Capítulo 29
Esta mañana, hacia las diez, el tren se detuvo en Bucarest.
Es la última parada antes de Varna, donde mañana este trayecto silencioso y lleno de sombras llegará por fin a su última estación.
Me quedan apenas unas horas para cumplir con el propósito impuesto: cerrar el ciclo, acabar con la existencia de aquel que, años atrás, quebró la vida de mi madre y, por ende, la mía.
La noche fue una maraña espesa de imágenes y pensamientos.
Por eso, en esta parada que, por razones que nos explicó un revisor, será más larga que las anteriores, no tenía intención de abandonar la cabina. Ni siquiera de salir del tren, a pesar de que, según me contó Archi, Bucarest es conocida por su belleza como la Pequeña París.
El plan debe ejecutarse esa misma tarde, cuando los pasajeros regresen del paseo por la ciudad, cargados de postales, perfumes orientales y algún leve desengaño. Será el momento en que, agotados por el largo día, cada uno de ellos seguirá soñando con sus propias aventuras.
Archi vino a buscarme con su energía habitual. Y, de nuevo, consiguió que cambiara todos mis planes. Llamó a la puerta de mi cabina con esa mezcla de urgencia y teatralidad que rige todos sus actos. Pero, extrañamente, sin Pamela.
Vestía un abrigo de terciopelo verde oscuro, largo hasta las pantorrillas, con forro de seda malva y botones dorados en forma de libélula.
Bajo él, una camisa de algodón blanco, un chaleco bordado con motivos florales —rosas y peonías, pero en tonos sombríos, casi góticos— y unos pantalones de montar ajustados remetidos en unas botas altas de cuero oscuro.
No pude contener una mirada de sorpresa al verlo vestido de forma semejante, lo que no pareció disgustarle.
Me devolvió la sonrisa sin decir palabra.
Todo en Archi parece dispuesto con una intención secreta, como si fuera el personaje de una novela que solo él sabe cómo puede terminar. Debo pensar que es uno de esos pasajeros que subió al tren con un cargamento de maletas.
Sus ojos, ocultos tras unas gafas redondas con montura dorada, me observan siempre con una mezcla de impaciencia y ternura.
«Vamos —dijo simplemente, como si lo que viniera después fuera inevitable—. Apenas tengo unas horas. Pamela no puede quedarse sola mucho más tiempo, pero me gustaría mostrarte Bucarest. ¡Es mi ciudad!».
¡Ese era su secreto!
Me resistí, pero no pude aguantar mucho, tal fue su insistencia.
«¡Oh, vamos, Louise! No has salido del tren en todos estos días.
Haces el viaje como si no te llevara a ninguna parte.
¿A qué has venido si no es para visitar lugares que te harán soñar en los días de melancolía?
», me dijo Archi. Parece tener siempre ese toque de originalidad al hablar, fuera de toda lógica, que acaba haciéndome aceptar lo imposible.
Flavie alzó la mirada como si Archi le hubiera dicho a ella esas palabras. Se le había acelerado el corazón. En especial la última frase, «Haces el viaje como si no te llevara a ninguna parte», parecía dirigida a ella, más que a Louise.
Dentro de unas horas, cien años después, también ellos llegarían a Bucarest…
Bucarest, la Pequeña París. Desde que Louise y Archi la habían visto, esa gran ciudad había pasado por otra guerra mundial y un comunismo aplastante bajo la influencia soviética.
Instalada en el sillón diminuto que daba a la ventanilla, Flavie veía la noche correr a gran velocidad tras el cristal.
No había nada comparable a un tren para sentir esa rapidez en la propia carne.
Y ella, ¿para qué y hacia dónde había cogido ese tren que, como a Louise, no la llevaba a ninguna parte?
Mientras la alejaba de España, Flavie había descubierto que tampoco ella quería volver.
O por lo menos no al lugar de donde provenía.
Y un arrebato se apoderó de ella cuando oyó en su interior la palabra «libertad».
¿No se sentía libre? No, claro que no.
Louise había esperado casi cuarenta años para coger ese tren, quizá ella no necesitara tanto tiempo para labrar su propio destino en vez del que pretendían los demás.
En la soledad de la noche, volvió al diario.
A pesar de mi negativa inicial, pedí a Archi que me esperara en el pasillo.
Me vestí con algo discreto pero elegante para no parecer una extraña a su lado y salí de la cabina a los pocos minutos. Me he dado cuenta, desde el comienzo del viaje, de que cuando a Archi se le mete una idea en la cabeza es prácticamente imposible sacársela.
Bajé con cuidado de no ser vista por nadie, con el rostro aún más cubierto que de costumbre, esta vez bajo el ala del sombrero.
Hasta que, de repente, fue quizá por la caricia de la fresca brisa de esta media mañana, o tal vez por la intensidad vital que prometía esa ciudad de la que apenas había oído hablar antes de mi viaje, en cuanto puse un pie en tierra firme me invadió una felicidad instantánea.
La Gara de Nord se alzaba imponente con su fachada neoclásica ennegrecida por el hollín y el tiempo. Un vendedor de periódicos gritaba titulares en rumano y un niño descalzo corría entre las ruedas de los carruajes que esperaban a la salida de la estación.
De pronto estaba dichosa. ¡Qué delicia sentirse anónima entre tanto bullicio!, pensé. ¡Qué delicia no entender el idioma y saber que nadie era tampoco capaz de adivinar nada sobre mí!
Bucarest, como yo, me resultaba una ciudad incapaz de aparecer en ningún mapa.
Y entonces, por primera vez en mucho tiempo, me dieron igual las miradas. Me quité el sombrero y me dejé llevar, dispuesta a convertirme en una verdadera turista.
Salimos de la estación como dos polizones, de la mano y a toda prisa. Por alguna razón, a pesar de su atuendo llamativo, Archi también quería desaparecer.
Debo decir que a esas horas tempranas el calor ya apretaba, y que el aire de Bucarest olía a carbón, café fuerte y humedad. Sin embargo, por motivos que aún no alcanzaba a comprender, me entusiasmaba.
Fuera, Bucarest apareció con todo su esplendor.
Una energía vibrante, joven, diferente a la francesa me embriagó.
Rodeados de tejados rojos, tranvías que se deslizaban como fantasmas y el murmullo agudo de una ciudad que, al menos ante mis ojos, parecía haber permanecido más ajena a la guerra que Francia.
Nos adentramos en sus calles.
Archi caminaba deprisa y me llevaba de la mano con firmeza como si temiese que pudiera escapar.
Quizá incluso él estaba huyendo de algo.
Había en sus pasos una urgencia deliberada y la seguridad de quien sabe exactamente adónde va.
Durante todo el trayecto, mientras dejábamos atrás las inmediaciones negruzcas de carbonilla de la estación, no cruzamos palabra.
A veces, más que caminar, sentía que Archi habría preferido echar a correr.
Finalmente, tras varios giros y pasajes sin nombre, llegamos a lo que me anunció como el casco antiguo.
Y entonces nos detuvimos unos instantes. Archi respiró el aire de la ciudad, se dejó llevar por lo que veían sus ojos, como si quisiera absorber esa atmósfera, esa vida circundante que, como luego me confirmó, le era tan familiar.
Nos adentramos por un laberinto de calles peatonales que recordaban a las de l’île Saint-Louis.
Archi dudó unos segundos antes de elegir una callejuela situada a nuestra derecha.
A mí me recordaban a las calles de París que rodean el hotel donde trabajo…
o donde trabajaba, debería decir. Porque, después de lo ocurrido, ¿cómo regresar al lugar de los hechos?
Nos encontrábamos en la strada Lipscani, un paseo cuyas casas, como en l’île Saint-Louis, parecían haber nacido en la Edad Media.
Allí, como en un cuadro lleno de historias, se cruzaban comerciantes de toda Europa arrastrando carromatos cargados con todo tipo de mercancías.
De la avenida principal partían callejuelas, algunas sin asfaltar, salpicadas de tiendas, talleres de artesanos y pequeños cafés.
—Te quiero llevar a un sitio muy especial —me dijo Archi, que no había pronunciado palabra hasta ese momento.
El trayecto se alargó un rato más. Justo cuando la fatiga comenzaba a reflejarse en mi rostro, llegamos a nuestro destino.
«Hanul lui Manuc», leí en la puerta de entrada.
Era uno de esos cafés situados frente al palacio Viejo de la ciudad.
Apenas entramos, Archi buscó al dueño con la mirada y, en cuanto sus ojos se encontraron con los de él, el hombre salió a nuestro encuentro, efusivo, como si esperase a Archi desde siempre.
Después del abrazo más intenso que he visto jamás, comenzaron a hablar en la lengua del país.
Me quedé desconcertada. Mientras los veía conversar con tanta naturalidad, Archi me pareció otra persona, un cliente más del café, tan rumano como quienes se encontraban en aquel establecimiento.
Poco después, Hanul nos llevó al fondo del local, donde una estrecha escalera de caracol descendía hacia una sala que parecía reservada para los habituales.
Nos sentamos a una mesa, en medio de un bullicio lleno de alegría.
Archi saludaba a todo el mundo, como si ese café hubiera sido su casa, su refugio.
A mi alrededor, el aire estaba impregnado de un olor a madera vieja, húmeda, que se mezclaba con el aroma del café recién preparado.
Suspendidas de un techo bajo y abovedado, unas lámparas de cristal nos hacían sentir como si estuviéramos en una cripta antigua, con las paredes de piedra olvidada, guardianas de secretos ancestrales.
La luz, ambarina, era la misma de siglos atrás, inalterada, como si nada hubiera cambiado en ese rincón del mundo.
Y fue allí, rodeados de mesas desparejadas, cuando Archi me contó una de esas historias suyas que parecen imposibles.