La pasajera del Orient Express Capítulo 14 #2
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Capítulo 14 #2

Apartó la mirada, incómodo, y se llevó la taza a los labios, más por ganar tiempo que por necesidad.

No había ya nada dentro. Flavie agradeció que no la interrumpiese con una carcajada.

Quizá, después de tantos trayectos en esos vagones de lujo, sabría algo.

Quizá aquel hombre peculiar que parecía haber nacido en un palacio con una copa de champán en la mano había aprendido a oír todo tipo de historias improbables.

—Su rostro… o el mío tenía dos mitades que no encajaban. El lado izquierdo era sereno. Pero el derecho… —Tragó saliva—. Estaba marcado. Desfigurado, como si el fuego lo hubiera arrasado.

Esa historia le resultaba demasiado familiar a Fabrice.

Encajaba con rumores sobre la cabina dieciséis; relatos que circulaban en voz baja entre el personal veterano y que jamás encontró en los folletos dorados del tren.

Se hablaba de hechos inexplicables en aquel compartimento estrecho, de un incidente ocurrido décadas atrás, motivo por el cual dejó de utilizarse.

Quizá era la imaginación de esa escritora que tenía tendencia a narrar la vida como si cada escena fuera el capítulo de una novela en ciernes.

Una cosa era perseguir una joya desaparecida y otra muy distinta insinuar la presencia de alguien en el espejo.

Lo razonable era pensar en un reflejo deformado por el cristal antiguo, por la madera oscura, por la luz inestable de la lamparita de la habitación. Por el cansancio. Por el alcohol.

—Las cabinas que no han sido completamente remodeladas —explicó en tono didáctico— conservan un revestimiento de madera muy oscura. De noche, el ambiente puede parecer… algo tétrico. Me imagino que la combinación de sombras y movimiento…

—¿Me estás escuchando? —lo interrumpió Flavie, consciente de lo inverosímil que sonaba su relato.

Fabrice alzó las manos en un gesto conciliador.

—Por supuesto, querida. Y me temo que de este viaje vas a sacar una novela extraordinaria.

Flavie lo miró un instante, indecisa. Luego disparó la pregunta sin previo aviso:

—¿Has oído hablar de una tal Louise?

Fabrice se atragantó con el café. Tosió con discreción, aunque el sobresalto fue evidente.

Louise.

Era el nombre que Leopoldina mencionaba al recordar aquel viaje funesto.

Según sus investigaciones, esa mujer debió de ser quien robó la joya.

Sin embargo, ningún registro oficial recogía su existencia.

Nada. Ni billete ni documento ni fotografía de ella en aquel viaje.

Solo el testimonio obstinado de Leopoldina, que afirmaba —con la convicción de quien conoce los pliegues del pasado— que aquella pasajera había subido al tren en el trayecto París-Estambul de 1920…

y que jamás se la vio bajar. Del mismo modo que tampoco se volvió a ver al célebre Archibald Oswald Nerea, pero esa era otra historia.

Fabrice dejó la taza en el platillo con sumo cuidado. Poco a poco, el restaurante se había vaciado y los camareros terminaban ya de recoger los restos del desayuno.

—Si quieres, puedo tratar de averiguar algo sobre esa mujer —dijo—. Pero debo confesarte que nunca he oído nada sobre esa tal Louise.

Flavie volvió a su cabina y pasó en ella buena parte de la mañana mientras el tren avanzaba hacia el este.

Se dio cuenta de que ni siquiera se había molestado en mirar el itinerario.

Y, por primera vez en mucho tiempo, no tenía ni idea de dónde estaba ni adónde se dirigía exactamente.

Cogió el folleto que reposaba en la mesa desde que entró por primera vez en su cubículo y leyó:

✧ EL REGRESO DE UNA LEYENDA ✧

Inauguración oficial - El Orient Express

Bienvenido a bordo.

Hoy comienza un viaje que trasciende el tiempo. El Orient Express revive el espíritu dorado de los grandes viajes europeos, invitándole a recorrer las ciudades que marcaron su historia y forjaron su leyenda.

Durante esta travesía inaugural, el tren realizará paradas en:

✧ Múnich

Una elegante escala de unas horas para pasear entre avenidas monumentales, cafés históricos y el refinado pulso bávaro que sedujo a viajeros de otra época.

✧ Budapest

Una jornada completa para sumergirse en la majestuosidad del Danubio, sus puentes imperiales y románticas calles empedradas. Se servirá una cena en el restaurante Bobo’s Harry’s Bar. Los pasajeros pasarán la noche en el hotel Gresham Palace.

✧ Bucarest

Breve estancia para descubrir el encanto inesperado de la llamada la Pequeña París del Este, donde la arquitectura de la Belle Époque dialoga con la modernidad vibrante.

✧ Estambul

Destino final y eterno símbolo del misterio oriental. La ciudad donde Europa y Asia se dan la mano, y donde cada viajero culmina su travesía.

En cada parada, nuestros pasajeros podrán descender y disfrutar de tiempo libre cuidadosamente planificado: unas horas en Múnich y Bucarest, un día y una noche en Budapest.

Cada ciudad fue, en su tiempo, escenario del paso de diplomáticos, artistas, espías y soñadores que convirtieron el Orient Express en un mito.

Hoy, esa historia continúa.

Y usted forma parte de ella.

✧ Le deseamos una travesía inolvidable ✧

Ciudades para hacer soñar, en eso el folleto tenía razón.

Flavie no conocía ninguna de ellas, y mira que había viajado.

Suspiró, y al momento deseó visitar todos esos lugares tan cargados de historia con sus viejos amigos del Liceo Francés.

Sentada en el sillón de la cabina, sacó el móvil para mirar sus fotos.

Llevaba horas sin mirarlo. Horas. Ella. Sin abrir los mensajes de su madre, que seguro ya iba por el tercer «¿Estás bien?

» y el cuarto «Respóndeme cuando leas esto», sin cotillear Instagram, sin subir ni una story del desayuno en el Orient Express.

Era como si el tren la hubiera puesto en modo avión mental.

Miró en el móvil fotografías, historias de los demás.

También de ella, fotos subidas por ese camarero-que-también-era-fotógrafo-que-también-era-mayordomo.

¿Por qué en ese tren todo el mundo parecía tener más funciones y secretos que nadie?

, se preguntó. Porque secretos guardaba, sin duda, ese chico, Nicolás; sus miradas se habían cruzado demasiadas veces para que fuera casualidad.

Estaba casi segura de que le había sacado más fotos de las pactadas por Nacho.

Muchísimas más, vamos. La cámara siempre lista.

Ella sabía posar con esa media sonrisa ensayada.

No obstante, había algo en ese juego silencioso que le gustaba. Esa tensión suave, casi cinematográfica, en ese espacio en movimiento. ¿No era eso lo que quería su editor? ¡Pues toma historia!

Pero se cansó pronto de su móvil. Sentada junto a la mesa minúscula, pensaba en lo que saldría de todo eso.

Sus ideas se formulaban solas en su mente, se mezclaban casi atropellándose.

No era exactamente inspiración; era más bien la sensación de que, si no lo ponía en el papel, la historia iba a adelantársele.

El personaje de Louise llamaba a su puerta, como si fuera una cuenta atrás.

A veces, levantaba la vista y se quedaba contemplando por la ventanilla, como si estuviera en otro lugar.

Todo era de un verde exagerado. Un verde que parecía respirar bajo la luz suave de la mañana y desaparecer en segundos, engullido por la velocidad del tren.

Pensó que llevaban ya más de veinticuatro horas viajando.

En algún momento de la noche, habían dejado Francia atrás.

Esas aldeas ordenadas, las casas de madera con jardines diminutos, manchas de flores colocadas… , todo eso tenía que ser Suiza.

Esa calma casi estética la inquietaba. Como si el paisaje fuera demasiado bonito para la historia que se estaba formando en su cabeza. Cuanto más silencioso parecía el mundo ahí fuera, más peso ganaba dentro de ella el nombre de Louise.

Y el reflejo. Sobre todo el reflejo. Durante horas había evitado mirarse de nuevo en el espejo. Sentada literalmente de espaldas a él. Lo que fuera menos arriesgarse a cruzarse con esa otra versión de sí misma. «Qué absurdo es todo», se repetía. Pero la sensación no desaparecía.

Al cabo de unas horas llamaron a la puerta. Flavie miró el móvil. «Madre mía, la una». El tiempo había volado. Antes de abrir, intentó poner orden en la cabina: las prendas, las sábanas, todo por el suelo…, y de repente lo vio ahí. El cuaderno. Había que esconderlo.

—¡Un segundo! Ya voy…

Cuando por fin abrió, vio a Nicolás apoyado con un gesto distraído, mirándola con una sonrisa entre la cortesía profesional y un impulsivo deseo menos confesable.

—Hola. ¿La interrumpo? Vamos a llegar a Múnich