Capítulo 34
Fabrice tenía razón.
Las palabras de Louise, sus revelaciones, la arrastraban sin remedio hacia caminos que la conducían hacia su propia biografía. ¡Ese hombre sabía leerla mejor que un psicólogo!
Según Fabrice, Louise era su sombra, un eco que Flavie debía aceptar, aunque aún no supiera cómo.
Recostada en la cama, veía en su mente cómo esa mujer se confundía con ella.
Llevaban días conviviendo las dos. A veces hasta olía a flores en la cabina cuando solo había algunas pintadas.
Fabrice le había explicado que Louise era su reflejo oscuro.
Le había mencionado a la figura del padre, un abandono, una ausencia similar en ambas.
Pero esa conexión con Louise no debía de ser solo emocional.
¿Acaso la imagen que veía en ese espejo, al fondo de la habitación, era su reflejo? No sabía si lo que sentía era delirio o intuición. Fuera como fuese, ese objeto incrustado en la pared de madera hasta casi formar parte de la propia estructura del vagón parecía hablarle desde el otro lado.
¿Cómo era posible que nadie hubiera logrado desmontarlo y lo hubiese sacado del tren?
Allí, según Louise, estaba escondida la joya. Y, en esos momentos, algo le decía a Flavie que seguía oculta.
Pero ¿dónde; cómo, exactamente?
Charlotte le había dado alguna pista, asegurando que la clave, según su abuela Leopoldina, era el espejo.
Flavie se dijo que debía sacarlo de allí.
Descubrir si era cierto que escondía algo.
Se acercó y, de nuevo, volvió a pasar los dedos por la superficie, tocó el cristal sintiendo su frialdad.
Mínimas grietas, líneas marcadas por el paso del tiempo; el espejo era viejo, estaba desgastado, y se esforzó en introducir una uña, al menos.
Al cabo de unos minutos de intentarlo, se rindió, frustrada. ¿Y si llamaba a Nicolás? Él también había escuchado las historias de la cocinera.
Pulsó el botón cerca de la cama.
¿Estaría ocupado? Tardaba más de lo previsto, pensó, o era ella, que se impacientaba. Hasta que apareció. Unos minutos más tarde.
—Acabo de terminar en el restaurante. Hace nada se fueron los últimos pasajeros. ¡Esa pareja de viejos estadounidenses no se cansa nunca! —explicó a Flavie—. Tú, en cambio, no has venido a almorzar. Y el viaje terminará pronto.
—Por eso te he llamado, Nicolás… ¿Recuerdas la joya de la que te hablé en Budapest?
Nicolás la miró sin mucho ánimo.
—¿A qué te refieres?
—Hay una posibilidad de que la joya siga escondida en esta cabina —le dijo Flavie.
Nicolás soltó una risa nerviosa.
—¿Qué estás diciendo? Cerraron la cabina en su momento porque era demasiado pequeña, pero nadie se atrevió a alterar el interior. Todo lo que ves perteneció al viejo Orient Express. Y aparecieron cosas, sí, pero te aseguro que ninguna joya.
—Lo sé. Charlotte también lo dijo, ¿recuerdas? —Flavie lo miró—. Antes de irnos debemos desmontar el espejo.
—¿A qué te refieres con eso? —preguntó él, casi temiendo la respuesta—. No pensarás que nosotros dos ahora…
—¿Cuándo, si no? —Flavie ya se dirigía hacia el espejo.
Nicolás suspiró.
—Todo esto es una locura. Además, Charlotte dijo que era una leyenda.
Flavie no le confesó que eran las palabras de Louise lo que la guiaba. Todo ese tiempo había sido una marioneta del destino. La historia no se le había revelado por casualidad.
—Intuición, Nicolás. Eso tenemos los artistas.
Él suspiró. Sabía que no podía luchar con Flavie.
—¿Qué quieres que haga? Estamos a pocas horas de llegar a destino.
—Necesito que me ayudes a sacar este espejo de la pared.
—Vale —aceptó Nicolás—. Entonces déjame ir a la cocina a buscar herramientas. Sin ellas no podremos hacer nada.
Se encaminó hacia la puerta con cierta desgana. Y, justo antes de abrirla, se dio la vuelta.
—Prométeme una cosa, Flavie…—Hizo una breve pausa, quizá dudando de si debía pronunciar las palabras que iba a decir—. Prométeme que volveré a verte cuando termine este viaje.
Se acercó a ella y le dio un beso. Ella lo miró a los ojos.
—Te lo prometo.
Al cabo de unos minutos, oyó la llamada de Nicolás tras la puerta de nuevo. Al abrir, vio que venía cargado con cubiertos, tijeras, un destornillador e, incluso, una pequeña palanca de hierro.
—He cogido todo lo que he encontrado —anunció él, y puso cada objeto con cuidado sobre el lavamanos de la cabina.
Luego se colocó frente al espejo. Lo miró con detenimiento. Y tan solo vio un vulgar espejo, bastante viejo y descolorido. Cogió el cuchillo y trató de introducirlo por una rendija ligeramente abierta del cristal. Pero no lo consiguió. Insistió. Nada. Tras varios intentos, se rindió.
—Es imposible —murmuró—. No hay forma de despegarlo sin romperlo. No me creo que haya algo aquí escondido.
—Déjame probar —dijo Flavie.
Se acercó con lentitud y posó los dedos con cautela sobre la superficie del cristal. Lo recorrió despacio dejando que sus yemas registraran cada detalle en busca de alguna imperfección, una ínfima grieta que delatara el punto exacto donde, en otro tiempo, hubiera cedido.
Entonces lo notó: en la parte superior, justo en el borde del marco, una leve aspereza. Allí el vidrio era distinto, blando, juraría, casi poroso, como si guardara en silencio el recuerdo de una fractura antigua.
—Aquí —dijo en voz baja—. Aquí está la apertura.
Introdujo el cuchillo sin forzar como si lo hubiera sabido desde siempre. Y en ese instante ocurrió: el cristal se despegó con una facilidad inesperada. Sin el menor ruido. Con un movimiento limpio. Como si fuera una puerta entornada.
Nicolás la miró maravillado.
Detrás del espejo, apareció un hueco apenas visible. En él, envuelto en un retazo de tela rasgada —probablemente de un vestido de principios del siglo XX —, estaba el medallón con el rostro de madame de Vilmorin.
Lo extrajeron con cautela y Flavie lo sostuvo entre sus manos. Un colgante de marfil en cuya superficie se había tallado la faz de una mujer joven y bella rodeado por siete diamantes. La emoción se había apoderado de los dos, y ninguno lograba pronunciar palabra.
Aquella reliquia dotaba de sentido al viaje, a la historia de Louise y a la de ellos, a la de Fabrice, a la propia niñez de Flavie y a las decisiones de tantas mujeres entrelazadas en ese relato. Y se le llenaron los ojos de lágrimas.
—Eh, tranquila… —le dijo Nicolás. Pero él también sentía que el nerviosismo se apoderaba de su ser. Con la respiración entrecortada, logró preguntarle—: Bueno, y ahora ¿qué?
Hablaba con cierto temor en la voz, como si lo que acababan de descubrir pudiera comprometer su vida entera.
—¿Te das cuenta? —contestó Flavie—. Hemos roto el hechizo. El peso que arrastraba esta cabina desde hacía años. ¡Esta joya ha conseguido atrapar a todos en una especie de tiempo detenido!
—Justo —contestó Nicolás, que, si bien no había entendido ni una palabra, estaba demasiado agitado para preguntarle a qué se refería.
Al cabo de unos segundos, consiguió decir:
—Yo lo que veo es que ahora tenemos en una cabina del Orient Express un objeto real…, con el escudo de la monarquía española, me refiero.
La mirada de Flavie tenía una luz nueva. Para ella, no era solo una joya. Era todo lo que había esperado desde el principio del viaje: una clave, una señal, una despedida. Quizá desde siempre.
Como si el rostro del medallón estuviese vivo, envolvió la joya con cuidado en el mismo retazo de tela, la apretó en el puño unos segundos, la besó y luego la colocó, sin dudar, en el bolsillo de Nicolás.
—De momento, es tuyo.
—¿Qué? —Nicolás se quedó en shock—. ¿Cómo que mío?
—Guárdalo tú. A mí me van a revisar esos estadounidenses, los Fergusson, ya sabes, la pareja que colecciona joyas antiguas —contestó Flavie con la serenidad de quien tiene el plan perfectamente elaborado en su cabeza—. Confío en ti.
—No, no, ni de broma. Hay que entregar el medallón a las autoridades. Seguro que llevan años buscándolo, les toca a ellos…
—Pero si ya nadie se acuerda de toda esta historia, Nicolás… Nadie salvo ese par de coleccionistas raritos. ¿En serio se lo quieres regalar a esa pareja insoportable?
Nicolás no contestó.
—Además —siguió argumentando Flavie—, las joyas siempre deberían quedarse en la familia. Esto tiene que volver a los descendientes de los Vilmorin.
Nicolás se quedó pensando unos segundos.
—Vale, pero… ¿cómo sabes que el medallón es de esa familia? —preguntó totalmente perdido.
—Ya te lo contaré —dijo Flavie de forma apresurada—. Por ahora, esconderás la joya hasta nuestra llegada a Estambul. Luego…, una vez que el viaje haya acabado, cuando estemos de regreso en París, me la devolverás. Tengo muy claro a quién debemos dársela.
De repente, alguien llamó a la puerta.
Nicolás le susurró al oído:
—De acuerdo. Entonces, será mejor que me vaya.
Y, antes de marcharse, la besó. Un gesto breve. Íntimo. Un pacto que sellaban entre los dos.
—Una última cosa, Nicolás. ¿Cuándo nos volveremos a ver?
—No pienso dejarte ni un día más, Flavie.
Y la besó de nuevo.
Una vez a solas, Flavie volvió al viaje de Louise. Según su diario, ella también estaba a punto de llegar al destino final.