Capítulo 31 #2
—Estoy dormida junto a mi amiga Ana Clara.
A veces, duermo en su casa. Nuestras masías son vecinas.
Llaman a la suya la masía de la Juliana, por su abuela.
Ana Clara y yo tenemos la misma edad. Todos dicen que nos parecemos, que somos como hermanas.
Pero no es cierto. A ella le gustan los animales grandes, los de pelo suave y mirada felina, los que se acercan para que los acaricies.
A mí me fascinan los insectos. Los que vuelan, los nocturnos.
Los negros y los que tienen colores. Esos animales silenciosos que, contrariamente a lo que piensan los demás, no hacen daño.
Cuando hay luna, veo centenares de insectos negros en el jardín.
Pero mi familia no me toma en serio. Dicen que a las niñas, y menos tan dulces como yo, no pueden gustarles los insectos.
La voz del médico la interrumpió:
—¿Qué pasó aquella noche, Mariana? La de los insectos, la de la luna llena…
Su voz se detuvo un momento. Nadie se movió.
—Es de noche, la luna llena ilumina y los insectos se multiplican.
Salimos las dos al jardín de la masía de Ana Clara.
Ella me toma de la mano. Siempre tiene miedo, pero sabe que yo la protejo.
Le tiemblan los dedos, y me dice: «¿Y si viene, Mariana?
¿Y si viene…?». Le sonrío. La tranquilizo.
Pienso que se trata de un insecto. Solo puedo pensar en mis insectos, y su zumbido me llena la cabeza.
De repente veo uno y entonces le suelto la mano para acercarme.
Pero, claro, el animal vuela, vuela lejos, y, aunque lo busco en la noche, no lo veo y pienso que ya no está.
—¿Qué ocurre contigo y ese insecto? —De Montilac reconducía la escena.
Un temblor recorrió el cuerpo de Mariana, sus ojos seguían fijos en un punto perdido.
—Hasta que alguien me vuelve a agarrar. Creo que es Ana Clara, pero me aprieta los dedos demasiado fuerte. Una mano sudorosa, grande, peluda. ¡Grito! ¡Es el perro, el perro de Ana Clara, ese mastín que la sigue a todas partes!
—No es un mastín, Mariana, ¿quién es? —La voz del médico sonaba fuerte.
—Es el mastín, es el mastín, es el mastín.
—¡No! ¡Y lo sabes! ¿Quién es, Mariana?
—Alguien me toma por la cintura y me levanta. Grito el nombre de mi amiga: «¡Ana Clara! ¡No me dejes!». Pero ella ya no está. Me alejo sin querer, voy, como un saco, al hombro de alguien que no logro ver. Camina deprisa. No duda. Sabe adónde va.
Mariana cae al suelo. Ahora imita la forma de un saco. Todos estamos impresionados. De Montilac nos indica que no la toquemos. Y Mariana sigue hablando, esa vez tremendamente despacio.
—Ya no oigo más insectos. El hombro se me clava en la barriga.
Tengo ganas de vomitar. Me lleva a la caseta donde viven los mozos de la vendimia.
Reconozco el olor, aunque ahora no haya vendimia.
Ni mozos. No queda nadie. El mastín abre la puerta con llave.
Me tapa la cara con un trozo de tela. Me susurra al oído: «Si gritas, te estrangulo».
Y me vuelve a echar al hombro. Al poco me tira sobre un colchón.
Me hago daño. Intento gritar, pero ya no tengo voz.
Solo mi mente grita de miedo. Llamo a Ana Clara sin parar.
Y siento que mi grito me ahoga. Que no sale de mí.
Mariana bajó los párpados, sus ojos estaban llenos de lágrimas, como si algo en su interior se estuviera quemando.
—Me clavan en mi interior algo duro. Grande. El dolor me corta la respiración. Me creo morir. Dejo de ser. Mi sueño se vuelve eterno. Mariana… ya no existe.
El vagón entero quedó suspendido en un silencio mortecino, de esos que deja la tragedia cuando por fin decide mostrar su verdadero rostro.
Mariana estaba en el suelo. Su cuerpo encogido, plegado sobre sí mismo; parecía abrazada a su propio dolor.
Durante unos instantes todos permanecimos absortos en esa escena inquietante. Nadie había reparado en el marido de Mariana, que hasta entonces había permanecido inmóvil observando todo con los ojos desorbitados, como si su mente se negara todavía a comprender lo sucedido.
De pronto, algo en su expresión cambió.
Fue como si en un segundo hubiera entendido lo que su mujer acababa de revelar ante todos.
Se levantó bruscamente, alzó la mano y agarró al médico por el cuello de la chaqueta con una fuerza inesperada. Jean de Montilac perdió el equilibrio y estuvo a punto de caer sobre la mesa.
—Pero ¿qué le ha hecho a mi mujer?
El grito resonó contra los cristales del vagón. En el gesto violento, parte de la vajilla cayó al suelo con un estrépito seco, rompiendo definitivamente el frágil orden de la cena.
Y entonces ocurrió algo que nadie en el vagón parecía haber previsto.
Mariana se movió. Apoyó las manos en el suelo y, con una calma que contrastaba con el caos que la rodeaba, se incorporó despacio y se sacudió la falda como si acabara de levantarse de una caída trivial en mitad de un paseo.
El silencio pesaba sobre todos nosotros.
Cuando alzó la cabeza, su rostro era el de otra persona. Miró a su marido con una luz distinta, una claridad nueva que parecía haber borrado la opacidad distante que la había acompañado durante todo el viaje.
—Antonio… —dijo con suavidad—. ¿Qué ha pasado?
Su voz era serena. Demasiado serena.
Durante un instante nadie respondió. Ni siquiera su marido, que la miraba como si estuviera viendo un fantasma.
Era ella.
Y, sin embargo, algo en su mirada —tal vez la ausencia de aquella sombra antigua— hacía pensar que también había dejado de ser la misma mujer que unos minutos antes permanecía sentada frente al ventanal perdida en un mundo inaccesible para todos nosotros.
Incrédulo, Antonio miró a Jean de Montilac. La ira que unos instantes antes le había desfigurado el rostro se desvanecía ahora con la misma rapidez con la que había aparecido. Sus manos, aún aferradas a la chaqueta del médico, fueron perdiendo fuerza poco a poco hasta soltarse.
Sus ojos, abiertos de par en par, se llenaron de lágrimas.
Dio un paso hacia su esposa, todavía tembloroso.
—¿De verdad… me oyes? —preguntó casi en un susurro.
Mariana frunció ligeramente el ceño, como si la propia pregunta le resultara incomprensible.
—Claro que te oigo —respondió—. ¿Por qué no iba a oírte?
A su alrededor, los pasajeros seguían inmóviles, testigos silenciosos de una escena que ninguno de nosotros sabía muy bien cómo interpretar.
El doctor De Montilac, mientras tanto, se alisó con calma la chaqueta arrugada y observó a la pareja con una expresión difícil de descifrar.
Algo en todo lo que acababa de suceder me descolocaba hasta los huesos.
Me levanté bruscamente, sin pensar en las miradas ni en el murmullo que todavía flotaba en el vagón restaurante.
Dije a Archi que me retiraba y salí en estampida, atravesando el pasillo con la respiración entrecortada.
Mientras el resto de los comensales seguían deshaciéndose en elogios hacia De Montilac, yo sentía una oleada de indignación.
Quise desaparecer de aquel escenario, de aquel teatro que, desde el inicio del viaje, no hacía más que recordarme lo que vivió mi madre tantos años atrás.
No fue hasta llegar al último tramo de mi vagón, mientras caminaba con paso rápido y sin volver la vista atrás, que alguien me alcanzó.
Sentí una mano firme y fría detenerme por el brazo.
Era el médico. Su mirada, decidida, se clavó en mí sin disimulo.
Y entonces, con una osadía repugnante, alargó la otra mano y rozó mi cicatriz.
—¿Qué hace? —grité, y se la aparté con rabia.
—¿Por qué se ha molestado? —respondió Jean de Montilac, con esa calma que lo hace parecer dueño del tiempo.
—Pero ¿cómo se atreve? —le escupí, furiosa, mientras el corazón se me desbocaba.
—Usted me recuerda a alguien… —dijo casi sin inmutarse—. Esa forma desafiante de mirar. Y, al mismo tiempo, esa dulzura… Se parece a una de mis primeras pacientes. Si me lo permite, antes de llegar a nuestro destino…
—¡Olvídese! —respondí tajante.
Pero el médico no se rindió. Su voz, como una serpiente, se adentraba en mi cabeza atravesándola.
—Ya ha visto los resultados. Podría hipnotizarla. No sentiría nada. Tal vez… incluso se libere. Como la dama española. Confíe en mí.
Le sostuve la mirada. Un temblor de miedo me recorría la espalda.
—¿Dice que confíe en usted? ¡Si no le conozco de nada!
—Intuyo que sí me conoce. ¿No es así?
Guardé silencio. Una parte de mí deseaba gritarle que lo conocía desde siempre, que lo había visto en los sueños de mi madre, en sus pesadillas, en sus noches de insomnio, en su engaño. Pero no dije nada. Finalmente, contesté con una voz que ya no dominaba:
—Está bien. Pero en su cabina.
Jean de Montilac me observó durante unos segundos que se me hicieron eternos. Oía su respiración muy cerca y sentí un mareo, un vértigo que me hizo temblar de los pies a la cabeza.
—Mañana por la tarde —dijo al cabo—, si le parece. Mi mujer tomará el té con la señora Vladovitch a las cuatro en el vagón de música. Tendremos un rato. Cabina nueve, primera clase.
Estuve a punto de responder que sabía perfectamente dónde estaba su cabina. Pero me contuve a tiempo y tan solo contesté:
—Allí estaré.
Ahora, más serena en mi cabina, me pregunto quién es ese hombre capaz de desnudar el alma de cuantos se aventuran en sus sesiones.
Lo veo todo con una mezcla de terror y lucidez, como si, por fin, entendiera más hondamente el daño que infligió a mi madre, tratando de descubrir una verdad como si fuese una quimera.