Capítulo 22
El desayuno en el Orient Express es un ritual envuelto en calma y sofisticación. Los ventanales amplios del vagón restaurante dejan filtrar por la mañana una luz intensa en este principio de primavera. Me gusta esta atmósfera, llena del aroma del café recién hecho, pan tostado y mantequilla fresca.
Los pasajeros van llegando poco a poco y, con un discreto «buenos días», se instalan en sus mesas, vestidas con manteles blancos y vajilla de porcelana fina.
Ellos con sus chaquetas elegantes y ellas con trajes de entretiempo se acoplan a la perfección al decorado de este tren singular.
Son los únicos momentos que interactúan, ya que la mayor parte del tiempo se confinan en sus cabinas.
A estas horas del día, el murmullo de las conversaciones nunca se eleva demasiado.
Como una orquesta, consigue mezclarse con el suave tintineo de las cucharillas y el crujir del pan en la boca, dejando que siga entre nosotros la tranquilidad de la noche.
Me recuerdan a los desayunos en nuestro hotel, aunque aquí todo me resulta más sofisticado.
En esas estaba cuando, de repente, una noticia inesperada ha partido la atmósfera como un cuchillo. Ni su velocidad ni su hermetismo han bastado para contener la grieta invisible que, en pocas horas, se convertiría en noticia en todos los periódicos de Francia.
El rumor venía del vagón número uno, ese compartimento apartado, cerrado a cal y canto, reservado al presidente francés, Paul Deschanel, y a su comitiva de hombres sombríos.
Alguna vez los habíamos visto pasar por nuestro vagón con un apremio poco habitual, como fantasmas vestidos de frac, pero no se detenían.
Al parecer, el presidente llevaba más de veinticuatro horas desaparecido.
De ahí la urgencia de sus acompañantes por los vagones.
Hasta que se ha descubierto lo que ha pasado de verdad: en plena madrugada, mientras el tren seguía su marcha, Paul Deschanel abrió la ventanilla de su cabina presidencial y, sin miedo a la muerte, se arrojó.
Ahora que el paisaje desfila a toda velocidad sin permitirme siquiera quedarme con una imagen, me pregunto a qué mente humana puede ocurrírsele tal cosa.
Solo y en pijama, fue descubierto en una estación después de haber deambulado por las vías, medio en sueños, al menos un par de horas.
Uno de los camareros lo ha relatado con todo detalle, aunque él lo acababa de oír de un revisor: al parecer, el presidente apareció en una estación cercana cubierto de barro y musgo, descalzo y con los ojos muy abiertos.
¿Adormilado todavía?, nos hemos preguntado.
El restaurante entero parecía perdido en hipótesis cada vez más inciertas.
¿Paul Deschanel habría intentado suicidarse?
Por lo visto, el presidente se encontró en esa estación con un revisor y se dirigió a él con frases inconexas, nombrando cosas imposibles.
Lo único que dejó claro en su declaración fue el calor insoportable que sentía dentro de su cabina.
Por eso, explicó a la prensa hace unas horas, abrió la ventanilla y se tiró.
Durante el desayuno, que se anunciaba tranquilo, la noticia ha corrido como un soplo de viento helado.
En la mesa contigua a la mía, el discreto caballero de negro —el que siempre acompaña a la bella mujer española que parece vivir al borde del sueño— se ha girado hacia el doctor Jean de Montilac y, con voz medida, ha buscado una explicación lógica.
—Es pronto —ha respondido De Montilac tras una pausa teatral—, pero parece que el presidente no estaba despierto. Al menos, no del todo.
—¿Sonambulismo? —ha preguntado el conde de Toulouse, que esta mañana desayunaba solo.
—Doctor, ¿cree usted que es posible comprender lo sucedido? —ha intervenido la estadounidense con su acento recortado y su chaqueta de tweed , más recatada de lo habitual después de lo sucedido la pasada noche.
El camarero, aún con la bandeja en la mano, se ha atrevido a participar:
—He oído que lo han encontrado unos trabajadores ferroviarios, quienes al principio lo confundieron con un paciente fugado de un manicomio.
—Quizá simplemente bebió demasiado, ¿no le parece, doctor? —ha dicho alguien desde la mesa del fondo en un tono más escéptico que burlón.
Jean de Montilac ha inspirado con calma, como si disfrutara el arte de desmontar teorías y volver a ser el centro de atención.
—Todo es posible, todo es posible —ha repetido—.
Pero el sonambulismo es poco probable. Por lo general, quienes padecen ese trastorno no se lanzan al vacío —ha explicado mientras cruzaba las manos sobre el mantel—.
Lo ocurrido al presidente apunta a algo más profundo.
Podría ser lo que se conoce como el síndrome de Elpénor.
El estadounidense, que hasta ese momento había permanecido en silencio, se ha inclinado hacia delante con una sonrisa torcida.
—¿Y qué demonios es eso? ¿Otra manera elegante de locura?
El doctor De Montilac, indiferente a la ironía, se ha permitido una breve digresión, casi poética:
—Hoy en día se evita clasificar la mayoría de los comportamientos extraños bajo la etiqueta de «locura», se prefiere darles un nombre y un cuerpo.
Elpénor fue un joven remero de Ulises. Durante su estancia en la isla de Circe, bebió más de la cuenta y se quedó dormido en una terraza.
Al despertar, confundido, se precipitó hacia el vacío.
No recordaba dónde estaba, no sabía quién era. Y cayó.
Todos hemos guardado silencio. Solo se oía el traqueteo sordo del tren, un latido irregular que parecía no encontrar la calma.
—El síndrome lleva su nombre —ha continuado De Montilac—. Es un trastorno del despertar. El cuerpo está activo, sí, pero la conciencia queda rezagada. Quien lo sufre puede caminar, hablar, incluso tomar ciertas decisiones, pero lo hace desde un lugar opaco, como si aún estuviera sumido en un sueño.
La condesa de Toulouse, que acababa de llegar hacía unos minutos, ha intervenido:
—¿Y eso se cura?
El doctor ha guardado silencio un instante mientras observaba su taza de té como si allí flotara la respuesta.
—A veces el cuerpo despierta…, pero el alma tarda más.
—¿Y qué va a pasar con todos sus ministros, que siguen deambulando por el tren? —ha preguntado Archi.
Su voz, más firme y elevada que la de los demás, ha roto el ritmo de la conversación.
Incluso el tema principal, diría yo. Por un instante, el murmullo general se ha suspendido.
Había en su pregunta una preocupación distinta, casi práctica, que se desviaba del relato inverosímil de lo sucedido.
El vagón entero se ha vuelto hacia él, no tanto por la duda que formulaba, sino por la manera en que la ha lanzado, como si temiera que lo inspeccionaran a él también.
Pero, para mi sorpresa, pronto ha vuelto a surgir esa ligereza casi teatral con la que el vagón restaurante parecía protegerse de lo absurdo.
—Quizá ahora podamos aprovechar la agradable biblioteca que le habían preparado para sus tardes —ha comentado el discreto acompañante de la española en un tono entre la broma y la seriedad.
—¿Qué me está contando? ¿El Orient Express tiene una cabina biblioteca? —se ha asombrado el estadounidense.
—¡Y no solo eso! —ha contestado el camarero, encantado de seguir hablando—.
La mayoría de esas comodidades se han instalado exclusivamente en el vagón presidencial.
Todo para el confort de nuestro querido presidente y su séquito de ministros.
No sé si se han dado cuenta, pero son fáciles de reconocer: a demanda de monsieur Deschanel, deben ir vestidos de frac, incluso durante el desayuno.
—Es cierto —ha confirmado una pasajera—. Me llamó la atención al principio. Luego vi que ni comen ni cenan con nosotros, sino en otro vagón restaurante.
—Y, ahora que monsieur Deschanel ya no está —ha intervenido el acompañante de la mujer española—, ¿podremos usar esas instalaciones? La biblioteca, repito, el restaurante, el salón presidencial…
—Vamos, caballero, la cocina sigue siendo la misma —ha dicho otro pasajero en un tono que mezclaba condescendencia hacia el extranjero y una pizca de ofensa porque se hablara así de su presidente.
—No se crea —ha indicado el camarero bajando la voz como si revelara un secreto de Estado—. El presidente trajo también a su propio cocinero.
Y en ese momento, como si el tren lo hubiese intuido, un ligero aroma a trufa y consomé ha cruzado el vagón.
Algunos se han mirado. Otros han sonreído en silencio.
En el fondo, nadie sabía muy bien si todo había sido un escándalo o una fábula.
Pero estaba claro que la historia ya pertenecía a los relatos que acompañarán al tren a partir de hoy.
—¡Esto nos pasa por elegir a un presidente que no es realmente francés! —ha soltado alguien desde una mesa cercana, sin que estuviera claro si ese personaje buscaba ofender o simplemente agitar la conversación.
—¿A qué se refiere? —ha preguntado con curiosidad el acompañante de la bella mujer que hasta el momento era, como yo, la única en permanecer al margen, en su caso ajena a esa conversación que debía de parecerle irrelevante.
—¿No lo sabe usted? Paul Deschanel es belga.
Se ha producido una breve pausa, no tanto por la sorpresa como por el gusto de saborear un nuevo detalle capaz de explicar todo.
—Pero eso no es lo peor —ha añadido otra voz—. Se le conocen ciertos comportamientos que, por decirlo con elegancia, podríamos calificar de excéntricos. Dicen que pasó horas subido a un árbol en los Campos Elíseos. Vestido de gala. Como si esperara algo… o a alguien.
—Sí, bueno —ha dicho una mujer de voz suave—, pero tiene un corazón que ya lo querrían muchos otros políticos. Por lo menos, no pretende fingir lo que no es.
—Afortunadamente, el tren iba despacio —ha explicado el camarero—. Si no, estaríamos hablando de un presidente a punto de ser enterrado.
—Insisto, si hubiese moderado su afición por el alcohol, tal vez estaríamos desayunando con un presidente y no hablando de un fugitivo en pijama.
Muchos en el restaurante han soltado una carcajada.
Los presentes parecían reconocer que, más allá del escándalo o la rareza, había en aquel hombre caído por la ventanilla algo profundamente humano, cómico, salvado por esas manos del destino que, venidas de no se sabe dónde, consiguen operar por medio de extraños milagros.
Ha sido entonces cuando ha hablado una mujer que siempre lleva puestas unas joyas antiguas, una mujer menuda, de unos sesenta años.
—Mi marido también hablaba dormido —ha dicho mientras giraba la cucharilla en su taza de café—. A veces no sabíamos si soñaba o deliraba. Pero nunca se cayó por una ventana. Él solo se dejaba caer por dentro…
Aunque nadie ha parecido entender a qué se refería, tampoco le han preguntado al respecto. Solamente Archi parecía más impaciente de lo necesario y, de forma objetiva, ha querido volver al terreno firme de los hechos.
—Me imagino que todos ustedes se han dado cuenta de la abertura de las ventanillas de las cabinas.
Se ha hecho un silencio distinto. Como si, de repente, todo el vagón estuviera pensando en su cabina.
—Nadie —continuó—, ni siquiera con el físico delgado del presidente, sería capaz de pasar a través de esa estrecha apertura. Y ahora, si me permiten, me retiro a mi habitación. Esta conversación está afectando a Pamela y a mí está dándome un intenso dolor de cabeza.
Su salida —de nuevo fuera de lugar— me ha hecho gracia. Había conseguido pasar al vagón entero de la farsa al retrato íntimo de lo que no se dice.
Luego, como era de esperar, la conversación ha regresado a su cauce, a su tono más cómodo, más ligero.
Y entonces Archi me ha mirado y ha intuido acertadamente que yo también deseaba retirarme.
Me ha esperado a la salida del restaurante, pues, apenas ha dirigido la vista hacia mí, he entendido su discreta invitación.
Me he levantado y he ido hacia él y Pamela con el rostro inclinado hacia el suelo, el pelo caído sobre mi lado deformado.
Como siempre, he conseguido que nadie se percatara de mis movimientos.
Absolutamente nadie.
Aunque ahora, pensándolo bien, debo reconocer que he notado un ligero cambio en la compostura del doctor De Montilac.
Al llegar a nuestro vagón de tercera, Archi y Pamela han entrado en su cabina de inmediato ya que ella parecía mareada.
Y, mientras yo abría la mía, he notado que alguien, unos pasos más atrás, me observaba y he visto una sombra.
Sin el menor atisbo de duda, he sabido que se trataba del famoso doctor De Montilac.