Capítulo 14 #3
Flavie parecía diferente. «Se habrá pasado la mañana escribiendo», pensó Nicolás.
Tenía el pelo recogido sin pretensiones, un nudo improvisado en lo alto de la cabeza del que escapaban mechones rebeldes.
Llevaba grandes gafas de pasta que acentuaban su mirada.
Sin maquillaje, sin pose, sin la armadura habitual de las entrevistas.
A Nicolás no solo se le antojó más verdadera, sino también mucho más peligrosa.
En ese instante parecía únicamente una mujer sorprendida en mitad de una frase.
Al no tener respuesta inmediata, suavizó el tono.
—Se me ocurrió que aquí podríamos hacer algunas fotos. En Múnich vamos a parar unas horas. No da tiempo a mucho, pero ¿por qué no aprovechamos para sacar algo interesante?
A Flavie se le iluminó la cara. La sola idea de pisar un suelo que no se moviera constantemente ya le parecía una fantástica.
Observó a Nicolás con atención renovada.
Había algo magnético en la manera en que él le sostenía la mirada, en el modo en que su presencia alteraba el aire del compartimento.
—¿Múnich? —repitió al fin, como si esa palabra fuese una posibilidad de romper la rutina del tren.
—Te quedan muy bien las gafas. No te las quites.
¡La había tuteado! Nicolás lo dijo de golpe, como si la frase se le hubiese escurrido antes de poder detenerla.
Y enseguida se arrepintió. Su abuela solía reprocharle esa costumbre suya de hablar sin filtro: «No todo lo que se piensa debe decirse, muchacho».
Pero Flavie pareció relajarse y, de cierta manera, volvió a su realidad.
—Ah, sí. ¿Estás de broma? Tengo prohibidísimo salir con estas gafas en redes. Son mis gafas-de-escritora-intensa. Bajón estético total. —Arqueó una ceja por encima de la montura—. Pierdo a la mitad de mis seguidores en tres minutos.
Nicolás se rio, más aliviado de lo esperado.
—Pues que se vayan —murmuró.
—¡Sí, hombre! Y yo directa a la calle a continuación.
Hubo un silencio breve. Los dos sentían que la velocidad del tren les daba también cierta urgencia.
—Vale —dijo Flavie al fin apartándose del marco de la puerta—. Dame dos minutos. Si vamos a bajar en Múnich, hagámoslo bien. Me pongo uno de mis trajes old fashion , rollo musa decadente del Orient Express, y fingimos que todo esto es espontáneo.
Y, dirigiéndole una mirada que Nicolás no supo interpretar del todo, le cerró la puerta. Él se quedó en el pasillo y suspiró, todavía con su perfume alrededor. «Muy guapa con sus gafas —se dijo—. Que no se las quite».
El tren desaceleró su marcha y se detuvo en la estación.
Nicolás había aprendido que en los corredores del Orient Express las intimidades nacían con una facilidad engañosa, producto de esa cercanía impuesta por el viaje.
Allí, las vidas se rozaban apenas para luego desvanecerse como si nunca hubiesen coincidido.
Durante años, había procurado mantener una distancia prudente con los pasajeros. Solo en contadas ocasiones se había permitido flotar con ellos en esa atmósfera donde el tiempo parecía plegarse: alguna camarera de paso o aquella noche efímera con Charlotte Wilkenstrum.
Sabía bien que cuando las ruedas dejaban de recitar su monótona poesía de hierro al detenerse en alguna ciudad europea —lugares donde también ellos, los que trabajaban a bordo, perdían momentáneamente su identidad— todo lo vivido se diluía.
Igual que el perfume embriagador que los pasajeros dejaban tras de sí al final del trayecto, un rastro que se desvanecía sin remedio.
Sin embargo, Flavie Sardou era distinta. Joven, guapa, con una energía luminosa que rompía la languidez habitual del tren. Había algo en su forma de mirar —una mezcla de curiosidad, vulnerabilidad y un deseo apenas insinuado— que lo perturbaba más de lo que estaba dispuesto a reconocer.
¿De verdad quería dejarse arrastrar por esa posibilidad?
Sabía que, al llegar a destino, ella volvería a ser otra, la escritora famosa que había visto en redes, y él, el camarero con pretensiones de fotógrafo.
Dos mundos paralelos. Aquello que ahora sentía —esa suave tensión, esa intuición de algo a punto de nacer— quedaría suspendido en una memoria imaginaria, como el eco de un sueño que se desvanece en cuanto uno abre los ojos.
Todo eso, lo sabía de sobra, era como vivir en un mundo virtual.
Dentro de la cabina, Flavie sintió un entusiasmo renovado. Así era ella, capaz de pasar de la mayor melancolía cuando escribía a sentir una energía insaciable. Sacó del armario el vestido de color coral y se lo puso. Acto seguido, se arregló un poco el pelo y abrió la puerta.
Cuando salió, encontró a Nicolás esperándola en el pasillo. La sorpresa en su mirada seguida de un silencio que lo llenó todo fueron prueba suficiente: el efecto era innegable.
—¡Vamos! —dijo él por fin con una sonrisa que apenas disimulaba la impaciencia—. El tren acaba de detenerse en Múnich y sé adónde quiero llevarte para las fotos.
No esperó la respuesta de Flavie. Bajaron juntos. Nicolás le ofreció la mano para ayudarla y, quizá sin darse cuenta —o quizá por voluntad—, no la soltó durante todo el trayecto por la estación.