Capítulo 18
Cuando Flavie abrió los ojos, la luz la golpeó de lleno como si el sol la estuviera llamando desde hacía días. Parpadeó varias veces. ¿Qué hora era?
Buscó con su mano el móvil debajo de la almohada.
Las once. Las once de la mañana. «Imposible», murmuró todavía atrapada entre el sueño y la realidad.
El móvil seguía en modo avión. Ni alarmas ni vibraciones.
Temía el momento de activarlo. De lo mal que dormía, hacía años que no necesitaba despertadores.
¿Se habría tomado demasiados somníferos?
La idea le atravesó el pecho con un ligero sobresalto.
A veces hacía cosas en automático —como tragarse unas pastillas sin pensar— y solo era consciente cuando, al día siguiente, debía enfrentarse a las consecuencias.
Vio la caja de píldoras en el suelo y lo entendió todo. Luego, recorrió la cabina con la mirada: la manta caída en el suelo, el ordenador todavía abierto, y ella aún vestida con los vaqueros de la víspera.
Había estado escribiendo. No, leyendo. O las dos cosas. El cuaderno de Louise.
¡Ya podía haberla despertado antes el traqueteo del tren! Sintió un hambre feroz. ¿Hacía cuánto que no comía? Y sentía un intenso dolor de cabeza. Entonces se acordó del botón rojo y lo pulsó como quien precisa auxilio.
Esa vez apareció una camarera vestida con cofia, y Flavie le pidió desde la puerta una cafetera llena y una caja de galletas.
—¡Urgente! Por favor.
El Orient Express avanzaba hacia Budapest, adonde llegarían en unas horas. Budapest… La palabra le hizo cosquillas en el estómago.
Se volvió a recostar en la cama y se comió la caja entera de galletas.
Encendió el móvil. Durante un buen rato se quedó respondiendo a los mensajes de su madre, largos, llenos de recomendaciones innecesarias, y los de Nacho, mucho más breves, prácticos. No había nadie más en su vida, a pesar de sus miles de seguidores, pensó. Y ese pensamiento le oprimió el estómago.
Después miró las redes.
Nicolás había seguido subiendo fotos del viaje.
Ella aparecía vestida de mil maneras: en el tren, caminando ligera por el pasillo, en el restaurante; en el bar, hablando con Fabrice, incluso con Marissa…
Pero ¿cuándo le había hecho todas esas fotos?
No recordaba haberlo notado tan cerca. Tampoco que hubiera estado tan pendiente.
Incluso había subido una de ella desayunando, con el café y el cruasán en la mesa. Flavie se incorporó un poco, sorprendida. ¿En serio? Luego cayó en la cuenta y no pudo evitar sonreír. La foto era del primer día. La misma blusa.
Al menos, pensó dejando caer la cabeza otra vez sobre la almohada, nadie creería que se había quedado durmiendo a pierna suelta mientras el mundo seguía moviéndose sin ella.
Se levantó. Abrió discretamente la puerta de su cabina para ver si el resto del tren seguía tan quieto como ella. No oyó nada. Volvió a cerrar la puerta, decidida a no salir hasta que se hallaran cerca de Budapest.
Supo que estaban a punto de llegar cuando el tren comenzó a desacelerar.
Abrió la ventanilla y dejó que el aire frío despejara sus ideas. Respiró hondo. Era distinto. Más húmedo, más urbano. El aire de Budapest.
En la distancia, bajo una bruma blanquecina, la ciudad húngara latía con fuerza.
Ese bello lugar de camino a Oriente era sin duda el escenario perfecto para las fotos que le había pedido Nacho.
Incluso el aire le resultaba decadente…, ideal para esa Flavie de los sueños de su madre y su editor, pero ¿lo era para ella?
Seguramente pasaría tiempo con Nicolás. La idea le produjo ligereza y apartó el pensamiento de ser una impostora.
El programa del viaje anunciaba una cena de lujo en el restaurante más exclusivo de la ciudad. Se recomendaba una vestimenta elegante: traje largo para las mujeres, esmoquin para los hombres. Después, pasarían la noche en el hotel Gresham Palace.
Budapest sonaba a promesa.
Abrió el armario. Entre los trajes colgados, encontró el que buscaba, un vestido con una etiqueta escrita a mano por su madre: «Tercera cena, Budapest».
Por un lado, le resultaba práctico que su madre pensara por ella. Por otro, esa previsión la estrangulaba, literal, como si no fuera dueña de sí misma. Se obligó a no pensar en eso; sabía que podría arruinarle la velada.
Decidió olvidarse de su madre. Olvidarse de toda responsabilidad y dejarse llevar por lo que vendría.
Buscó otra opción. Hasta que la vio: un vestido verde esmeralda ajustado a la cintura y con un escote en forma de corazón. Perfecto. Tenía algo en sus pliegues —infinitos, deslizantes— que la hacía sentirse ligera y libre como una mariposa.
Su madre lo había adquirido en una de aquellas ventas secretas de la Comédie-Française, cuando liquidaban el vestuario que se había usado en el escenario la temporada anterior.
En una pequeña etiqueta escondida en el forro, leyó el nombre de su antigua dueña: «Claire de la Rüe du Can» .
Y, junto a ella, otra nota: «Ismène, Phèdre ».
Flavie adoraba esa historia. Le gustaba imaginar que el vestido guardaba una vida secreta, una memoria silenciosa de amores imposibles entre Ismène e Hippolyte, de emociones encubiertas y giros caprichosos del destino.
Se lo puso. Le traería suerte.
Pero, al mirarse en el espejo, Louise apareció con una violencia inesperada. A Flavie se le disparó el corazón y estuvo a punto de caerse.
En el espejo, la otra mujer de pelo negro y mirada incesante la observaba como si exigiera respuestas. Esa vez, Flavie no tuvo dudas. Era Louise y no Ismène.
—¿Qué quieres? —gritó al espejo intentando dominar la respiración.
Y entonces oyó una palabra: «Busca».
Flavie se dejó caer en la cama, llevándose una mano al pecho. Tenía que serenarse. Tanto leer el diario maldito la estaba afectando, se dijo. Estaba confundiendo planos. Mezclando épocas. Vidas que no eran la suya.
Su disociación. El psiquiatra le dijo que estaba «curada». ¡Ni de broma! Sacó de su bolso el Abilify y se metió dos de golpe. Le haría efecto en unos veinte minutos.
La historia de Louise se adhería a su piel. Y supo que ambas habían conocido el encierro por culpa de la madre. Aunque el de Louise le parecía más atroz. Más tangible.
Encerrada en vida en un cuerpo desfigurado. ¡Eso era mucho peor!
—¡Para! —se ordenó a sí misma en voz alta tratando de contener ese dolor súbito que le atravesaba el pecho.
«Respira, respira despacio», la voz de su psiquiatra acudió a su rescate.
«¿Qué clase de encierro es el tuyo?». Otra voz la cruzó como un relámpago.
Y, de pronto, algo se aquietó.
El dolor disminuyó. La angustia se replegó. El temblor perdió fuerza. Como si haber formulado la pregunta correcta le hubiera devuelto el control.
Las pastillas le bajaban tanto el volumen del mundo que su mente se quedó en un estado de vacío voluntario.
Ni un atentado en directo la habría sacado de ese off.
Agarró el neceser y, con la ilusión de una niña, estuvo a nada de inventarse una mirada nueva hasta que el espejo diminuto de su blush le escupió la realidad: estaba fuera de foco.
De pronto le vino a la mente su particular hada madrina: Marissa Lozano.
Literal. Alcanzó el móvil, entró en su perfil en Instagram y le escribió un mensaje directo: «En la dieciséis.
¿Te vienes? Ya estás tardando». Su mente seguía en un stand-by de terciopelo, una calma tan densa que hasta la historia de Louise seguía siendo solo ruido de fondo.
Marissa apareció como un relámpago con esa energía eléctrica que siempre la precedía. Traía consigo su caja de maquillaje, ese artefacto brillante de «transformación de realidad» que Flavie ya conocía bien, una especie de botiquín mágico capaz de borrar las capas del tiempo.
—Me has pillado en pleno apagón —murmuró Flavie dejándose caer en la silla—. Necesito un reset de cara urgente, ahora mismo no soy capaz ni de acertar con el pintalabios.
Marissa se detuvo en seco y escaneó el rostro de su amiga con la precisión de una experta.
—¡Pero bueno! ¿Qué te has hecho? Si pareces una versión pálida de ti misma. Venga, tú relájate y no digas nada. —Marissa observaba ahora su piel como si fuera un lienzo en blanco, una superficie lista para ser reinventada—. Yo tengo para rato, y pienso devolverte el color.
Flavie obedeció, sintiendo el primer contacto del pincel, una caricia fría que notó como un bálsamo sobre su piel febril.
—No permitas que me quede dormida, ¿vale? Es que creo que se me ha ido la mano con las pastillas, y estoy en pausa.
—Ya veo… —respondió Marissa mientras le aplicaba una base ligera con movimientos circulares, casi hipnóticos—. Pero, tranqui, déjate llevar por el proceso. Nos espera una noche de muerte en Budapest y, si es por mí, no vas a perdértela.
Bajo los párpados cerrados, Flavie empezó a notar cómo el peso del tratamiento se transformaba por la dulzura de Marissa.
Sentía sus dedos difuminando el corrector, el suave roce de las sombras, el aroma a talco y rosas que desprendía.
Hacía tiempo que no se sentía tan acompañada, envuelta en esa intimidad silenciosa.
Cuando Marissa terminó con un toque final de fijador, Flavie abrió los ojos; el vacío de la cabina se había llenado de un brillo nuevo, casi irreal. Se miró en el espejo de su amiga y, por primera vez en mucho tiempo, reconoció a la persona que le devolvía la mirada.
—Lo has clavado. Te adoro —dijo, asombrada de cómo el maquillaje había conseguido devolverle lo que era.
—¡A que sí! —exclamó Marissa, y cerró su maletín—. Bueno, me voy volando, que tengo mil cosas que hacer antes de que lleguemos. ¿Te sientes más humana?
—Me siento más yo.
—Lo sé.
Marissa se colgó el maletín al hombro, pero antes de cruzar la puerta se detuvo un segundo para echar un último vistazo alrededor.
—Por cierto —soltó con un guiño—, me flipa tu cabina. Tiene una vibra increíble. Nos vemos en un rato.
Y se fue.
El tren acababa de detenerse. Flavie metió lo último que necesitaba en su bolso y, al echar a andar, sintió una ligereza desconocida.
Dentro del bolso, la silueta del cuaderno la acompañaba como una promesa.
Aquella historia —la que ahora empezaba a escribirse bajo su piel— le pertenecía solo a ella.
Y esa, al menos, nadie podría robársela.