La pasajera del Orient Express Capítulo 32
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Capítulo 32

Flavie guardó el cuaderno y se acostó. Lo cierto era que se encontraba mal.

«¿Demasiado champán?», se preguntó. Quizá esas ostras que le había hecho probar Fabrice, lo que acababa de leer o la idea tan brutalmente dolorosa de que ella también buscaba a su padre.

Rebuscó sus pastillas. Mala idea. Esa vez ni siquiera era capaz de encontrarlas.

Con un gesto torpe alcanzó el pequeño botón rojo y lo presionó.

Hasta que, de pronto, como si él hubiera estado esperando al otro lado, oyó:

—¿Flavie? ¿Estás bien?

La voz de Nicolás.

Flavie se incorporó casi de golpe, y el movimiento hizo que el mareo regresara con más fuerza. Aun así, consiguió levantarse y fue a abrirle.

—Nicolás… —dijo con un suspiro que era mitad alivio, mitad desastre emocional—. Creo que… estoy fatal.

Lo miró intentando mantener la dignidad, pero era evidente que no lo estaba consiguiendo. La melena revuelta, los ojos brillantes, esa expresión ligeramente perdida de quien ha bebido lo suficiente para que todo resulte un poco más intenso de lo normal.

Nicolás arqueó una ceja, divertido y preocupado al mismo tiempo.

—Vale —dijo con calma—. Confirmo diagnóstico.

El mareo estaba ganando la partida a Flavie, de modo que pensó que ya se enfadaría con Nicolás por lo de la foto al día siguiente…

u otro, eso ya daba igual. Por instinto, se agarró a él como si fuera el único punto estable en toda la cabina.

Y, sin que le diera tiempo a decir nada, Nicolás notó que el peso de Flavie se volvía completamente blando contra su pecho.

Se había quedado dormida. Así, sin transición. Abrazada a él como si aquello fuera lo más natural del mundo. Nicolás permaneció quieto un segundo, sorprendido, observando la respiración de Flavie, que ya empezaba a acompasarse con el rumor sordo del tren.

—Genial —murmuró en voz baja—. Una conversación muy productiva.

Por supuesto, no se apartó de ella. La llevó de vuelta a la cama con cuidado y le acomodó la cabeza sobre la almohada, aunque Flavie, incluso dormida, seguía aferrada a su camisa.

Y el tren continuó avanzando en la noche, con ese balanceo suave que parecía mecerlo todo y no llevar a ninguna parte más que al país de los sueños.

Flavie abrió los ojos al cabo de unas horas con una sensación espesa.

Se notaba la cabeza pesada y la boca seca, y tenía la vaga impresión de que algo no encajaba del todo en la realidad.

Se giró ligeramente. El sol entraba de lleno en la cabina.

Nadie había corrido las cortinas la noche anterior y la luz de la mañana caía sin piedad sobre el pequeño espacio, rebotando en las paredes de madera pulida y en el metal dorado de los detalles del compartimento.

Aún era temprano, pero se había quedado dormida la noche anterior y esa mañana se encontraba mejor.

Nicolás apareció tras la puerta como si hubiera estado esperando oír un movimiento, por leve que fuera. Flavie le abrió en cuanto llamó con tres golpes.

—Te traigo el desayuno. He pensado que…

El silencio se instaló entre ellos, denso, comprimido en la estrechez de la cabina. Flavie lo observó unos segundos con los brazos cruzados, sintiendo su cercana presencia.

—¿Y bien? —dijo al final en un tono que quería sonar seco—. ¿No ibas a disculparte?

Nicolás se pasó una mano por el pelo, buscando las palabras.

—Sé que estás disgustada —dijo al fin—. Y yo… lo siento.

Flavie soltó un suspiro largo, casi teatral.

—¿Ya está?

—A ver. No sé qué más decirte…

—¡Y entonces pensaste que lo mejor era compartir una foto en la que se veía mi tatuaje, con quinientos treinta y ocho mil seguidores! Entre ellos, mi madre y Nacho.

—Francamente, ni lo pensé. No veo ningún problema en tu tatuaje.

—Ese es justo el problema.

—A ti te gusta, y a mí, eso me basta. Pero también creo que te… —Nicolás no terminó la frase.

También Flavie se había quedado en silencio. Pensó que Nicolás le diría otra cosa, pero era obvio que estaba equivocaba. Notaba la cercanía de su cuerpo. El calor. El espacio ridículamente pequeño de la cabina.

—¿El qué?

—Tienes que hablar con Charlotte Wilkenstrum.

La frase de Nicolás la dejó descolocada.

—¿La cocinera?

—La chef étoile —corrigió él—. Como la llames cocinera, no te contará nada. Te lo digo por experiencia.

—OK. —Flavie lo miró con suspicacia—. ¿Y por qué exactamente tengo que hablar con ella?

No esperaba aquello, sino una disculpa clara. Una frase que demostrara que él también estaba tan alterado como ella por el distanciamiento que había entre ambos desde lo de la foto.

—Por lo de tu cabina —dijo Nicolás bajando la voz—. ¿Te acuerdas de que te comenté que siempre había estado cerrada? Que no entendía por qué te la habían asignado…

—¿Y no me lo puedes adelantar tú? —contestó Flavie apresuradamente.

—Sí. Pero Charlotte sabe la historia de verdad. Yo te la contaría fatal, todo mezclado… Ella lo sabe todo.

Flavie estaba a un segundo de estallar si Nicolás seguía hablando de esa mujer.

—Charlotte lleva toda la vida trabajando en este tren.

¡Lo sabe todo! —insistió Nicolás—. Estudió en Le Cordon Bleu de París.

La compañía le pagó los estudios, imagínate.

Es buenísima. Pero también… intensa. No deja que nadie toque sus caldos.

Ni siquiera el segundo de cocina. Y, si alguien se acerca demasiado a sus salsas, básicamente desaparece…

—Al grano —le cortó Flavie—. ¿Qué sabe en concreto esa… cocinera?

—El motivo por el que esta cabina estuvo cerrada tanto tiempo. Su abuela trabajó en este tren en los años veinte. Estuvo en la compañía durante más de cuatro décadas.

Flavie se inclinó ligeramente hacia él.

—¿Y?

—Y en uno de esos viajes… pasó algo. Algo grave —añadió Nicolás—. Después de eso, la cabina dieciséis quedó clausurada durante décadas.

Una sonrisa lenta apareció en el rostro de Flavie.

—Charlotte me ha dicho que, si quieres, puedes hablar con ella esta mañana. Después del desayuno.

—¿Aquí?

—No. —Nicolás negó con la cabeza—. No en esta cabina. Su abuela le prohibió entrar en ella. Tendrás que ir al vagón del personal. ¡Desayuna, y nos vamos!

Cuando llegaron, Flavie tuvo la sensación de haber entrado en otro tren.

No solo por la decoración, mucho más sencilla que la del resto del Orient Express, sino por el ambiente.

Varias puertas de las cabinas estaban abiertas, y desde dentro se escapaban risas, voces jóvenes, un aire de compañerismo que no existía en los vagones de los pasajeros.

Nicolás golpeó con los nudillos la puerta de la cabina de Charlotte Wilkenstrum. Ella abrió al instante y se apartó para dejarlos pasar.

Dentro apenas había espacio. Flavie y Nicolás se acomodaron en la cama, el único sitio donde sentarse, mientras que Charlotte se subió con naturalidad a una pequeña mesa redonda atornillada al suelo.

A diferencia del resto del personal, tenía una habitación para ella sola.

Había logrado ese pequeño privilegio gracias a sus habilidades culinarias y su inquebrantable constancia en el trabajo.

También su físico era especial, era una mujer menuda.

No debía de medir más de metro y medio, y su ligereza recordaba a la de una niña.

Lo que más destacaba eran sus ojos, demasiado grandes para un rostro tan breve, siempre atentos, con un leve aire asustado que no les impedía observar ese microespacio en movimiento.

Su cuerpo parecía hecho a medida para aquel trabajo: pequeño, rápido, ideal para deslizarse por los pasillos estrechos del tren, sin ocupar espacio, sin hacer ruido.

En cierto modo, parecía que había nacido para eso.

Su historia también pertenecía al tren. Antes que ella, su abuela y después su madre, tres generaciones trabajando en el mismo convoy. El Orient Express no era solo un lugar de paso, era el hogar de una familia formada únicamente por mujeres que habían nacido, crecido y vivido entre sus vagones.

Charlotte sostuvo la mirada a Flavie durante unos segundos. El silencio se volvió espeso, como si estuviera dudando si abrir una puerta demasiado cercana a su propia sangre para mostrarla a una desconocida.

Al final encendió un cigarrillo, ignorando sin el menor reparo la prohibición de fumar en las cabinas. Abrió la ventanilla y dejó escapar el humo junto con el cansancio de aquel largo viaje que, gracias a Dios, ya tocaba a su fin. Tras unos segundos, empezó:

—Mi abuela Leopoldina… —Suspiró.

Flavie se acordó de pronto. ¡Era el nombre que Fabrice había mencionado!

—Mi abuela Leopoldina fue, sin duda, la mayor fuente de historias sobre todo lo que sucedía en el Orient Express: los pasajeros, los secretos, los recovecos del tren.

Entre tanta gente de la alta sociedad, tantos países atravesados, guerras que obligaban a desviar rutas o tormentas que forzaban paradas inesperadas…

, aventuras no le faltaron. Me contó la mayoría; el resto se perdió con ella.

¿Quién, aparte de una niña como yo, prestaba atención a una mujer siciliana, hija de un borracho y analfabeta?

Y sin embargo, para mí, Leopoldina fue la mujer más sabia que he conocido y la que más me enseñó, sin duda.

Hizo una pausa, como si oyera en su mente una voz antigua.

—Pasó cuarenta años trabajando aquí. El Orient Express fue su casa, su vida, su familia.

Para mi madre, y después para mí, esta vía flotante terminó siendo también la única línea recta de nuestras existencias.

Juré a mi abuela que sus secretos viajarían conmigo hasta la tumba.

Solo a mí me los confiaba, como si al pronunciarlos me convirtiera en guardiana de algo que debía perdurar.

De vez en cuando, Charlotte interrumpía su relato, como si buscara en la memoria la forma exacta de una frase ya olvidada. Aspiraba con fuerza el humo espeso de su cigarrillo, intentando contener las emociones que le iban asomando.

Mientras la escuchaba, Flavie pensaba que esa mujer era exactamente eso: una guardiana. La guardiana de un bosque imaginario lleno de senderos y secretos.

—¿Me estás escuchando? —preguntó Charlotte al notar su silencio.