Capítulo 26
Flavie apareció en el vagón restaurante justo cuando se servía el postre.
Esta vez, se había puesto unos altos tacones negros que alzaban su figura más que la de nadie.
Se hizo un breve silencio entre los asistentes.
Oyó murmullos y vio que varios comensales, como ese tiktoker de la primera noche, le sacaban varias fotos que al instante subían a las redes.
Sin embargo, no se detuvo y consiguió caminar con una seguridad construida.
El vestido rojo ceñido en la cintura rozaba el suelo con movimientos rápidos.
Sus entradas solían ser espectaculares, pero esa noche parecía andar para sí misma, con un paso firme que zanjaba cualquier duda.
Incluso Renée, al piano, no tuvo más remedio que dejar de tocar.
Nicolás la observó como quien espera un gesto inadvertido, un signo de debilidad, pero Flavie avanzaba sin titubeos, dueña absoluta del espacio que ocupaba.
En sus ojos, él encontró un destello distinto, algo que lo desarmaba por completo.
Supo entonces que esa mujer le había ganado la partida y se apartó con discreción para dejarla pasar.
Sin mirarlo, Flavie se dirigió directamente a la mesa de Fabrice, que se levantó al instante para apartar el sillón.
—Estás deslumbrante, querida —le susurró al oído—. Nos has dejado a todos…
Flavie no respondió. Nicolás había salido hacia las cocinas, pero sabía que regresaría pronto. Fabrice se inclinó hacia ella con preocupación y familiaridad.
—Estás deslumbrante, pero a punto de quebrarte —dijo en cuanto estuvieron sentados. Los demás pasajeros habían retomado sus conversaciones—. Necesitas una dosis seria de champán.
Levantó la mano para pedir una botella de blanc de blancs .
—Sé que algo te sucede —continuó—. ¿Me quieres contar por qué eres la primera persona en el mundo que veo que no disfruta de este viaje?
¡Y mira que llevo años haciéndolo yo! Al grano, querida.
Si tengo que sonsacarte qué te pasa, vamos a quedarnos aquí hasta el amanecer.
Has llegado tarde esta noche, ¡cuando es la mejor cena del viaje!
—Lo sé —contestó Flavie al tiempo que se colocaba la servilleta sobre los muslos.
—Hoy me has hecho esperar demasiado. ¿Cuál es tu excusa, querida?
—Han registrado mi cabina mientras estábamos en Budapest —dijo ella sin rodeos.
Fabrice parpadeó sorprendido y guardó silencio unos segundos. Sus dedos juguetearon con el borde de la mesa.
Sin dejar de observarlo, Flavie mantuvo el semblante serio.
Hasta que vio que su mirada se perdía en un punto a su espalda, buscando algo que no estaba.
Su calma era tan perfecta que habría pasado inadvertida para cualquiera.
Solo ella supo que en ese gesto medido se escondía algo que él esperaba mantener en secreto.
—Has sido tú, Fabrice —le dijo.
Nicolás apareció de repente con el postre y lo dejó frente a ella.
— Crème de marrons à l’armagnac —dijo recorriendo la mesa con la vista y percibiendo la tensión que flotaba entre ellos.
Flavie no contestó.
—Ese camarero te tiene entre algodones —comentó Fabrice con una ironía apenas disimulada cuando Nicolás se alejaba ya, esforzándose por mantener el protocolo—.
Lo he notado desde el principio de la cena, no ha dejado de buscarte con la mirada.
Y sin embargo, querida…, ¿me quieres explicar por qué lo has despreciado de ese modo?
—Oh, vamos, Fabrice, no me vaciles.
Él frunció el ceño ante una frase que le costaba reconocer. Ahora los músicos habían invadido el vagón con arias de óperas clásicas, y cada nota parecía acentuar su incomodidad, invisible para todos menos para él.
Flavie suspiró.
—Vale. Sí. He sido yo —admitió Fabrice en voz baja—. Pero, por si te tranquiliza…, no me he llevado nada.
—Di más bien que no has encontrado lo que buscabas.
Fabrice la observó entonces de otra manera. Su expresión se había endurecido ligeramente, como si algo antiguo y difícil de nombrar hubiera aflorado en sus rasgos. Tardó unos segundos en contestar:
—¿Y si te dijera que llevo toda mi vida buscando pruebas que me acerquen a quienes creí mi familia?
Flavie parpadeó desconcertada.
—Mi historia puede contarse de muchas maneras —continuó él—. La versión que te di la primera noche…, la de mi infancia en el hospital. O…
—¿O qué, Fabrice? —lo interrumpió ella—. No entiendo adónde quieres llegar.
Él le sostuvo la mirada.
—O que crecí arrullado por las historias de una familia que, con el tiempo, resultó no ser la mía.
—¿Qué me estás contando? —dijo Flavie. Ya no sabía si creerle o si se hallaba delante de un verdadero charlatán.
Fabrice suspiró.
—La verdad es que mi madre fue castigada en la Salpêtrière por mi abuelo cuando se quedó embarazada de un jornalero que venía cada verano a vendimiar a sus tierras.
—No me líes —le espetó Flavie, incrédula.
—¡Es cierto! Entre aquellas altas paredes de hormigón que nos separaban del resto de París, mi madre llenaba mis tardes con historias de una familia que nunca existió.
Fabrice guardó unos segundos de silencio. Al decirlo, parecía haberse desprendido de una parte del peso que llevaba encima.
—Me contaba que la familia de mi padre, a quien nunca conocí, descendía de uno de los linajes más antiguos de Francia. Y que mi abuela, la duquesa de Vilmorin, había vivido una larga historia de amor con el rey de España de entonces, Alfonso XIII.
Flavie se quedó atónita con la revelación.
—La prueba, decía, estaba en un regalo que el rey le había hecho: un medallón que, según la leyenda, se perdió en este mismo tren.
—¡Menuda historia! —dijo Flavie—. ¿Por eso hablas español?
—Sí. Crecí pensando que era descendiente de la familia real española.
Lo mínimo era hablar su idioma y conocer su cultura, ¿no te parece?
—Luego continuó—: En ese hospital, aprendí a imaginar mi vida fuera de sus muros.
Hasta los once años tuve un profesor particular, pagado, según decía mi madre, con la inmensa fortuna de los supuestos Vilmorin.
—¿Y de quién era, entonces?
Fabrice soltó una breve risa.
—¡De mi abuelo! El de verdad. Un rico viñero de provincias que me dejó una fortuna descomunal.
—¿Y la joya? —preguntó Flavie—. ¿Por qué sigues buscándola si ya no la necesitas?
—Por una especie de homenaje absurdo a mi madre.
Gracias a esa ilusión, ella mantuvo la esperanza y las ganas de salir adelante.
Yo crecí entre enfermos creyéndome descendiente del rey de España y eso, querida, ¡no tiene precio!
—Fabrice hizo girar lentamente la copa entre los dedos—.
Llevo toda la vida buscando ese objeto que me une a ella, a mi infancia, a mi pasado.
Es como mi grial. Lo he buscado en subastas, en anticuarios durante las paradas del Orient Express, en tiendas de joyas antiguas…
Me subí a este tren por enésima vez porque Charlotte mencionó que iban a abrir, por fin, la cabina dieciséis.
Pensé que, si quedaba un último lugar sobre la tierra donde buscar, tenía que ser ese.
Flavie dejó la cucharilla sobre el plato de postre. Tardó un instante en encontrar qué decir.
—Así que… después de hablar con los Fergusson entraste en mi cabina buscando la joya —concluyó.
—Es evidente que, si no la encuentro yo…, la encontrarán ellos.
—Toma, dejaste caer esto mientras buscabas —dijo Flavie sacando de su bolso un pañuelo con las iniciales de Fabrice.
Él alzó la copa hacia ella, como si quisiera sellar un pacto silencioso entre los dos. Luego, con la mirada fija en la lontananza de un paisaje que se perdía a toda velocidad en la noche oscura, dijo:
—Ya no sé si busco una quimera como esos viejos locos que atraviesan los océanos en su barco. Una ficción largamente deseada o fantasmas perdidos para siempre. Yo voy en este tren soñando que seguimos en los años sesenta.
—Pero eso, Fabrice, no tiene el menor sentido.
—Lo sé, querida.
—No eres un Vilmorin.
—Lo sé, preciosa.
—Aun así, te ayudaré.
Fabrice le tomó las manos para agradecerle sus palabras. Se inclinó sobre la mesa y, en un tono apenas audible, dijo:
—Disimula; los Fergusson llevan toda la cena observándonos de reojo.
Flavie apenas esbozó una sonrisa. Tenía al matrimonio Fergusson justo enfrente, mientras que Fabrice les daba la espalda. ¿Cómo había podido darse cuenta?
—No te preocupes —susurró—. Sé que esa joya existe… y que está cerca de nosotros.
Se inclinó un poco hacia él para que nadie pudiera leer siquiera el movimiento de sus labios.
—¿Y a qué se debe tanta certeza? —preguntó Fabrice con calma.
Flavie dudó un instante. No estaba segura de que lo que iba a decir fuera a sonar muy convincente.
—Porque me lo ha contado Louise.
Fabrice la miró con una incredulidad tan franca que, al instante, Flavie se arrepintió de lo que había mencionado.
—Te lo digo en serio. Si no, ¿cómo habría sabido lo de la mona albina y Archi?
El escepticismo de Fabrice resultaba difícil de disimular.
—¿Ahora lo llamas Archi?
Entrelazó las manos sobre la mesa con una paciencia que parecía deliberadamente ceremoniosa.
—Querida, creo que te estás tomando esta historia demasiado en serio. Porque, si me permites la franqueza… —añadió con un leve suspiro—, convendrás conmigo en que lo que me cuentas no resulta, en principio, del todo razonable.
Flavie no quería revelarle el descubrimiento del diario. Guardaba silencio. Más allá de la ventanilla, el paisaje se había vuelto indescifrable: solo negrura, salpicado de vez en cuando por el reflejo distante de alguna que otra casa aislada.
—No me crees —dijo al fin.
—Tal vez deberías pedir que te cambien de cabina —opinó Fabrice con esa lógica práctica que en ocasiones desentonaba con sus maneras refinadas—. No sé por qué te han asignado la dieciséis…, pero, ahora que lo pienso, me parece una imprudencia.
Flavie negó con la cabeza.