La pasajera del Orient Express Capítulo 26 #2
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Capítulo 26 #2

—No, no es eso. Yo la veo. Bueno…, verla, verla, no exactamente —se corrigió, buscando cómo explicarlo—. Lo que veo es su reflejo en el espejo de la cabina. Por eso sé qué aspecto tiene. Y también sé que no soy yo. Es una persona real. Por el mismo motivo creo que lo de la joya…

Fabrice la escuchaba en silencio.

La madre de Flavie había insinuado más de una vez que su hija padecía cierta inclinación a los desdoblamientos imaginativos, una suerte de trastorno disociativo. Pero ¿cómo revelarle que estaba al tanto de esa sospecha? Habría arruinado su amistad para siempre.

—Querida —dijo al cabo con una suavidad casi paternal—, me temo que toda esta historia comienza a escapársenos de las manos. Siempre ha sido un poco más que una leyenda…, una fábula encantadora que, lo confieso, ha dado cierto sentido a mi vida. Pero en realidad…

—No —lo interrumpió Flavie.

Sus ojos brillaban ahora con una intensidad extraña, como si siguiera un hilo de pensamiento que solo ella era capaz de ver.

—No voy a dejarla. Louise me ha elegido a mí. Soy yo quien puede leer lo que piensa, quien puede verla… La entiendo. Es como si estuviera dentro de su cabeza. Sé cuáles son sus propósitos, su destino… —Dudó un instante—. Sé lo de su madre.

Fabrice la miraba con una ternura sincera.

—En psicología, querida mía, se denomina «disociación». Una persona puede llegar a sentir que alberga dentro de sí otra identidad, otra personalidad…, incluso la presencia de alguien real o imaginario. Algo muy semejante a lo que, según me cuentas, te está sucediendo.

—Pero ella existe… —dijo Flavie enseguida.

Su voz tenía algo frágil, casi infantil, como si necesitara oír que alguien estaba de su lado. Siempre lo mismo: en cuanto lo contaba, todos hablaban de «disociación».

Fabrice le sostuvo la mirada.

—La disociación es, en esencia, un mecanismo de defensa psicológico —dijo con voz calmada—. Supone una desconexión entre pensamientos, identidad y memoria. Puede manifestarse de forma muy leve, como rumiaciones, o alcanzar estados más complejos, como la despersonalización o la desrealización.

—Ya sé lo que es la disociación —replicó Flavie, algo molesta—. Y te prometo que no es esto. La psicología pone nombre a todo lo que no entiende.

Fabrice guardó silencio un momento. Se llevó la copa a los labios como si buscase claridad, pero estaba vacía. Alzó la mano hacia Nicolás para que se la rellenara. Entonces se dio cuenta de que el camarero llevaba un rato observándolos. Cuando volvió a mirar a Flavie, dejó escapar un leve suspiro.

—Querida, supongamos por un instante que todo lo que dices es cierto… En ese caso, eres la única persona capaz de descubrir algo sobre esa joya.

Nicolás se acercó con dos botellas de licor en una bandeja. Mientras les servía, rozó sin querer el hombro descubierto de Flavie. Un escalofrío le recorrió el cuerpo entero, y lo disimuló como pudo.

—¿Y cómo se supone que voy a averiguarlo, Fabrice? —dijo ella, en cambio.

—Exactamente como lo has hecho hasta ahora: escribiendo —respondió él—.

Tu ficción, querida, parece revelar una verdad más profunda, una que te permite avanzar y comprender ciertas etapas de tu vida.

Me temo que has llegado a una encrucijada.

Y quizá solo profundizando en la historia de esa mujer…

logres comprender la tuya. —Hizo una leve pausa, y con una sonrisa irónica añadió—: Y, de paso, tal vez ayudes a que este viejo amigo tuyo recupere ese tesoro perdido.

Flavie lo miró con complicidad y chocó suavemente su copa con la de él.

—Bueno…, volvamos entonces a ese primer dato —dijo Fabrice, algo más animado—, ese famoso Archibald. ¿Has conseguido averiguar algo más sobre él?

—Sí. Ahora estoy bastante segura de que él no tuvo nada que ver con el robo de la joya.

Fabrice frunció el ceño, pensativo.

—Es posible. De hecho, siempre fue una de las teorías…, aunque jamás pudo demostrarse. Digamos que es la versión más razonable, más… Aun así, queda un detalle sin explicar: la desaparición del vestido. El que pertenecía a mi supuesta antepasada.

Poco a poco, el vagón restaurante se había ido vaciando. Un camarero se acercó para informarles de que debían preparar las mesas para el desayuno, aunque podían trasladarse al bar si lo deseaban. Fabrice le indicó con un gesto que estaban a punto de marcharse.

Flavie volvió a inclinarse hacia él.

—Archibald se subió al tren en Londres. Aquella noche no pasó por París.

Fabrice sonrió con una leve indulgencia.

—En realidad, sí se bajó en París, querida.

Fue a visitar a un viejo conocido. Pero…

, de nuevo, no coinciden los barrios. Lo verdaderamente decisivo es que, poco antes de llegar a Varna, que por aquel entonces era la última estación del trayecto, alguien encontró el vestido tirado junto a las vías del tren.

Flavie parecía confundida e intentó ordenar las piezas en su cabeza.

—Entonces… ¿lo tiraron por la ventanilla? —dijo—. Era lo que me imaginaba.

Fabrice se encogió ligeramente de hombros.

—O quizá el propio Archibald saltó del tren poco antes de la llegada y se deshizo del vestido, confiando en que el paso de los convoyes lo destrozaría sin dejar rastro.

Sin embargo, el destino quiso otra cosa.

Un muchacho lo encontró entre la grava de la vía y se lo llevó a su casa.

Su padre, según parece, era policía al servicio de las autoridades turcas…

En fin, toda una cadena de casualidades que permitió identificar aquella prenda.

Flavie apuró su copa de champán y dejó que su mirada se perdiera en la oscuridad más allá de la ventanilla. El tren avanzaba como un animal nocturno, devorando kilómetros invisibles.

Fabrice se levantó con elegancia.

—Vámonos, querida. Si nos demoramos mucho más, me temo que seremos nosotros quienes acabemos arrojados por la ventanilla. Hace horas que estos pobres camareros están en pie. Y mañana…

—¿Qué pasa mañana? —preguntó Flavie como si se hubiese olvidado de que llevaba días en un tren viajando por Europa.

—A última hora de la mañana llegamos a Bucarest, donde nos quedaremos el día entero.

¿Bucarest? ¿Y con quién visitaría Bucarest?, se preguntó Flavie. De repente el viaje se le atragantó.

Se levantó también ella, pero antes de apartarse de la mesa lanzó una mirada de reojo hacia Nicolás en la que había enfado, pero también disgusto, pena y una sensación de soledad absoluta.

Él la estaba observando. Sus pupilas permanecían clavadas en el rostro de Flavie como si esperase un gesto de ella, como si quisiera decirle algo o seguirla más tarde a donde le indicase.

Pero Flavie no supo leer ese gesto en su mirada.