejarle sitio.
Oyó el tintineo del tenedor contra el plato.
Un bocado. Otro. Cuando se giró, Sabino tenía los ojos cerrados y estaba masticando muy despacio, como si masticar fuera un idioma que había dejado de hablar y estuviera recordándolo.
—Sabe a la de ella —dijo por fin. No lo dijo con dolor.
Lo dijo con sorpresa, casi con alivio, como quien se reencuentra por la calle con alguien que daba por perdido—.
Amalia la hacía con reineta. Yo siempre le decía que le echara más azúcar y ella me mandaba a paseo.
Tenía razón ella. Está mejor así, ácida.
—Tenía razón ella —dijo Mariona.
Sabino se comió el trozo entero. Y algo, mientras comía, se le fue soltando: los hombros, que llevaban tres semanas subidos hasta las orejas, bajaron un dedo.
La mandíbula se le aflojó. Empezó a hablar, y no de la muerte, sino de la vida: de cuando él y Amalia se conocieron en un baile de Torrelavega, de que ella bailaba fatal y pisaba a todo el mundo, de que él la sacó igualmente porque tenía una risa que se oía desde la otra punta del salón.
Habló diez minutos. Mariona no dijo casi nada.
No hacía falta. Solo le rellenó la leche una vez y le puso la mano en el hombro al pasar, un momento, sin apretar.
Cuando Sabino se fue, se llevó el resto de la tarta envuelta y una cosa que no traía al entrar, que era la espalda un poco más recta. En la puerta se giró.
—Gracias, Mariona. —Dudó—. Esta noche igual duermo.
—Igual sí.
—Tu abuela hacía esto mismo, ¿sabes? Lo de saber qué necesitaba uno antes de que uno lo supiera. —Se caló la gorra—. Salió a ella.
La campanilla sonó, la puerta se cerró, y Mariona se quedó un momento quieta detrás de la barra con el plato del ribete azul vacío entre las manos.
En el pueblo no se hablaba de esto en voz alta.
Nadie decía «los dulces de Mariona curan», porque eso era una tontería y en Peñalisa la gente era de mar, gente práctica que no creía en tonterías.
Pero Sabino iba a dormir esa noche, la primera noche entera desde septiembre, y los dos lo sabían, y ninguno de los dos lo iba a decir.
Así funcionaban las cosas de Rosa. Se hacían, no se explicaban.
Emérito, que lo había visto todo desde el segundo taburete sin abrir la boca —hazaña notable en él—, apuró su café ya frío.
—Le has dado tu tarta del bautizo —dijo.
—Haré otra.
—Vas a acabar sin dormir tú, de tanto arreglarle el sueño a los demás. —Lo dijo mirando la taza, no a ella, que era como Emérito decía las cosas importantes—. ¿Quién te hace a ti la tarta a ti, eh?
Mariona se rio, porque era más fácil reírse.
—Yo no la necesito, don Emérito. Yo estoy estupenda.
—Ya. —Emérito se levantó, dejó las monedas justas sobre la barra, ni un céntimo de más, y fue hacia la puerta—. Mañana el café me lo pones más cargado. Que mañana es martes y los martes hay que aguantarlos con algo.
Y se fue, con su boina y su artritis y sus cuarenta años de faro, calle abajo hacia el puerto, a mirar el mar como quien ficha en un trabajo del que nadie lo ha jubilado del todo.
Mariona se quedó sola en la tienda. Fuera, el orbayu había parado y el cielo se había abierto un poco, un jirón de azul entre las nubes, de esos que en octubre no duran.
Bizcocho roncaba. En la pared, junto a la caja, colgaba el calendario de la cofradía de pescadores, el de las mareas, y ella lo miró sin querer mirarlo.
Lunes.
Pasó el dedo por la casilla, por el pleamar de las seis y por el bajamar de mediodía, y se detuvo en la casilla de al lado, la del día siguiente, que estaba en blanco como todas pero que a ella le pesaba distinto.
Martes. Mañana horneraría igual, desde las siete, con las mismas manzanas y la misma canela y las mismas manos, y no serviría de nada.
Los martes no servía de nada. Los martes la confitería era solo una confitería, y ella era solo una mujer que hacía pasteles, y a los que entraran tristes se iban igual de tristes por mucho que ella se dejara la piel.
Un año llevaba comprobándolo, martes tras martes, desde aquel martes de octubre en que enterró a Rosa y volvió a abrir al día siguiente porque no supo qué otra cosa hacer con las manos.
No sabía por qué los martes. No se lo había preguntado en voz alta a nadie, porque preguntarlo en voz alta habría sido admitir en voz alta la otra parte, la de los demás días, y esa parte no se admitía.
Se guardó el plato del ribete azul, el de Rosa, en el estante de arriba, donde no llegaba nadie más que ella.
Descolgó el trapo. Empezó a rellenar las napolitanas del bautizo, una a una, con la crema todavía tibia, porque el sábado un niño iba a recibir aguas y toda una familia iba a comer dulce y a estar contenta, y eso era hoy, y hoy era lunes, y el lunes todo salía bien.
Mañana ya vería.
Fuera, la nariz y las dos manos de Candela seguían en el cristal, tres huellas pequeñas empañándose despacio contra el azul que ya se cerraba.