La pasajera del Orient Express Capítulo 32 #3
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Capítulo 32 #3

El silencio que siguió fue espeso, como el humo que aún flotaba en la habitación. Los tres permanecieron callados durante varios segundos.

Flavie no dejaba de pensar. Algunos detalles le resultaban inquietantes. Otros eran como piezas sueltas de un juego diferente.

—Por eso durante años la cabina dieciséis se consideró… maldita —añadió Charlotte.

Nicolás soltó una carcajada.

—¡De maldita no tiene nada! —dijo con una sonrisa en los labios.

Le había encantado esa cabina. Tan estrecha e íntima, había sido el perfecto escenario para acercarse a Flavie. En ese espacio mínimo habían compartido momentos de una felicidad tan intensa como inesperada. Para él, la cabina dieciséis no tenía nada de maldita. Al contrario, le parecía bendita.

—En los viajes posteriores, se asignó esa cabina a pasajeros que viajaban solos. Pero no tardaron en surgir problemas. Algunos decían que no podían dormir. Otros aseguraban oír una respiración leve en mitad de la noche. Hubo incluso quien habló de un reflejo en el espejo.

Charlotte dio una larga aspiración al cigarrillo antes de arrojarlo por la ventanilla.

—A mi abuela, por ejemplo, le costaba entrar. Con el tiempo, el temor se fue extendiendo entre el personal. Al final, la cabina se clausuró.

Hizo una pausa, y el silencio llenó la habitación. Charlotte se volvió entonces hacia Flavie y la miró fijamente.

—Pero Nicolás me ha dicho que tú… has notado algo. ¿Es cierto?

En lugar de responder, Flavie lanzó una duda:

—Si esa cabina no se usaba jamás, ¿por qué me la asignaron?

—Buena pregunta. Quizá porque ya nadie sabe nada ni se acuerda de nada.

O porque ahora intentan aprovechar cada espacio del tren.

No lo sé. Lo cierto es que es una de las pocas cabinas que se han conservado prácticamente en su estado original: los mismos muebles, la moqueta antigua, las paredes de madera.

Al final, como se usó mucho menos que las demás, conserva ese aire anticuado sin estar desgastado.

A mí me gusta. Si no fuera por ese objeto discordante.

—¿El espejo? —preguntó Flavie sintiendo un escalofrío inesperado.

—Sí. No encaja con nada de la decoración —dijo Charlotte bajando la voz. Alguien del otro lado de la pared de la cabina pedía silencio para poder dormir—. Nadie sabe quién lo colocó allí. Es anterior a los años veinte y no tiene nada de elegante. Es frío. Casi de hospital.

A Flavie se le heló la sangre.

—¿Y qué hace ahí? —preguntó Nicolás.

—Según mi abuela, tiene que ver con aquella extraña mujer.

—¿Por qué la defines como «extraña»? —insistió Nicolás—. ¿Solo por la cicatriz?

Charlotte negó lentamente.

—Mi abuela jamás la olvidó, aunque nadie más la mencionó en los interrogatorios. Decía que en ningún momento pareció disfrutar del viaje. Nunca sonreía. Nunca probaba la comida. Vivía encerrada en sí misma. —Lanzó entonces una mirada fugaz a Flavie—. Vamos…, un poco como tú.

—¿Qué quieres decir con eso? —preguntó Flavie, a la defensiva.

La chef esbozó una media sonrisa.

—Tu madre me localizó en mi móvil unos días antes de que subieras al tren. Quería darme instrucciones sobre tus menús. Y, el día que salimos de París, un repartidor trajo a las cocinas unas galletas sin gluten ni azúcar… especiales para ti.

Flavie se quedó en silencio. Sabía lo de las galletas, pero ¿qué más había organizado su madre sin decírselo? Quizá incluso había sido ella quien sugirió que la alojaran en la cabina dieciséis, la más antigua del tren.

Durante unos segundos nadie habló.

Al final fue Nicolás quien se levantó.

—Bueno…, creo que por hoy ya hemos tenido suficiente misterio —dijo intentando restar gravedad al asunto.

—Dentro de unas horas este viaje habrá llegado a su fin.

Se despidieron de Charlotte y salieron al pasillo.

El tren seguía avanzando con ese rumor constante de ruedas sobre las vías que parecía no detenerse nunca.

Nicolás acompañó a Flavie hasta su vagón.

Caminaron en silencio, Flavie absorta en los relatos de Charlotte, repasando sus palabras.

Nicolás, en cambio, parecía inquieto, con ganas de decir algo, aunque sin encontrar la frase justa.

Al llegar frente a la puerta de su cabina, ella se detuvo. Él también. La miró un instante y luego, casi con torpeza, tomó sus manos entre las suyas.

—Volveré en un rato para ayudarte con el equipaje y eso…

Flavie apenas tuvo tiempo de responder. Notó que los dedos de Nicolás se tensaban levemente alrededor de los suyos, como si dudara… O como si, en ese gesto, estuviera tomando una decisión. Entonces él dio un paso más hacia ella.

El beso llegó sin aviso. Cuando Nicolás se apartó, lo hizo despacio, sin soltarla de inmediato. Sus miradas se encontraron, cargadas de algo nuevo. Flavie lo observó mientras se alejaba por el pasillo.

Permaneció unos segundos frente a la puerta de su cabina. Cuando entró, la luz amarillenta de la lámpara bañaba la madera antigua, resaltando sus vetas oscuras, y se detenía en el espejo frente a la cama, donde su reflejo parecía contemplarla con una leve distancia.

Entonces deslizó la mano por debajo de él y sacó con cuidado el pequeño diario de Louise.