Capítulo 37
La estación de Sirkeci era un hervidero de gente, palpitante, atrapada en ese calor pegajoso de finales de primavera que se te mete debajo de la piel.
Flavie había optado por la sencillez: un vestido amplio que respiraba con cada paso y unas sandalias casi planas que apenas rozaban el suelo.
Nada que la atara. Esa noche, tomaría el vuelo de regreso a Francia.
Entretanto, Fabrice había trazado un pequeño itinerario por los lugares más emblemáticos de Estambul, como si quisiera condensar la ciudad en unas pocas horas compartidas.
Nicolás, que viajaría en el mismo avión, se encargaría de llevar la maleta al aeropuerto.
—Conviene que traigas algo para cubrirte la cabeza —le había advertido Fabrice al bajar del tren.
En el bolso, sin embargo, Flavie había guardado también algo que no pensaba abandonar bajo ningún concepto: el diario de Louise.
Pesaba más de lo que cabría esperar, pero no le importaba.
Lo llevaba consigo como si fuera oro, como si tuviera que comprobar a cada instante que todo aquello que había leído… había sucedido de verdad.
—¿Conoces bien Estambul? —soltó Flavie en cuanto empezaron a caminar hacia la plaza de Sultanahmet.
Fabrice apenas si insinuó una sonrisa.
—Estambul, querida, es quizá el único lugar donde me habría establecido después de París.
De hecho, estuve a punto de trasladarme a esta ilustre cuna de civilizaciones a finales de los noventa.
Pero hoy… el rumbo político del país, bajo el régimen de Erdogan, ha tornado la ciudad en un espacio poco habitable para ciertos sectores, entre los que, me temo, nos contamos.
—¿Y te quedas unos días? —le preguntó Flavie mientras se encaminaban hacia el centro.
—Por supuesto, querida. En el hotel Pera Palace, ¿dónde si no? Tengo amigos en esta ciudad que nunca dejo de visitar.
Tras un breve trayecto a pie, se hallaron frente a la inmensidad de Santa Sofía.
De repente, el mundo pareció detenerse y las palabras murieron en sus gargantas.
Pese al incesante murmullo de la multitud, la milenaria basílica se alzaba con una soberbia tal que parecía desprenderse de lo terrenal, como un fragmento de cielo anclado al suelo de Estambul.
—Es un sueño —susurró Flavie con la voz quebrada por el asombro.
—Un regreso al pasado —añadió Fabrice—. Sus cimientos fueron cristianos. En la actualidad, bajo su piel de mezquita imperial guarda otros secretos. Ahora que vamos a entrar, es el momento que veles tu cabello.
Flavie se colocó el pañuelo sin dejar de mirar hacia arriba.
—No parece una iglesia, la verdad —murmuró con la mirada perdida en la silueta que desafiaba el horizonte.
—Naturalmente que no —respondió Fabrice con una sonrisa repleta de historia—. En el siglo XV se erigieron los cuatro alminares que ahora observas. Dentro de la basílica, hay zonas que están solo reservadas a los fieles musulmanes, pero los mosaicos bizantinos… bien merecen la visita.
Cruzaron el umbral y avanzaron hacia el interior, donde la luz parecía filtrarse con una gravedad antigua. El eco de sus pasos se perdía en la inmensidad de la piedra.
—No obstante —añadió Fabrice con un leve cambio en el tono—, no te he traído aquí únicamente por su belleza. Dime, ¿sabes realmente quién fue santa Sofía?
Flavie lo miró, esperando sus palabras.
—Antes que santa, Sofía fue madre —comenzó a explicar Fabrice—. Madre de tres hijas: Fe, Esperanza y Caridad. Vivió en Roma en el siglo II , bajo el mandato del emperador Adriano. Se dice que consintió al martirio de sus hijas antes que renunciar a sus convicciones.
El aire pareció volverse más denso, cargado con el eco de una tragedia milenaria.
—¿Una madre que entrega a sus hijas por sus creencias? —Flavie clavó sus pupilas en Fabrice; trataba de encontrar en su rostro algún rastro de duda o de juicio—. ¿No te parece de extrema crueldad?
Él no apartó la vista de las cúpulas.
—Entiendo tu enojo, querida. Pero, en aquel entonces, la fe no era una elección, era la esencia misma del ser. Sofía no vio la muerte de sus hijas como un final, sino como el precio de una eternidad que nosotros, hoy, apenas podemos comprender.
Flavie sintió un escalofrío. Quiso replicar, pero se contuvo. Aunque solo un instante.
—Quizá dices eso por ser hombre, o porque no tienes hijos —soltó al fin.
—Es cierto —contestó él dejando caer la mirada—. Supongo que lo comprenderás mejor cuando seas madre. Por ahora, solo te quedan un par de cosas: aceptar y perdonar.
Flavie no replicó esta vez; se quedó pensando.
En el interior de la mezquita, el aire resultaba denso, cargado de incienso y del calor acumulado por la multitud.
Aun así, había algo distinto en el ambiente: una especie de respeto silencioso, casi compartido.
Flavie no podía evitar preguntarse si aquello de cubrirse la cabeza hacía que la gente se comportara de otra manera, como si fuera de ese modo más consciente de dónde estaba.
Descendieron hacia una cripta. Aunque se tratara de una mezquita, todo evocaba la antigua basílica bizantina: los mosaicos, las bóvedas, la disposición del espacio… y, sobre todo, la imagen de la Virgen con el Niño dominando el conjunto.
—¿Cómo es que no lo han quitado? —preguntó Flavie señalando el mosaico. Fabrice alzó ligeramente la mirada y contempló la figura.
—Una cuestión muy pertinente —respondió en tono sereno—.
El islam no reniega ni de la Virgen ni de Jesucristo; sencillamente, no les confiere naturaleza divina.
No obstante, no te falta razón: estos mosaicos, en efecto, fueron ocultados durante siglos, hasta mediados del siglo XX , por contravenir ciertas interpretaciones iconográficas del islam.
—Se detuvo un instante antes de añadir con un matiz más íntimo en la voz—: Hay en esa imagen una idea poderosa: la de la madre absoluta, la que no abandona jamás.
Si uno lee la Biblia con atención, advertirá que es María quien decide, quien guía, quien forma.
José, en cambio, permanece en una discreta penumbra.
Flavie arqueó una ceja.
—Claro… Pero es que tampoco era el padre «auténtico» de Jesús, ¿no?
Fabrice esbozó una sonrisa indulgente.
—No se trata de eso, querida. San José encarna una presencia silenciosa pero esencial. No impone, sino que muestra. En ese silencio se gestan virtudes como la constancia, la abnegación o la confianza en lo trascendente.
Al salir de Santa Sofía, la luz de Estambul estalló sobre ellos con una violencia dorada obligándolos a cerrar un poco los ojos. Caminaron en silencio. Las palabras que compartieron bajo la cúpula, teñidas de una espiritualidad inesperada, seguían vibrando en sus mentes como un eco persistente.
Sin embargo, una inquietud sutil comenzó a ganar terreno: ambos sintieron que el equilibrio se había roto, como si al salir hubieran cometido el error de dejar tras de sí, entre las sombras del templo, el fragmento más importante de una conversación inacabada.
—Antes de que partas, y este viaje sea solo un recuerdo —dijo Fabrice—, permíteme llevarte a las antiguas termas. Aún disponemos de unas horas. Tienen más de mil quinientos años. ¿No te parece que ante obras semejantes, querida, nuestra vida resulta verdaderamente insignificante?
Flavie asintió con la cabeza. Cuando descendieron al interior de la Cisterna, Flavie comprendió al instante. Bajo tierra, el espacio se abría como una catedral sumergida. Hileras interminables de columnas sostenían el techo, como si cargaran sobre sí el peso entero de la ciudad.
—¡Pero esto es una locura! —exclamó sin poder contenerse.
—¡Desde luego! —asintió Fabrice—. Ya en aquella época, esta vasta cisterna alimentó el corazón del Palacio Imperial de Constantinopla.
Y, sin embargo, cayó en el olvido durante siglos, simplemente porque dejó de utilizarse.
Me fascina la arqueología por eso, porque consigue reconstruir la gloria del olvido y nos devuelve monumentos de un valor incalculable.
Todas estas columnas se reutilizaron de antiguos templos paganos —siguió explicando—, al tiempo que se llevaban a cabo reformas en Santa Sofía.
De hecho, ambas estructuras se hallan conectadas…
, aunque es un detalle que no suele divulgarse.
Flavie giró sobre sí misma mirando hacia lo alto, como si aún no terminara de creérselo.
Ya en la calle, bajo un cielo que empezaba a teñirse de añil, Fabrice insistió para que ella posara delante de los monumentos y entre el gentío.
—Aquí reside el alma de Estambul —le dijo.
Con una docilidad ausente, Flavie se dejó llevar.
Cambiaba de postura, volvía el rostro hacia la luz…
Pero sus movimientos carecían de alma, como si fuera una actriz cansada de su propio papel.
Al revisar la pantalla de la cámara, compartieron el veredicto: las imágenes estaban vacías.
No había ni rastro de la chispa, del brillo vital que la caracterizaba.
Se refugiaron en un restaurante cualquiera, en una de las calles adyacentes, buscando un poco de calma. Fabrice pidió varios platos típicos —hummus, dolmas— al recordar que ella había dicho que le gustaban.
Mientras esperaban, Flavie regresó, casi sin darse cuenta, a la conversación de la basílica de Santa Sofía.
—Lo que me dijiste antes —murmuró jugando con el borde del vaso—, eso de aceptar y perdonar… No sé si puedo, ¿vale? Ahora mismo solo… tengo rabia. Y ganas de irme lejos.
Fabrice no se apresuró en responder.
—Entonces hazlo —dijo al fin—. Márchate. Porque únicamente cuando uno se emancipa de verdad, cuando actúa conforme a su propio criterio, comienza a comprender aquello que antes le resultaba inaceptable.
Flavie lo miró, pero no comentó nada. Algo se le encogió por dentro. Una tristeza profunda, difícil de explicar.
—Bueno… —dijo al cabo de un momento—. ¿No debería ir ya tirando hacia el aeropuerto?
—Desde luego. —Había en la voz de Fabrice un matiz melancólico apenas perceptible. Hizo una breve pausa, y añadió—: Antes de despedirnos, hay algo que deseo entregarte.
Flavie levantó la vista.
—Yo también tengo algo para ti.
Fabrice asintió con una leve inclinación de la cabeza.
—En mi caso, te ruego que no lo abras hasta encontrarte a solas. Me sería… insoportable que lo leyeras en mi presencia.
Flavie sonrió al tiempo que lo miraba con una ternura casi cómplice.
—Entonces es una carta.
—Literal —respondió él con un destello de ironía elegante—, como diríais vosotros.
—Pues lo mío… te lo daré en París.
Se quedaron en silencio un segundo, como si ninguno quisiera romper del todo ese momento. Y al levantarse de la mesa del restaurante se abrazaron.
No como dos personas que se despedían, sino como dos almas que, por alguna razón difícil de nombrar, se hubieran reencontrado después de toda una vida.
No fue hasta el momento de subirse al taxi que la conduciría al aeropuerto de Estambul que Flavie pudo serenarse. Sentada en unos asientos de cuero viejo que crujían bajo su peso, abrió la ventanilla para dejar escapar el olor condensado en el coche. Y conectó el móvil.
Al instante, decenas de notificaciones de su madre, llamadas perdidas y mensajes le daban instrucciones:
El punto de encuentro en París es el de siempre.
Ve directa, sin distraerte. Habrá fotógrafos.
Lleva el abrigo azul, el que te afina los hombros.
Intenta sacar selfis esa noche por las calles del Barrio Latino.
Te he reservado una habitación en el hotel de Saint-Germain-des-Prés para que estés cerca.
Cuando tengas las imágenes, se las mandas a Nacho esa misma noche. Las está esperando.
El informático las subirá a Instagram.
Tus seguidores están ansiosos por verte más.
Has sido muy poco productiva durante el viaje, Flavie.
Espero que me lo cuentes toda esta vez.
Tenemos que recuperar el tiempo perdido.
Y entre ellos, uno diferente. Más íntimo, más hiriente:
¿Dónde estás? No me contestas. Quedamos en que me llamarías antes de acostarte. No sé nada de ti. Me estás decepcionando. Me estoy inquietando. Me dejas llorando.
Ningún: «¿Cómo estás?». Flavie suspiró y apagó el móvil sin el menor remordimiento.
Ahora tenía en su bolso dos tesoros. La presencia de Louise y la carta de Fabrice. Tomó el sobre entre los dedos. Vio su nombre escrito elegantemente con tinta de pluma azul. Le dio la vuelta. Detrás, estaban las señas de Fabrice.
Lo sostuvo un segundo más, sintiendo el peso leve del papel. Pero no lo abrió.
Todavía.
Guardó la carta en el bolso, sin prisa y sin decisión, como quien aplaza una respuesta. Quería leerla con calma.
Y, en ese momento, calma era lo único que no tenía.
Mientras se dirigía en ese taxi al aeropuerto, pensaba que, como Louise, ella también había abandonado a esa antigua Flavie que nunca le perteneció del todo.
Y se había liberado. Allí quedaba ese rostro —desfigurado por los deseos de su madre— atrapado en el espejo que todo lo engullía, que todo lo reflejaba.
Sintió alivio. En unas horas, estaría en París.
Había decidido quedarse en la ciudad, buscar un lugar en el que vivir y acudir a casa de Fabrice, cuando él regresase de Estambul, para entregarle la joya. Le pertenecía a él. Por amor, el rey de España se la había regalado hacía cien años a Mélanie de Vilmorin, su abuela imaginaria.
Una preciosa historia que, al fin, adquiría sentido, consistencia.
Y a partir de ese momento, se dijo Flavie, comenzaría para ella su nueva existencia.
Entonces cerró los ojos y dejó que el viento cálido de la ciudad le acariciara la piel. No sabía si lo que sentía era nostalgia o miedo, pero había en su pecho una sensación conocida: la de estar en medio de una historia —la de Louise— que no le pertenecía y que, sin embargo, la reclamaba.
De nuevo, dudó unos segundos de la joya, de sus recuerdos, de la nitidez de los rostros, de la voz de Louise, de las noches compartidas con Nicolás.
Dudó de la realidad que acababa de vivir.
¿Dónde estarían ahora todos esos personajes?
¿Louise y Archibald habrían conseguido huir aquella noche?
Por un momento, se preguntó si no lo había soñado todo.