Capítulo 30 #2
Bajó el ritmo. Ya no caminaba para llegar, sino para estar.
Pensó entonces en lo rápido que había dicho «Me voy», y le sorprendió lo mucho que deseaba hacerlo.
Pero hacerlo de verdad. Sin que lo habitual —pensar en su madre antes de hacer cualquier cosa, medir las consecuencias, anticipar el enfado, el control, las preguntas— le importase ya tanto.
Aquí nadie sabía nada de ella, y respiró su libertad.
En ese espacio, por primera vez en mucho tiempo, supo con seguridad que no quería volver a lo de antes. Y esa idea le producía una agradable felicidad. Una sensación de ligereza. No sabía cómo iba a hacerlo ni cuándo, pero en algún momento, como Louise, ella también se liberaría.
Poco a poco, fue adentrándose en el casco antiguo de Bucarest —calles más estrechas, terrazas medio llenas, carteles de madera, un murmullo constante de gente— y guardó el móvil sin comprobar la ruta.
Se había negado a mirar los mensajes que le entraban a cada rato.
Ya no le hacía falta leerlos. Siguió caminando unos metros y, casi sin buscarlo, se encontró de frente con Hanul lui Manuc.
El edificio tenía ese aire antiguo que parecía resistirse al resto de la ciudad.
Lo que buscaba. Se quedó quieta. Sin creérselo. Estaba delante del mismo establecimiento en el que Archibald había revelado a Louise todo su pasado rumano.
La idea la golpeó con una intensidad inesperada. Por un instante, tuvo el impulso de entrar corriendo al restaurante, como si los dos la estuvieran esperando.
Dentro, el ambiente le recordó de inmediato la descripción de Louise.
Techos bajos, calor acumulado, voces superpuestas, ruido de platos, pasos rápidos.
El olor a comida se mezclaba con la densidad.
Todo estaba lleno. Y, sin embargo, Flavie sintió que sobraba.
Como si hubiera llegado tarde. ¿Los buscaba todavía? Qué absurdo.
Entonces vio la escalera de caracol y se le encogió el corazón. ¿Estarían todavía abajo? Sonrió de su ocurrencia. Sin pensarlo demasiado, se dirigió hacia allí, casi agradecida de alejarse del ruido. A cada peldaño, el bullicio se iba apagando, como si alguien bajara el volumen del mundo.
En el sótano todo cambió. El aire era distinto. Y reinaba un extraño olor a humedad. No había nadie. Flavie se detuvo al final de la escalera sin saber muy bien por qué. Y, durante un segundo —solo un segundo—, tuvo la sensación de no estar sola.
Creyó ver la escena. Un hombre con pantalones ajustados y botas de montar. A su lado, una mujer de rostro… borroso, escondido tras el pelo; no encajaba, como ella.
—¿Busca a alguien?
La voz la atravesó como una espada. Flavie se giró bruscamente con el pulso un poco acelerado. Una chica la observaba unos metros más allá.
—Hola… Eh, no.
Tardó un segundo en ubicarse. La chica, que tendría más o menos su edad, calculó Flavie, iba vestida como camarera. Normal. Todo normal.
—Cuando ha entrado, me ha parecido que buscaba a alguien —añadió la joven en inglés, con curiosidad más que desconfianza.
—Mi abuela… estuvo aquí con su amigo rumano —soltó Flavie sin saber por qué estaba contestando eso.
La chica sonrió, como si el comentario de Flavie tuviera sentido.
—¡Entonces le interesará ver esto! Sígame —le pidió.
La guio por una puerta lateral hacia una zona más privada, probablemente parte de la casa de los dueños. Flavie intentó disimular su sorpresa. Sobre una cómoda, decenas de marcos con fotografías antiguas se alineaban unos junto a otros.
—Mi abuelo hacía fotos a los clientes —explicó la joven—. Luego las vendía. Quizá su abuela esté en alguna de ellas. ¿Quiere mirar?
Flavie se acercó. Cogió uno de los marcos. Luego otro.
Rostros desconocidos, muchos de ellos desgastados por una vida de sufrimiento.
Gente que había pasado por allí dejando algo atrás: una risa, una palabra, un retazo de tiempo consumado.
Las miradas parecían seguir existiendo en el papel como si fueran mensajes de antaño.
Siguió buscando, aunque ignoraba exactamente qué.
Hasta que se detuvo. En una de las fotos, detrás de la mesa en primer plano, creyó distinguir a una pareja.
Algo en ellos no encajaba con el resto. La mujer llevaba un sombrero que le ocultaba casi por completo el rostro.
Él estaba vestido demasiado elegante para el lugar, como si perteneciese a otro ambiente.
Pero la imagen en blanco y negro no ayudaba: todo era más ambiguo, más abierto a la interpretación, y ¿cómo adivinar los colores?
Además, Louise había escrito que ese día no llevaba sombrero. Flavie se inclinó hacia la foto un poco más. Eran ellos… y, a la vez, no lo eran.
—¿Es su abuela? —preguntó la camarera.
—No. Lo siento. Me tengo que marchar. Gracias por su ayuda.
Flavie salió del restaurante como si le faltara el aire.
Tenía la impresión de haber cruzado algo invisible dentro del edificio…, como si al bajar al sótano hubiera salido a otro tiempo y ahora no supiera muy bien en cuál de los dos mundos se encontraba.
Echó a andar. Pero la cabeza no la acompañaba. Todo le daba vueltas: la foto, la mujer, el silencio, esa pareja.
¿Qué hacía allí?
¿Qué hacía ella inventándose una historia, rebobinando un pasado que no era suyo?
Incluso la palabra que había dicho sin pensar, «abuela», le resonó como una mentira. El calor le subió por dentro. Notó el pulso en las sienes, la respiración más corta. Un segundo de miedo: la posibilidad de perder el control allí mismo, en mitad de la calle. ¿Un ataque de pánico?
Se obligó a frenar. «Uno…, dos…, uno…, dos… Respira».
El aire volvió, poco a poco, a su sitio.
Bucarest seguía ahí, indiferente a su malestar.
Tragó saliva. No estaba huyendo de la ciudad, sino de lo que acababa de sentir.
Huía de la sensación de que algo faltaba.
Y eso era lo que más la asustaba. Cuando quiso darse cuenta, ya había llegado a la estación.
Al quedarse sola, notó el peso del agotamiento caerle como una losa.
Se tumbó en la cama de su cabina con un cansancio insostenible, como si lo hubiera ido acumulando desde el inicio del viaje.
Cerró los ojos un instante… y cuando los volvió a abrir no sabía si había transcurrido un minuto o las seis horas que constató en su reloj.
Un golpe en la puerta la devolvió al presente.
—¡La cena de gala está a punto de empezar! No te la puedes perder —dijo Nicolás entrando con esa energía suya de siempre—. El señor Lussac ha insistido en cenar contigo. Y, ya sabes…, cuando él pide algo, todo el mundo obedece.
Flavie sonrió, más repuesta después de su larga siesta, y halagada de que Nicolás estuviera tan pendiente de ella.
—Me viene genial —respondió—. Tengo mucho que contarle.
De nuevo sola en su cabina, abrió el armario para decidir qué debía llevar esa última noche en el Orient Express. Miró todos sus vestidos tomándose su tiempo. En esa ocasión, eligió uno de gasa con un estampado de flores en blanco y negro que caía ligero sobre su cuerpo.
Se lo puso. Y, por primera vez en todo el día, se miró en el espejo sin apartar la vista de inmediato.
Entró en el vagón restaurante y vio que Fabrice ya la esperaba con ese aire familiar que le llamó tanto la atención desde el principio.
—Estás más guapa y elegante que nunca, querida. ¿Qué tal ese tour por Bucarest?
—Mejor de lo que pensaba. Estuve en un restaurante llamado Hanul lui Manuc. ¿Lo conoces?
—¡Ya lo creo! Es un lugar delicioso —le contestó Fabrice—. ¿Te has tomado una de sus tuicas en la barra o has hecho todo lo posible para que uno de los camareros te enseñara las fotos del viejo Garry?
Flavie se quedó sin palabras. Ese Lussac iba siempre unos capítulos por delante.
—No sé qué es una tuica .
—Un brandi con ciruelas, querida. Te queda mucho por aprender…, pero tus intuiciones te llevan por buen camino. Brindemos esta última noche con champán.
—Pues creo que tengo ya todos los elementos del viaje de Louise. Aunque, por otro lado, siento que algo falta…
—Ya. A mí me pasa lo mismo desde hace cuarenta años. —Fabrice se quedó unos instantes en silencio—. Te refieres al hilo de Ariadna, ¿verdad? Lo que da sentido a ese laberinto de 1920.
—Exactamente. Me vienen tantas preguntas… ¿Qué pasó con Archi después? ¿Por qué Louise se quedó en la cabina dieciséis? Y, si ya llegamos a nuestros días, ¿por qué yo… y no otro pasajero?
Fabrice suspiró. Luego dio un trago a su copa de champán y, adoptando un tono melancólico, continuó hablando:
—Hace años viajaba en este tren una empleada, Leopoldina Buonarotti, de origen siciliano, que también se obsesionó con ese viaje de 1920, pero por razones distintas a las mías.
Lo que le intrigaba sobre todo era esa mujer con un rostro tan peculiar y que solo ella recordaba.
—Hizo una pausa mientras rebuscaba en sus pensamientos conversaciones olvidadas—.
No entendía por qué una mujer con el rostro desfigurado viajaba con un espejo.
Para ella, los espejos traían siempre mala suerte.
Flavie se quedó pensativa.
—Tal vez —dijo después de un momento— en el espejo Louise no se veía tan… rara. Tan ajena.
Fabrice negó despacio con la cabeza.
—No lo creo. Habría que preguntarse si ese espejo no cumplía otra función. Leopoldina solía decir que en Sicilia a los espejos se les tiene un respeto casi supersticioso. Como si fueran puertas. Decía que conectaban con el más allá.
Flavie levantó la vista.
—¿Con fantasmas?
Fabrice esbozó una sonrisa tenue.
—A veces ocurre, ¿sabes? Que alguien mira su reflejo… y cree ver el rostro de un ser querido que ya no está.
Flavie permaneció callada unos segundos ordenando lo que había leído en el diario.
—A lo mejor, Louise no veía su propio rostro —dijo al fin—. Veía el de su madre. Charlotte contó que ese espejo parecía de hospital…, y creo que tenía razón. Augustine se lo llevó cuando escapó de la Salpêtrière.