Capítulo 33
Cuando por fin llegó la hora de acudir a mi cita con el doctor De Montilac, las manos me temblaban.
Me miré en el espejo como si el reflejo pudiera darme fuerzas e indicarme de nuevo mi destino, respiré hondo y me dirigí hacia la puerta.
Pero cuando me disponía a salir unos agentes irrumpieron en mi cabina sin anunciarse siquiera.
Entraron con la brutalidad que los caracterizaba y, al encontrarme dentro, se detuvieron. Al parecer, buscaban algo. Estaban alterados y me hablaban en rumano como si pudiera entenderlos. Me aparté para dejarles espacio. Fue entonces cuando Archi apareció en el umbral.
—Buscan una joya —me dijo con aire de sorpresa, como quien no quiere levantar sospechas—. Afirman que desapareció en París la noche previa a la salida del tren. ¿Tú sabes algo?
Permanecí en silencio mientras me clavaba sus ojos oscuros y supe que guardaría mi secreto.
Los agentes lo revisaron todo.
Abrieron cajones de forma atolondrada, inspeccionaron el armario, deshicieron con manos sudorosas todo lo que había ordenado con cuidado. Pero ninguno, ni uno solo, se atrevió a mirar en el espejo.
Como era de esperar, no encontraron ni rastro de la joya y, al cabo de un rato, salieron atropellados hacia el resto de las cabinas.
—Por lo que veo, has elegido el escondite adecuado —me dijo Archi en cuanto el último agente abandonó mi cabina.
Se inclinó hacia mí con esa familiaridad que había adquirido en los últimos días, seguro de que, quizá como él, yo no estaba ahí solo por el placer del viaje.
—Llevas tu bolso, ¿adónde ibas? —preguntó sin quitarme los ojos de encima.
Le sostuve la mirada sin saber qué contestar. Hubo un instante de silencio, y luego murmuré:
—He quedado con el doctor Jean de Montilac.
Archi asintió.
—Estoy al corriente. Solo te pido una cosa: no hagas tonterías. No nos corresponde juzgar el pasado, Louise. Eso es asunto de Dios. Lo sabes, ¿verdad?
Le dije que sí, que lo sabía. Aunque era mentira. A mí me habían educado en el odio de un pasado que me tocaba vengar y, aunque me llegaban, no entendía del todo sus palabras.
Archi se apartó para dejarme pasar y, ante su mirada, caminé decidida, como si cada paso me empujara al fin hacia el propio centro de mi vida.
Cuando llegué ante la cabina de Jean de Montilac, no tuve que llamar.
La puerta se abrió de inmediato. El médico estaba de pie frente a mí.
Parecía haber envejecido en unas horas. A pesar de haberlo visto a diario y de cerca en este estrecho tren, en sus pasillos y en el vagón restaurante, su cuerpo me resultó aún más desgastado en ese momento, cuando nos encontramos los dos, cara a cara, en su cabina.
Un hombre encogido, la espalda encorvada por los años, el rostro desdibujado por el tiempo. Algo en él parecía borrarse lentamente.
—Llevo mucho esperándote —dijo, como aquel que ha intuido su destino a lo largo de toda su vida.
Me desconcertó que me tuteara. Pero lo que vino después me descolocó más aún.
—Sé por qué estás aquí. Sé quién eres. Eres la hija de A., ¿verdad?
—De Augustine Gleizes, sí, la que usted…
—A. Era simple y enteramente A. Una mujer llena de luz y alegría…
—¡A la que usted destrozó! —grité con voz muda hacia su cara—. Como ha hecho en este tren con…
—¡Te ruego que me escuches, Louise! —exclamó con esa voz de los que están acostumbrados a ser obedecidos—. Lo que dices no es cierto. Deja que yo te cuente lo que ocurrió.
Se sentó en el sillón. De pronto, parecía más cansado, como si lo que estaba a punto de revelarme lo desarmara por completo.
—La noche en la que tu madre huyó del hospital, en 1880, toda la policía de París, quizá impulsada por el doctor Charcot, buscó a A.
sin descanso. La búsqueda duraría semanas, quizá meses, sin jamás hallar ni rastro de ella.
Esa noche que se escapó… acabábamos de estar juntos.
—Aquí el médico volvió a detenerse como si rememorar esos hechos le resultara doloroso—.
Llevaba semanas diciéndome que teníamos que fugarnos, que ya no aguantaba más.
Yo… yo estaba dispuesto a hacerlo. Las mentiras de Charcot, esas contorsiones a las que la obligaba para tener en alza su renombre, a ella le hacían daño.
Además de los celos de las demás internas.
Conmigo se sentía querida… Yo también la quería.
Pero acababa de casarme hacía un año; mi mujer y yo teníamos problemas, y de hecho jamás tuvimos hijos. Y tu madre…, bueno, tu madre era…
—Una histérica —dije sin poder contener mi ira.
—Una chiquilla. No sé ni si había cumplido los diecisiete.
—Nunca se habría marchado usted con ella. ¡La tenía engañada!
—En esos momentos, no la entendí. A tu madre había que escucharla, no mirarla. No supe lo que me quería decir. Si se hubiera quedado en la Salpêtrière…
—Si se hubiera quedado…, ¿qué habría pasado? ¿Se habría escapado con ella, quizá?
—Si se hubiera quedado, habría conocido a Sigmund Freud y se habría salvado.
Durante unos segundos, De Montilac me dedicó en silencio una mirada que me desarmó.
—Han pasado cuarenta años, Louise —dijo al cabo—.
Pero te aseguro que tu madre no era una demente, como sí lo eran muchas de las internas.
Su cuerpo hablaba por ella, y no supimos interpretarlo.
En esa época, Jean-Martin Charcot acababa de nombrarme su mano derecha.
Yo era su alumno más brillante. Rebosaba arrogancia, insolencia…
, y creí que el mundo se me rendiría, igual que lo había hecho con él.
Pero no fue así. —Suspiró. Se notaba que le estaba costando hablar—.
Otros médicos vinieron después, como sabrás, que fueron bastante mejores que yo.
Otros como Freud… Ellos terminaron avanzando a partir de donde yo me quedé estancado.
—No he venido a hablar de usted —lo interrumpí con impaciencia.
—Tienes razón. Para mí, tu madre era una diosa en aquel hospital. Cuando se marchó, se apoderó de la Salpêtrière un gran vacío. Soy solo un médico, cansado y al final de su vida, alguien que ya apenas sabe hipnotizar.
Volvió a mirarme a los ojos un instante.
—No sé qué te contó tu madre ni qué imagen tienes de mí. Pero entre ella y yo hubo algo más. Hubo amor.
—¡Era una niña! —exclamé con dolor—. Era una niña frágil y enferma. Por supuesto que usted se aprovechó de esa fragilidad, de esa vulnerabilidad tan profunda.
Revolví en mi bolso en busca del cuchillo que había ocultado dentro y en cuanto lo encontré lo alcé delante de él. Jean de Montilac me miraba sin inmutarse. Mostraba, por el contrario, resignación.
—Hace unos días me di cuenta de que no fue solo amor —dijo con voz pausada—.
Verte en ese comedor en el que tratabas de esconderte…
Tardé en reconocerte, pero luego tu parecido con A.
me arrastró de golpe. Han pasado cuarenta años, pero su rostro sigue muy vivo en mi memoria.
—Hizo una pausa, como si le costase encontrar el hilo de su respiración—.
No quise reconocerlo y he tardado días en poner en palabras lo que significaba.
Ahora te lo digo, te lo afirmo: se fue porque estaba embarazada.
De una hija que, al parecer, lleva mi nombre.
¿Sabes que me llamo Jean-Louis de Montilac?
Entonces sentí que la sangre se me helaba en las venas, y el temblor de mis dedos hizo desaparecer la fuerza con la que sujetaba el cuchillo.
Nos quedamos en silencio, suspendidos en ese espacio, mientras el tren seguía circulando a toda velocidad.
El médico alcanzó mi mano con suavidad y me hizo soltar el cuchillo.
Me guio hacia la silla, y mientras me sentaba noté que mi cuerpo se perdía en una relajación que no conocía.
Me dormí. O eso creo ahora. Crucé un umbral del que no sé si he regresado.
En el sueño, me vi en ese hospital infinito junto a mamá.
Ella reía feliz, y sus ojos buscaban a ese hombre al que amaba por todas partes. Jean-Louis de Montilac, joven y apuesto, vestido con su bata blanca, la observaba desde lejos con una ternura callada.
Yo estaba allí, pero no existía.
Nadie me veía. Era solo mi alma, mi conciencia, la que asistía a esa escena íntima, a ese juego silencioso. Reconocí el aire despreocupado de mi madre tan joven, su expresión infantil, su mirada llena de luz.
En el sueño, la oigo contar a las otras internas que «su médico» le ha prometido sacarla de ahí.
Que la quiere. Que la quiere de verdad. Augustine salta en su cama como una niña.
Tanta alegría desprende que no se da cuenta de las miradas cargadas de envidia de las demás.
Ella ya fue la preferida de Charcot, y ahora lo es del joven novato, que encima le susurra promesas de una vida mejor.
—Deja de fantasear, Augustine —le dice una interna de pelo revuelto y dientes ausentes—. Nos han metido aquí para que nos pudramos. ¿No te das cuenta?
—¡Mentira! —le grita con voz rota mi madre y esconde su tristeza bajo la ropa de la cama.
La luz se apaga en el dormitorio, pero ya le han robado esa alegría prohibida. Se hunde en un llanto sin ruido, ahogado por el algodón de las sábanas blancas.
Y entonces, en esa oscuridad, nace un plan.
Si Jean no la saca de la Salpêtrière, será ella quien se marche. Lleva ya dos retrasos, y sabe, desde que le pasó a Thérèse, que al tercer mes es cuando se empieza a notar.
Se marchará para siempre, con su pequeño Louis… o su pequeña Louise. ¿Quién sabe qué será el bebé que espera?
Cuando volví en mí, no sabía dónde estaba.
Vi a De Montilac a mi lado. Me sostenía la mano con un afecto que yo desconocía, aunque sentía repulsión. La aparté con fuerza. El silencio se espesó en la cabina, que olía a cerrado, a algo tan antiguo que me producía náuseas, calor, sofoco… Estaba a punto de perder de nuevo el conocimiento.
—Calma —me dijo él—. Calma. Ya todo ha pasado.
Me rodeó el silencio.
—Tu madre hizo de ti su justiciera. Te marcó el rostro como a un guerrero —añadió—. Probablemente A. quería borrar su rostro del tuyo. Pretendía que, a través de ti, no pudieran reconocerla. Y destrozó su reflejo en el tuyo.
—Pero ¿qué dice? Usted no sabe…
—Ahora te toca vivir tu vida, Louise. No la suya.
Me acarició el rostro y, bajando la mirada hacia su reloj, me dijo:
—Mi mujer está a punto de llegar. Será mejor que te marches.
Salí de la cabina, confusa.
No sabía bien dónde me encontraba. Sin embargo, a cada paso que me acercaba hacia el vagón restaurante sentía que algo en mí se aligeraba. Como si una parte de mi cuerpo, o tal vez de mi alma, se hubiese quedado en esa cabina.
Y supe, con certeza, que ese hombre, ese médico al que había odiado durante tanto tiempo, tenía razón. Jean-Louis de Montilac era mi padre.
El tren, pensé, había cambiado de rumbo.
Hasta que, antes siquiera de alcanzar el vagón restaurante, me adelantó corriendo un revisor. Su brazo rozó el mío con violencia, pero eso no lo detuvo. Gritaba:
—¡Un médico! ¡Un médico!
Corría hacia el vagón restaurante con el miedo pegado a los talones.
Yo seguí caminando sin saber aún que ese grito —corto, urgente— iba a cambiarlo todo. Al llegar, lo oí: el doctor De Montilac había sido hallado sin vida por su mujer al entrar en la cabina que compartían.