Capítulo 16 #3
Al leer el diario de Louise, Flavie sentía que había algo inquietante en esa hija de Augustine.
Porque Louise estuvo en el Orient Express para vengar a su madre.
De eso iba la cosa. No de justicia ni de memoria, sino de venganza heredada, transmitida como un legado maldito.
Flavie no podía explicarlo con claridad, pero sentía en las palabras de Louise el peso de una misión que no era realmente la de esta.
Había algo perturbador, casi macabro, en todo ello.
Una puesta en escena que se revelaba por fragmentos y que no parecía conducir a ningún final feliz.
Louise se anulaba a sí misma para dejar paso a quien ella consideraba más fuerte: su madre.
O tal vez era esa Augustine que, a través del espejo, la manipulaba.
Esa idea le pareció absurda… Sin embargo, también ella se sentía incómoda ante ese objeto anacrónico, una especie de parche en el decorado del tren.
En él, en ese reflejo, las tres —ella incluida— se confundían.
Se levantó y volvió a desafiar al espejo.
La imagen no era evidente. Louise no estaba allí delante, sino que era su reflejo. Como si viniera de dentro. Oculta tras los rasgos de Flavie.
Bajo su cabellera rojiza, alborotada por la noche, asomaba otra, negra con algunos mechones blancos, y una mirada que le gritaba: «¡Ayúdame!».
Sintió un escalofrío breve y seco.
—¿Quién eres? —preguntó en voz alta. Pero el reflejo no respondió.
Un toque suave en la puerta la sacó de aquel ensimismamiento.
—¿Flavie? Soy Nicolás. Vengo a buscarte para la cena.
«¿La cena? ¿Ya?», pensó. En ese tren parecía que solo se vivía para comer. Abrió.
—Veo que sigues viva —dijo Nicolás en un tono casi burlón—. ¿Te apetece un solomillo en salsa de frambuesa trufada? Especialidad de nuestra chef.
Flavie le devolvió la sonrisa. La simple idea del solomillo le dio náuseas.
—¡Qué apetecible! Pero no, gracias, esta noche me la salto.
La decepción cruzó fugazmente el rostro de Nicolás. Se quedó frente a ella como esperando algo más. ¿Que lo invitara a entrar? Flavie no se movió. Por un instante creyó que iba a besarla. ¿O era ella quien lo deseaba? Pero él solo preguntó:
—¿Va todo bien aquí, en esta cabina?
Flavie lo observó intrigada.
—¿Por qué dices «esta cabina»? ¿Sueles comprobar que los pasajeros sigan con vida en el Orient Express?
Nicolás dejó escapar una risa breve, algo tensa.
—No, claro que no. Es solo que… te noto rara.
La frase se disolvió entre ambos. Flavie sintió ese tirón inexplicable que la acercaba a él: la forma en que la miraba, esa torpeza aparente que ocultaba algo más firme.
Se decidió.
—Pues la verdad es que no te ocultaré que me siento algo… rara —dijo al fin.
—¿Como si no estuvieras sola? —preguntó Nicolás mientras echaba un vistazo por encima de su hombro.
A Flavie le dio un vuelco el corazón.
—Justo. ¿Cómo lo sabes?
—Bueno —dijo él sin encontrar nada fuera de lugar—, supongo que los escritores nunca estáis solos. Siempre rodeados de vuestros fantasmas. Y desde que volvimos de Múnich tienes esa mirada…, como si algo te rondara.
Flavie reprimió una sonrisa. ¿Por qué la gente pensaba que los escritores eran una especie de locos que hablaban con seres inexistentes? Quizá en la época de Augustine la habrían encerrado a ella también en ese hospital.
—¿Sabes quién estuvo aquí antes?
Nicolás vaciló.
—¿A qué te refieres? —preguntó, evidentemente dudando antes de contestar—. No lo sé. Este tren ha estado sin usarse durante años. De antes… habrá archivos, supongo. La historia de este lugar tiene lagunas. Y contradicciones.
No quería inquietarla; lo sabía. Su hermana Arancha le había explicado que ciertos escritores cuentan demasiadas cosas en sus libros.
—¡No, hombre! Otros pasajeros.
—¿A qué te refieres? —repitió.
Nicolás echó otro vistazo al interior de la cabina. Esta vez notó algo en el aire, una vibración sutil que no supo explicar. El silencio se volvió a instalar entre los dos, hasta que él lo rompió:
—No estoy seguro —admitió—. Esta cabina es… distinta.
—¿Distinta en qué sentido?
Nicolás bajó la mirada, como si ya se arrepintiera de sus palabras.
—Pregunta al señor Lussac. Parece saber todo sobre el Orient Express.
Un nudo leve se formó en el estómago de Flavie. Fabrice. Era evidente que sabía mucho más de lo que le había dejado entrever la víspera.
Volvió a fijarse en Nicolás. La honestidad que se filtraba en su voz, esa vulnerabilidad apenas disimulada. Y eso empezaba a ser peligroso.
El ruido del tren llenaba el espacio entre ambos.
—Tengo que irme —dijo finalmente—. Me esperan en el restaurante. ¿Seguro que no vienes? Puedo traerte algo… más tarde.
En sus ojos brillaba una invitación que iba más allá de la cena. Permaneció un segundo más sin moverse, como si esperara que Flavie cambiara de idea. Luego se apartó.
—No —respondió ella con suavidad.
Lo vio alejarse por el pasillo. Y, justo antes de abrir la puerta del otro vagón, Nicolás se dio la vuelta y le dijo:
—Mañana paramos más tiempo en Budapest. Te acompañaré.
Flavie no contestó. Se apoyó en la puerta cerrada, con el pulso acelerado.
Y, de nuevo sola, retomó la lectura del diario.