Capítulo 21
Flavie y Nicolás despertaron bien entrada la mañana, atravesados por una luz intensa y descarada que se colaba sin filtro por el inmenso ventanal. Con la urgencia de la noche anterior, ninguno de los dos había pensado en detalles prácticos; las cortinas seguían abiertas de par en par.
A Flavie le costó unos segundos ubicarse.
Había dormido profundamente, sin sueños, como cuando el cuerpo cae rendido después de algo que lo desborda.
Tenía la mejilla apoyada en la espalda tibia de Nicolás.
El sobresalto fue breve; bastó un instante para que el recuerdo le devolviera el final del día anterior: el paseo con Nicolás, la conversación, el abrazo, la llegada al hotel de la mano, los besos…
y ese deseo profundo que se había apoderado de ellos como un incendio imposible de apagar.
La habitación olía a piel, a perfumes mezclados, a noche sin pausa. La ropa de ambos desparramada desde la entrada hasta la cama era casi un timeline visual de lo que había pasado.
Entrecerró los ojos al mirar hacia la ventana.
Cuando consiguió enfocar, vio un parque de vegetación frondosa abajo, seguramente el jardín del hotel.
Se levantó, agarró una camiseta y, descalza y con el pelo revuelto, abrió la ventana una rendija.
El aire cálido de la mañana entró como una ráfaga limpia.
Nicolás se movió apenas sintió el vacío.
—¿Qué hora es? —dijo con voz espesa.
Había en él una naturalidad desarmante, como si haber dormido a su lado no fuera algo extraordinario.
—Buenos días. Son las once.
—¿Qué? ¡Madre mía, estoy muerto!
Ella sonrió mientras él, medio zombi todavía, buscaba sus vaqueros tirados en la entrada de la habitación.
—Perdona, ¿de dónde has sacado ese «madre mía»? Creo que es como de mis abuelos.
—Qué graciosa… Cuando tú me expliques lo del dragón ese que llevas tatuado en el brazo, hablamos —dijo él agarrando los vaqueros y poniéndoselos como podía—. ¡Me largo! Te veo en el tren. Acuérdate de que sale a las cinco y media.
Le dio un beso rápido —demasiado rápido— y salió.
La puerta hizo clic.
Y a Flavie no le dio tiempo a decir nada.
De repente, soledad total.
Sintió una pizca de dolor como cuando todo es demasiado real y, de pronto, desaparece. No era tristeza exactamente. Era más bien un eco. Pensó en escribir a Marissa para ver dónde demonios estaba. Pero al final no lo hizo.
De nuevo ella y su dragón… Con gesto aprendido desde que se sentía abandonada, Flavie se acarició el antebrazo. Volvió a la cama y se recostó entre las sábanas blancas, revueltas y fuera de sitio. El olor seguía ahí, denso, casi táctil. Se dejó caer hacia atrás y se quedó mirando el techo.
Bastaba pensar en el regreso a Madrid —su madre, Nacho, los libros, la imagen— para que algo se tensara dentro de ella. No tenía ni idea de dónde iba a colocar aquella noche en el relato ordenado de quien se suponía que era.
Nicolás.
El nombre le atravesó el pecho.
Lo apartó con suavidad, casi con cuidado. Se dijo que, en el peor de los casos, sería eso, un paréntesis precioso. Un deseo antiguo guardado en una carpeta interior que casi había olvidado que existía.
Volvió al instante del primer contacto en la calle, cuando la ayudó a subirse a la bici.
Al abrazo en el ascensor del hotel, cuando empezó a rozar el cuerpo de Nicolás, a sentirlo sólido, seguro y al mismo tiempo impulsivo, como si ambos hubieran hecho un pequeño salto en el tiempo y regresaran a una versión más joven de sí mismos.
Recordó sus manos. Firmes pero cuidadosas. Como si Nicolás quisiera asegurarse de que ella no desaparecería. Como si estuviera intentando llegar más allá de la piel y alcanzar su alma. Se estremeció solo de pensarlo.
Hacía años —años de verdad— que no sentía algo así.
Sabía que no tenía lógica. Que no encajaba.
Que no tenía futuro en ningún esquema razonable.
Y, aun así, tumbada en una habitación de hotel en una ciudad que apenas situaba bien en el mapa unas horas antes, notaba que algo dentro de ella se desperezaba.
Como si hubiera estado en modo avión demasiado tiempo.
Pero la calma duró poco.
Un pensamiento incómodo se coló sin pedir permiso: Nicolás no era el chico adecuado para ella.
Desde aquel primer amor que lo había condicionado todo, había habido otros, claro. Amores breves. Silenciados. Relaciones que no dejaban huella visible. Una pestaña privada de su vida. Nada que alterara la narrativa perfecta de lo que deliberadamente estaba construyendo con su madre.
Nacho se lo había repetido como un mantra: «No basta con escribir historias, tienes que vivir de manera que resulten creíbles».
Y Flavie entendió muy pronto que eso significaba proteger cierta imagen, sostener cierta coherencia.
Como sombras que apenas tocaban la superficie de una vida que debía mantener intacta.
Por eso, Nicolás no entraba en sus planes, sino tan solo en sus sueños.
Nada ni nadie podían romper el delicado equilibrio de su vida, ese filo transparente que se extendía al borde de un abismo. Todo lo que había construido —cada mentira, cada ficción tejida con cuidado— pendía ahora de un hilo.
Lo hacía por ella, por supuesto, pero también por su madre, que, como tantas veces explicaba con lágrimas en los ojos, había tenido que paralizar su propia juventud, sus estudios y sus proyectos vitales para «entregarse en cuerpo y alma» —eran sus palabras— a esa niña que había llegado sin padre después de unas vacaciones en Francia.
«Podía haber abortado —le había repetido trillones de veces—, podía haberte dado en adopción, pero decidí tenerte».
El intenso dolor que acababa de aparecerle en el cuerpo le decía literalmente todo lo contrario. Las palabras de su madre, tatuadas en su mente, siempre eran acertadas. La lógica y la prudencia se imponían, incluso cuando el corazón parecía desafiarlo todo.
Nicolás sería su secreto.
De pronto, un viento frío se coló por la ventana, y Flavie se fijó en unas nubes negras que avanzaban despacio desde el horizonte. El cielo se tornaba menos cálido, menos azul de lo que había esperado esa mañana. Entonces acercó la mano a la mesilla y alcanzó el teléfono para pedir el desayuno.
La calma se había adueñado de la habitación. Mientras esperaba el café, aburrida, miró a su alrededor con atención, como si estuviera viendo el lugar por primera vez.
Los muebles eran elegantes, aunque sin alma: oscuros, relucientes, perfectamente pulidos, como sacados de un catálogo.
Las cortinas, claras y gruesas, caían hasta el suelo con ese aire que se respira en los hoteles que quieren parecer acogedores.
Lo contrario que su cabina del Orient Express, donde gracias a Louise, o quizá por su culpa, todo parecía vivido por esta última, como si ella hubiera traído su mobiliario junto con el diario que seguía en el bolso de Flavie.
En ese hotel, apenas un par de fotos en blanco y negro intentaban dar personalidad al espacio.
Y, presidiendo la habitación, una pantalla enorme.
El televisor. Eso sí lo tenía clarísimo: antes de dormirse lo había desenchufado.
No soportaba entregarse al sueño bajo la mirada muda de la tele, testigo de todo lo que ocurría…
Como si guardara secretos. Como si supiera demasiado.
Las conversaciones, los besos, las discusiones, las despedidas…
, todo quedaba registrado en esa mirada apagada.
Entonces empezó a llover.
La ciudad cambió de sonido en cuestión de segundos.
El olor a humedad entró por la ventana. Flavie se levantó para cerrarla y ante esa vista de abundante vegetación sintió paz.
Quedarse allí unas horas más, antes de la salida del tren.
Escribir. Leer. Pensar. Sin horarios. Sin expectativas.
Sin esa vida tan medida que llevaba siempre, donde cualquier error parecía un fallo en el sistema.
Sí. Aquello era exactamente lo que necesitaba.
Llamaron a la puerta. El desayuno. Antes de abrir, Flavie se ajustó el albornoz blanco que colgaba en el cuarto de baño de la habitación.
Un camarero entró con una bandeja: zumo de naranja brillante, café humeante, cruasanes recién hechos.
La dejó junto a la ventana sin mirarla apenas y se marchó sin que Flavie se diera cuenta.
Y, mientras saboreaba aquel cruasán de los pocos que saboreaba en su vida, se puso a leer de nuevo.