Capítulo 35
Aunque no termine el trayecto, he llegado al final de mi viaje.
Sentada en este sillón que ha sido mi refugio escribiendo durante estos días, ya no necesito vivir otro destino.
Y, sin embargo, al instante pienso en Archi y siento un cosquilleo por toda la piel.
Mi mente se debate entre el placer y los acontecimientos de las últimas horas.
Por un lado, Archi. Ese ser que se ha infiltrado en mi vida, que ha logrado estremecer mi cuerpo y mi alma como nunca nadie lo había hecho.
Su risa extranjera resuena dentro de mí, y su mirada, sin miedo, se aferra a mis pensamientos como un abrazo imposible de soltar.
En un momento fugaz me digo que el destino —ese que mi madre me auguró como una condena de soledad y vacío— puede ser otro, uno más brillante, más cálido, si Archi permanece a mi lado.
Por una rendija se cuela una posibilidad: la de vivir algo sublime, algo que me sacuda, que me haga sentir viva de una manera que nunca imaginé hasta ahora. Y me pregunto si es realidad o sueño.
Subí a este tren como la Louise que buscaba justicia y me bajaré diferente.
No sé adónde voy, y tal vez nunca lo sepa, pero sí sé que ya no soy la misma. «Soy yo, Louise», me repito para, por primera vez, ser capaz de aceptarlo.
Pero el aire, en un segundo, se vuelve denso, oscuro, y el eco de la muerte del médico me pesa.
Hasta que ocurre, como siempre con Archi, algo inesperado.
Oigo unos toques en mi puerta. No son las doce de la noche aún, así que creo estar soñándolos. A mi alrededor solo existe el silencio espeso de un tren que avanza ajeno a todo lo que sucede dentro de sus vagones.
Me digo que no estoy despierta y que el tiempo se ha estirado en esta maraña de pensamientos y emociones que no logro deshacer. Pero al poco rato los toques en mi puerta se repiten. Insistentes.
—Abre, Louise.
La voz de ese ser que se ha colado en mi vida se desliza por debajo de la puerta y algo en su tono me hace estremecer. Abro sin pensar.
Archi entra con prisa.
—Están registrando todo el tren. En apenas media hora, como mucho, llegarán a nuestras cabinas. Debemos marcharnos.
Lo miro asustada y percibo su urgencia, su respiración acelerada.
—¡Ya registraron mi cabina!
Pero Archi no me escucha, su mirada está más allá de mis palabras, en algo que solo él sabe.
—Tienes elementos que acabarán delatándote o, simplemente, encontrarán lo que persiguen. A menos que lo hayas tirado por la ventanilla… ¡En algún sitio concreto está esa joya!
Su voz rezuma miedo. Mi corazón late fuerte, y me sube a la garganta.
—¡Archi, yo no he matado a nadie! —exclamo.
Ahora es él quien me mira como si yo fuera la que no entiende nada, como si me dirigiera a él en otro idioma.
—¿De qué me hablas?
Hasta que vuelvo a la realidad.
Solo la joya lleva mi nombre. Si desandan el camino, ese objeto soy yo misma, mi historia, ese hotel, madame de Villepin…
—Han encontrado el vestido en los raíles del tren —susurra Archi como si sus palabras tuvieran el peso de una condena. Y añade—: Es mi culpa. Lo tiré esa noche, cuando el medallón cayó al suelo.
De repente, el ruido se hace más fuerte, más cercano. Llaman a puertas. Están ya, probablemente, en el vagón contiguo al mío.
—No tenemos mucho tiempo, Louise. En diez minutos vengo a por ti y… nos marchamos.
—¿Nos marchamos? —repito mientras siento la velocidad del tren bajo mis piernas, la urgencia en su movimiento.
—Ordena todo. Tira lo que te pertenezca por la ventanilla… Esta cabina dieciséis no ha estado jamás ocupada durante este trayecto. ¿Entendido?
Y, sin esperar mi respuesta, Archi se va. Se va con la misma rapidez con la que llegó, dejándome sola con el caos de su apremio y la verdad revelada.
Necesito unos segundos para asimilar lo ocurrido.
Y entonces, como un gesto adquirido desde la infancia, me miro en el espejo.
Solo enfrentándome al reflejo, a mi yo, puedo saber qué debo hacer.
Allí está ella, Augustine, tras la mitad de mi rostro intacto, una cartografía del dolor heredado.
Esa monstruosidad capaz de darme las respuestas que busco.
Desde el lugar incierto entre el sueño y la vigilia, detrás de mi imagen, aparece la suya, espectral e inevitable.
—Tienes razón, madre —murmuro al cristal, como si ella pudiera oírme—. Es tu pena, y no la mía, la que yo cargaba en la piel como una reliquia maldita.
Acaricio con los dedos esa zona oscura, esa cicatriz que me acompaña, que no se desvanece, que me recuerda quién soy, de dónde vengo. Y donde yace, detrás de ella, el reflejo de la joya.
Y al cabo de unos segundos, como si ese acto de hablarle fuera una liberación silenciosa, digo:
—Aquí te quedas, madre. Atrapada en este reflejo, en este objeto que arrastro como una cadena desde hace tantos años, para que no vuelvas a invadirme nunca más.
Es extraño cómo las palabras pueden hacerse tangibles, sellando lo que está roto, lo que no tiene reparación. Como si el cristal fuera el guardián de mis secretos, de mis heridas, de mi historia.
Y, como me ha dicho Archi, en un impulso, en un gesto final de desprendimiento, tiro todo por la ventanilla.
Mis pocas prendas, mis recuerdos, lo que no sirve.
Lo que me ha atado a un pasado con el que ya no quiero cargar más.
Por arte de magia, esa Louise maldita, esa que me ha perseguido hasta este momento, desaparece.
Solo queda el vacío. El vacío de una nueva vida que, por fin, empieza a formarse, aunque no sepa qué forma tendrá.
Y el diario.
Pero me resisto a tirarlo…
Lo beso y aquí lo dejo.