Capítulo 27
En plena madrugada, unos golpes secos llamaron a mi puerta. Me incorporé sobresaltada. Lo primero que sentí fue el silencio. Una calma contenida, como si el mundo se hubiera detenido de golpe.
El tren estaba parado.
Y entonces, sin previo aviso, el pánico me invadió. «¡El vestido! —pensé con desesperación—. ¡Vienen a por mí!». Tenía que esconderlo antes de abrir la puerta. Miré hacia la silla, donde recordaba haberlo puesto antes de acostarme, pero ya no estaba.
Los golpes volvieron a sonar con más fuerza. Alguien, del otro lado, me gritaba:
—¡Policía, abra la puerta, por favor!
Y de repente pensé en el objeto que había caído la noche anterior, ese que Archi y yo no logramos encontrar y que ahora parecía tener el peso de una condena.
Miré a mi alrededor, pero ya era demasiado tarde.
Los golpes seguían del otro lado de la puerta.
No podía demorarme más. Me puse apresuradamente un jersey de punto encima del camisón y abrí la puerta.
—¿Qué ocurre? —dije al encontrarme ante un hombre tan delgado y encorvado que parecía a punto de fallecer. Intenté sonar recién despertada de sopetón, lo que, por otro lado, era exactamente lo que había sucedido.
—Disculpe, señora. Tengo orden de revisar todas las cabinas. Hace unas horas, el señor presidente de…
Me sorprendió que hablara mi idioma. ¿Cómo podía saber que era francesa?
—Eso he oído —lo interrumpí sabiendo que me estaba mintiendo, puesto que ya habían revisado el tren la víspera.
Me aparté para que pudiera pasar. Debía de ser un agente, aunque no iba vestido como tal.
Fuera como fuese, no me resultaba completamente desconocido.
Miré cómo se dirigía hacia el armario primero y palpaba mis vestidos con una atención muy especial.
Sin encontrar lo que buscaba, echó un vistazo luego a toda la cabina para, acto seguido, acercarse a la mesita que me sirve de escritorio.
—¿Es usted escritora?
—En absoluto —conseguí balbucear—. ¿Por qué lo dice?
—Por los papeles que veo en esta mesa. ¿Me los puedo llevar? Alguien ha robado…
—¡No! —grité de pronto. Y, para no sonar tan brusca y, aún menos, sospechosa, le dije en un tono pausado—: Tengo insomnio, y el médico me ha recomendado que cuando no pueda dormir escriba lo que me pasa por la mente.
—Entiendo, no se preocupe. Espero que no le moleste que le pregunte si en ese armario tiene todos sus vestidos o… —Al pronunciar esa última palabra creí reconocer un tono diferente—. O si ha mandado alguno a la lavandería del tren.
—Están todos aquí —le contesté.
Y entonces, mientras el encorvado inspeccionaba una a una las prendas que colgaban en el armario, reparé, reflejado en el borde del espejo, en algo que brillaba. Con discreción, traté de dilucidar qué era. Un objeto. Pequeño, redondo. Un colgante que parecía de marfil.
El intruso debió de notar mi desconcierto.
—¿Ha visto algo… en el espejo?
Sin saber qué contestar, le dije lo primero que se me ocurrió:
—¿Le parece extraño que una mujer se mire en el espejo?
Posó los ojos en el reflejo. Pero no debió de ver nada más que el suelo un tanto desgastado de un viejo tren.
Cuando se marchó, fui directa hacia el espejo. Observé el reflejo un buen rato, pero esta vez no vi nada. «¿Dónde está?», pregunté al silencio de la habitación como si esta pudiera contestarme.
Entonces distinguí, a través del cristal, cómo se abría el perfil de una grieta.
Me giré antes de que todo pudiera desvanecerse y allí, debajo del lavamanos, algo brillaba.
Llamó tanto mi atención que no entendí cómo habíamos sido incapaces de verlo: la joya, inconfundible.
Un medallón, esperando el momento exacto para dejarse descubrir.
Con devoción, lo cogí del suelo y me senté en el borde de la cama.
Nunca había tenido en mis manos una pieza semejante.
Estaba tan bien tallada que invitaba a acariciarla.
Parecía hecha de marfil y antigua, rodeada por una cadenita dorada.
Por un lado, aprecié el delicado perfil de una dama a quien reconocí como la bella huésped del hotel.
Con el cabello recogido, se la veía serena y tan joven que parecía una niña.
Por el otro lado, un escudo con una corona indicaba que el medallón probablemente pertenecía a una familia ilustre.
Durante un tiempo permanecí en silencio con el medallón entre las manos, tratando de decidir qué hacer. Y, mientras ordenaba mis pensamientos, unos golpes sonaron en la puerta de nuevo.
Con un gesto rápido, casi instintivo, oculté el objeto bajo las mantas de la cama.
Entonces lo comprendí. El espejo protegía de las miradas todo aquello que pudiera delatarme, como si guardara mis secretos en su opaca superficie.
En ese momento, volvieron a llamar a la puerta, esta vez con más cautela. Acto seguido oí mi nombre pronunciado con ese acento inconfundible y supe que era Archi.
—Louise —repitió del otro lado—. ¿Estás sola?
—Sí. ¿Qué haces aquí?
—Necesito hablar contigo. Es importante.
La voz estaba lejos de sonar tranquila.
Abrí la puerta con precaución. Archi estaba allí, impecable como siempre, aunque había urgencia en sus ojos. Se metió enseguida en la cabina, venía sin Pamela.
—Hay un inspector en el tren —me dijo casi susurrando—. Está registrando todas las cabinas, una a una.
—Lo sé. Ha estado aquí.
Archi se dejó caer en la silla.
—Al principio pensé que venía a por mí. Es español y yo viví en Madrid, con mi padre, durante muchos años. Pero en aquella época yo…
Se quedó en silencio.
—En aquella época ¿qué? —quise saber.
Pero, como tantas veces antes, Archi cambió de asunto al instante.
—¿Te has fijado en la pitillera de plata que ese inspector abre constantemente, como si todo el vagón tuviera que rendirle pleitesía?
Lo miré confundida. Ni siquiera había reparado en que ese hombre encorvado viajaba con nosotros desde hacía días.
—Por eso escondí tu vestido —continuó Archi saltándose tantos capítulos que ya no sabía en qué punto de la historia me encontraba.
Su mente parecía correr más deprisa que sus palabras—.
Ese hombre, su pitillera…, la forma en que contempla una inscripción, como si fuera algo sagrado. Ayer, por fin, en el bar… la vi.
—¿Cuando estuviste conmigo hablándome de tu vida? —le pregunté en un tono ligeramente divertido.
—La inscripción pertenece a la familia real española. Louise, ese hombre, sea inspector o lo que sea…, es un enviado del rey Alfonso XIII.
La respiración se me aceleró.
—¡No entiendo nada de lo que me estás contando! —solté, nerviosa ante hechos y palabras completamente ajenos a mi vida.
Archi me miró. Parecía querer decirme muchas cosas, pero se contenía. Elegía cada palabra.
—Louise, desde el momento en que te vi en el andén en la Gare du Nord, a punto de subir al Orient Express, te reconocí.
—¿Cómo que me reconociste, Archi?
Las piernas empezaron a temblarme. Si no hubiera estado sentada, me habría desplomado allí mismo; tan frágil me sentía en ese instante.
—Supe que no eras una pasajera cualquiera.
—¿A qué te refieres? —pregunté, empezando a sospechar que me había descubierto y que por eso había pasado esos días a mi lado—. ¿Estás insinuando que soy una impostora?
Soltó una carcajada. Se inclinó un poco hacia mí y dijo:
—Aquí no hay mayor impostor que yo.
Ahora su voz era apenas un susurro, y la piel se me estremeció con el roce de su aliento. ¿Había notado mi desconcierto? Tal vez. En cualquier caso, se acercó un poco más y sentí que mi cuerpo se deshacía sin remedio. Me incorporé de golpe con el corazón desbocado e intenté componerme.
—Yo… Archi, te equivocas. No soy en absoluto quien crees.
—Lo sé, Louise. Y precisamente por eso me intrigas. No te preocupes, estamos en esto juntos. Déjame ayudarte.
—¿Ayudarme con qué? —pregunté deseando averiguar cuánto sabía de mí.
Hizo una pausa antes de continuar, como si midiera con cuidado qué decir.
—Ayer, cuando cayó aquel objeto del vestido, confirmé mis sospechas. Por eso escondí el traje. Puede que ese hombre no solo me esté siguiendo a mí…, sino que también busque algo que, por casualidad, o quizá no, estaba oculto en ese vestido.
Lo miré atónita.
—Vi tu cara de asombro, Louise. Y habría jurado que era la de alguien que ignoraba que esa prenda había una joya.
—¿Cómo sabes que es una joya?
—Veo que la has encontrado, querida.
Guardé silencio unos instantes. Ese hombre me llevaba distancia. Una inesperada serenidad se adueñó de mí, como si el hecho de haber sido descubierta o de tener a un aliado con el que compartir todas mis preguntas me aliviara de pronto.
Me levanté y saqué el medallón que había ocultado bajo las mantas de la cama.
Archi no dijo nada al principio. Cuando lo tomó entre sus manos, el tiempo en la cabina pareció detenerse. Solo el rumor constante del tren recordaba la velocidad a la que avanzaban los acontecimientos.
—¿Dónde lo encontraste? —preguntó por fin sin levantar aún la vista.
—En el suelo, en un rincón, justo donde ayer estuvimos buscando durante un buen rato —respondí.
—No. ¿Dónde encontraste ese vestido, Louise?
En aquel momento, me di cuenta de que era hora de dejar de esconderme, al menos de Archibald. Debía explicarle la verdad. Con un suspiro, me dispuse a continuar el relato que había dejado a medias.
—Trabajo en un hotel. Me ocupo de todo: la intendencia, los desayunos de los clientes, el orden en las habitaciones…
, incluso las superviso, una por una, para asegurarme de que nadie se haya dejado nada al marcharse.
Nada que pueda comprometer la discreción que se espera de un establecimiento como el de madame de Chiderly, Clotilde, como terminé llamándola.
»Cuando murió mi padre, mi madre me envió a París para trabajar en la casa de esa mujer.
Necesitaba ayuda con sus hijos; más adelante, cuando crecieran, podría convertirme en su institutriz.
Siempre me gustó escribir y se me daban bien los estudios.
Con mi… aspecto, mi madre prefirió buscarme un trabajo en el que no tuviera que salir a la calle ni exponerme al público.