La pasajera del Orient Express Capítulo 25
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Capítulo 25

A las cinco de la tarde, la estación de Budapest era un horno bajo el calor húmedo de la tormenta pasada. A lo lejos, Flavie vio a Nicolás de pie junto al tren, impecable con su uniforme. Y, al instante, se le aceleró el corazón.

Nicolás también parecía buscarla con la mirada. Pero, cuando sus ojos se encontraron con los de ella, le hizo un gesto raro con la cara. Así que lo sabía. Evidentemente, había hablado con Nacho y este le había dicho que borrara la foto.

Flavie se acercó a él y apenas le dedicó una media sonrisa. Nicolás palideció. La quiso alcanzar, pero ella se escabulló por el pasillo del tren. Durante unos segundos, pareció no saber qué decir.

—¡Llevo todo el día llamándote! ¿Dónde te has metido?

Flavie no se detuvo.

—¿Y a ti qué te importa? —le espetó.

Nicolás se quedó mudo. Tardó un instante en reaccionar.

—La última vez que nos vimos, yo creía que… —Se interrumpió, tragándose lo que no se atrevía a expresar.

Flavie se giró de repente.

—¡Ni te imaginas cómo se ha puesto mi madre!

Las palabras le salieron casi como un grito. Y al instante se arrepintió. En un sitio como aquel, cualquier móvil podía estar grabando.

—¿Tienes un minuto? Puedo explicarte…

—¿Explicarme qué? —lo cortó ella—. ¿Te crees con derecho a subir lo que te dé la gana?

Nicolás negó con la cabeza, como si buscara las palabras adecuadas.

—Es la foto más «tú» que tenía.

Su voz se apagó.

—¿Yo? —Flavie lo miró con una mezcla de rabia y cansancio—. Pues que sepas que ya no hay más «yo» ni «tú», Nicolás.

Sintió como si algo dentro de ella se rompiera. Aun así, siguió caminando hasta llegar a su cabina.

Abrió la puerta como pudo y, en cuanto la cerró, vio un pañuelo en el suelo.

No fue hasta al cabo de un tiempo que se decidió a coger el diario de Louise y sumergirse en su época.

«Un visitante de otro tiempo».

Flavie volvió a leer la frase del diario de Louise.

«Qué forma tan rara de describir a alguien que acababa de conocer», pensó. Era una descripción que, de algún modo, encajaba con Louise. Pero no con Archibald.

Para Flavie, Archibald era un tipo excéntrico, sí, pero no «un visitante de otro tiempo». En cambio, esa expresión parecía hecha a medida para Louise. Louise sí que se había colado en su realidad. Primero a través de su diario… y ahora de una forma mucho más inquietante.

Porque todo el mundo parecía estar buscándola. Intentando seguir su rastro. Y, sin embargo, Louise siempre lograba borrar sus huellas hasta el punto de parecer producto de la imaginación.

La cabina dieciséis. Con los colores apagados, el barniz desgastado y unos muebles que no relucían como los del resto del Orient Express.

Todo aquello le resultaba más una fantasía que algo real. ¿Y si el fantasma de Louise estuviera ahí, dentro de ese espejo, y fueran reales sus visiones? Flavie se acercó a él y quiso descubrir si todo eso tenía sentido.

Esa vez, sin embargo, el espejo le devolvió su propia mirada.

El cristal tenía una opacidad suave, como si hubiera guardado secretos durante demasiado tiempo.

Su imagen temblaba ligeramente con el movimiento del tren.

Tal vez, pensó Flavie, solo enfrentándose a su reflejo encontraría una respuesta.

Pero el objeto, como una esfinge silenciosa, no le devolvía nada más.

Quizá le faltaba formular la pregunta correcta, pensó, y lo observó con obstinación.

«¿Fuiste tú, Louise? ¿Fuiste tú quien mantuvo la puerta cerrada todos estos años?

¿Fuiste tú quien no quiso que nadie entrara?

Estabas acostumbrada a dar miedo, ¿verdad?

Ahora sé que escondías una joya. La que escribiste en tu diario que cayó».

Flavie se sobresaltó al oír que el suelo crujía bajo sus pies. Mantuvo la mirada clavada en el espejo como si le fuera la vida en ello. Sentía que algo se desharía si rompía la fuerza que ahora parecía rodearla.

—¿Qué te pasó, Louise? —le preguntó en voz alta—. ¿Por qué yo? ¿Por qué me has traído hasta aquí? ¿Qué esperas de mí?

Y entonces, sin aviso, sin transición, un dolor agudo le atravesó las sienes. Fue tan intenso que casi perdió el equilibrio. Una presión insoportable, una angustia que la ahogaba desde dentro. Algo golpeaba su mente, directo al centro de su cabeza, apoderándose de sus pensamientos.

A pesar del dolor, o puede que gracias a él, volvió a mirarse en el espejo.

—¿Qué me quieres decir? —gritó a esa imagen que ahora parecía superponerse a la suya.

Hasta que se acordó de algo: si ese espejo pertenecía a Louise, ¿por qué lo había abandonado al desaparecer del tren?

Entonces el dolor remitió. Quizá fuera esa la pregunta, se dijo entonces. Se levantó y se sentó en la cama.

¿Y si al final alguien había matado a Louise?

¿Habría muerto en ese tren y por eso no se había vuelto a abrir o utilizar la cabina dieciséis y el espejo y el diario hubieran permanecido allí durante todo este tiempo?

¡Absurdo! Encontró el diario en el sillón… Alguien, quizá la propia Louise, tuvo que esconderlo allí.

Lo extraño era que Flavie acababa de formularle preguntas y Louise le había contestado…

desde dentro. No con palabras esa vez, sino a través del dolor.

Algo más primitivo: un cuerpo hablando a otro cuerpo.

El mensaje era el mismo que había visto en las fotografías de la madre de Louise al principio del viaje: rigidez, contención, grito mudo.

Eso era lo que Louise le estaba devolviendo.

Contorsiones dolorosas que habían nacido en Augustine, que había sufrido Louise y que ahora llegaban a Flavie.

Se tumbó en la cama y cerró los ojos sobre la almohada deseando que el frescor de las sábanas disipara el malestar que todavía se aferraba a su cuerpo.

El tren avanzaba indiferente por la llanura húngara. El traqueteo constante de los vagones debía devolverle la tranquilidad, pero no lo hacía. Fuera, la luz del cielo se apagaba lentamente, ajena al ruido y a las disputas humanas. Con esa melancolía que solo aparece cuando el día se rinde.

Flavie abrió los ojos de nuevo y vio la luz de la habitación.

Las horas habían volado.

¿Se había quedado dormida?

Unos golpes secos del otro lado de su puerta llamaron su atención. Era la voz de Nicolás, tensa, impaciente.

—Flavie, ¿estás bien? Vengo a buscarte para la cena.

El silencio regresó, espeso, como si la cabina la hubiera devorado. Por un instante deseó no estar allí. Borrarse de su propio tiempo. Viajar atrás, a ese mismo tren de otra época, donde tal vez aún quedaba algo de belleza, o de sentido. Louise la habría entendido.

Los golpes se repitieron, más fuertes.

—Contéstame, por favor. ¿Va todo bien?

Flavie se incorporó bruscamente. La voz de Nicolás le hizo ilusión. Pero al instante se acordó de su enfado. ¡No quería, no podía, volverlo a ver!

—Iré sola a cenar… No me esperéis.

No se sentía capaz de estar en el vagón restaurante delante de todos y fingir que no había pasado nada. Además…, algo le decía que estaba a punto de descubrir en el diario de Louise qué había pasado con la joya.

Nicolás se aproximó a la puerta.

—Por favor, Flavie, en esa foto no… no se veía nada. Me encanta tu dragón. ¡Me encantas tú! ¡Lo que tú eres de verdad!

—Ya hablaremos de eso más tarde.

Al otro lado de la puerta se hizo un silencio breve.

—Te esperaré en el vagón restaurante. Por si cambias de idea.

Los pasos de Nicolás se alejaron por el pasillo. Flavie permaneció sentada en la cama durante unos segundos más, escuchando el traqueteo regular de las ruedas sobre los raíles. Hasta que se levantó para mirarse en el espejo de nuevo.

Durante un momento sostuvo la mirada de su propio reflejo, como si intentara reconocer a la persona que tenía delante. No vio ya a la hija obediente que su madre moldeaba con paciencia.

A Nicolás le había gustado su dragón y había dicho que su dragón era ella.

¿Y si fuera ella, y no Louise, la que se ocultaba?