Capítulo 28
«¡Louise escondió la joya en el espejo!».
Flavie se incorporó de golpe como si alguien la hubiera llamado desde muy lejos y caminó hacia el mueble. Pero, al llegar, fue su propio reflejo quien la retuvo. El cristal imponía una frontera.
¿Y si le pasaba lo mismo que a Louise?
Cada vez que se miraba, tenía la certeza de que detrás de su imagen, al otro lado de esa superficie lisa e impenetrable, algo respiraba. Louise lo había llamado «la otra orilla». Le había fascinado esa expresión, tan precisa, tan peligrosa. Quizá por eso se sentía cerca. Escritora como ella.
Y sabía, con una lucidez casi amarga, que los escritores siempre mienten.
Deslizó la mano por el espejo. Frío. Cerrado.
Hermético. ¿Cómo habría podido Louise esconder una joya en su interior?
La mente de Flavie no se callaba, sino que se desbordaba en pensamientos que se atropellaban unos a otros sin descanso.
Llevaba días resistiéndose a las pastillas que, desde hacía años, su psiquiatra le recetaba por insistencia de su madre.
«No dejes el Abilify», le repetían. Pero el tiempo en el tren se le había deshilachado entre los dedos, y con él, las rutinas. Cerró los ojos un instante.
—Al grano —dijo en voz baja—. ¿Dónde escondiste la joya, Louise?
Su mano recorrió la superficie con lentitud, pero no encontró nada: ni una rendija ni un borde ni la más mínima fisura donde poder introducir siquiera una uña para así forzar el objeto a abrirse.
El espejo era compacto, obstinado, como si, en vez de ponerlo alguien donde estaba, hubiera nacido adherido a la propia pared.
Imposible.
Flavie se dejó caer sobre la cama, vencida por su desesperación, muy similar a cuando Nacho le cambiaba la estructura de uno de sus libros.
Al final, pensó, Louise se habría llevado la joya. Claro. Era lo único que tenía sentido. Y, sin embargo, la duda —sutil pero persistente— no la abandonó.
Dio vueltas en esa cama más estrecha, más solitaria, más vacía que nunca. Acarició su dragón, buscando en ese gesto un consuelo antiguo, pero esa vez no lo halló.
¿Echaba de menos a Nicolás?
Él no había llamado a su puerta, como le prometió.
Ningún intento, ni siquiera torpe, de acercarse, de decir algo que reparara lo ocurrido.
Tampoco ella se lo había puesto fácil: en el restaurante, bajo esas miradas furtivas que él creía invisibles, lo había ignorado con una frialdad casi deliberada.
Tal vez había exagerado.
La imagen de Nicolás a su lado acudía a ráfagas, como luciérnagas que se encienden y se apagan, dejándole en el cuerpo una leve inquietud, un cosquilleo traicionero.
Pero duraba poco. Flavie volvía a ese lugar de siempre: la soledad, ordenada, conocida.
Permanecer junto a su madre era, al fin y al cabo, el territorio más seguro.
Como Louise, pensó, marcada por esa presencia imposible de borrar, con el rastro de Augustine adherido a la piel.
Flavie había aprendido a querer desde ahí, desde el recelo, desde una distancia que protegía y empobrecía a la vez. Sus amores, casi todos, habían sucedido en otra parte: en los libros, en las historias, en hombres que no podían fallarle porque no existían.
La llamada de su madre había sido el golpe final.
Una maniobra sutil, envuelta en esa ternura precisa que rozaba la culpa sin nombrarla.
No hacía falta decir nada. Nunca lo hacía.
Bastaba con esas pausas, con ese hilo tenso entre frase y frase, para que todo quedara claro: la herida —la única que importaba— se la había causado su hija.
Y otra vez su madre ocupándolo todo, expandiéndose sin esfuerzo a pesar de estar a miles de kilómetros de distancia, hasta deshacer el frágil comienzo de algo que empezaba a formarse entre Nicolás y ella. No se atrevía a llamarlo «relación», pero podría haberlo sido.
Y todo por una fotografía.
El mundo giraba demasiado rápido.