Capítulo 30
Lo primero que Flavie había hecho la mañana siguiente fue coger el diario de Louise.
El viaje estaba dando un giro que no había previsto, o tal vez sí.
En cierta ocasión había leído que ante un salto en tu vida debes vivir una gran tormenta emocional, y eso era quizá justo lo que le estaba sucediendo.
Bucarest. A pesar de los cien años de distancia, los dos viajes iban a la par. Pero el de Louise, pensó de pronto Flavie, habría sido su viaje soñado. Ella, en cambio, debía afrontarlo sola en esa ciudad que apenas conocía.
Sin embargo, desde que le había pasado lo de Arganda deseaba conocer Rumanía.
Archi, ese personaje famoso por sus estafas, se revelaba en el diario un romántico.
Fabrice lo había descrito como chileno…, y ahora resultaba que era rumano.
El traqueteo del Orient Express se le metía en la cabeza mezclándose con imágenes que no se iban.
Boca arriba en la cama, mientras el tren estaba a punto de llegar a Bucarest, Flavie miraba ese techo que no le decía nada. En su mente, volvía al punto exacto donde había oído que Archibald y Louise desaparecían. ¿Sería en Rumanía donde habría que buscarlos?
Hasta que la escena que quería evitar en su mente se le impuso.
Arganda. Esa pareja de rumanos. Se giró, incómoda, en la cama.
Pensar en ella era como volver a sentir la herida en la cara.
Pero no fue por culpa de los rumanos. Al contrario.
Ellos… ellos habían abierto una grieta en su momento que ahora, por alguna razón, se abría de nuevo.
Esa tarde había decidido marcharse, definitivamente. Tenía veinte años, dos novelas publicadas y su vida solo daba vueltas a través de ese personaje que debía encarnar: Ziana. De recordarlo, ya le escocía la cara. El puente de Arganda. El ridículo. La policía. Las miradas. Qué desastre.
Aún sentía el calor de la mano de su madre en el rostro, como si esa mujer siguiera allí, plantada delante de todo el mundo, mientras los demás la trataban como a una cría perdida, caprichosa… O peor, como a alguien que había hecho algo malo.
«Tu madre está destrozada por tu comportamiento», le había dicho al final aquella agente de policía. Encima, era mujer… Como si eso lo empeorara.
Flavie apretó los dientes y, casi sin darse cuenta, se pellizcó el brazo justo donde tenía tatuado su dragón. Necesitaba salir de ese recuerdo. Pero no lo conseguía.
Porque antes de todo eso… había estado bien.
Raro pero bien.
Se veía sola, medio subida a la barandilla de ese puente de Arganda, adonde quiso acudir en recuerdo de su infancia en el Liceo Francés, con una pierna peligrosamente cerca del vacío, cuando ellos aparecieron.
Como si salieran de otro sitio, se le acercaron abiertamente.
La chica: flequillo negro muy corto, pecas, mirada directa.
El chico: delgadísimo, cabeza rapada y echada hacia delante, manos en los bolsillos…
, hasta que se las dio a ella. No se soltaron en ningún momento.
Iban juntos de una forma que Flavie no sabía explicar. Como si el mundo no les importara demasiado.
«Rumanos», pensó en ese momento. Algo en su forma de hablar, de moverse, la llevó a esa conclusión.
—Nos encanta venir aquí a ver el atardecer. ¿Tú vienes mucho?
Así, sin más. Natural. Como si ya la conocieran.
Flavie se sentó con ellos entre los barrotes de hierro.
La chica sacó tabaco, lio un cigarrillo con una rapidez casi automática y lo compartieron los tres.
Hablaron de nada y de todo. Se rieron sin parar.
Bastante. Luego él abrió una botella de cristal con dos litros de cerveza, y, aunque a Flavie no le gustaba, esa tarde le encantó.
Y, todo el rato, ellos seguían cogidos de la mano.
Eso fue lo que más le llamó la atención.
A pesar de que Flavie lo tenía todo, ellos tenían un tesoro que ella no tendría jamás: amor verdadero.
Daba igual el cigarrillo, las pintas, el acento, ensuciarse en el suelo medio asfaltado ante una hilera de grafitis, ellos habían sido bendecidos por algo con lo que ella, con todo el éxito y el dinero del mundo, no podría soñar jamás.
Flavie se acurrucó en la cama abrazándose las piernas.
Aunque lo peor vino después. Ya era de noche cuando el coche de policía se detuvo a su lado.
Luces azules, preguntas, tensión. DNI. Flavie, con una apariencia tan segura de sí misma, con esa vestimenta elegida por su madre, fue en ese instante la más sospechosa.
Y no llevaba DNI. Nunca lo llevaba. Porque lo tenía su madre. Siempre lo tenía su madre.
Y eso lo cambió todo.
La subieron al coche. A ella. Sin explicaciones que sirvieran. Sin margen. Como si fuera una delincuente de verdad.
En comisaría, el tiempo se volvió espeso.
Horas esperando hasta que, al fin, acudió su madre.
No le dirigió la palabra hasta que se subieron en el taxi.
Fuera, ya era de día. Se había pasado la noche entre el puente y la comisaría.
Entre las risas de sus nuevos amigos, Flavie se había sentido libre.
Y en su casa, cuando le dijo a su madre que había sido feliz con esa pareja de chicos rumanos, sintió el golpe. Seco. Abierto. Inesperado.
Nunca la había pegado antes. A Flavie le ardió la cara al instante. Más por dentro que por fuera.
«Ni se te ocurra volver a quedar con esos dos», le escupió la mujer, indignada.
Flavie cerró los ojos. El recuerdo le escocía. El traqueteo seguía ahí, constante, como si no le importara nada de todo eso. Y lo entendió. Su madre la tenía completamente controlada.
Flavie notó un golpe seco del tren al detenerse; habían llegado a Bucarest. Desde la cabina, se asomó al cristal empañado por el contraste térmico y retrocedió de manera instintiva: una marea humana aguardaba en el andén.
En su mayoría, eran mujeres jóvenes que contenían el aliento en un silencio eléctrico.
«¿A quién esperan?», se preguntó mientras guardaba sus pertenencias a toda prisa.
El enigma se resolvió con el destello de mil pantallas en cuanto descendió.
Desde el vagón contiguo, un hombre saludaba con una parsimonia ensayada.
Era el epicentro de un terremoto de móviles en alto y sonrisas desesperadas.
«Demasiado acostumbrado a la adoración», pensó Flavie al ver su calma frente a todas aquellas fanáticas.
—¿Lo conoces? —le susurraron al oído.
Flavie se giró. Marissa Lozano ya estaba a su lado, como siempre, apareciendo en el momento justo.
—¿Quién es? —le preguntó sincera.
Marissa soltó una risa corta.
—Normal que no lo sepas. Si es que te pasas el día en tu cabina. Es Andréi Radu. Rumano. Y…, bueno, ya ves cómo es.
Flavie no contestó. Marissa siguió:
—Es de Bucarest. Ayer me propuso si quería ver la ciudad con él. ¿Qué te parece? ¿Te apuntas?
Flavie miró otra vez al hombre. Luego a Marissa. Y, sin pensarlo demasiado, contestó:
—Venga, vale.
Marissa se quedó congelada un segundo.
—¿Perdón?
—Que me apunto.
—¡No me lo puedo creer! —soltó Marissa abriendo mucho los ojos—. ¡La estirada de Flavie Sardou bajando al mundo real!
Flavie puso los ojos en blanco, pero sonrió.
—No te emociones.
Demasiado tarde. Marissa ya tenía el móvil fuera. Se pegó a Flavie y, sin avisarla, sacó una selfi de las dos.
Andréi Radu no tardó en alcanzarlas. Flavie lo vio de cerca entonces.
Era un hombre alto, fuerte, con el pelo en su justa medida y una sonrisa realmente encantadora, de quien sabe lo mucho que gusta.
Pero no era solo eso; desprendía seguridad.
Entre móviles, fotos, maletas y más gente, consiguieron salir de la estación y coger un taxi enseguida.
— Piața Revoluției, te rog —dijo Andréi al conductor.
En el taxi, Andréi no dejaba de hablar en un inglés muy fluido. Se le notaba emocionado de volver a su ciudad. Marissa lo seguía como podía, mezclando ese idioma con palabras en español, riéndose de sí misma, saliendo del paso con encanto.
Flavie escuchaba sin demasiada atención. O lo intentaba. En realidad, absorbía lo que veía tras la ventanilla, el despliegue de una ciudad más moderna de lo esperado y tremendamente ruidosa. Ellos hablaban de tecnología, de astros, del fin del mundo, que Andréi mencionaba sin parar, como una broma.
— It’s not a theory, it’s a timeline —decía.
Marissa le daba la razón en todo, esperando que, si se terciaba, no fuera solo la ciudad lo que enseñara. Quería algo más. Flavie apartó la mirada con una media sonrisa. Eso… prometía.
Llegaron a la plaza de la Revolución. Allí, un edificio de apariencia comunista hecho de hormigón imponía su presencia.
—¿Qué hacemos aquí? —preguntó Flavie, algo enfadada. No era lo que tenía previsto visitar y de repente sintió que se había equivocado. Casi en el centro de la plaza, se alzaba una figura esculpida en piedra negra del dictador Ceauşescu.
—Te perdiste lo que contó Andréi anoche —dijo Marissa—. En esta plaza estuvo su padre rezando para que cayera el régimen comunista en Rumanía. Su familia lo había perdido todo. ¿Y a que no sabes lo más fuerte? Andréi nació esa noche de 1989.
—Qué fuerte, sí —contestó Flavie, esa vez sin creer nada de lo que estaba contando ese influencer rumano.
Y al instante decidió marcharse.
—Me voy.
Se despidió de ellos con un gesto de la mano y un «Nos vemos en el tren».
Miró el móvil un segundo. Ruta marcada: desde piața Revoluției hasta Hanul lui Manuc, veinte minutos. Echó a andar por esa ciudad en la que disponía de algunas unas horas.
A medida que se alejaba de piața Revoluției, no solo las calles empezaron a cambiar, ella también se iba sintiendo más liviana.
Sin darse cuenta, fue dejando atrás esa rigidez casi oficial para meterse en un trazado más irregular, más vivo, donde las fachadas ya no parecían guardar las formas y cada esquina tenía algo un poco distinto.