Capítulo 16 #2
Esa noche, mi madre huyó del hospital de la Salpêtrière, y nadie más volvió a saber de ella. Años más tarde, me enseñó los recortes de prensa. Pronto dejó de ser noticia y ya nadie se acordó.
Unos golpes del otro lado de la puerta me sacan de mi sueño. Tardo en reaccionar. Hasta que al fin comprendo. Estoy en un tren y alguien me está llamando.
—¿Sí? ¿Quién es? —pregunto.
—¿Señorita Louise? El tren se acaba de detener en Viena.
Reconozco la voz del revisor. Insiste con sus golpes. Pero no contesto. En cuanto oigo que se aleja me levanto y voy directa hacia el espejo. En su reflejo siempre la veo a ella. Augustine. Mamá. La miro y asiento.
Llevo su vida puesta sobre mi piel como un disfraz. Su rostro me da fuerzas para seguir avanzando en mi propósito.
El revisor vuelve.
—Dese prisa, señorita Louise.
Entonces me invade una pregunta que no logro espantar: ¿tiene sentido todo esto? Me miro por última vez en el espejo y me convenzo.
Esta venganza es mi legado, mi testamento de sangre y silencios.
Ante el tercer golpe en la puerta, contesto.
—Gracias, pero me voy a quedar en mi cabina.
El revisor se aleja definitivamente.
Flavie deja la lectura. Inquieta por lo que acaba de leer, camina unos pasos por esa cabina que, todo hay que decirlo, le resultaba demasiado pequeña, estrecha, asfixiante.
¿O es el personaje? Abre la ventanilla. El viento consigue serenarla, después de lo que ha leído.
La violación de Augustine. La identificación de Louise con su madre. El propósito de Louise.
Si ha entendido bien, Louise se sube al Orient Express en 1920 siguiendo los pasos de uno de los médicos que trató o, mejor dicho, maltrató a su madre, a Augustine.
Ella conocía ese nombre. Lo habían estudiado durante sus clases de francés en primero de Bachillerato sobre el feminismo con los textos de Olympe de Gouges.
Se acordaba porque esas clases sobre mujeres que habían conseguido emanciparse, salir a la calle y gritar su libertad le habían dado un impulso que seguía vivo en su interior.
No hay que olvidar a Olympe de Gouges ni a Mary Wollstonecraft, recordaba.
Habían visto con su profesor en el aula la película Augustine, que acababa de estrenarse en Francia sobre el famoso médico Charcot.
El filme trataba de la histeria y de las famosas veladas de los martes de Charcot en el hospital de la Salpêtrière, a las que acudían los psiquiatras del momento.
Recordaba que la película mostraba que entre la joven paciente y su médico había surgido una relación, pero nada sobre otros médicos.
Sin embargo, Louise no contaba exactamente eso.
Más bien aludía a que en ese hospital ocurrían todo tipo de abusos por parte de los demás también.
Decidió mirar en internet. Se mencionaba a Augustine, la famosa paciente del doctor Charcot.
Llamada la «loca de Charcot», ingresada a los quince años tras una infancia de abusos y silencios.
«Víctima de castigos corporales, abusada por su tío, violada por el marido de su madre».
Y enferma de «histeria», el diagnóstico de esa mujer llamó la atención.
Aquella niña que, según los registros, sufría hasta ciento cincuenta ataques de histeria al día se había escapado un día del hospital de la Salpêtrière sin dejar rastro.
De pronto, Flavie recordó un artículo de Guy de Maupassant que leyó hacía unos años y que entonces le había parecido una sátira ingeniosa, pero que ahora le retumbaba con amargura.
Lo buscó hasta que dio con él en internet.
Con el título Une femme , había sido publicado en el periódico Gil Blas el 16 de agosto de 1882. Decía así:
¿Estás enamorada? Eres histérica. ¿Eres indiferente a las pasiones que conmueven a otros?
Eres histérica, pero una histérica casta.
¿Engañas a tu marido? Eres una histérica, pero una histérica sensual.
¿Robas piezas de seda de una tienda? Histérica.
¿Mientes? Histérica. ¿Eres codiciosa? Histérica.
¿Estás nerviosa? Histérica. ¿Eres a fin de cuentas lo que son todas las mujeres desde el principio de la historia? ¡Histérica! ¡Histérica!
El artículo entero, de hecho, parecía haber sido escrito sobre todas esas mujeres que no encajaban.
Ese mismo año de 1882, en el que Maupassant escribió Une femme , Charcot fundaba su escuela de neurología en la Salpêtrière, a la que acudirían los médicos y psiquiatras más reputados del momento: Sigmund Freud, que pasó tres años aprendiendo de la mano de Charcot; Joseph Babinski y Gilbert Ballet, por citar algunos.
Pero no fue solo Charcot. Muchos otros médicos, hoy menos conocidos, participaron en esa fiebre de diagnósticos femeninos.
Entre ellos, leyó Flavie en la pantalla de su portátil, Jean de Montilac.
Un psiquiatra con un futuro prometedor que acabó relegado al olvido. «¡Aquí te tengo!», pensó.
Aprendidas de su maestro Charcot, las prácticas de hipnotismo de Jean de Montilac no pretendían curar, sino algo más inquietante: desvelar.
No era sanación lo que hacía ese hombre, era revelación.
Como si bajo los síntomas se escondiera otra verdad, más profunda, más incómoda.
Una verdad que solo podía arrancarse a la conciencia dormida de las mujeres.
Por tanto, otra manera de poseerlas. No solo a través de sus cuerpos, sino a través de su conciencia.
En esa época, y con el propósito de dar mayor difusión a sus descubrimientos, Charcot abrió al público sus demostraciones de los martes por la tarde.
Lo que ofrecía en ellas, sin embargo, se parecía más a una función de circo que a una sesión médica.
Su actriz: Louise Augustine Gleizes. La paciente convertida en espectáculo.
En esas sesiones, Augustine, la actriz involuntaria, era hipnotizada y «curada» bajo la mirada de decenas de hombres. Hombres que la observaban como a un experimento, como a un cuerpo ajeno, disecado.
Debía representar el ataque. Simular una crisis. Encarnar la histeria. Y, mientras tanto, Albert Londe o Paul Régnard —los fotógrafos oficiales del hospital— la capturaban en imágenes: poses convulsas, extremas, casi obscenas.
Flavie miró las fotografías de Régnard en internet.
En ellas, las enfermas conservaban su rostro, tan joven, tan blanco, tan trágico que parecían cadáveres congelados en el gesto exacto del padecimiento.
Y, aun así, se apreciaba cierta teatralidad, una especie de consentimiento forzado, un pacto invisible entre el dolor y la supervivencia.
Había algo de voyerismo en todo aquello, pensó, y no era tan distinto del que ella cultivaba en las redes.
Al cabo de unos minutos, tuvo que apartarse del portátil.
Sintió un ligero mareo, un temblor en las manos, como si algo —una corriente antigua, subterránea— la hubiese atravesado sin aviso.
Se levantó de la silla donde llevaba un par de horas intentando descubrir cierta conexión entre el cuaderno y la realidad.
No era solo el horror de lo leído. Era una incomodidad más profunda, una sensación que le nacía de dentro, como si al leer sobre Augustine su propio cuerpo hubiera despertado y se hubiera hecho consciente de sí, de sus gestos, de su memoria.
¿Hasta qué punto heredamos el dolor de otras mujeres? ¿En qué parte de la piel se guardan esas historias de sufrimiento, de obediencia?
¿Qué había de común entre ellas dos? Nada, se repitió Flavie una y cien veces. Nada… Y, sin embargo, la afectaba como si fuera su propia historia.
Augustine, tendida ante una sala llena de miradas ajenas. Su cuerpo, sus poses, su crisis teatral… ¿Acaso todo eso no se parecía a sus propias representaciones? Y, en ese instante, oyó la voz de su madre indicándole dónde debía pisar, qué debía llevar puesto, cómo debía sonreír.
No era la misma violencia, no. Pero no estaba lejos de serlo. Y, como ella, Augustine aceptaba. Por amor.
Se tumbó en la cama aún deshecha y se abrazó a sí misma.
La desaparición de Augustine fue un acto de huida o de liberación, nunca se supo con certeza.
Pero había algo —difícil de nombrar, imposible de ignorar— que unía a esas mujeres: Augustine, Louise, su madre, ella misma.
Se entrelazaban como piezas de un rompecabezas incompleto, como hilos sueltos de una misma historia que alguien, en algún momento, silenció.
Quizá su tarea no era entenderlo todo, pensó Flavie. Quizá bastaba con contar. Mirar de frente y escribir.