Capítulo 36
La luz de la primera hora de la tarde se colaba por el cristal con la intensidad de Oriente. Fuera, Estambul clamaba como una ilusión: minaretes a lo lejos, cúpulas doradas…, y, dentro del vagón, el secreto seguía pesando en el aire. El tren estaba a punto de entrar en la antigua Constantinopla.
Nicolás salió de la cabina de Flavie justo cuando empezaba el movimiento en el pasillo, gente entrando y saliendo, maletas, murmullos.
Poco después, Fabrice llamó a su puerta con su voz medida, educada.
—¿Flavie?
Cuando ella abrió, Fabrice la contempló con esa sonrisa suya que rozaba lo encantador.
La joven estaba radiante. Nadie habría dicho que acababa de pasar una semana metida en un tren.
Pero su felicidad se desvaneció al instante cuando descubrió que detrás de Fabrice estaban los Fergusson, Sarah y Thomas, plantados ahí con esa mirada intensa, casi ansiosa, típica de la gente que colecciona joyas y no suelta la menor pista sobre sus hallazgos.
—¿Interrumpimos algo, querida? Acabo de ver a Nicolás en estampida —comentó Fabrice en un tono delicado que, no obstante, lo decía todo—. Los señores Fergusson han insistido en despedirse. Y… también tienen un pequeño favor que pedirte.
Flavie contuvo la respiración y se colocó una sonrisa, la más creíble posible.
—¿Quieren que les firme una novela? —preguntó fingiendo esa mezcla de cortesía e ironía que se reserva para los momentos en que uno conoce la verdad, pero decide silenciarla.
Fabrice estalló en una carcajada. Se notaba que, también a él, toda la situación le incomodaba.
La conocía lo suficiente para notar la fisura en su voz, el temblor apenas manifestado en sus manos.
Sin embargo, Thomas, impaciente, lanzó una mirada a Fabrice para que explicara en pocas palabras a la joven escritora la situación a la que habían llegado.
El tren arribaba a su destino final y, antes de bajar, querían registrar cada rincón de la cabina dieciséis.
Estaba convencido de que la joya no se había hallado porque debía de estar entre esas paredes.
—Estos señores —intervino Fabrice de nuevo, y miró brevemente a Thomas como para recordarle que las cosas se decían despacio— creen que la joya que buscan nunca salió de la cabina dieciséis.
Flavie no se movió y volvió a fingir sorpresa.
—Hay un artículo de periódico, posterior al viaje original —continuó Fabrice—, que menciona que la joya estaba oculta en un vestido. El vestido que, según algunos archivos, llevó una mujer que se alojó en esta cabina durante aquel viaje.
Flavie bajó la mirada. Sintió un leve vértigo, como si el suelo se moviera más allá del traqueteo del tren. No era miedo, no exactamente. Era algo más cercano a la certeza.
—Busquen lo que quieran, pero aquí no encontrarán nada —contestó con una seguridad que no dejaba espacio a la duda.
—¿Cómo está usted tan segura? —intervino el señor Fergusson frunciendo el ceño.
—Porque en ese viaje de 1920, en realidad, no se alojó nadie en esta cabina —sentenció Flavie.
El silencio fue inmediato. Una ráfaga de desconcierto recorrió la pequeña comitiva. Incluso Fabrice, que hasta entonces había mantenido un aire distante, se mostró desconcertado ante su seguridad.
Los Fergusson se quedaron inmóviles unos segundos, y Flavie pensó que el mal rato había pasado.
Fue entonces cuando Sarah, con una calma casi escénica, extrajo de su diminuto bolso de piel una fotografía arrugada, amarillenta en los bordes, con los agujeros visibles de antiguas chinchetas.
Una imagen que había estado colgada durante años, probablemente en alguna habitación oscura donde el tiempo ya no importaba. La desplegó con suavidad.
Flavie sintió un escalofrío que le recorrió la espalda entera.
Era como si alguien hubiese materializado un sueño o, peor aún, un recuerdo que no era suyo, pero que reconocía.
Allí estaban. Archibald y Pamela. Tal y como los había imaginado.
En esa foto, un hombre estrechaba la mano a una pequeña mona albina.
Archi sonreía con ese aire insolente que parecía retar al mundo entero.
Su vestimenta era peculiar, sí, pero armoniosa dentro de su extravagancia: pantalón, camisa, chaleco.
La camisa entreabierta por el cuello. Los tonos, aunque difuminados en blanco y negro, dejaban adivinar colores vivos.
Pamela, por el contrario, tenía un semblante serio y parecía serena de la mano de su dueño.
Flavie sonrió como si reconociera a unos parientes lejanos. En la fotografía, posaban desde los escalones de acceso al Orient Express, tal vez el día en el que embarcaron en París, saludando alegremente al fotógrafo.
Fue entonces cuando la vio.
En segundo plano, una figura femenina borrosa que no deseaba ser vista, una sombra atravesando el pasillo.
Medio oculta por la arquitectura del tren, medio revelada por un gesto involuntario.
Era ella. Sin lugar a duda. Louise. Ni posando ni mirando a la cámara.
Una mujer que no pertenecía ni al presente ni al pasado, sino a una dimensión que solo ella, Flavie, era capaz de comprender.
Se sentó. Con la fotografía entre sus manos. La acarició con la punta de los dedos como si se tratara de una foto olvidada en una cartera durante cien años, una prueba inconfundible de su propia memoria.
Detrás, escrito a lápiz, apenas visible, «1920».
—Este es el vestido de la duquesa de Vilmorin —murmuró Sarah—. El que desapareció en París la noche antes de que partiera el tren.
—¿La reconoce? —preguntó Thomas. Su tono era cortante, como si quisiera acorralarla.
Flavie alzó la mirada. En sus ojos no había ni sorpresa ni miedo. Solo una serenidad aprendida para ocultar su nerviosismo.
—Claro —respondió—. Me imagino que este señor es el famoso Archibald Oswald Nerea, el estafador de quien hablamos aquella noche, señor Fergusson. Pero, si se refiere a la señora que camina por detrás…, ¿cómo pretende usted que yo la conozca? Si no se le ve bien ni la cara.
Su voz no titubeó, pero Fabrice notó un ligero temblor en sus pestañas y se percató de que su mano se aferraba con fuerza al borde de la cama.
Thomas insistió:
—He creído notar, mientras usted miraba la foto, que quizá… la reconocía.
—¿Pretende usted, señor Fergusson, que yo sepa quién es esa mujer con rostro desgastado en la foto en blanco y negro? Han pasado más de cien años, señor Fergusson. Y, francamente, el vestido no me parece prueba suficiente para sustentar una acusación.
La señora Fergusson sonrió, esa vez con una dulzura medida, casi calculada.
—Eso es lo más extraño. No hemos logrado identificarla, ni siquiera en la lista de los pasajeros de ese año, aunque, claro, en esa época no eran tan precisas como ahora.
Los pasajeros subían y bajaban en distintas estaciones.
Pero, si le dijera dónde apareció la fotografía, se quedaría aún más impresionada.
En silencio, Flavie le dedicó una mirada interrogante, esperando la respuesta.
—En un circo —dijo Sarah al fin—. En Rumanía, años después del viaje.
Estaba clavada en la pared del camerino de una tarotista.
A su muerte, alguien la vendió al archivo del Orient Express.
Y ahí empezó todo. Thomas ha conseguido reconstruir parte de la historia: el vestido, la mujer, la foto…
, hasta la joya. Mírela. Aquí aparece, reluciente, como si colgara de su cuello.
Y, entornando los ojos, Flavie distinguió algo que podría parecerse al medallón. Pero eso era imposible… Algo en su mirada la confundía, pensó. Si hubiera sido cierto, nada habría tenido sentido. Debía de tratarse tan solo del reflejo del dobladillo del cuello del abrigo.
—Yo aquí no veo la menor joya, señora Fergusson. —Y, tras un silencio, continuó—: Es un destello del flash de la fotografía.
Intentó parecer distraída. Como si cada palabra le llegara de muy lejos.
Lo que acababa de descubrir cambiaba de nuevo la historia.
Louise escribió en su diario que la joya se quedó en el espejo, y Flavie la había tenido en sus manos, además.
Sin embargo, era cierto que ese brillo podría parecer… «Imposible», pensó.
—¿Está usted bien, señorita? —preguntó Sarah cogiéndole la mano.
—El calor —contestó Flavie—. Somos muchos en esta cabina tan estrecha y con el movimiento del tren estoy empezando a marearme —dijo—.
Y ahora, si me lo permiten, me gustaría terminar de hacer mis maletas.
Nada más llegar a Estambul, tengo un vuelo de regreso a París, donde me espera mi madre. Mucha suerte con su búsqueda.
Hubo otro silencio, apenas unos segundos en los que se despidieron con un abrazo formal.
—¿No te quedas a la cena en el hotel Pera Palace, querida? —le preguntó Fabrice justo antes de abandonar la cabina.
—Esta vez no… Pero nos veremos en París. Antes de lo que te imaginas. —Y, dirigiéndose a los Fergusson, les dijo con una última sonrisa—: Cuando me marche, les dejaré la puerta abierta para que registren todo lo que quieran.
Se quedaron un instante más de lo necesario —como hacen los curiosos o los que creen tener razón— y luego, sin una palabra más, salieron al pasillo.
Quedaba en el aire la sensación de una escena inconclusa.
Flavie terminó de hacer su maleta unos minutos después de la llegada del tren a la estación de Estambul. La cama revuelta, las toallas por el suelo… Miró a su alrededor para asegurarse de que no se le olvidaba nada. En el pasillo, Nicolás la esperaba para bajarle el equipaje.
Antes de salir, Flavie se plantó delante del espejo. Se miró y supo que Louise ya no estaba. Sonrió y acarició el cristal mientras decía: «Yo termino tu historia». Luego volvió a mirarse y se dijo: «Y ahora empiezo la mía».
Acercó el rostro y se besó en el espejo. Entonces Nicolás entró y, al verla, sonrió divertido.
—¿Se puede saber qué haces? Menudos sois los escritores…
Flavie no le contestó. Esa ligereza era justo lo que necesitaba.
Al salir del tren, Nicolás se quedó con su maleta y se despidió de ella con un beso.
—Te la llevaré al aeropuerto cuando acabe mi jornada en el tren. Te veré luego —le dijo. Y añadió con una sonrisa—: Mira quién quiere pasar el día en Estambul contigo.
Flavie se dio la vuelta. Fabrice la estaba esperando en el andén.
—No te preocupes, querida, este joven me ha explicado exactamente cómo hacerte las fotografías. Él las subirá a las redes esta tarde desde el hotel.