La pasajera del Orient Express Capítulo 32 #2
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Capítulo 32 #2

—Por supuesto —contestó Flavie, que seguía algo intimidada por ella.

Charlotte encendió otro cigarrillo.

—A menudo, Leopoldina volvía a un viaje en particular.

El de 1920, el que está ligado a la extraña leyenda de tu cabina, la dieciséis.

En aquellos años, los pasajeros eran distintos.

La Gran Guerra había terminado, al menos en apariencia, y todos buscaban lo mismo: evadirse de la oscura realidad, las familias quebradas, las pesadillas, el dolor.

Con sus espejos y sus maderas nobles, el Orient Express ofrecía el escenario perfecto para esa alegría urgente y efímera.

Se inclinó hacia la ventanilla. Por una rendija entraba el viento, rápido y afilado, arrastrando el humo del cigarrillo de Charlotte con un leve siseo. La chef lo dejó escapar lentamente, como si cada exhalación removiera en su interior recuerdos dormidos.

—Mi abuela decía que cada vez que pensaba en ese trayecto cambiaba de opinión sobre lo ocurrido. Como si la memoria fuese un teatro y las luces alterasen el sentido de la escena. Los pasajeros aparecían bajo focos diferentes. Nunca los recordaba igual.

Hizo otra pausa, para al poco añadir en voz más baja:

—Por entonces los trayectos no eran tan exclusivos como ahora, ni tan escasos. Mi abuela podía hacer veinte viajes al año. Apenas distaba tiempo entre uno y otro. Pudo haberlos confundido…

Flavie y Nicolás escuchaban desde lugares diferentes.

Charlotte parecía una bruja revelando lo que veía en una bola de cristal.

Nicolás se dejaba llevar por sus palabras como un niño escucha un cuento junto a la lumbre.

Flavie, en cambio, parecía oírla como quien, tras muchos rodeos, ordenase por fin el hilo de sus propios descubrimientos.

—Ese trayecto de 1920 —continuó Charlotte dejando escapar el humo por la comisura de los labios— fue en el que Paul Deschanel, el presidente de Francia en aquel entonces, se arrojó por la ventanilla, pero eso, créeme, no fue, ni de lejos, lo más inquietante que ocurrió.

Ella decía que en aquel viaje se generalizó una especie de locura, un desconcierto compartido que impidió que se resolviera nada.

—¿Y exactamente qué tenía que resolverse? —preguntó Nicolás, agotado por la sensación de estar siempre un paso atrás.

—Tantas cosas que hoy en día ni se saben… —le contestó Flavie—. Todos los cables quedaron sueltos.

Charlotte miró a Flavie como si por primera vez se diera cuenta de que no estaba sola.

—Y todo partió, según mi abuela, de la cabina dieciséis. La misma en la que te alojas.

Nicolás se quedó callado unos segundos, hasta que preguntó:

—¿Y quién se alojó allí?

—Ahí está el problema. O el agujero de una historia sin final.

Casi sin personaje —dijo Charlotte—. Mi abuela me contó que, semanas más tarde, uno de los camareros reconoció la fotografía de un pasajero en un periódico.

El artículo decía que, tras viajar en el Orient Express, la policía lo buscaba por el robo de una joya de valor incalculable.

Como mi abuela era analfabeta, le leyeron el texto.

Así se enteró de que aquel personaje era un estafador perseguido por la justicia de varios países desde antes de la Gran Guerra.

El periodista explicaba que su mejor disfraz había sido, precisamente, su extravagancia: viajaba con una mona albina, iba vestido con trajes coloridos; todo era una manera deliberada de que lo tomaran por una especie de rico loco.

—¿Y le dejaron subirse con la mona? —preguntó Nicolás en un tono que intentaba ser ligero, aunque no lo logró por completo.

Charlotte se rio discretamente.

—También yo me lo preguntaba de pequeña. La mona apareció meses más tarde en un circo de Rumanía. Pero de él, de ese ladrón…, jamás volvió a saberse.

—Pero ese estafador y su mona no fueron los que se alojaron en mi cabina —dijo Flavie.

—En efecto. —Charlotte le clavó la mirada—.

Mi abuela sostenía que, además de esos pasajeros singulares, había en el tren una pasajera más, una extraña mujer que consiguió pasar desapercibida durante casi todo el trayecto.

Y eso que, como ya te habrás dado cuenta, en el Orient Express es prácticamente imposible que eso ocurra.

Aquí, todos quieren ser admirados, escuchados, fotografiados incluso con la mirada.

De nuevo, hizo una pausa, quizá aludiendo a las fotos que Flavie se debía tomar en cada rincón del tren.

—Esa mujer llamó la atención de mi abuela desde el primer día.

No era la típica pasajera que uno espera encontrar en un tren de lujo.

Caminaba siempre con la mirada baja. Hasta que mi abuela descubrió que tenía medio rostro desfigurado y hacía lo posible por ocultarlo.

—Dio una calada antes de continuar—. Además, llevaba siempre el mismo vestido.

Algo insólito en un tren donde la etiqueta era casi una obligación y las mujeres aprovechaban el viaje para lucir sus mejores galas.

—¡Como ahora! —dijo Flavie, para intervenir.

—Más o menos. Algunos vais con unas pintas… —comentó Charlotte con una sonrisa burlona. Luego continuó con su relato—. Esa mujer quería pasar desapercibida. Apenas hablaba con nadie. A veces ni siquiera salía de su cabina.

—¿Y cómo pudo tu abuela observarla tanto? —preguntó Nicolás.

—Un día se cruzaron en el pasillo. Mi abuela nunca olvidó su mirada. Decía que le heló la sangre. Una mujer que había sufrido demasiado, añadió.

Flavie frunció el ceño.

—¿Y nadie más la recordó? Los otros camareros tuvieron que verla. Sabemos que tenía cierta intimidad con ese estafador…, Archibald Oswald Nerea.

Esa vez fue Charlotte quien se sobresaltó, sorprendida de que Flavie conociera aquel nombre.

—Quizá esa mujer nunca estuvo en ese viaje —intervino Nicolás, cada vez más confundido—. Es posible que tu abuela mezclara recuerdos. Dijiste que hacía más de veinte trayectos al año, ¿no?

Charlotte negó con calma.

—Eso habría tenido sentido —respondió—. Salvo por un detalle: su nombre sí que aparecía en el registro del tren. Figuraba como pasajera viajando sola, en la cabina dieciséis, bajo el nombre de Louise Duchamp.