La pasajera del Orient Express Capítulo 31
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Capítulo 31

Me encaminé hacia el vagón restaurante, donde había quedado con Archi para cenar. El tren había seguido su curso con esa serenidad engañosa que tienen los viajes largos, como si el tiempo en esos pasillos avanzara de otra manera.

Había pasado el día en mi cabina tratando de poner un poco de orden —o quizá de silencio— en mis pensamientos. El traqueteo del tren, lejos de inquietarme, parecía envolver todo en una especie de calma suspendida.

A diferencia de la noche anterior, tan llena de interrupciones y sobresaltos, nadie había llamado a mi puerta en todo el día.

Al abrir la del vagón restaurante, me recibió de inmediato una oleada de ruido y de voces que me hizo vacilar un instante en el umbral. Después de tantas horas de silencio en mi cabina, ese bullicio resultaba casi irreal.

Archi ya estaba sentado a una mesa del fondo. A su lado, Pamela.

Los espejos que cubrían las paredes duplicaban las luces doradas de las lámparas, de modo que el vagón parecía más largo, más brillante, lleno de reflejos inquietos que se deslizaban sobre los rostros de los pasajeros.

El aire estaba cargado de aromas —salsas, vino, tabaco— y por todas partes se mezclaban conversaciones en idiomas diferentes, como si medio continente se hubiese reunido allí dentro.

Cuando me acerqué, Archi inclinó la cabeza con esa elegancia distraída que le es tan propia. Luego, apartó ligeramente la mirada hacia el fondo del vagón. Al hablarme, su voz había descendido varios tonos.

—¿Te has fijado en la mesa de los españoles? —murmuró—. Esa mujer, siempre tan ajena al viaje, no aparta la vista del ventanal. Y esta vez tu famoso doctor no le quita la vista de encima.

—Yo diría que no puede más del aburrimiento de su marido —aventuré.

Archi sonrió apenas.

—Quizá no sea exactamente eso —contestó al fin—.

Su marido, Antonio Millán Lloret, un empresario catalán de gesto siempre contenido, no es, que digamos, el hombre más divertido de Barcelona.

Y, sin embargo, hubo un tiempo en que la política lo arrastró a pasiones que ahora apenas se adivinan en él… como brasas cubiertas de ceniza.

Hizo un leve gesto con la cabeza hacia la mesa.

—Mariana de Montis —añadió pronunciando el nombre casi con devoción—, de la familia de los condes de Lavern.

Durante un instante pareció observarla con una atención casi científica.

—Su belleza no está solo en la armonía de sus rasgos.

Está en la manera de mirar… ¿La ves? Observa al otro con una intensidad que desarma, como si quisiera atravesar todas las capas, todas las defensas, hasta llegar a la propia alma.

Y, cuando uno se siente mirado así, entiende que con ella nada es superficial, nada queda indemne.

Aquellas palabras me hicieron volver la vista hacia aquella mesa.

—Esa mujer… ¿la conocías ya? —pregunté.

—Hubo un tiempo en que la vi varias veces en el Liceo de Barcelona. Pero nunca hablé con ella.

Archie hizo una pausa, midiendo el efecto de sus palabras. Y, como siempre, lo consiguió; su discurso me fascinaba.

—He averiguado que Mariana colecciona mariposas —añadió con suavidad—. Que a su padre le costó casarla, a pesar de su belleza, por ese estado de ensimismamiento en el que parece vivir. Es como si hubiera quedado suspendida en un instante preciso de su vida, ¿no opinas lo mismo?

Seguí mirándola con atención. Entre el tintineo de cubiertos, el murmullo de voces acaloradas y el traqueteo hipnótico del tren, Mariana parecía no oír nada. Todo su ser estaba al otro lado del cristal, en ese paisaje oscuro de la noche que huía.

Archi prosiguió:

—A pesar de su aspecto joven, pasa de los cuarenta. Es evidente que su matrimonio es pura conveniencia. Su marido ni siquiera la mira. Un personaje curioso… Pero quien realmente no le quita ojo es el hipnotizador.

Al oír mencionar al médico, se me heló la sangre. Durante esos minutos absorta en la historia imaginada de la española, había conseguido olvidarlo.

—¿Y por qué crees que está tan interesado en ella?

Archi se tomó un momento antes de responder, como si paladeara la idea.

—Por su demencia, evidentemente. Para un psiquiatra debe de ser fascinante tener a un paciente en un mundo paralelo.

Reflexionó unos segundos más y, de pronto, clavó en mí su mirada intensa.

—Como tú.

Aquel salto inesperado hacia mi persona me provocó un vuelco en el corazón.

—Pero ¿qué dices? —respondí desconcertada—. Si te refieres a mi cicatriz, entiendo…

La frase se me quedó suspendida en los labios, como si aún no supiera muy bien qué estaba tratando de justificar.

—No, Louise —repuso Archi con voz grave—. Tu físico me fascina, pero por otras razones. Si colocara mi mano sobre este lado izquierdo que te empeñas en disimular, te diría que eres una de las mujeres más…

Sentí entonces su mano rozar mi mejilla dañada. El gesto me sobresaltó. Su mirada, que hasta ese momento había sido penetrante y analítica, se había vuelto de pronto casi una caricia. Un escalofrío me recorrió la espalda.

—Más… ¿qué?

—Veo que sigues sin querer hablarme de ello —dijo Archi con una resignación afectuosa.

En ese momento, una camarera de rostro anguloso y movimientos silenciosos se acercó a nuestra mesa. Nos traía la cena: magret de pato en salsa de naranja. Su aroma cálido y ligeramente dulce se elevó entre nosotros.

Cuando la mujer se retiró, Archi comenzó a comer con una concentración un tanto nerviosa, como si necesitara ocupar las manos. Durante unos instantes solo se oyó el discreto tintinear de los cubiertos y el murmullo del vagón.

Al cabo de un momento volvió a mirarme, insistente, en silencio.

—Está delicioso, te aconsejo que lo pruebes.

Luego, como si hubiera contenido la pregunta todo ese tiempo, añadió con una naturalidad forzada:

—¿Cambiaste el escondite de la joya?

Asentí.

—Pero prefiero que no me preguntes dónde la puse, Archi. Cuanto menos se sepa, mejor.

Sonrió.

—Haces bien. En cuando lleguemos a Estambul, sé quién puede hacerse cargo de ella.

—No será necesario —contesté.

No sé si Archi lo oyó. Lo que sí noté fue el leve parpadeo de Pamela, sentada junto a él. Silenciosa, como un presagio, la mona albina me miraba con esa lucidez suya que ahora me inquietaba. Por un instante, tuve la certeza de que había entendido. Pero no estaba segura de que aprobara mi decisión.

Archi, que había vuelto a guardar silencio unos segundos, de repente me indicó con un leve movimiento de la cabeza.

—Mira quién acaba de levantarse… El famoso médico.

Jean de Montilac se acercó a la mesa de los condes de Lavern. Se inclinó ligeramente hacia ellos y les dijo algo que no alcancé a oír. Al cabo de unos minutos, se sentó en la banqueta de Mariana, a su lado.

Al darse cuenta, ella se giró despacio y lo miró. Parecía incómoda y su rostro, duro, me recordó al de una máscara de yeso. Bastó esa mirada para que, de pronto, el murmullo del vagón empezara a apagarse, como si alguien hubiera bajado el volumen del mundo.

Y entonces ocurrió lo que, por desgracia, ya no podía sorprendernos.

Desde esa mesa se oyó un grito sofocado que rasgó las paredes del vagón.

Con esa mezcla de vanidad y precisión que, desde el inicio del viaje, lo había convertido en el centro inevitable de todas las miradas, el doctor De Montilac acababa de hipnotizar a Mariana de Montis.

Un silencio denso se adueñó del vagón, como si los comensales hubieran estado esperando una de esas exhibiciones.

Los cubiertos reposaron olvidados sobre las mesas y, una vez más, nuestras miradas confluyeron en la escena, convertidos todos en testigos involuntarios de algo perturbador.

Incluso los camareros, por lo general diligentes en su silencioso ir y venir, se detuvieron y dejaron los platos sin recoger.

De repente, a Mariana le cambió la mirada.

Sus ojos parecían haberse desplazado hacia otra dimensión.

No había en ellos la luz de quien observa ni la conciencia de estar rodeada de gente.

Permanecían abiertos, sí, pero vacíos…, o quizá ocupados en algo que solo ella podía ver.

Fijos en un punto —ese punto invisible para todos nosotros—, parecía que lo que contemplaba se alzaba justo en el centro del vagón.

Su belleza natural se alteró de un modo inquietante, como si el terror hubiera tomado posesión de sus rasgos.

Su rostro, por lo general de porcelana, se tensó hasta volverse casi grotesco.

Había en aquella transformación algo ferozmente íntimo, algo que no deberíamos estar presenciando, como si estuviéramos asistiendo en silencio a una ejecución que solo ella podía revivir.

—Estás dormida, Mariana. En otro espacio. En otro tiempo. Cuéntanos dónde te encuentras —preguntó el doctor De Montilac con voz pausada, como si temiera romper algo sagrado—. Cuéntanos lo que ves.

El vagón restaurante seguía mudo.

A mi lado, Archi, inquieto, observaba la escena. Pamela asomó la cara por detrás de nuestros vasos, olfateando el aire con su pálido hocico como si pudiera percibir el miedo que Mariana traía consigo desde el fondo de sus recuerdos.

Por mi parte, ya empezaba a comprender la fascinación que el médico despertaba. Su poder manipulador de la mente lo convertía en un mago capaz de devolver a sus víctimas las vivencias del pasado.

Entonces, ante la mirada de los demás, rodeada de un silencio absoluto, con los ojos abiertos al infinito, Mariana se puso a hablar: