Capítulo 27 #2
»Clotilde vivía sola. A los veintitrés años había perdido a su marido por culpa de la tuberculosis, poco después de casarse. Tenía dos niños gemelos de cuatro años, Jean y Jérémy, a quienes cuidé como si fueran míos.
»Con el paso del tiempo, nos hicimos amigas. Confidentes, incluso. Y un día, quince años más tarde, cuando el dinero comenzó a escasearle, Clotilde me propuso montar un hotel. Un lugar distinto, elegante, íntimo, “soigné”, decía ella, como le gustaba a cierta nobleza.
»Lo llamamos Le Discret porque eso era precisamente lo que ofrecíamos: un refugio bello y reservado para amantes adinerados que necesitaban intimidad y silencio. En las altas esferas sociales, al fin y al cabo, todos tenían un amante.
»Fue entonces cuando apareció Mélanie de Vilmorin.
»Recuerdo que, cuando llegó, Clotilde me dijo que me ocupara personalmente de ella. Así fue como, durante meses, atendí en la sombra los deseos de aquella mujer tan reservada como bella, y también los de su acompañante, un español que se hacía llamar el duque de Toledo.
—El duque de Toledo, claro —dijo Archibald con cierta ironía—. Hoy todo el mundo sabe que es el título que utiliza el rey Alfonso XIII cuando no quiere ser reconocido. Empiezo a atar cabos.
—Madame de Vilmorin se hospedaba con tanta frecuencia en Le Discret que acabó teniendo su habitación reservada.
Allí guardaba los vestidos que traía consigo o que el duque le regalaba.
Uno de esos conjuntos, que nunca le vi ponerse, por cierto, era precisamente ese traje del que cayó la joya anoche.
Y, cuando supe que debía tomar el Orient Express para mi misión, decidí…
—Robárselo.
—Tomarlo prestado.
Hice una pausa. Hasta que Archi preguntó:
—¿Sabes lo que tienes entre las manos?
—No del todo —contesté—. Pero algo me dice que lo que tienes tú entre las tuyas ahora no es una joya cualquiera.
Archi alzó el medallón hacia la luz. El marfil brillaba como un diamante, y, en el reverso, el símbolo inconfundible: la corona española labrada con una precisión que no dejaba lugar a dudas.
—Si es auténtico, y lo parece —continuó Archi—, pertenece a una serie de piezas privadas que el rey Alfonso XIII mandó hacer a escondidas en Barcelona.
Eran regalos para mujeres que no podían figurar en ningún retrato.
Este medallón, Louise, no solo vale una fortuna. Es una confesión con forma de joya.
Me quedé en silencio. También era el objeto que me señalaba como ladrona.
—Tenemos suerte. Ese inspector es un enviado de la casa real. No pueden permitirse que algo así salga a la luz de manera tan evidente. Podría comprometer a la monarquía española.
Le cogí la joya de las manos y la apreté con fuerza.
—¿Por qué dices que tenemos suerte? Hasta ahora, parece que el azar ha jugado en nuestra contra.
Archi se encogió de hombros.
—Porque el inspector, en realidad, no responde ante las autoridades del Estado. Lo único que quiere es discreción.
Miré el medallón.
—Que la joya desaparezca.
—Exactamente. —Archi esbozó una media sonrisa—. Y, si es posible, sin acusarte de nada.
Guardé silencio. La lámpara del compartimento hizo brillar el marfil un instante entre mis dedos.
—Ahora tenemos que decidir qué hacer con ella —añadió Archi.
Al cabo de unos segundos, me observó con atención.
—Y supongo, Louise, que no me vas a contar nada de esa famosa «misión» tuya.
Le sostuve la mirada. Y sonreí.
Cuando se marchó, no pude volver a dormirme.
Esa joya, sin buscarla, se había colado en mi vida como un error precioso.
Me la imaginaba brillando, traicionera, bajo la débil luz de la lámpara.
Oía en mi mente el eco seco de los nudillos golpeando la puerta de madera.
Bastaría un gesto, una mirada rápida hacia el cajón donde Archi y yo la habíamos escondido, para que todo se destapara.
Ese escondite improvisado no había nacido de la astucia, sino del miedo, del temblor del último minuto, de esa ligereza que a veces confiere el peligro mal calculado.
Sabía que esa joya no podía quedar al descubierto.
Durante un tiempo —una eternidad hecha de segundos tensos— imaginé mil escondites más en la diminuta cabina dieciséis. Todos me parecieron absurdos, torpes, insuficientes, descuidados y fácilmente localizables.
Mi desazón se hacía palpable mientras recorría la cabina de un lado a otro y buscaba con la mirada rendijas abiertas, tablas mal colocadas en el suelo o en la pared recubierta de madera, lugares posibles en los que cabría el medallón.
Hasta que supe cuál era la solución como si me la dijera el cuerpo entero.
El espejo, el mueble que siempre me acompaña, era el escondite ideal. ¿Cómo no lo había adivinado desde el principio? Y un ligero escalofrío me recorrió de arriba abajo.
Ese objeto que desde la muerte de Augustine llevo conmigo, más sabio y astuto, más tramposo que nadie, era el escondite perfecto, el que me conectaba con la otra orilla, donde habitaba mi madre.
Y así fue como, después de unos minutos que me parecieron eternos, el espejo me respondió. Solo en él, dentro de él, podría esconder la joya sin que esta fuera descubierta.
Pero ¿cómo hacerlo? ¿Cómo ocultar un medallón, por pequeño que sea, en una superficie de cristal? Miré el espejo de cerca, pasé mi palma por el marco, el reborde, el propio cristal. Quería hallar una fisura. Una grieta en la que deslizar, levantar o abrir una cavidad suficiente.
Tenía la cara tan pegada a él que me sorprendieron los desperfectos de ese espejo que, cierto, había viajado con mi madre primero y luego conmigo durante más de cuarenta años.
La noche de su huida, Augustine se lo había llevado consigo de la consulta del doctor Charcot, como prueba quizá, o tal vez para no ser delatada por su reflejo.
Como si el delito pudiera quedarse grabado en su cristal.
A mí me recordaba a ella mejor que nada, y la contemplé tantas veces hablarle a él o a sí misma que aún veo su reflejo cada vez que me miro en él.
Disimulada por el color oscuro del cristal ennegrecido, en el lado derecho, en efecto, pude hallar una grieta más ancha que las demás, más profunda.
Intenté levantar el cristal con los dedos, pero fue en vano.
Busqué entonces por toda la cabina algo que me sirviera de herramienta, algo con lo que pudiera despegar, con suma delicadeza, uno de esos rebordes que el espejo me mostraba tan abiertamente.
Y enseguida lo encontré. ¡Un tenedor de plata olvidado en uno de los cajones del mueble del aseo, era perfecto!
Un gesto mínimo de hospitalidad que, si bien entonces me pareció trivial, en ese momento adquiría un significado casi místico.
Doblé con cuidado las puntas, salvo una.
Aquella única aguja improvisada fue suficiente.
Rasqué el borde del cristal en su juntura con el marco.
Una fina capa de polvo se desprendió del reborde como si el propio tiempo se deshiciera bajo mi mano.
Y el cristal cedió. Como una lámpara antigua que solo responde a quien conoce su conjuro, el espejo se abrió. Sin magia. Real y preciso.
Ahí, detrás del cristal, esperando desde siempre, apareció un pequeño hueco. Un escondite secreto entre la superficie y la sombra. De tamaño perfecto.
Sin que me temblara el pulso, deslicé el medallón en su interior. Enseguida volví a poner en su sitio el cristal, cómplice de la historia.
Luego traté de volver a abrirlo, y me fue imposible.
El espejo se había tragado el medallón y con este mi recuerdo de haberlo metido en él.
La joya oculta en ese umbral entre dos mundos, en esa rendija entre lo que se muestra y lo que se esconde, entre lo que se teme y lo que se desea, nunca sería hallada, me dije.
Ese espejo, tantas veces cruel conmigo, se volvía ahora mi mejor aliado.
Ayudó a Augustine a disfrazarse la noche en la que desapareció de su realidad de hospital; hoy me ayudaba a mí a escapar de mi propio destino.
Haciéndola desaparecer, iba a desaparecer yo con ella.
Y ese espejo, su falso reflejo, su sombra, su hueco, su promesa de guardar lo que brilla para siempre, también ocultaba mi historia.
La borraba.
Para escribirla de nuevo.
Y, por primera vez desde que subí al Orient Express, respiré con el aliento de una mujer nueva.