La pasajera del Orient Express Capítulo 15
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Capítulo 15

Cuando Flavie y Nicolás bajaron del tren, la estación de Múnich respiraba ese deseo de fuga, esa sensación de viajero a punto de empezar su recorrido.

Caminaron deprisa, evitando chocarse con los demás, evitando ser reconocidos por los otros pasajeros que, sin embargo, se mostraron más lentos en salir de sus vagones.

Nicolás la sujetaba de la mano con naturalidad queriendo alcanzar la salida. Parecía saber exactamente adónde iban.

—Para las fotos, he pensado en Marienplatz, ¿qué te parece? —dijo mientras alzaba la mirada para orientarse—. Múnich no es enorme, pero esos zapatos que llevas… Mejor cogemos un taxi. Creo que lo agradecerás. La plaza es muy fotogénica. Tiene justo el contraste que buscas.

La plaza, amplia y solemne, parecía sostener el cielo.

Las torres del ayuntamiento se elevaban con un aire medieval que contrastaba con el azul limpio de la mañana.

El viento corría ligero, levantando un polvo casi imperceptible y liberando mechones de pelo mal recogidos.

Sobre sus cabezas, bandadas de pájaros volaban en círculos como si también ellos celebraran el saberse en libertad.

Flavie se detuvo unos segundos. La plaza le recordaba a Venecia, adonde había ido hacía poco para promocionar su última traducción al italiano.

Ziana, su personaje principal, esa joven a la que ella debía parecerse, vivía sus últimas aventuras en Italia, ¿y qué mejor que Venecia para perderse como en otro siglo?

Pero ahora Múnich, con esa mezcla de dulzura y rigor alemán, le parecía mejor.

El ayuntamiento se alzaba recortado contra la luz, lleno de pináculos, sombras y relieves que parecían diseñados para la cámara.

La plaza latía con un pulso propio, un corazón vital lleno del gentío formado tanto por turistas como por ciudadanos.

Flavie vio asiáticos que alzaban palos para tomarse selfis con el panorama de una ciudad que parecía de cuento de hadas, también ciclistas que cruzaban la calzada con determinación.

Todo ocurría a la vez, como si el viento arrastrara a las personas de un extremo a otro.

—Ponte ahí —indicó Nicolás señalando el empedrado frente a la fachada—. Con las gafas.

Flavie giró sobre sí misma con un gesto teatral.

Mientras avanzaba hacia el empedrado, su traje colorido se desplegaba con cada paso, moviéndose como una extensión viva de su ánimo.

Nicolás levantó la cámara y empezó a disparar, casi sin pensar, siguiendo el ritmo natural de sus movimientos.

No buscaba una pose fija, sino la transición entre expresiones: la risa, la mirada, el segundo exacto en el rostro en el que aparece la identidad, esa espontaneidad que descubre el alma de cada uno de nosotros.

Ella, acostumbrada a posar para las fotos, parecía transformarse delante del objetivo. No se tensaba. Quería bailar, ajustarse al compás de la velocidad del viento, de los pájaros, de los caminantes, como si todo hubiera sido una coreografía ensayada. ¿Estaba posando o soñando?

En un momento dado, cerró los ojos y dejó que la brisa le acariciara la cara. Nicolás capturó ese segundo y, por un instante, tuvo la impresión de que algo lo unía a esa mujer que acababa de conocer.

—¡Me encanta este sitio! —gritó Flavie riendo desde la distancia con la melena alborotada en torno a su rostro.

«Y a mí me encantas tú», estuvo a punto de soltarle Nicolás, pero al final consiguió tragarse las palabras.

—¿Subo las fotos?

—¡Lo que tú quieras! A mí déjame disfrutar. No pienso quitar el modo avión de mi móvil. ¡Paso de los millones de mensajes que me estará mandando mi madre!

En menos de diez segundos, la foto que acababa de subir a la cuenta de Flavie tenía ya ciento quince likes, y el número seguía subiendo.

Nicolás bajó el móvil al instante. El mundo entero parecía reclamarla al mismo tiempo: notificaciones, corazones rojos, comentarios que no dejaban de multiplicarse.

Y sin embargo, allí, bajo aquella luz y con el viento jugando en su pelo, ella estaba solo para él.

Sonrió con una mezcla extraña entre el orgullo y el vértigo.

—Sígueme —se limitó a decirle.

A pocos pasos del ayuntamiento, llegaron frente a la catedral de Nuestra Señora, un imponente edificio gótico coronado por cúpulas verdes que se recortaban contra el cielo.

—¡Qué maravilla! —exclamó Flavie abriendo mucho los ojos.

—Sí —dijo Nicolás—, pero no es exactamente esto lo que te quiero enseñar. Entremos y te cuento. Ya no nos queda mucho tiempo… ¿Te atreves a colarte?

—Claro —respondió Flavie con una sonrisa cómplice.

Mientras ella posaba un momento frente al portón de hierro para una foto, Nicolás deslizó la mano hacia la puerta lateral y, con un gesto rápido, consiguieron entrar en la catedral.

Dentro, la atmósfera cambió por completo. Flavie se detuvo y abrió los ojos más aún.

—No hay ventanas —dijo mientras recorría rápidamente la inmensa nave con la mirada.

—En realidad, sí —contestó Nicolás, y señaló hacia el fondo de la nave—. Aunque solo una. Pero eso no es lo único sorprendente de esta catedral.

Flavie permaneció en silencio dejando que la envolviera una atmosfera que le resultaba pesada, ajena a lo que acababa de vivir.

Sus pasos se hacían tan lentos que se sentía arrastrada suavemente hacia delante por Nicolás mientras la guiaba hacia el otro extremo de la catedral. Pero de repente se paró.

—Lo siento… —murmuró, como si desde que habían entrado las palabras le pesaran más que el aire de la nave—. No sé qué me pasa. Es como si el cuerpo me hiciera ghosting , te lo juro.

Nicolás sonrió.

—Venga, que ya queda poco. No te vas a decepcionar —la animó mientras intentaba hacerse cargo de su peso al tiempo que la guiaba con cuidado por el alargado pasillo donde se cruzaban con un sinfín de personas que apenas respetaban el silencio sagrado del lugar.

Sin entender qué le pasaba, Flavie sentía claustrofobia. El golpeteo de sus tacones sobre el suelo de mármol le devolvía un eco que se le metía hasta los tímpanos, y de pronto no solo no podía avanzar, sino que ni siquiera era capaz de mantenerse apoyada en el brazo de su acompañante.

Nicolás se detuvo en seco.

—Ya hemos llegado.

—¿Llegado adónde? —preguntó Flavie con voz de fastidio, al límite de sus fuerzas.

Él señaló hacia abajo.

—A tus pies.

Flavie bajó la mirada. Allí, incrustada en la baldosa, una huella negra, profunda, rompía el decorado habitual de la catedral.

—¿Y esto…? —balbuceó sin saber si echarse a reír o asustarse—. ¿Es que a un obrero se le fue la pinza?

Nicolás se rio. Guardó silencio unos segundos, dejando que el asombro hiciera su trabajo. Sin embargo, el círculo alrededor de la huella era cada vez más importante, la gente se amontonaba para mirar la famosa pisada. Hasta que Nicolás le contó:

—Es la huella del diablo.

La última palabra se quedó detenida en el pecho de Flavie.

—Uy, sí. Claro. Obvio —respondió—. ¿De quién si no?

—Te lo juro. Cuenta la leyenda que Satanás hizo un pacto con el arquitecto de la catedral, Jörg von Halsbach.

Le prometió no intervenir en la obra si la construía sin ventanas.

Si el arquitecto incumplía, se llevaría su alma.

Veinte años después —continuó Nicolás sin perder la calma—, el diablo vino a comprobarlo.

Se colocó justo en la entrada. Desde allí, no se veía ninguna.

—Pero hay una ventana al fondo —dijo Flavie.

—Exacto. Pero, como el diablo no la vio, su cólera fue tan brutal que dejó marcada su huella en el suelo.

Flavie volvió a mirar la pisada. Se agachó un poco, como si buscara grietas recientes, señales de montaje.

—No sé… —Negó despacio con la cabeza—. Me encanta el drama medieval, pero esta historia tiene más filtros que fundamento. Y esta marca… parece hecha anteayer.

Nicolás se encogió de hombros.

—Es una leyenda. Y ahora tenemos que darnos verdadera prisa. El tren sale en veinte minutos.

—¿Veinte? Pero ¿estás loco? ¡Vamos!

Y salieron casi riendo, casi tropezando con los demás visitantes, abandonando al fin ese lugar que a Flavie le había resultado siniestro.

Fuera, la ciudad respiraba indiferente a pactos antiguos y huellas imposibles.

Detuvieron el primer taxi que pasó frente a la catedral y se subieron sin mirar atrás.