La pasajera del Orient Express Capítulo 23
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Capítulo 23

La llamada al teléfono de la habitación le interrumpió la lectura. Lo miró con verdadera reticencia. ¿Quién seguía llamando a esos teléfonos de mesa? Pensó no contestar, pero al fin lo descolgó:

—¿Sí? —dijo con voz incierta.

—¡Flavie! —Su madre. ¡No podía ser!—. ¿Flavie? ¿Eres tú?

—Sí, sí. Hola, mamá, qué sorpresa.

—¿Me quieres hacer el favor de conectar tu móvil?

Flavie lo buscó en la mesilla de noche. Y le quitó el modo avión.

Y su paz desapareció.

Un sinfín de notificaciones le entraron de golpe, como una bofetada.

Todas eran de su madre.

Se había olvidado de avisarla al llegar al hotel. Por lo visto, la mujer había pasado la noche en vela imaginando escenarios horribles, llamándola, escribiéndole sin parar, a punto de avisar a la policía de Budapest. Y ella mientras tanto…

Sintió un ligero pinchazo en el estómago.

Los leyó por encima, rápido, casi sin respirar. Cada mensaje era una mezcla de preocupación, reproche y miedo. Con cada reproche, una opresión en el pecho. Sabía que no había hecho lo correcto.

—¿Mamá?

Pero su madre ya había colgado, probablemente más que enfadada.

Flavie, con miedo, se acarició el dragón.

Había cruzado una línea. Solo un paso fuera de su zona, y ya se había dejado llevar. Con una facilidad sorprendente, se había entregado a la noche. Al deseo. A no pensar. A no dar explicaciones. Y lo había hecho con una desenvoltura que todavía la descolocaba.

Lo más fuerte no era lo que había pasado. Era que, por primera vez en muchísimo tiempo, se había olvidado de su madre.

Había decidido sola, sin consultarla, sin medir cada posible consecuencia. Sin pedirle permiso.

Y, en el pequeño universo que habían construido las dos, era casi una traición.

Escríbeme.

Sube algo a Instagram, espero que no te haya pasado nada.

¡Veo que no te has puesto el traje previsto durante el día, sino el verde de la Comédie-Française! ¿Por?

Lo veo porque el camarero acaba de subir una foto tuya a tus redes, querida, en la que sales espectacular.

Ya han empezado a dar likes tus seguidores.

Enhorabuena, ¡vuelves a ser una estrella! Cómo te quiero, hija mía.

¿Dónde estás? ¿Has llegado al hotel? Me estás inquietando.

El último, hacía apenas veinte minutos.

¡Flavie, llámame! ¡O mira Instagram y explícame qué ha pasado!

Con el pulso todavía un poco acelerado, abrió su perfil.

Hacía días que se había desentendido bastante de sus redes.

Confiaba en que Nicolás estaba haciendo lo suyo.

Lo había visto sacarle fotos durante todo el viaje, sí, pero no se había parado a pensar en cómo la estaba mirando a través de la cámara.

Daba por hecho que el estilo estaba más que pactado antes de partir.

Error. Ahí estaban. Fotos nuevas. Subidas sin avisarla.

Sin preguntarle. Nada que ver con su línea.

Flavie en el tren. Con los conjuntos que su madre había aprobado —eso al menos seguía bajo control—, hablando con gente, sonriendo educadamente.

Con Fabrice, sobre todo. Demasiadas fotos con Fabrice.

Había varias de su parada en Múnich, y a Flavie le chocó la energía que se desprendía de ellas.

En todas, salía… distinta.

Sola. En el bar. Mirando por la ventanilla. Desconectada. Como si el mundo no fuera con ella. En varias parecía incluso vulnerable.

Había una en su cabina. De espaldas. No se veía nada explícito. Pero había algo. Intimidad. Cercanía. La presencia de alguien detrás de la cámara. Nicolás. Aunque no apareciera, estaba ahí. Se sentía.

Eso no era la marca. Eso no era el plan. Eso no era el personaje.

Nicolás no había entendido nada. O lo había entendido demasiado bien.

Y entonces la vio. Esa foto.

No estaba en su galería, sino en sus historias. Y eso era casi peor. Nacho se lo había repetido mil veces: «Nada de stories». Su perfil era intocable, estático como una vitrina antigua. Nada que pareciera improvisado. Todo debía sentirse eterno, como las fotografías de revistas imperecederas.

Y ahí estaba ella.

Ella. Desnuda. O casi.

Una imagen que no encajaba en absoluto con la escritora romántica que llevaba años interpretando. Con ese personaje recatado, delicado, que su madre había ayudado a pulir hasta el mínimo detalle.

Desnuda, aunque no se le veía nada.

La sábana blanca apenas la cubría. Transparente.

Movida por el aire… ¿O por su propio cuerpo?

La ventana abierta… ¿Cuándo la había abierto?

Fuera era noche cerrada. La foto mostraba lo justo para que todo temblara.

Una intimidad expuesta fuera de contexto.

Su piel, su pelo sobre la almohada, su cuerpo relajado en un abandono absoluto de placer.

Hasta que lo vio. Su dragón. En la foto aparecía abiertamente el tatuaje de su dragón.

—Dios mío…

Y en ese segundo lo supo. Nada volvería a ser igual.

Se quedó inmóvil en su cama, con el teléfono en la mano, pensando en cómo arreglar algo que ya había sido visto.

Nicolás. El chico con el que había pasado una de las noches más intensas de su vida.

¿Era exactamente lo que su madre siempre le había advertido?

Encantador primero. Peligroso después. ¿Qué se creía?

La furia empezó a subirle por el pecho.

¿Cómo había sido así de ingenua? Ella, que siempre había mirado esa vida de excesos, se había dejado llevar con muy poca resistencia por alguien a quien apenas conocía. ¿Nicolás se había aprovechado? ¿O había sido ella la que quiso olvidar las reglas por una noche?

El móvil sonó. Dudó unos segundos, como si contestar significara aceptar oficialmente la culpa.

—Nacho ya lo está solucionando —dijo su madre sin saludar siquiera—. Gracias al Photoshop. No ha sido tan grave. El chico ha retirado la foto. ¿Flavie? ¿No me vas a contestar?

—Lo siento, mamá.

—Ya. La próxima vez, ten más cuidado. Las redes son devastadoras. ¿Cómo ha podido sacarte una foto así? ¿Entró en tu cuarto? ¡Un empleado del tren! ¡Deberías denunciarlo!

Flavie no podía hablar. Las palabras no le llegaban.

—¡Un camarero que se cree un fotógrafo! Ya le dije a Nacho que era una malísima idea. Pero confiamos en ti… Felipe jamás habría hecho algo así. Es un profesional de los pies a la cabeza.

La voz de su madre bastaba para desestabilizarla, y cada una de sus frases era como un puñal.

Acababa de pasar la noche con ese chico, y ahora lo oía reducido a una anécdota vergonzosa.

Y su madre lo comparaba con Felipe, un viejo repugnante que siempre iba con su pitillo en la boca sacándole fotos los jueves por la tarde en su estudio, ese antro lúgubre que no se iluminaba más que con luz artificial.

Ni siquiera fue capaz de defender a Nicolás. Ni de defenderse.

—¿Te has ido tomando la medicación? Igual ha sido eso… Tú no eres así.

Flavie no contestó. La tomaba a veces. Cuando se acordaba.

La mujer seguía hablando con su retahíla de instrucciones.

—¿Estás escribiendo? No nos has mandado nada. No olvides que de eso va el viaje.

La frase consiguió apagarle la rabia. De repente, ya no estaba ni enfadada. Estaba cansada. Se oyó calmando a su propia madre con voz aburrida.

—No te preocupes. Hablaré con él. No volverá a pasar.

—¿Te imaginas lo que he sentido al verte así? Con todo lo que nos ha costado llegar hasta aquí…

—Entendido, mamá. Ahora tengo que dejarte.

Y colgó. Al fin.

Se dejó caer en la cama. Aunque podía sentir en su recuerdo el físico de Nicolás entre las sábanas, en su cabeza todo era ruido. Agarró de nuevo el cuaderno y se propuso olvidarse de su existencia las horas que le quedaban por delante.