Capítulo 14
Flavie despertó con el pálido sol del amanecer filtrándose por la ventanilla.
Fuera, sus rayos proyectaban una luz tibia que fundía la humedad del vidrio en movimiento.
Durante unos segundos, se sintió desubicada.
Pero, en cuanto abrió los ojos, el traqueteo del tren, el aroma de la madera encerada y el olor del terciopelo viejo le devolvieron la conciencia del lugar.
Se había quedado dormida leyendo el diario de Louise. Seguía tendida sobre la colcha, como si la noche hubiera pasado sobre ella sin tocarla. Las sábanas, intactas, parecían conservar el orden de la víspera. Ni siquiera recordaba haberse acostado. «Qué extraño», pensó.
En la mesilla vio el cuaderno de cuero abierto. Y entonces todo le vino a la mente.
«Los efectos del somnífero», se dijo, intentando encontrar lógica en aquel vacío mental que se había apoderado de ella. Había aprendido a reconocer ese instante preciso en que el cuerpo se rinde, dócil, ante el sueño impuesto, como si alguien, desde dentro, apagara la luz.
La memoria de la noche anterior regresó de golpe: su llegada al tren, la cena, Fabrice, Nicolás…
El cuaderno encontrado.
Ahora, todo se mezclaba en su mente en una secuencia inconexa de palabras, voces, gestos.
De momentos. Como si fueran unas imágenes rotas que se confundían con el movimiento del vagón y las burbujas del champán.
El dolor de cabeza le recordó que, otra vez, había bebido más de la cuenta y había trasnochado, en esta ocasión leyendo.
Se incorporó despacio y caminó hasta el pequeño lavabo.
El agua fría sobre la piel le devolvió una sensación de realidad, un anclaje tenue en medio del desorden de la habitación. Alzó la vista hacia el espejo. Y entonces lo recordó.
El espejo.
El reflejo.
Louise.
Esa mujer desfigurada que, sin saber cómo, se había instalado en su pensamiento como un huésped no invitado. Porque tras su rostro, entre los destellos de la mañana y la penumbra del vagón, Louise estaba allí. De nuevo.
Flavie apartó la mirada conteniendo el temblor que le subía desde el estómago. Apoyada en el mueble, trató de serenarse.
Lo más probable, se dijo, era que todo fuera una ilusión, una proyección más de su mente cansada. Ya le había ocurrido. Su psicóloga lo llamaba disociación. Le recomendaba escribir, fijar en el papel aquello que la mente no podía sostener. Tal vez eso había hecho anoche…, aunque no lo recordara.
Pero en esta ocasión era distinto. Primero, porque el rostro solo aparecía en el espejo. Segundo, porque esa mujer la miraba a ella, no al revés. Louise quería algo de ella.
Flavie volvió a alzar los ojos. Y ahora, con su insistencia, el cristal opaco tras los años le devolvió únicamente su propio reflejo: una joven recién despertada, con la melena revuelta y los ojos enrojecidos.
Louise había desaparecido.
«Mi imaginación», pensó Flavie, y sintió un alivio casi físico.
Cerró el grifo del lavamanos como si con ello pudiera apagar también los pensamientos que la estaban devorando.
No quería seguir dando vueltas a historias absurdas que se colaban en su cabeza cuando menos lo esperaba.
Las bloqueó. Se vistió rápido, con esa mezcla de nervios y prisa que solo sientes cuando necesitas urgentemente marcharte de un lugar.
Tenía clara una cosa: salir de esa cabina ya.
El diario de Louise contaba el esplendor pasado del Orient Express.
Mientras Flavie caminaba por los pasillos constataba que la réplica era perfecta, como si ese viaje en el tiempo fuera real.
Cada paso la llevaba más y más cerca a esos años de principios del siglo XX , un momento lleno de glamour y secretos ocultos que comenzaban a envolver todo.
«Fascinante», pensó. Salvo tres vagones reservados exclusivamente para las cabinas de los pasajeros, el Orient Express estaba dispuesto con una gracia casi teatral, diseñado para que el viajero pudiera entregarse al placer del trayecto.
Salones revestidos de madera noble, restaurantes en los que se servía con porcelana y plata, se confundían con conversaciones en voz baja, y bares en los que, al caer la tarde, se escuchaban confidencias.
Parecía que todos se hubieran puesto de acuerdo para hacer del viaje una experiencia cercana a una película.
En los pasillos, Flavie se dejó arrastrar por el aroma del café recién hecho y el murmullo apacible del interior del vagón.
El desayuno se servía en otro coche, uno que parecía más largo.
Ese restaurante estaba cargado de detalles brillantes, con pequeñas lamparillas sobre cada mesa que emitían una luz cálida y verdosa.
La música relajante había cesado, lo que Flavie agradeció.
El olor a cruasán recién horneado y a café humeante se volvió más intenso, despertándole el apetito.
Vio una mesa vacía cuando, de repente, oyó su nombre.
Al otro extremo del vagón, Fabrice le hacía gestos para que se acercara.
—¡Buenos días! —la saludó con una sonrisa cargada de picardía—.
Parece que has pasado una noche tan movida como el tren.
¿Sabías que el Orient Express desacelera para que los pasajeros podamos dormir más tranquilos?
Aunque, por tu cara, diría que a ti no te ha hecho mucho efecto, sigues medio dormida.
Flavie se extrañó del cambio en Fabrice. La tuteaba, como si fueran viejos conocidos.
Pronto, se acercó una camarera con café y una cesta repleta de tostadas y bollería. Aunque se le hizo la boca agua, Flavie se contuvo, más por costumbre que por sentido de la obediencia.
—Creo que mi madre dejó unas galletas sin gluten ni azúcar en las cocinas para mi desayuno —dijo a la camarera antes de retomar su conversación con Fabrice—.
Me ha pasado de todo, la verdad. Ni recuerdo haberme metido en la cama y, de repente, me he despertado como si hubiera vivido otra historia entera. Literal.
Él la observó unos segundos sin hallar una respuesta adecuada.
—Ayer estabas agotada —dijo al fin con suavidad—. Quizá lo soñaste. ¿Te ha pasado algo… extraño? —preguntó, y al instante se dio cuenta de que no había conseguido disimular su primera noche en la cabina.
—Sí, algo así… Desde que entré allí siento como que no estoy completamente sola, ¿sabes?
Al principio pensé que era debido al cansancio o que me estaba imaginando cosas.
Pero luego…, no sé, hay algo en ese espejo, en lo oscuro que es, que me hace sentir…
rara. Fabrice, ¿tú sabes algo de mi cabina? O será que solo me está pasando a mí…
Fabrice permaneció en silencio un momento mientras elegía con cuidado el tono que debía usar para que la conversación fluyera con la naturalidad que por milagro parecía imponerse por sí sola.
—A veces los espejos nos engañan, querida —dijo finalmente—. Y en este tren… intentan conservar los muebles, los objetos como en los tiempos antiguos. Son tan viejos que cualquiera podría imaginarse ver todo tipo de cosas.
En la voz de Fabrice, Flavie percibió un leve desconcierto.
—Ya te digo… —replicó, acostumbrada como estaba a que no creyeran del todo lo que decía.
Por un instante, pensó que aquel hombre culto y atento podría comprenderla, ser su aliado en aquel viaje incierto.
Fabrice, sin embargo, notó su desánimo y enseguida se arrepintió del comentario.
Una mezcla de sorpresa e incomodidad se dibujó en su rostro.
A pesar de su conversación, madura en la manera de observar y analizar, Flavie le resultaba demasiado joven.
¿Cómo explicarle los secretos que durante años habían quedado atrapados en aquel espacio que ahora ella habitaba?
—¡Me niego a creer en los fantasmas de esa cabina! —bromeó entonces, intentando aligerar la tensión que se había instalado entre los dos.
—¿Quién ha hablado de fantasmas? —replicó Flavie, herida por la ironía—. ¿Y por qué dijiste anoche al camarero que me llevara a la cabina dieciséis? —Su voz no temblaba en absoluto—. ¿Cómo sabías el número de mi habitación?
—No te olvides de que soy un viejo habitual del Orient Express —contestó Fabrice, contrariado—. No te asustes por tus visiones. Ya sabes que los espejos invierten los rostros. Muchas veces, cuando uno observa su reflejo en la penumbra, halla algo inquietante en la imagen que le llega.
Flavie guardó silencio sujetando la taza de porcelana.
Frente a ella, el vidrio de la ventanilla le devolvía su rostro superpuesto al paisaje en movimiento: llanuras desdibujadas, aldeas que se deshacían como acuarelas bajo la luz pálida de la mañana.
Fabrice tenía razón, apenas se reconocía.
Como si la gravedad marcara sus facciones echándole unos cuantos años encima en una sola noche.
La cafetera de plata relucía sobre la claridad del mantel; el lujo tenía esa forma discreta y antigua que parecía inmune al paso del tiempo.
Fabrice —chaleco impecable, gemelos de oro, el gesto pulido por décadas de viajes en primera clase— la observaba con una curiosidad que procuraba disimular bajo una cortesía casi teatral.
—No es extraño que el espejo se haya utilizado durante siglos para la magia —dijo al fin, con voz más tenue, removiendo el café con lentitud—. En mi cabina apenas hay luz. Tal vez te confundiste. Anoche bebimos bastante… los dos.
Flavie esbozó una media sonrisa incrédula.
—Lo sé. Pero ayer había algo más. No fueron solo el champán ni la falta de sueño. Era… una disimetría. Estaba convencida de que esa imagen no era la mía.
Se interrumpió. Cogió el vaso de agua y lo bebió de un trago. Fabrice guardó silencio de nuevo. ¿Cómo explicarle que aquella historia vibraba en él con una familiaridad inquietante?
—Sigues sin creerme —murmuró Flavie a la vez que clavaba en él unos ojos verdes y jóvenes que no sabían fingir indiferencia.
—No sé qué decirte —respondió Fabrice con un breve carraspeo—. ¿Cómo era esa persona que viste?