La pasajera del Orient Express Epílogo. Carta de Fabrice
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Epílogo. Carta de Fabrice

Epílogo

Carta de Fabrice

Querida Flavie:

Sé que volveremos a vernos. Que nuestros destinos, por muy caprichosos que hayan sido hasta ahora, ya no nos separarán nunca más.

Mañana llegaremos a Estambul y, antes de bajarme de este tren en el que he pasado algunos de los momentos más felices de mi vida, supe que no podía dejar las cosas tal y como las habíamos vivido hasta ahora.

Hay verdades que solo pueden contarse por escrito, cuando el silencio del papel y de la noche ofrece cobijo a la revelación.

Esta carta nace de ese silencio, de lo que no fui capaz de decirte a la cara mientras mirabas por la ventanilla del vagón restaurante intentando encontrar una lógica a la historia de Louise, de la cabina dieciséis, de Archibald.

Después de pasar cinco días a tu lado, cuando Estambul empezaba a dibujarse en el horizonte, caí en la cuenta de que en todos estos días había sido incapaz de sincerarme contigo de viva voz.

¡Que sepas que esa siempre había sido mi intención, querida!

Lo que te quiero contar empezó un año antes de que tú nacieras, en 2001.

Recuerdo perfectamente aquella escena: un muchacho con un libro entre las manos sentado en el banco donde, de vez en cuando, se detenían las jóvenes madres a descansar con sus hijos dormidos en el cochecito.

Quise bajar a conocerlo. Desde las alturas de la ventana de mi apartamento, situado en el número 3 de la place Saint-Thomas-d’Aquin, no podía distinguir lo que una vez en la calle descubrí: en realidad, ese muchacho era una jovencita de pelo corto y cuerpo menudo.

Por mi manera de ser —de la que sin duda te habrás dado cuenta durante el viaje—, no soy de los que se enamoran de mujeres, pero nos hicimos amigos ese verano, muy amigos.

Tu madre era una mujer deliciosa que quería emanciparse.

Acababa de cumplir dieciocho años y yo tenía algunos más.

Desde el primer instante, sin embargo, me sentí atraído por ella.

Por primera vez, una mujer me inspiraba deseos.

Era una joven luminosa, con una alegría serena que la hacía inolvidable.

Tuvimos una historia sin final, que empezó sin acabarse nunca por lo imposible que resultaba.

Ya de regreso a España, me escribió un día para decirme que estaba esperando un bebé y que sus padres, no sin razón, querían obligarla a interrumpir el embarazo.

Le supliqué que no lo hiciera. Le prometí que asumiría todos los gastos, con algunas condiciones: que aprendieras mi idioma, que fueras al Liceo Francés y que, de vez en cuando, me permitiera verte.

Pagué los gastos de tu educación, pero prefirió que tú y yo no nos conociéramos.

Aun así, confieso que viajé más de una vez a España, a escondidas, solo para verte de lejos. Tampoco necesitaba mucho más. ¿Qué habrías pensado de un padre como yo? Excéntrico, demasiado mayor y, sobre todo, homosexual.

Hace unos meses, cuando supe que el Orient Express volvería a recorrer sus viejos caminos, pedí a tu madre que te dejara hacer este viaje, con la excusa de tu trabajo.

Pensé que ya eras lo bastante adulta para comprender que incluso los padres cargamos con nuestras propias circunstancias, somos hijos de nuestras decisiones, de nuestros errores y silencios.

Ha sido un verdadero privilegio compartir estos días contigo. He descubierto a una mujer maravillosa, sensible y curiosa, y me he visto reflejado en ti más de lo que habría imaginado.

Antes solo nos unía la primera letra de nuestro nombre.

Ahora, Flavie, nos une todo lo demás.

Hasta siempre, querida.

Flavie notó que le temblaban las manos cuando acabó de leer.

Se quedó en silencio, envuelta en un torbellino de emociones que no lograban encontrar su lugar.

Las palabras, que aún flotaban en el aire, no eran suficientes para abarcar todo lo que esa carta había despertado en ella.

Poco a poco, como quien deshace el nudo de una historia olvidada, se fue revelando la figura de Fabrice: él había sido el hombre de aquel verano de su madre, ese desconocido con el que compartió París, la ciudad de las promesas rotas y las ilusiones perdidas.

Recordó la voz de su madre hablándole de un amor imposible, de un hombre de mirada azul y un acento que sonaba a promesa incumplida.

El eco de esa certeza la atravesó, suave, casi melancólico, como el susurro de una canción que conocía desde hacía mucho tiempo.

En ese instante preciso, Flavie no solo comprendió a su madre, la vio, por fin, como un ser humano entero, lleno de contradicciones, de amores no correspondidos, de decisiones que marcaron su destino.

Y la vio real, más real que nunca, con sus fragilidades, sus deseos, sus silencios.

Como la historia de Louise, la suya estaba ahí: las fechas, el tono de las cartas, el silencio acumulado de los años. De pronto, supo que su historia no había comenzado en ese viaje, sino mucho antes, en un pasado que no le pertenecía, pero que la había llevado hasta ese preciso momento.

Solo le quedó calma, la sensación de que, finalmente, todo encajaba.

Por primera vez, supo de dónde venía. Y adónde iba.