La pasajera del Orient Express Capítulo 24 #3
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Capítulo 24 #3

Sin saber bien cómo empezar, me he puesto a contarle todo…

Sin interrumpirme ni una sola vez, he conseguido hilar una extraña historia que partía de mi infancia en Saint-Denis, cerca de París, donde crecí.

Que hablaba de mi padre, Alphonse Ferrand, médico de profesión que murió dejando a mi madre, de soltera Augustine Gleizes, viuda y titular de sus propiedades hasta su muerte, el 12 de diciembre de 1907, en la clínica Saint-Yves.

También he hablado a Archi de la misión que me encomendó mi madre en su lecho de muerte, lo que me he hizo subir a este tren.

Después de este viaje, habré cumplido con mi deber.

—Pero no me preguntes nada más… Sería incapaz de contestarte —le he dicho poniendo punto final a mi relato.

Archi ha clavado las pupilas en Pamela.

—¿Qué piensas de todo esto? —le ha dicho.

Pamela lo ha mirado y ha parpadeado, afirmando con su gesto que le he contado la verdad. Entonces Archibald se ha levantado del suelo, se ha sacudido los pantalones con desgana y, al marcharse, se ha vuelto hacia mí.

—Louise, hayas venido aquí por la razón que sea…, es posible que necesites mi ayuda. Volveré por la mañana para asegurarme de que está todo bien.

Y se ha ido. Dejando tras de sí una estela que parecía la de un visitante de otro tiempo que se hubiera colado sin aviso en mi vida.

Sola en la cabina, me ha envuelto una mezcla de alegría e incertidumbre.

Me sentía halagada, mejor dicho, deslumbrada, por la atención de un hombre en un tren al que yo, en el fondo, no pertenecía.

No he querido detenerme en las preguntas que Archibald despertaba en mí.

Su fragancia seguía flotando en el aire de la cabina, y también su aliento cálido, tan cerca del mío cuando nos reíamos juntos en el suelo, como si el mundo fuera de pronto una habitación pequeña, íntima, inventada solo para nosotros dos.

Y he querido entonces mantener la calma, mirar todas mis emociones con el escepticismo heredado que siempre me acompaña.

Me he acostado soñando, como una niña, con un amor imposible, de esos que mi madre se apresuraba a arrancarme de raíz.

Y me he dormido… soñando otra vez con mi madre. Su figura severa se ha deslizado entre las grietas de la inconsciencia con la insistencia de esos recuerdos que no saben morir.

Y uno de ellos ha volado de nuevo a mi mente.

Aquel día, cuando yo aún era muy pequeña, regresé de la escuela más alegre de lo habitual. Al abrirme la puerta, mamá quiso saber enseguida a qué se debía mi felicidad. Recuerdo su mirada atenta, casi emocionada, como si estuviera esperando que dijera algo.

No fue hasta la noche que se lo conté. Aquella tarde, uno de los chicos de la escuela de Saint-Thomas, la que quedaba frente a nuestro recinto, se había acercado corriendo hasta mí.

No me dijo nada. Solo extendió la mano y me dio una flor.

Después se marchó igual de deprisa. Yo había guardado esa flor durante horas, escondida como un tesoro.

Cuando por fin se la enseñé a mi madre, me sorprendió ver que su expresión cambiaba.

Fue algo tan breve que aún hoy dudo de haberlo visto realmente.

Tal vez lo imaginé después. Tal vez me pesó el cansancio.

La flor ya no era tan hermosa. Había pasado demasiadas horas apretada entre la tela de mi uniforme.

Los pétalos habían empezado a doblarse y pequeñas manchas oscuras habían aparecido en ellos.

No sé si fue por eso. O por el silencio de mi madre. O por la manera en que sostuvo la flor entre los dedos, como si pesara más de lo que debía.

Pero de pronto sentí vergüenza.

Entonces mi madre dijo algo que nunca he olvidado: «Ese chico solo se ha fijado en tu belleza. Nuestro rostro, perfecto, es nuestro peor enemigo. Es imposible que te quiera».

Yo era una niña. No entendí del todo lo que pretendía decirme, pero sentí el amargor nublar mi felicidad.

Al poco tiempo ocurrió el accidente.

El accidente que, de todos modos, me arrebató aquella belleza que apenas empezaba a germinar.

Durante mucho tiempo pensé en las palabras de mamá como en una advertencia. O quizá una especie de presentimiento.

Nunca tuve la certeza de nada.

Solo recuerdo que aquella noche, después de decirlo, mi madre apartó la flor de la mesa y durante un breve instante me miró con la misma intensidad con la que me había observado al regresar de la escuela.

Jamás volví a ver a ese chico. Con el tiempo, he olvidado su cara. Incluso he olvidado la flor. Pero no he podido olvidar la expresión de mi madre cuando la vio. Ni la serenidad con la que, poco después, todo cambió. Mi monstruosidad nunca tuvo remedio.

¿Qué temía ella del mundo para esconderse de esa manera?

Entonces caí. Sin pruebas ni palabras, como si la verdad me brotara del cuerpo con una convicción antigua, casi primitiva.

Una última fiebre me ha subido al rostro y me he despertado.

Ese fuego que me abrasó no fue un accidente.

Fue ella, mi madre. Su mano. Su decisión. Ese gesto intencionado de Augustine buscaba aislarme del mundo, apartarme incluso de mí misma.

Poseer mi vida.

Dominarla.