Capítulo 19
El restaurante elegido para la cena se encontraba en el corazón de la parte antigua de Budapest, entre calles empedradas y edificios modernos.
La capital había sido severamente dañada durante su asedio en la Segunda Guerra Mundial por las fuerzas germano-húngaras, y, salvo en contadas calles de aquella zona, apenas quedaba en la ciudad piedra sobre piedra que rindiera homenaje a su esplendor pasado.
Sin embargo, cuando Flavie entró en el Bobo’s Harry’s Bar, la envolvió un ambiente inesperadamente acogedor.
Una música suave amortiguaba el rumor de los comensales y una luz tamizada ofrecía la calma que necesitaba.
Grandes lampadarios descendían desde el techo como racimos de cristal suspendidos en el aire.
La decoración, exuberante y minuciosa hasta el último detalle, evocaba una época esplendorosa.
Reconoció, mesa tras mesa, el rostro de varios pasajeros del tren.
La cena formaba parte del viaje, pero allí, en esa sala, tenía la sensación de que no eran ellos quienes habían descendido del Orient Express, sino el propio tren el que se había deslizado hasta Budapest sin perder su elegancia.
El salón reproducía con exactitud un estilo art déco refinado y teatral , como si el espíritu del viaje se hubiera trasladado a tierra firme.
De vez en cuando, Flavie percibía murmullos. Sabía que hablaban de ella. Incluso vio a Marissa de espaldas, sentada a una mesa con otros influencers.
Flavie había llegado la última, como siempre. En realidad, no se había enterado de que un autobús salía de la estación de Budapest en dirección al restaurante y tuvo que tomar un taxi siguiendo las indicaciones del revisor.
Un camarero impecablemente vestido se le acercó al instante sosteniendo una bandeja con copas de champán.
Flavie tomó una sin decir palabra y buscó a Fabrice con la mirada en un ambiente de luz tamizada, hasta que, al caminar entre las mesas, pudo oír esa voz cantarina que habría reconocido incluso entre el bullicio de un mercado de El Cairo. Fabrice se alegró nada más verla.
—¡Querida, eres como un ángel! Por un instante, pensé que no acudirías.
Bienvenida al Bobo’s Harry’s Bar —dijo—.
No tiene nada en común con el Harry’s de Venecia, por supuesto, pero aquí también puedes degustar unos cócteles deliciosos.
¡Oh! Veo que, una vez más, te ha ganado el champán…
Un poco de aventura, escritora, o este viaje no va a darte ni una página que merezca la pena.
—Encantada de volver a verte, Fabrice —le contestó ella—. Hay días que uno no necesita aventuras, sino una buena cena con personas agradables.
Y, dirigiendo una sonrisa a la pareja que lo acompañaba, se sentó junto a ellos, dejándose caer con una naturalidad forzada en la banqueta tapizada de terciopelo granate rodeada de abultados almohadones.
Fabrice se la quedó mirando unos segundos.
—Estás cambiada, querida. Pero sigues exuberante. Te presento a dos nuevos pasajeros del Orient Express, Thomas y Sarah Fergusson. Vienen de Chicago, y son grandes coleccionistas de joyas antiguas. Según me han contado, están tras la pista de un tesoro perdido.
—¿Un tesoro perdido? —repitió Flavie, como si esas palabras pudieran ser el inicio de una novela.
La pareja estadounidense soltó una carcajada franca, casi desentonando con la atmósfera tan medida del lugar. Fue Sarah quien tomó la palabra.
—Mi marido y yo llevamos todo el viaje comentando que usted es simplemente divina. ¡Posee unos vestidos que son la envidia de todo el tren! Este verde que lleva hoy, por ejemplo, ¿de dónde lo ha sacado? Necesito uno igual.
Flavie sonrió, esta vez con algo más de reserva. Sabía que su ropa despertaba curiosidad, pero no siempre estaba dispuesta a revelar sus fuentes.
—Me temo que eso va a ser complicado… Son compras que hace mi madre en las ventas privadas de final de temporada de la Comédie-Française.
Los Fergusson intercambiaron una mirada confusa.
—¿No es eso un teatro?
—Justo —respondió Flavie con la misma naturalidad—. Y esas ventas apenas duran unas horas.
Visiblemente aburrido del tema textil, Fabrice se inclinó hacia delante, dispuesto a reconducir la conversación.
—Los Fergusson coleccionan joyas antiguas, querida —repitió—. Siguen la pista de una leyenda que, si no me equivoco, se remonta a los años veinte.
—A 1920, para ser precisos —intervino Thomas Fergusson en un tono impaciente y con un aire algo brusco, poco habituado al arte de la conversación—. A lo que el señor Lussac se refiere…
—Llámeme Fabrice —lo interrumpió este con una sonrisa cortés y quizá con el deseo de aparentar menos edad.
—Bien —continuó el estadounidense, y le devolvió la sonrisa—.
A lo que se refiere Fabrice es a una historia que descubrí en unos documentos que compré en una subasta.
Pertenecían al archivo del Orient Express y datan de hace casi un siglo.
Entre ellos, hay un inventario policial que menciona varios incidentes ocurridos durante el viaje de 1920.
También se conservan los interrogatorios a los pasajeros y los empleados que iban a bordo en aquel trayecto.
—Entonces, existe un archivo… —dijo Flavie pensando que nadie la oía.
El sonido del restaurante los envolvía, mezclando el rumor de las copas con las conversaciones acaloradas de todas las mesas que retumbaban en una sala de techos altos y mala sonorización.
Flavie los observaba, sin saber aún si lo que escuchaba era una anécdota o el inicio de algo que, de algún modo, también la incluía.
—¿Ha dicho usted 1920? —quiso confirmar.
—Sí —respondió el señor Fergusson—. Aunque por entonces el tren cubría distintos trayectos más o menos largos.
No estoy del todo seguro de que fuera en ese mismo trayecto donde desapareció la joya que busco.
Pero el documento menciona algo interesante: en aquel tren viajaba el famoso Archibald Oswald Nerea, quien, como quizá no sepa, acabó sus días en Estambul. Y por eso hay sospechas de que…
—¿Archibald Oswald Nerea? —Flavie había identificado el nombre que aparecía en el diario de Louise.
—¡Vamos, querida! —exclamó Fabrice con una sonrisa—.
Archibald, además de ser un multimillonario chileno, fue uno de los grandes impostores del periodo de entreguerras, si no el mayor.
Un auténtico ladrón de guante blanco. En cuanto sepas más sobre él, estoy convencido de que acabará convertido en uno de los personajes de tus novelas —añadió guiñándole un ojo con complicidad.
—¿Es usted escritora? —intervino Sarah Fergusson, y la miró con una admiración que parecía sincera.
Flavie notó el calor ascenderle a las mejillas. Una idea, vaga al principio, empezó a tomar forma con una claridad incómoda: la coincidencia entre las dos historias no podía ser del todo casual.
Y si no lo era…
Sintió un leve vértigo.
Tal vez Louise no había aparecido en su vida por azar. Tal vez no era solo literatura ni una obsesión nacida de las muchas horas que había pasado leyendo el diario.
¿Y si, en realidad, Louise hubiera llamado a su puerta para que la ayudara?
¿Era posible que alguien desde otro tiempo hubiera estado esperando precisamente a que ella la escuchara?
—Así es —dijo Flavie sin apartar del todo la vista de Fabrice—. Pero ¿a qué te refieres con «impostor»? ¿Y por qué los señores Fergusson lo buscan?
Fabrice hizo girar la copa entre los dedos mientras contemplaba cómo el vino reflejaba la luz de la vela.
—Cuando digo «impostor», me refiero a un hombre fantasioso.
Un embaucador. Alguien que convirtió su vida en una fábula constante.
Ese Archibald Oswald Nerea creció en un circo y aprendió allí sus trucos, su magia, sus cambios de imagen.
Mentía con elegancia y enredaba a todos en historias que nadie sabía si eran ciertas o simplemente demasiado bien contadas.
Lo curioso es que desapareció también ese mismo año, en 1920.
—Una especie de Marissa Lozano —murmuró Flavie, que no tenía la menor intención de revelar sus fuentes.
—¿Quién ha dicho usted, mademoiselle? —intervino Thomas Fergusson—.
Durante la Primera Guerra Mundial, ese caballero trabajó de espía.
Hablaba varios idiomas, transformaba su imagen hasta el punto de ser capaz de hacerse pasar por varios personajes y su carácter, con todo el mundo, era extraordinario.
Durante aquel viaje, consiguió burlar las aduanas francesa, húngara y rumana, y a un espía del rey de España…
Consiguió escapar de todos, y hacer desaparecer una joya de valor incalculable, creada por Van Cleef parecía que, con el vaivén del cristal, también se agitaran sus propios recuerdos.
—A veces, los objetos y los lugares guardan secretos que solo esperan a que alguien los encuentre —dijo al cabo mirando a Flavie—. Ojalá tú encuentres uno de esos secretos.
Ella asintió con una mezcla de curiosidad y algo parecido a una emoción. Notaba el rastro de escepticismo en la voz de Fabrice, como si no la acabase de creer del todo. Sin embargo, daba igual, la mente de Flavie ya había despegado de allí.
La conversación sobre joyas y ladrones había sido fascinante, pero, a medida que la cena alcanzaba su fin, su mente regresaba a la cabina; Nicolás le había prometido Budapest y, sin embargo, aún no lo había visto.
—Bueno —dijo la señora Fergusson en ese tono práctico que siempre lograba romper el hechizo—. Suficiente historia por hoy. Háblenos de sus libros… Sin duda es usted una autora de éxito.
Flavie sonrió al tiempo que contenía apenas una risa ligera.
Dedicó a Fabrice y a los Fergusson un gesto impecable, puro protocolo, mientras les soltaba un resumen rápido de las aventuras de Ziana, su alter ego de papel.
Su corazón, mudo y acelerado, ya estaba en otra parte.
Apenas lograba hilar dos frases con sentido, y, por supuesto, ni siquiera registró el sabor de lo que tenía en el plato.
Al terminar la cena, Fabrice le lanzó una mirada breve que Flavie entendió al instante: era hora de levantarse. Se despidieron con cortesía de los señores Fergusson, y, mientras cruzaban el restaurante hacia la salida, él le comentó en voz baja:
—Si hablas de tus novelas con ese entusiasmo tan… discreto, me temo que no venderás demasiados ejemplares.
Flavie soltó una pequeña risa.
—Tranquilo. Ziana ya sabe defenderse sola. Y esto no ha hecho más que empezar… Prepárate para lo que viene.
Fabrice guardó silencio unos pasos, observándola avanzar con esa determinación casi imprudente que tanto lo intrigaba.
—Eres un cúmulo de sorpresas, querida —dijo al fin—.
¿Me puedes explicar qué más sabes sobre ese Archibald Oswald Nerea?
Me has dejado francamente desconcertado.
Aquel viaje de 1920 es uno de los episodios del Orient Express que más me inquietan; hay algo que no termina de encajar.
Y tú… ¿no mencionaste ayer que sentías la presencia de una mujer en tu cabina?
Si mis investigaciones no van desencaminadas, fue precisamente allí, en la cabina dieciséis, donde todo empezó.
—No sabía que ahora te dabas aires de Sherlock Holmes —soltó Flavie mientras sacaba el móvil del bolso y quitaba el modo avión.
De inmediato comenzaron a entrarle notificaciones: varios mensajes de su madre, uno de Nacho… y otro de un número desconocido. Dudó un segundo antes de abrirlo y leerlo: «La noche, tan perfecta como tú, nos aguarda para tu sesión de fotos en Budapest. Te espero fuera del restaurante. Nicolás».
Un escalofrío le recorrió la nuca. No supo poner nombre a lo que sentía. ¿Eran ganas? ¿Quizá miedo? ¿O esa intuición femenina de que algo estaba a punto de empezar? El champán le nublaba un poco la cabeza, pero una cosa tenía clara: no pensaba perderse esa noche.
Notó entonces la mirada de Fabrice sobre ella, fija, analítica, como si hubiera captado cada matiz de su reacción.
—Iba a invitarte a otra copa de champán —dijo con calma—, pero sospecho que esta noche la juventud tiene mejores planes.
Flavie apenas lo escuchó. Guardó el móvil.
—Lo siento, Fabrice… Hablamos mañana —murmuró, ya a medio paso.
Se volvió hacia él apenas un segundo, lo justo para regalarle una sonrisa rápida, y se esfumó. Dejó tras de sí un rastro leve de almizcle y flor de azahar, y continuó andando con la certeza de que aquella historia de 1920, olvidada durante más de un siglo, podía esperar unas horas más.