La pasajera del Orient Express Capítulo 16
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Capítulo 16

Al llegar a la estación, el tiempo se volvió real. Pantallas parpadeando, puertas que pitaban, esa urgencia europea que no espera a nadie.

Saltaron al tren cuando este casi partía y en el pasillo se rieron los dos de la aventura mientras se cruzaban con otros pasajeros que acababan de subir. Nicolás miró la hora y palideció.

—Vale. Esto es oficialmente un desastre —dijo pasándose la mano por la nuca—. Llego con una hora de retraso. Me harán un juicio público en las cocinas. Se me va a caer el pelo. Bueno, más aún.

Flavie quiso decir algo, pero Nicolás ya había desaparecido por el pasillo hacia otro vagón y el Orient Express emprendía su movimiento.

Sola, lo primero que hizo fue arrancarse los zapatos. La carrera final por la catedral después de horas posando le había dejado los pies llenos de pequeñas heridas.

—Genial —murmuró al examinarse un talón.

Su madre, tan previsora, le había llenado el neceser de infusiones relajantes, gotas milagrosas y algún que otro consejo doblado en papelitos. «Para cuando la cabeza se te vaya», le había dicho. Pero no había metido ni una sola tirita, que era lo que ahora necesitaba.

Puso los pies descalzos en el suelo del vagón. El frío la recorrió con una delicadeza inesperada. Como si el tren, en su indiferencia metálica, le ofreciera un respiro.

De repente, alguien chocó con ella. Iba con los ojos clavados en el móvil.

Flavie se dio la vuelta, asustada de que la hubieran pillado de esa manera.

—Pero ¿tú qué haces aquí? ¿Flavie Sardou… descalza? Si subo esto, ¡me hago viral!

Marissa Lozano, en persona. Perfectamente iluminada incluso bajo la luz blanca del vagón. Pelo impecable. Labios glossy . Esa energía de quien tiene claro que siempre hay una cámara…, aunque no la haya.

Flavie la conocía de las fiestas a las que solía acudir como escritora, a las que Marissa iba invitada como maquilladora de efectos especiales.

Pero en realidad era mucho más: rostro, marca, millones de seguidores pendientes de su siguiente transformación.

En menos de diez minutos, conseguía cambiar a una mujer en hombre, y hasta ponerle rostro de animal.

Era un genio no solo con el cambio de apariencias, sino por las imitaciones que también subía a TikTok.

A Flavie le caía bastante bien por ser una de las únicas auténticas en esa galería de personajes virtuales.

—Lo mismo te digo. ¿También invitada?

—Total. Promoción a lo bestia. —Marissa miró sus pies descalzos y sonrió—. Tengo de todo en mi cabina, sweeti . La treinta y ocho. ¡Cuando quieras!

Flavie le sonrió agradecida, indicándole que todo estaba bien. Marissa la acompañó hasta su cabina y se despidieron en la puerta.

Aún embriagada por su paseo con Nicolás por Múnich —la huella, la leyenda, la despedida precipitada—, se sentía también rendida a causa de todas las emociones experimentadas.

Esa noche no iba a necesitar ni medio Valium para dormir, se dijo.

Ya empezaba a estar acostumbrada al movimiento incesante, al ruido esporádico de las ruedas metálicas rozando las vías…

, incluso a su cabina, en la que veía todo tipo de cosas o simplemente las imaginaba gracias a ese cuaderno. Por cierto, ¿dónde estaba?

Lo vio en la distancia y se tranquilizó.

Se tumbó en la cama mientras lo abría por donde había dejado de leer la víspera.

Había encontrado su tesoro.

En ese cuaderno, una voz deseaba ser escuchada, una voz que se le había revelado a ella y solo a ella.

Domingo, 23 de mayo de 1920

El tren avanzaba con su vaivén obstinado cuando me descubrí todavía atrapada en el eco del sueño.

Hacía años que no soñaba con mi madre de ese modo: tan nítida, tan próxima, como si hubiera estado tumbada a mi lado compartiendo mi cabina.

Me desperté con la sensación de que me había rozado la mejilla con los dedos.

Las historias de mamá regresan sin previo aviso, palpables, personales hasta el punto de que siento que las he vivido. Escenas que ella me contó una y mil veces cuando yo era una niña ahora se confunden con mis propios recuerdos.

Esta noche, todo es blanco. Y, cuando eso ocurre, sé que estoy en julio de 1880, en el hospital de la Salpêtrière.

La lámpara apenas ilumina el pasillo, y todo huele a alcanfor y a miedo.

Reconozco a mi madre muy joven, tanto que parece una cría. Percibo en ella soledad, incomprensión y a la vez inocencia.

Ella vive su vida en ese hospital como si se tratara de una obra de teatro.

Todo es blanco. La bata del joven médico. Las paredes altas y desnudas. La sala, aséptica, sin alma. Un escenario de cal viva.

Y, en mi mente, también lo veo a él. Camina por el patio, satisfecho. Casi tan joven como mamá.

Ella, Augustine, se mueve como una peonza bajo los castaños del patio, al lado de las otras internas. En cuanto ve a su médico de lejos, se le dispara el corazón. Le gusta sentirse deseada, amada, en brazos de un muchacho poderoso.

Un día, piensa equivocadamente, la sacará de esas paredes y se hará actriz.

Actuar es su único refugio en esa vida entre paredes en las que no hay ninguna esperanza.

Et voilà!

El sueño de Augustine es ser actriz de music-hall .

Con lo bonitas que tiene las piernas, le ha dicho el médico mil veces, las enseñará a un público elocuente, admirativo, sin tener que imitar esos trucos de magia que la obliga a adoptar el doctor Charcot, como si tuviera continuamente ataques de histeria.

Desde pequeña, mi madre padece esos ataques.

Ni recuerda cuándo empezaron. En brazos de su tío, en brazos del amante de su tía, en las calles de París, trabajando de camarera en casa de los señores Durand, quién sabe. Ahora está en ese hospital, y el doctor Charcot… la cuida, la trata con una dulzura áspera, la cura.

Jean es otra cosa… También es más joven que el doctor Charcot. Y no está casado. Aún no.

En el escenario, Augustine finge la histeria.

Los ataques no vienen así, de repente, tras un chasquido del médico.

No solo la han cogido porque es guapa, sino porque ella sabe hacerlo mejor que ninguna de las internas, que la envidian abiertamente.

Aun así, uno se pregunta quién en todo París es capaz de creerse que esos movimientos, esas contorsiones, esos gestos que ella hace son reales.

Solo esos babosos de negro que creen que una mujer es un animal diferente.

Pero entre el público siempre aparece él.

Jean, su Jean, y con eso le basta.

Tres días antes de su huida, fue su última representación.

«¡Eres la mejor, Augustine!», le dice después en su consulta, donde siempre la desnuda, varias veces por semana, para, como él le explica, «jugar».

Aunque solo tenga diecisiete años, Augustine sabe que no es ningún juego.

«¡Me vuelves loco cuando te arqueas, te doblas, te retuerces! Te adoro, vida mía, ven aquí».

Y Augustine se lo cree. Le obedece y se arquea como el alambre que corona los muros de esa inmensa casa de la Salpêtrière. Se siente un puro metal al que retuercen, una y otra vez, médicos deslumbrados por sus comedias.

Mientras la posee, en ocasiones se pregunta cómo podrá vivir fuera de esa bella cárcel en la que espera constantemente las visitas de Jean.

Luego Jean, satisfecho, se va. Tiene trabajo. Otras pacientes. Su prometida.

Deja a Augustine desvestida, tirada donde sea en esa consulta que huele a sangre y a desinfectante.

Ese día, cuando Jean se marcha, veo cómo mi madre se levanta del suelo de mármol frío. Por un instante, cierra los ojos, quizá para no sentir el escozor. Luego, de pie frente al lavamanos, se mira en el espejo.

La veo, como tantas veces, y lloro en mi cama.

Su dolor es mi dolor.

La viola…, y ella cree que es amor.

Pero, esa noche, algo cambia.

Delante del espejo, mi madre observa un instante su melena negra y enredada.

Agarra un peine para borrar su rebeldía y se lo clava en ella.

Ese pelo encrespado y raído fue un día lacio y castaño.

Entonces se fija en unas tijeras y, mechón tras mechón, se va cortando el cabello, que cae al suelo como muerto.

En el espejo, el reflejo de su rostro ha dejado de ser el suyo.

Ya no es Augustine, sino que parece un Augustin cualquiera, uno de esos hombres dominantes, sabios, arrogantes que se creen los dueños de todo París.

Se ríe y empieza a poner expresiones de caballero.

Los imita a la perfección, ¡menuda actriz está hecha!

Unas veces es el padre, otras el tío, otras Charcot, de nuevo Jean. Todos, con ella, son animales salvajes.

Acaricia ese reflejo marchito en el espejo que le da fuerzas. Y decide llevarse el espejo. Ese objeto es la prueba de su transformación, piensa en su mente infantil.

Colgado de la puerta, descubre también un sombrero, el abrigo negro del médico y un paraguas. Augustine se lo pone como su nuevo disfraz. ¡El abrigo le queda inmenso, pero qué importa!

Abre la puerta del consultorio y sale con la cabeza bien alta y un andar apresurado, seguro, avasallador, ese que ha imitado en tantas ocasiones en el cuarto con las otras internas. «Augustine, ¡solo estás cuerda cuando haces comedia!», le dicen todas.

Ahora es actriz, una actriz de verdad, de las grandes, una Sarah Bernhardt interpretando a su violador.

Una vez fuera del consultorio, camina. Camina y camina por ese pasillo oscuro, infinito, que ha recorrido tantas veces desde que entró en el hospital, hasta que llega ante un portón.

Sin levantar la cabeza, saluda al conserje con gesto cansado. De lejos, él ha visto el sombrero del doctor, lo conoce de sobra, así que le abre la puerta y vuelve a dormitar. Augustine ya se lo sabe.

Y entonces, como por magia, pone un pie en el exterior de la Salpêtrière. Camina por la calle asfaltada, húmeda por la lluvia que desde hace días no deja de caer. Ahora camina rápido. Acelera. Fuera, se ve a una joven correr bajo la lluvia.

¡Libre! ¡Ya es libre!

La escena me llena de alegría, en medio de mi llanto.