La pasajera del Orient Express Capítulo 17
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Capítulo 17

El tren avanza con una cadencia singular, como si arrastrara, además de las personas que viajamos en él, los susurros de vidas que nunca llegaron a destino.

Fuera, Europa desfila entre brumas, paisajes detenidos y estaciones que siguen guardando resquicios de una guerra difícil de olvidar a pesar del histrionismo de estos pasajeros que gritan a deshoras y solo piensan en divertirse.

En estos escenarios que ofrece la propia vida, siempre pienso en mi madre.

Aquí, si yo hubiera sido ella, si hubiera sido Augustine, habría sabido cómo comportarme en este tren rodeada de este barullo de gente.

Ella habría sabido cómo imitar esa falsa satisfacción.

Esa alegría que todos llevan colgada de sus vestimentas, de sus abultadas y llamativas joyas como prendas recién adquiridas.

Aunque al pasear por los vagones, al cruzarme con sus cuerpos, empiezo a notar que, bajo ese disfraz de cortesía, cada uno guarda un monstruo que no quiere revelar.

Yo me siento desubicada.

Cuando la locomotora se detiene en las estaciones por las que pasamos, algunos hombres bajan a fumar.

Entre ellos, ya me suenan algunos rostros de tanto observarlos en el vagón restaurante, en el bar, donde todos se agolpan alrededor de platos suculentos y copas rebosantes de alcohol.

Reconozco al español que camina de arriba abajo de la estación aspirando el humo de sus finos cigarrillos.

Al conde de Toulouse, con su enorme puro humeante.

Varios, vestidos de negro y con sombrero, caminan apresurados de un lado a otro del andén con las manos en los bolsillos.

Deben de ser los acompañantes del presidente.

Reconozco también a policías y a periodistas en este tren que nos aleja a todos de nuestras pequeñas penurias.

Pero ni rastro del médico a quien me gustaría observar, desde la distancia, como si yo fuera un reflejo inverso de su mirada incrustada sobre los otros.

A diferencia de los demás, mi viaje no es turístico.

Probablemente, no sea la única con una misión.

Es evidente que mi vecino con su mona huye también de algo.

Quizá sea ese sentimiento lo que más nos une.

Leo en sus ojos la misma urgencia que en los míos.

Lo único que sé es que no debo detenerme.

Y, mientras él trata de descifrar mi destino, yo trato de impedir que lo descubra.

Porque también hay algo cruel en la manera en que ciertas personas ignoran mi rostro deformado.

En cuanto el tren vuelve a su marcha, a su cadencia lenta pero segura, ambos volvemos a estar a salvo. Una especie de tregua muda entre dos desconocidos que saben demasiado bien lo que es tener que inventarse una nueva identidad.

Esta noche, en el vagón restaurante, ha ocurrido algo que aún resuena en el aire.

El doctor Jean de Montilac, cargado de una autoridad que parecía heredada de su época en la Salpêtrière, ha hecho de las suyas.

En plena cena susurrante y contenida, la joven estadounidense que viaja con su marido para celebrar la luna de miel se ha atrevido a interrumpirlo.

Ligeramente ebria, en un francés incierto pero cargado de intención, le ha dicho en voz alta para que el resto del vagón se enterara:

—Me han contado que usted es uno de los grandes expertos en hipnosis.

Mientras los pasajeros suspendían sus conversaciones, el doctor De Montilac se ha girado despacio y ha tardado unos segundos en alzar la mirada hacia la rubia del pelo suelto.

Todos en el vagón, incluso los más distraídos, como la pareja de españoles, hemos levantado la vista en su dirección.

En silencio, los ojos del médico parecían diseccionar a su nueva paciente.

Luego, con una calma que helaba, ha contestado:

—En diez minutos, en tan solo diez minutos, usted caerá en un sueño profundo. Y le advierto: nadie, ni yo, podrá controlar lo que usted diga a partir de ahí.

Ella se ha reído sin el menor decoro, encantada de haberse convertido, por fin, en el centro de atención. Su gesto descubría una frágil vanidad que podía significar arrepentimiento.

—¿Aquí mismo? —ha preguntado con una voz que sonaba ligeramente hueca.

—Por supuesto —ha respondido De Montilac sin pestañear—. A no ser que tenga usted algo que esconder.

No sabría decir si había sombra en su tono o simple malicia. La joven ha vacilado un segundo, ha buscado la complicidad de su marido —un hombre apenas presente que no parecía entender lo que estaba pasando— y él le ha hecho un gesto con las manos invitándola a participar.

El vagón ha enmudecido. Hasta Pamela parecía contener la respiración.

Yo, desde mi mesa del fondo, con el medio rostro siempre oculto por el sombrero de madame, fingía mirar el reflejo negro de la noche cerrada a través de la ventanilla. Pero no me perdía ni una sola palabra.

La escena acababa de empezar.

Con una calma exagerada, el doctor De Montilac se ha levantado sosteniendo su cuerpo con el bastón que le ha entregado su mujer.

Luego, se ha sacado unas gafas del bolsillo derecho de la chaqueta y se las ha colocado en la punta de la nariz.

Ha observado a la estadounidense, que lo esperaba desprovista de vergüenza, animada por el alcohol, como si algo antiguo, quizá olvidado, se abriera paso en su interior.

Con suma cortesía, Jean de Montilac ha pedido permiso al marido para sentarse a su lado.

Y, una vez junto a ella, ha apoyado con suavidad la yema del dedo índice en su frente.

El silencio era tan profundo que se podía oír el murmullo del tren deslizándose sobre las vías y su silbido rompiendo el viento de la noche.

En apenas unos segundos —que se estiraron como si el tiempo se hubiera congelado—, la joven ha caído dormida. No relajada, no, profundamente dormida, como había predicho el doctor. Una parte de su mente había atravesado el umbral invisible de la conciencia.

He apartado la mirada como si la escena me trajera reminiscencias.

Mi madre me contaba que, ese instante en el que el paciente ya no era del todo dueño de sí, pasaba a ser una especie de marioneta en manos del médico.

Este se convertía en su dios. Según me explicaba ella al acostarme en la cama cuando me descubría retazos de verdad en medio de sus historias, ese era el momento más inquietante.

Entonces, Augustine se evadía de esa absurda realidad y se dejaba llevar por el sueño.

Al principio, Charcot ensayaba con ella en su consulta y luego durante sus clases, delante de los que quisieran asistir, tanto alumnos como profesores y demás público.

Ese mal, la histeria, fue denominado por él «la gran enfermedad».

Mi madre me contaba que llegó a sufrir más de cien ataques en un día.

Y como con ella ocurría con sus demás compañeras, también elegidas por el famoso médico, ya se tratara de Blanche, Jeanne, Lizette o Amandine, si se prestaban a la actuación de los martes.

Que, en ese caso, solo en ese caso, era fingida.

Aquí, en pleno vagón restaurante, el doctor De Montilac había transformado el ambiente por completo.

Él era, contra todo pronóstico, el verdadero protagonista como lo había sido en su día el gran profesor Charcot.

El vagón se ha convertido en teatro y De Montilac ha empezado a dar instrucciones a su inesperada paciente.

—Estás en el útero de tu madre —le ha dicho.

Y la estadounidense, sin vacilar, ha comenzado a comportarse como si lo estuviera.

El asombro ha sido general. El silencio, cortante.

Hasta el marido de la joven ha enmudecido.

Los murmullos crecían como una marea baja.

Para demostrar que no fingía, el doctor De Montilac ha levantado los brazos de la mujer.

Han caído inertes, como si fueran de trapo.

Hasta que, de repente, la señora De Montilac, con ese tono medio burlón que solo se permite quien se siente por encima del resto, ha mirado al esposo de la estadounidense y le ha espetado:

—Pregúntele lo que quiera saber. Si hay alguna duda en su matrimonio, ahora es el momento.

El comentario se ha recibido con risas nerviosas. El médico, en cambio, parecía desaprobar esa intromisión y, con voz grave y serena, ha dicho:

—La hipnosis no sirve para desvelar secretos ajenos, sino para liberar al paciente de traumas que lo habitan. No es honesto utilizarla con otro fin, de modo que preferiría que las preguntas tuvieran el filtro de la decencia.

El conde de Toulouse, ajeno a la delicadeza del momento, ha intervenido en tono jocoso:

—Oh, vamos, doctor… Esta pareja es joven. Basta verlos para saber que no hay sombras entre ellos. Por el amor de Dios, no les quite la espontaneidad.

La mujer de Montilac lo ha mirado con complicidad. Y él, atrapado en su papel, ha esperado la pregunta del marido.

—Rebecca, el 12 de diciembre llegaste a casa a las ocho.

Los martes siempre llegas a las seis y media, después de tu curso, para cenar juntos.

—El estadounidense ha hecho una pequeña pausa—.

Aquel día estabas extraña, el pelo menos arreglado que de costumbre, dijiste que hacía viento, que te habías entretenido con una amiga al salir de la academia.

Pero algo en ti me resultó distinto. No te creí del todo.

No hacía viento. Pero hoy quiero saber: qué hiciste, con quién estuviste, adónde fuiste.

La joven, sin abrir del todo los ojos, como si hablara desde otro lugar, ha comenzado a relatar:

—Al salir de la academia, Richard me esperaba.

Hacía tres años que no lo veía. Me dijo que llevaba meses buscándome y que supo de mí por el anuncio de mi boda con Philip Andrews.

Me habló de las chicas, de cuánto me echaban de menos…

, de cuánto me echaba de menos él. Me dijo que no debía estar contigo, gastando dinero, sino con ellos, viajando.

Que era de él y le pertenecía. Que él me había comprado en su momento.

Me reí. Para disimular mi temblor. Pero, dentro, algo…

algo se removió. Me cogió la mano. Me pidió que subiera a ese coche.

Me negué. Se puso tenso. No le gusta que le lleven la contraria.

Me di cuenta de que estaba sola, de que todas las demás chicas de la academia ya se habían marchado. «Sube al coche», me repitió.

»Aunque yo no quería, cuando a Richard se le mete algo en la cabeza, es imposible resistirse.

“¡No confías en mí, cuando me debes todo lo que tienes!”, me echó en cara.

Le respondí que mi vida era otra, que me había casado.

Que era feliz. “Por eso”, me contestó. Y, con una medio sonrisa en la boca, me contestó: “Sigues creyendo en los cuentos de hadas, muñeca”.

Me subí al coche y, nada más hacerlo, supe que era demasiado tarde, que volvía a estar en sus manos, a expensas de sus deseos.

Sentí su palma por mi pierna, su lengua por mi cuello y quise deshacerme de él, pero no lo conseguí.

El doctor De Montilac ha hecho un chasquido con los dedos, como si quisiera deshacer lo ocurrido.

Pero ya era demasiado tarde. Ante el relato, sin pausas, sin filtros, un profundo desconcierto se ha propagado por el vagón restaurante.

Las palabras se han quedado suspendidas en el aire mientras la gente se miraba sin saber qué pensar.

Pamela, alterada, ha comenzado a moverse impaciente, y Archi me ha mirado desconcertado desde la distancia.

Entonces, De Montilac ha tocado la frente de nuevo a la joven estadounidense y esta ha despertado.

Ha vuelto en sí como quien emerge de un sueño espeso y sin forma.

Ha abierto los ojos despacio, parpadeando, sin que su mente fuera capaz de recordar lo que acababa de suceder.

No ha tardado en recomponerse. Había una tensión nueva en el vagón, una electricidad sorda que podía estallar en cualquier momento.

Sus pupilas buscaban a su marido. Él estaba aún sentado, pero ya no era el mismo. La miraba sin reconocerla, con la boca entreabierta y esa expresión muda de los que acaban de asistir a una revelación imposible.

Con una especie de incredulidad dolorosa, el hombre se ha levantado sin decir palabra, y, con una lentitud solemne, se ha ido.

Ella estaba petrificada, con el eco de su marcha y los ojos llorosos. No entendía nada. «¿Qué he dicho?», nos preguntaba con la mirada a todos, pero ninguno de nosotros ha confesado. Solo le contestaba el silencio.

Yo fingía mirar hacia el otro lado de la ventanilla, desde donde ya no había más que oscuridad.

La noche, negra y callada, se me ha presentado como un pozo sin fondo, más allá del vagón, más allá de esa escena, y por un instante me he transportado de nuevo a aquel hospital, recuerdo constante de mi madre, y he sentido como debió de vivirlo Augustine.

Ese mismo desconcierto, esa manera de regresar de un lugar que no tiene nombre.

Las voces de esas mujeres me llegaban de un lugar lejano, y he sabido entonces que debía irme, ya que me estaba desmoronando.

Al levantarme para dirigirme a mi cabina, han aparecido delante de mí Archi y Pamela. Archi sostenía una copa medio vacía y tenía una sonrisa ambigua.

—¿Está usted bien? —me ha preguntado.

Pero me he dado la vuelta de inmediato, incapaz de contestar. Hasta que, de pie, de repente me he mareado. Entonces Archi me ha cogido del brazo y he notado que su firmeza me conducía hasta mi cabina mientras el pianista empezaba a entonar desde el bar las nuevas melodías que llegan de América.