Capítulo 30 #3
Llegaban los primeros platos, tres ostras abiertas acompañadas de salsa de limón. Flavie miró el plato sin saber bien cómo debía comer esos bichos que le acababan de traer. Fabrice adivinó su malestar.
—¿Nunca has comido ostras? Es uno de los únicos manjares que nos ofrece este planeta sin que el ser humano le pueda poner la mano encima.
Coge la concha con la mano izquierda, así, con delicadeza pero con decisión, agarra el cuchillo y despega la ostra sin apenas tocarla.
Una vez suelta, la aspiras dejando que tu paladar se llene del aroma y el sabor a mar helado.
Cerró los ojos mientras toda la escena del Atlántico tomaba forma en su espíritu.
—Creo que te gustan… —dijo Flavie.
—Estas son las Kumamoto. Deliciosas.
Fabrice guardó silencio un instante antes de continuar, como si buscara en recuerdos muy lejanos.
—Remontémonos entonces a ese momento. La madre de Louise, Augustine, vivió durante años en la Salpêtrière.
Tenía problemas mentales, eso parece claro.
Allí el doctor Jean-Martin Charcot, aunque era un neurólogo brillante, no sé si llegó a curarla completamente.
—Hizo una pequeña pausa, midiendo las palabras—.
Charcot tenía una mente inquieta, siempre intentando ir más allá de los límites de la ciencia.
Descubrió que la hipnosis podía ser una herramienta extraordinaria para penetrar en el inconsciente de los pacientes.
Y a partir de ese momento… —Se inclinó ligeramente hacia Flavie—.
Augustine se convirtió en su caso más fascinante.
En cierto modo…, en su instrumento clínico.
Flavie frunció el ceño.
—¿Quieres decir que la utilizaba?
—Digamos que, en aquella época, la frontera entre la investigación y el espectáculo médico… era bastante difusa.
Flavie lo escuchaba sin moverse, con la mirada fija en él.
—La hipnosis fascinaba a todo el mundo —continuó Fabrice—.
Era tan eficaz que Charcot comenzó a ofrecer sesiones abiertas al público en la Salpêtrière, los martes.
Al principio eran simples demostraciones médicas, pero con el tiempo se convirtieron en auténticas lecciones.
—Hizo un pequeño gesto con la mano, como si señalara un escenario invisible—.
Todo París hablaba de él como de un profeta de la mente. Y, muy pronto, Europa entera.
—Tengo entendido que también Freud fue alumno suyo.
—Por supuesto —respondió Fabrice—. Pasó una temporada en la Salpêtrière y lo estudió con devoción. Al principio creía que la hipnosis podía abrir puertas selladas de la mente…, pero luego eligió otro camino. El análisis, los sueños, la palabra… La escucha.
—A mí lo de la hipnosis siempre me ha sonado más a poesía que a medicina. ¿Tú te lo crees?
—Quién sabe, querida. Una poesía que se metió en los hospitales, en los libros, en los sueños de quienes querían entender lo invisible.
—¿Y qué hay de Jean de Montilac? ¿Sabes algo de él? —lo interrumpió Flavie, impaciente por llegar al centro de su inquietud.
—Ese nombre me suena, sí —contestó Fabrice—. Pero debes tener en cuenta que yo viví en la Salpêtrière en los años sesenta, no en el siglo XIX .
—Viajaba en el tren de 1920 —dijo Flavie con rapidez—. Louise subió a ese tren para vengar a su madre, a quien, de joven, ese psiquiatra violó.
Fabrice guardó silencio un instante. Luego levantó la mano para pedir más champán al camarero. Cuando volvió a mirar a Flavie, sus ojos reflejaban una sorpresa genuina.
—¿Y tú como sabes eso?
Flavie respiró hondo antes de responder:
—Augustine pensaba que ese espejo era el único testigo de lo que ocurrió en el hospital…
, de las violaciones. Y también de su huida.
Por tanto, ese médico, De Montilac, fue el detonante de toda la historia en el Orient Express.
No Charcot. Fue él, con su abuso de poder sobre Augustine… Y su hija quiso vengarla.
Fabrice permaneció impasible.
—Desgraciadamente —dijo con calma—, ese tipo de cosas era habitual en aquella época.
—¿Habitual? —repitió Flavie, incapaz de contener la indignación—. Hoy a alguien así lo meterían en la cárcel.
Fabrice no se alteró. En su expresión había esa mezcla de ironía y lucidez que hacía que fuera tan difícil de descifrar.
—Querida…, ¿por qué estás tan enfadada? Apenas has probado la comida.
—Suspiró, y luego dijo con suavidad—: Si algo así te indigna tanto, en un lugar donde aquello formaba parte casi rutinaria de los tratamientos…
, es porque algo tiene que ver contigo. —Hizo una pequeña pausa—.
Es tu hilo de Ariadna. Esa conexión que sientes con esa mujer.
El silencio se instaló entre ellos unos segundos.
Fabrice continuó:
—En el fondo, Louise estaba haciendo exactamente lo que estás haciendo tú.
Flavie lo miró sin comprender.
Fabrice se inclinó sobre la mesa, como si nadie más debiera oír lo que iba a decir.
—Las dos estáis buscando al padre.
Flavie sintió que el estómago se le encogía. Una oleada le subió desde dentro, brusca, inesperada. Tardó unos segundos en poder hablar.
—¿Qué dices? No tiene nada que ver… Louise tenía padre. Vivió con él.
Fabrice le sostuvo la mirada.
—¿Estás segura? Por lo que me cuentas, también podría ser que Augustine abandonara el hospital ya embarazada de Louise.
Flavie se quedó rígida. Entonces Fabrice extendió la mano sobre la mesa y cogió la suya con delicadeza. Le temblaba. No sabía si de rabia o de algo más profundo.
—Querida —dijo en voz baja—, el cuerpo te está indicando todo lo que debes buscar. —Hizo una breve pausa antes de añadir—: ¿Qué sabes de tu padre?
Flavie retiró la mano con brusquedad. Se levantó de golpe y, arrojando la servilleta sobre la mesa, exclamó:
—¡Lo que me faltaba ahora! Esta conversación empieza a no tener el menor sentido.
Una marea de pensamientos se agolpaba en su mente. Y, sin mirar a nadie, caminó directa hacia su vagón.
En cuanto cerró la puerta de su cabina, se dejó caer sobre la cama sin quitarse los zapatos. Sus pensamientos seguían girando en un torbellino caótico mientras sentía las piernas extrañamente débiles.
¿Y si Fabrice tuviera razón? ¿Y si esa pregunta fuera la que llevaba todo el viaje, o toda la vida, evitando?
A lo lejos, encima de la mesita, vio el diario. Se levantó para alcanzarlo y lo abrió.