La pasajera del Orient Express Capítulo 24
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Capítulo 24

Hay una hora, justo antes de la cena, en la que el vagón salón se convierte en un teatro callado donde sin moverme de mi banqueta observo a los pasajeros como si fueran actores de una función a la que nadie más parece hacer caso.

Me gusta instalarme allí con la cabeza ladeada, acostumbrada como estoy desde siempre a que mi pelo oculte lo que espanta.

Aún oigo las palabras de mi madre diciéndome: «Lo magnífico de tu físico, Louise, es que te vuelve invisible», y algo de razón tenía.

Incluso en este confinamiento de días en el que estamos, tan solo yo adopto la forma de un fantasma.

El resto de los pasajeros están aquí para divertirse, olvidar el pasado y dejarse ver.

A pesar de ciertas miradas fugaces los primeros días, de desconcierto o de repulsión, como si vieran un reflejo inaceptable, el alcohol, la forzada diversión y la costumbre de ver a los mismos pasajeros una y otra vez hacen su trabajo, y ya nadie me presta la menor atención.

Hoy he pedido un brandi con soda y, al hacerlo, he sentido la misma torpeza que una niña que juega a ser adulta, como si ese gesto pudiera darme la seguridad que no tengo.

Y eso que ya he cumplido treinta y nueve.

Las mesas, casi vacías al principio, se han ido poblando con la calma de las noches largas, esas en las que el tiempo parece dilatarse.

Y entonces han ido apareciendo ellos, estos payasos del destino revestidos con ropas llamativas: los hombres enfundados en sus esmóquines impecables, obedientes al protocolo de unas cenas que este tren exige mientras avanza, fugaz, como si huyera de algo que los demás no podemos ver.

Las mujeres, en cambio, traen consigo la luz de otro mundo, como si acabaran de escapar de un cabaret de Montmartre.

Sus vestidos ceñidos les rozan apenas las rodillas, sus medias de seda brillan bajo la calidez de las lámparas, sus cuerpos parecen una declaración abierta contra el recato de tiempos ya desaparecidos.

Las piernas, expuestas sin una sombra de pudor, contrastan con esos tocados imposibles: plumas, lentejuelas, pedrería que tilila con cada movimiento.

Llevan los labios pintados de rojo, como una promesa suspendida en el aire, y los ojos delineados con un trazo grueso que no tarda en ceder al calor y al champán hasta convertirlo en una sombra gris que cae por la piel y provoca una mirada que ha visto demasiado después de una guerra que lo ha cambiado todo.

A veces pienso que se parecen a Jeanne Avril, la amiga de mi madre del hospital.

Fue hace unos años, antes de que la enfermedad la encerrara en casa, cuando fuimos a verla juntas al Moulin Rouge.

Yo libraba en el hotel y Augustine me recogió a la salida.

Aquella noche, París parecía más bonito que nunca, como si hubiera decidido iluminarnos hasta Montmartre.

Y, de forma inesperada, fue uno de esos días en los que mi madre no tuvo que fingir su emoción.

Jeanne Avril.

Cuando empezó el espectáculo, los ojos de Augustine no se apartaron ni un instante de su amiga, la mujer que se había vuelto célebre entre los bohemios y los nuevos artistas que acudían a verla.

Cantando y bailando frente a un público entregado, Jeanne no debía de ser tan distinta a la de las sesiones que tuvo con el doctor Charcot en el anfiteatro de la Salpêtrière.

Mi madre, en esos momentos, quizá recordaba.

Yo le sostenía la mano y entre mis dedos sentía su temblor.

Sin embargo, después de la función se negó a saludar a Jeanne. Me confesó que temía que no la reconociera. Su impaciencia por abandonar el cabaret fue casi física, como si huir de allí la protegiese.

¿Es este tren una especie de cabaret?

Como la noche anterior, los momentos de la cena se convierten en rituales en este Orient Express que más bien parece empujado por una corriente de alucinaciones más que de realidad.

Me siento a la mesa mucho antes que cualquier otro como si perteneciese más a los espectadores que a los pasajeros, y así, en mi rincón, pienso que me fundo con el recargado decorado.

Los primeros en llegar al vagón restaurante han sido la joven pareja de recién casados de Estados Unidos.

Hace dos días irradiaban una especie de luz, como si el amor sellado los hiciera mejores que el resto.

Ahora, después de la sesión de hipnotismo en la que ella reveló su secreto, caminan separados.

Él va delante, sin ofrecerle la mano. Su esposa ha perdido la risa fácil que la caracterizaba.

Me recuerda a lo que mi madre decía: «El amor no existe, Louise.

Es un invento de los hombres para poseer a la mujer sin un ápice de culpa».

Me pregunto quién dejará escapar su misterio.

Después, ha aparecido el doctor Jean de Montilac más temprano que de costumbre, ya que suele ser el último para que a nadie se le escape su presencia.

A su paso, he oído murmurar al camarero que su mujer, indispuesta, cenaría en su cabina.

Vestido con una capa negra sujeta al cuello mediante un broche de plata, ha caminado despacio por el restaurante hasta su mesa.

Como hace desde la primera noche, al pasar ha saludado a todos y cada uno de los comensales, mostrando una falsa consideración de médico dispuesto a ofrecer sus servicios.

Al cruzarse con la señora estadounidense, el muy hipócrita ha inclinado la frente.

Aparentemente molesta, ella lo ha ignorado.

El silencio generalizado del comedor ha destapado la tensión del vagón.

¿Quién iba a ser el nuevo que osara pedir otra sesión a De Montilac?

Hasta que ha ocurrido algo inesperado. En cuanto ha llegado a la altura de mi mesa, Jean de Montilac se ha detenido y me ha mirado con una curiosidad casi clínica.

He hecho ademán de bajar la cabeza para ocultar el rostro, pero me temo que no lo he conseguido.

Es más, con una arrogancia clínica, me ha levantado el mentón y ha descubierto la desfiguración de mi cara.

—Tengo la sensación de que no nos han presentado.

No he podido pronunciar palabra, tal ha sido mi turbación.

De repente, he tenido la impresión de que todo el restaurante tenía la mirada sobre mí y una sensación de angustia me ha subido hasta la garganta.

Pero el doctor De Montilac no ha parecido percatarse de nada, o quizá disfrutaba de mi desconcierto.

—Debe de ser usted la única persona en este tren de quien no sé absolutamente nada y, sin embargo, no me es totalmente desconocida —ha proseguido, despacio.

He bajado la cabeza. El cristal del vaso de brandi temblaba en mi mano, y al presionarlo con intensidad he sentido que casi se quebraba entre mis dedos.

—¿Nos conocemos? —ha añadido De Montilac—. Hay algo en esa marca suya que me resulta… familiar.

He apartado el rostro de sus dedos y he intentado abrir la boca, pero no me han salido palabras, sino silencio, vacío, dolor.

De repente, ya no he sentido miedo, sino algo peor: el reconocimiento.

Esa voz. Ese tono de autoridad disfrazada de amabilidad.

Era como si supiera, como si percibiera en mi cerebro imágenes grabadas: mi madre, él, olor, la Salpêtrière, padecimiento, hielo…

Mi cuerpo se ha tensado y, durante un instante, a punto he estado de desmayarme.

Y quién sabe si no lo he hecho. Quién sabe si no he caído como la mujer estadounidense la noche anterior.

Solo recuerdo haber despertado en el suelo y gritando.

Un grito tan fuerte, tan monstruoso, que se diría que el tren aceleraba su marcha por esos raíles que ahora igualaban mi dolor.

Algunas mujeres se han vuelto hacia sus maridos ocultando el rostro por miedo.

Los ocupantes de todo el vagón se han detenido ante mi grito, tan enfurecido como el de un animal.

Ha sido horroroso.

De esos ataques que me entraban de pequeña y que luego mi madre me enseñó a dominar. «A dormitar», habría dicho esta noche, ya que el monstruo se ocultaba dentro.

La gente se ha asustado, algunas personas han acabado por levantarse y salir del restaurante.

Hasta que ha aparecido mi querido Archibald.

De nuevo, no habría podido decir de dónde ha surgido.

Ha venido corriendo y se ha abalanzado hacia mí, y con su poderoso abrazo ha tratado de sostenerme y contener esa furia.

Me ha sostenido la cabeza con fuerza y la ha apoyado sobre su hombro, escondiendo mi rostro con su mano, besando mi cabello alborotado, diciéndome al oído, con ternura:

—Calma, calma. Ya todo terminó.

Al cabo de unos segundos, se ha dirigido al doctor De Montilac en un tono bien diferente:

—¿Cómo se atreve?

—¡Yo no trato con personas como usted! —le ha contestado el médico. Y, dirigiéndose de nuevo a mí, ha dicho—: Le pido disculpas, señora. Si quiere averiguar más sobre su accidente, ya sabe dónde encontrarme.

—¡Lárguese! —le ha gritado a la cara Archi.

Pamela me ha cogido de la mano y, poco a poco, nos hemos dirigido hacia mi cabina. El calor de la mona ha sido el mejor tranquilizante.

Los tres hemos pasado por varios vagones y a la altura del nuestro me ha sorprendido encontrar a otra persona. Mayor. Debía de tener unos sesenta años y he visto que me miraba fijamente. Por su aspecto, parecía una trabajadora del tren y no una pasajera. Habría dicho que salía de mi cabina.

Luego, con cierta urgencia, Archi me ha pedido la llave y ha abierto la puerta como si quisiera disipar una sospecha. Yo no podía controlar el temblor de mi cuerpo. Mi corazón aún seguía alterado por todo lo ocurrido.

Todavía me preguntaba qué había desvelado en el vagón restaurante. ¿Qué había dicho? Aunque Archivald insistía en que no he dicho nada.