La pasajera del Orient Express Capítulo 20
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Capítulo 20

Al salir del restaurante, una ráfaga de aire fresco le revolvió la melena y la obligó a cerrar los ojos un segundo antes de mirar discretamente a su alrededor. Ni rastro de Nicolás.

Y en ese ínfimo vacío volvió esa sensación que conocía demasiado bien: la de estar sola cuando no quería estarlo. Se abrazó a sí misma, dudando. Pensó en pedir un taxi con su aplicación y regresar al hotel. Desaparecer. Se volvió, inquieta, sacó el móvil y…

—¡Flavie!

La voz cruzó la calle con claridad.

Alzó la vista y lo vio al otro lado avanzando en su dirección a contraluz, recortado por la iluminación suave de la plaza. La inquietud se esfumó de golpe. Nicolás llegó hasta ella casi sin aire, con esa sonrisa suya que parecía ir un paso por delante de su buen humor.

—¿Todo bien? ¿Tienes frío? —le preguntó clavándole la mirada—. ¿Has visto la luna? Está increíble. Tenemos una suerte…

Se puso a su lado y la cogió del brazo con confianza.

—Quiero enseñarte un par de sitios antes de que se apaguen las farolas. El puente de las Cadenas, por ejemplo. Desde ahí, las fotos son una pasada —añadió ilusionado—. Me conozco esta ciudad de memoria, la he recorrido mil veces por mi trabajo.

La calle Marczibányi se abría ante ellos casi demasiado perfecta. Las farolas antiguas dejaban charcos de luz sobre la piedra, y no había ni un alma mientras cruzaban el barrio dormido avanzando entre árboles quietos y fachadas claras de edificios señoriales.

Flavie levantó la vista hacia las ventanas iluminadas aquí y allá. Siempre hacía eso. Imaginar vidas detrás de las cortinas era una manía que había heredado de su madre, en sus paseos por París.

—No tenía ni idea de que Budapest pudiera ser tan romántica… y tan silenciosa —dijo bajando la voz, como si temiera romper el encanto.

Nicolás sonrió.

—No te creas. Esto es una versión tranquila. Hay zonas mucho más caóticas. En ocasiones, incluso hay música en las calles, conciertos al aire libre… Una vez, vi salir a Vera Tóth del Centro Cultural el Marczi. Iba sola, como si no fuera famosa.

—¿Es amiga tuya? No me suena.

Nicolás soltó una pequeña risa.

—¡Ya me gustaría! Vera Tóth es superconocida aquí. Cantante, jurado en programas, todo eso. Siempre impresiona ver a alguien a quien has escuchado mil veces caminando como si nada, ¿no te parece?

Flavie notó un leve pinchazo de vergüenza. A veces parecía que iba a destiempo con el mundo. Eso, hace años, no le habría pasado. Pero ya apenas escuchaba música. Nunca iba a conciertos. Su vida giraba tanto alrededor de escribir y las redes que casi no había en ella espacio para nada más.

Nicolás la miró de reojo. Algo en su expresión había cambiado; ahora caminaba más ligera, casi luminosa. La luna le dibujaba un perfil delicado.

—¿Sabes qué me pareces? —dijo él sin bromear—. Una joven diferente a cualquiera que haya conocido. Tienes algo… distinto. Eres elegante, dulce, lista… A veces, pareces un hada. Pero otras… es como que escondes algo. Pero bueno, ¡eh!

Flavie soltó una carcajada.

—Por favor, no te pongas intenso. Seguro que has visto a un montón de «hadas» en tus viajes en tren. Espera, que me cambio de zapatos. Igual así no te parezco tan elegante. Machacarme los pies de nuevo por calles empedradas, como en Múnich, ¡ni de coña!

Nicolás la miró divertido mientras Flavie sacaba de su bolso unas All Star más viejas que la propia Budapest.

—Ni una como tú. Y menos en el Orient Express. En mi pueblo, igual tendrías competencia, pero aquí… imposible.

Flavie lo miró con ternura. Y, por primera vez esa noche, sintió que la ciudad era solo de ellos dos.

Bajaron por las callejuelas que serpenteaban las colinas del castillo de Buda.

La luna lo envolvía todo en una luz irreal.

Budapest tenía algo melancólico, como si el paso del tiempo no se hubiera atrevido a tocarla del todo.

Y ese era exactamente el tipo de escenario en el que Flavie se sentía en casa: piedra antigua, fachadas gastadas, silencio con olor a humedad y a historia.

Desde el Bastión de los Pescadores, el Danubio partía la ciudad en dos mitades perfectas: Buda y Pest. Alguien había trazado con pincel una línea con trazo firme sobre un lienzo antiguo.

Se quedaron un momento sin hablar. Nicolás le hizo varias fotos, encuadrándola contra la noche azul, pero la joven ya no era esa niña de movimientos ligeros e inconstantes.

En su mirada se había posado cierta gravedad.

—¿Y tus gafas? —le preguntó él—. Me flipas con ellas.

—¡Olvídate de mis gafas! No me vuelves a ver con ellas en la vida.

Siguieron bajando hacia el puente de las Cadenas. Pasaron junto a librerías diminutas, ya cerradas, protegidas por rejas negras llenas de polvo. En los escaparates quedaban libros amarillentos, portadas desgastadas que parecían haber tenido más de una existencia.

—¿Alguna vez has pensado si tu vida está conectada con otras? —soltó Flavie pasando la vista de los libros a Nicolás.

—¿Te refieres a la gente con la que te cruzas? —respondió él con curiosidad—. Imagínate yo, trabajando en un tren, veo a cientos de personas que desaparecen para siempre en cuanto bajan al andén.

—No, no es eso —aclaró Flavie, y bajó la mirada un segundo—. Me refiero a gente de otra época. De otros tiempos.

—Pues… la verdad es que no —reconoció Nicolás con una sonrisa a medias.

A veces sentía que ella vivía en una frecuencia que él no lograba sintonizar, pero, precisamente por eso, no podía dejar de mirarla.

Mientras Flavie caminaba perdida en sus propios pensamientos, él se dedicó a congelar cada movimiento con la cámara.

Las fotos eran su forma de procesar el mundo, su filtro personal. Eso lo tenía claro.

Empezó a buscar su propio ángulo en ellas, pasando de las indicaciones de Nacho o de lo que diría su madre. Esa noche, Flavie se sentía distinta, más real. Y Nicolás tuvo la certeza de que, por fin, la mujer que aparecía en su pantalla era la verdadera.

Era como si Flavie desfilara en cada gesto.

En ocasiones, se quedaba quieta frente a una ventana iluminada, donde la luz marcaba sus facciones.

En otras, su mirada seguía la carrera de un gato que se escabullía por los jardines privados de alguna casa.

Y él capturaba esos momentos fugaces, consciente de que probablemente no volverían.

Flavie, acostumbrada a las cámaras, no se daba ni cuenta.

De pronto, frente a un camino que parecía no terminar nunca, se dejó caer sobre un banco de hierro.

—Nicolás, a ti te encanta caminar, ¿verdad? —dijo apoyando los codos en las rodillas.

—Bueno… —respondió él—, es que aún nos queda un buen rato hasta el hotel. Y aquí, como ves, no pasa ni un coche. Pero… ¿y si cogemos una bici?

—¡Buena idea! —exclamó Flavie con una sonrisa traviesa que iluminaba toda su cara.

—Ven, seguro que hay algunas por aquí.

Nicolás miró en su móvil y localizó la más cercana de esas típicas estaciones de alquiler con candado y soporte, que casi siempre parecen imposibles de abrir.

Se pasó unos minutos averiguando cómo sacar las bicis de allí. Mientras tanto, Flavie decidió aprovechar para soltar otra pregunta de las suyas:

—En la cena, con los señores Fergusson, hablamos de una joya que desapareció en 1920 en el Orient Express. ¿Has oído algo sobre eso?

Nicolás frunció el ceño. Le costaba encajar esa historia con el momento presente. El silencio entre ellos se llenó del sonido lejano de la ciudad.

—No —dijo al fin—. ¿Una joya de uno de los pasajeros?

Su voz sonó honesta, si bien algo desconcertada. Flavie lo miró de reojo.

—Justo.

Nicolás pensó unos segundos.

—Ni idea… Que yo sepa, no han desaparecido joyas en el Orient Express. Se sabría. Pero imagínate toda la gente que ha pasado por ese tren: reyes, estrellas de cine, la famosa Flavie Sardou… —La miró con complicidad.

—¡Muy gracioso! —respondió burlona—. Y la joya desaparecida también me está esperando.

—Un momento… —dijo Nicolás de repente—. ¿Has dicho que fue en 1920?

—Dudó unos segundos. Hasta que algo se encendió en su mirada—.

En esos años, el Orient Express no era lo que es ahora.

Iba y venía con más frecuencia. Y Charlotte me contó una vez que…

Creo que fue en ese mismo año, 1920, que el presidente de la República francesa saltó por la ventanilla del tren en marcha.

Flavie volvió el rostro, sorprendida.

—¿No se llamaría Paul Deschanel? —respondió entusiasmada.

Nicolás sonrió, orgulloso de haberla podido ayudar con un dato que ella ignoraba.

—Solo sé que estaba bastante loco y…

—Espera —lo interrumpió Flavie—. Es interesante que menciones la locura.

—¿Por qué?

Ella se quedó pensativa unos segundos.

—Por fin alguien me cuenta algo importantísimo.

—¡No entiendo nada! —exclamó Nicolás—. Pero ahora coge tu bici, que te llevo volando a la cama de tu hotel.

Y de nuevo se arrepintió de lo que acababa de decir. Flavie apenas esbozó una sonrisa divertida, sin darse por aludida, y se ajustó la chaqueta con un gesto rápido. Se lanzó sobre la bici con agilidad y salieron disparados.

El viento, extranjero y fresco, les azotaba el rostro, y por un momento se sintieron completamente libres, suspendidos entre las ruedas y la noche. Solo existía la brisa sobre las hojas de los árboles y el eco de esa ciudad que apenas conocían.

A medida que descendían hacia el centro, las luces urbanas crecían, cálidas y vivas. En la plaza Fövám tuvieron que frenar, pues algunos comerciantes recogían sus puestos con movimientos rápidos, guardando cajas y manteles. Nicolás señaló uno de los edificios.

—El Gran Mercado Central —dijo—. A esta hora está cerrado, pero por la mañana te encantaría. Venden de todo: fruta, especias, bordados antiguos…

Flavie se inclinó hacia los cajones de madera y exploró con los ojos como si aún pudiera descubrir algún secreto escondido. Iba detrás de Nicolás, y él se giraba de vez en cuando para asegurarse de que lo seguía, para retener en su mirada ese hilo rojo que ya los unía sin palabras.

Se detuvo un momento. Nicolás levantó la cámara, y Flavie lo miró sin moverse. Sus grandes ojos parecían más verdes con la luz de las farolas. No hizo falta hablar; cada gesto, cada tensión de su cuerpo, era respuesta suficiente. El deseo se volvía imagen, eterno en el instante capturado.

Llegaron al hotel, donde todos los pasajeros del Orient Express pasarían la noche, y subieron a la habitación de Flavie con el pulso acelerado y el aliento entrecortado como dos viajeros que se reencontraban después de un largo camino.

Por primera vez, nadie los esperaba en una ciudad donde eran extraños en un mundo que no les pertenecía… , y quizá, por eso, libres.

Se desnudaron con esa urgencia propia de quienes saben que el tiempo se escurre, dejando que las manos exploraran cada curva, cada sombra de sus cuerpos. No había prisa ante la noche infinita, pero sí intensidad.

Se reconocían en el silencio, en la urgencia envuelta en deseo, en el contacto de los labios y en el tacto de la piel. Cada gesto era un diálogo sin palabras.

Y la habitación se volvió el refugio de Flavie, su territorio, su instante retenido, mientras la ciudad seguía su ritmo allá fuera.

Cerró los ojos y sintió que no existía nada más que ese momento: ni pasado ni futuro ni trenes ni estaciones.

Solo ellos dos, suspendidos entre el deseo y la certeza de que esta noche quedaría grabada en su memoria para siempre, no como un final, sino como un fragmento que los empujaba hacia todo lo que todavía les quedaba por vivir.