La pasajera del Orient Express Capítulo 29 #2
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Capítulo 29 #2

—Aquí nací y me crie durante los primeros años de mi vida —empezó al tiempo que jugaba con la cucharilla del café, como si removiera también sus recuerdos—.

Mi madre y toda su familia eran rumanos.

Yo era uno de esos niños a los que has visto correr por las calles al salir de la estación, descalzo, despeinado, sin horario ni destino.

Mientras mi madre trabajaba, me perdía por las callejuelas con mis amigos, Ioana y Hanul, ese a quien acabas de conocer.

Hizo una pausa, tras la cual bajó la voz.

—Pero en realidad no vivíamos en Bucarest. Nuestro hogar era una pequeña caravana de circo, un mundo ambulante que se movía durante seis meses al año.

Allí compartíamos espacio, sueños, hambre y muchas risas.

Mi madre, Anuta, era tarotista. Leía las cartas como quien descifra el lenguaje de los dioses, y todos sus clientes la creían.

Decía ver el futuro, aunque bastaba ver sus ojos verdes, esa mirada suya imposible de sostener demasiado tiempo, y también su larga melena más negra y brillante que el azabache, para entender que la gente no solo acudía a ella por sus predicciones.

Anuta no necesitaba una bola de cristal para transportarte lejos.

—¿Y tú te lo creías? —le pregunté fascinada.

—Era mi madre. Pero ahora sé que, salvo mi nacimiento, había previsto todo lo demás.

Nunca se sorprendía de nada. Como si ya hubiera leído el libro entero de nuestras vidas.

Cuando mi padre vino a buscarme —continuó Archi con una serenidad que dolía—, ella no dudó.

Lloraba, sí, pero sin temblor. Como si supiera que era su momento de soltar.

Me preparó una maleta pequeña y me entregó a ese hombre que, hasta entonces, para mí no era más que una historia lejana.

Hanul, mi mejor amigo, estaba allí también.

El camarero pasó por nuestro lado arrastrando los pies sobre el suelo de madera. El ambiente empezaba a cargarse de humo.

—¿Y qué fue de Ioana?

Archi dudó unos segundos antes de responder. Sus ojos, que hasta entonces habían brillado con la intensidad del recuerdo, se apagaron un poco.

—Murió a los doce años. Yo ya me había marchado.

Mi madre me escribió que, de un día para otro, Ioana empezó a parecer más cansada de lo habitual.

Pensaron en una gripe. Pero los días pasaban, y cada vez le costaba más permanecer despierta.

El médico habló de una epidemia. Encefalitis letárgica.

En el circo se hablaba en susurros, como si nombrarla en voz alta la hiciera más real.

Una mañana, simplemente, Iona no despertó.

Guardamos silencio. En la mesa de al lado, alguien se levantaba enfadado. Y, de pronto, el viejo café volvió a llenarse de fantasmas.

—¿Y tu padre, lo llegaste a conocer? —le pregunté, como si su infancia rumana me distanciara demasiado de la persona que tenía delante.

—¡Más que a nadie! —exclamó Archi revelándome una parte nueva de su vida—.

Un día vino a buscarme un hombre muy bien vestido.

Mi madre me dijo que era mi padre y, sin más, él se me llevó.

—Ahora empleaba un tono diferente; parecía estar contando la vida de otra persona—.

Amaro del Valle, chileno. A partir de entonces, mi vida bohemia y anárquica cambió por completo.

Imagínate… De la libertad absoluta al rigor de los modales y los silencios medidos.

Amaro del Valle no toleraba el caos. Mi educación se volvió férrea.

Empecé a recorrer Europa como quien recorre los pasillos de su nueva casa; Amaro tenía residencias en París, Londres, Berlín…

Pero donde pasábamos más tiempo era en Madrid.

Tenía allí un palacio en la calle Serrano, donde nada más entrar siempre me invadía ese olor a cuero, libros viejos y polvo antiguo y estancado.

Nos acompañaba don Aurelio, un profesor infalible.

Durante años pensé que lo sabía todo. Me daba clase seis horas al día, y el resto del tiempo yo acompañaba a padre, aprendiendo a existir en ese otro mundo que me era tan ajeno.

Al principio, no podía estar sentado más de diez minutos.

Tenían que atarme, casi literalmente, a la silla.

Archi contaba su vida a gran velocidad, con esa distancia adoptada por personas desposeídas del sentimiento de la añoranza, o queriendo protegerse… Todo lo que Archi no me parecía. ¿Acaso adoptaba uno de esos disfraces suyos, esta vez del corazón?

—Aprendí alemán, francés, inglés… y, por supuesto, español. De pronto, vestía trajes hechos a medida en Londres y comía platos con nombres impronunciables que siempre venían de París. Una mañana, me di cuenta de que Aurelio era la pareja de mi padre… Pero esa es otra historia.

Se levantó con un gesto súbito de la mesa dejando un billete generoso.

—Vámonos ya.

No me atreví a indagar más sobre lo que me acababa de contar con una velocidad como si pretendiese que las palabras se perdiesen por el restaurante. Salimos volando a la calle, sin ni siquiera despedirnos de Hanul.

Fuera, el calor se había vuelto denso y comenzaba a pegarse a la piel.

Archi me tomó de la mano y me llevó de nuevo a Lipscani, pero no solo a la strada de ese nombre, sino al barrio llamado así por los comerciantes alemanes llegados de Lipsca o Leipzig, me explicó.

La galería estaba repleta de tiendas antiguas con objetos que no había visto jamás, a cada cual más interesante.

En uno de los escaparates me detuve. Había una pluma estilográfica decorada con líneas suaves, casi orgánicas, inspiradas en la naturaleza.

Me quedé mirándola unos segundos. Hasta que Archi entró en la tienda sin decir nada y la compró.

Me la regaló, pese a mis protestas. No hubo manera de disuadirlo.

En nuestro camino de vuelta, apenas tuvimos tiempo de entrar en una iglesia que se encontraba cerca de la estación, cubierta de frescos de encendidos colores.

Archi me dijo que de niño acudía allí con su madre los domingos, cuando aún eran cristianos ortodoxos.

Dentro olía a incienso. Me dejé envolver.

Cerré los ojos, recogida en sus brazos, como si ese instante pudiera durar más de lo que el mundo permite.

Llegamos al tren justo antes del almuerzo, que por primera vez se había servido ligero, a base de pan y embutidos rumanos.

Ahora estoy en mi cabina, sentada junto a la repisa, escribiendo con la pluma.

Como si con cada palabra pudiera retener algo de este día.

Sigo inmersa en esta especie de nebulosa feliz, incapaz de entender del todo este giro extraño del destino.

Al lado de Archi, no necesito soñar, vuelo.

Vuelo por paisajes desconocidos, lejanos, imposibles, donde por un momento me olvido de quién soy.

Y entonces me asalta una duda: ¿cómo es posible que mi rostro no le cause temor, rechazo, siquiera sorpresa?

Hasta que lo comprendo.

Lo escribo.

Lo acepto.

Para él, soy un personaje más en esa galería de seres excéntricos, pintorescos, rotos, peripatéticos. Figuras que, alguna vez, caminaron sobre la cuerda floja del circo.

Soy aquello con lo que se siente a gusto porque le es familiar.