La pasajera del Orient Express Capítulo 13
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Capítulo 13

Mi vecino, de la mano de su insólita compañera, parecía llevar horas aguardando frente a mi cabina.

A las ocho de la mañana, cuando abrí la puerta para dirigirme al vagón restaurante a desayunar, me asusté de encontrármelo de frente.

Al instante hice un gesto para cubrirme la parte derecha de la cara con el pelo, pero parecía más preocupado por observar en silencio el paisaje que se extendía del otro lado del inmenso cristal que de mi rostro desfigurado.

—Me llamo Archibald Oswald Nerea —dijo con esa entonación extranjera bastante habitual en los pasajeros de este tren en el que debo de ser una de las pocas francesas—. La observé ayer durante la cena y tengo la impresión de que, como yo, también usted viaja sola.

Sin saber qué contestar, o por miedo a decir algo inapropiado, me metí de nuevo en mi cabina y quise cerrar la puerta en menos de un segundo, pero su pie me lo impidió.

—Disculpe, señorita, yo solo…

¿Qué quería ese individuo? ¿Se habría percatado de mi monstruosidad? La sola idea de ser vista me paralizaba. Entonces se giró hacia la mona, con la misma cortesía con la que uno se dirigiría a una duquesa, y le dijo:

—Pamela, por favor, saluda a la bella dama y pregúntale si quiere desayunar con nosotros.

Nunca nadie me había llamado así, «bella dama». ¿Estaría burlándose? Las palabras me dejaron paralizada. O, peor aún, quizá ese hombre distinguido fingía que no le importaba mi monstruosidad.

De nuevo, intenté escabullirme con excusas improbables y busqué refugio en un dolor de cabeza, pero no resultó. Me cogió suavemente del brazo, como si el gesto no pretendiera retenerme, sino explicarse.

—¿La he ofendido en algo? Pensé que se dirigía a tomar un café.

Su voz, de pronto, había perdido toda jactancia. Sonaba sincera, incluso herida.

—Preferiría que no me llamara bella dama —respondí.

Se quedó callado mientras tuve la impresión de que su mona, Pamela, me miraba con ternura.

Sé que para ella soy una humana más. Ni menos bella ni menos elegante que cualquier pasajero de este tren. Y sonreí de pronto, acariciando apenas uno de sus hombros peludos.

—Lo cierto es que, como Pamela, detesto los rostros uniformes. —Me contestó él con una naturalidad que no me dejó la menor duda—. Y ahora, si acepta acompañarme al restaurante, será un placer para mí conversar con usted.

—No suelo tomar nada por las mañanas —lo corté sin mirarlo siquiera.

—¡Vamos, Pamela! —exclamó—. Di a esta señorita que no se puede perder el desayuno del Orient Express.

Y entonces, de repente, como si supiera que estaba a punto de desmayarme, sucedió algo inesperado: con una delicadeza casi humana, Pamela me tendió la mano.

Archibald Oswald Nerea es chileno y rondará los cuarenta.

Tiene una manera de mirar que desarma, tierna y firme a la vez, sin rastro de condescendencia, debido a sus largas pestañas.

Me habla como si en mi rostro no apreciara diferencia alguna.

Como si no viera la asimetría, la parte de mi cara que apenas se mueve.

Y eso que a veces siento que se detiene en mis ojos más de lo necesario, como si buscara en ellos una historia que no le he contado.

¿Y si te dijera que acabamos pasando el día juntos dentro de este tren que en su marcha parece alejarme no solo de mi origen, sino también de mi propósito y mi destino?

¡Cómo resistirme!

Este personaje habla sin descanso, enlaza anécdotas que cruzan océanos y recorren el mundo entero.

El desayuno se convirtió en almuerzo, y la comida nos llevó casi sin darnos cuenta hasta la cena mientras el tren seguía su curso, atravesando paisajes y poblaciones con un ritmo constante e hipnótico.

Entre una conversación y otra, recorrimos los vagones: salas de estar, rincones de lectura, pequeños espacios donde el tiempo parece aún más lento conforme atravesábamos a gran velocidad varias vidas en una.

A nuestro alrededor, unas cortinas de terciopelo caían hasta el suelo, pesadas y elegantes, como si quisieran recrear la calidez de un salón familiar en una cápsula del tiempo.

Pamela, Archibald y yo seguimos después un recorrido que él improvisó con la seguridad de quien conoce cada detalle de este largo laberinto.

Habla del tren como si fuera su propia casa.

Por ejemplo, en uno de los vagones donde tomamos el té de la tarde —mientras otros pasajeros se entregaban ya a los primeros cócteles—, me estuvo contando que todos los muebles están hechos de cuero de Córdoba, el más preciado en Europa.

Y solo cuando Archibald me indicó que mirase hacia arriba noté que el techo estaba revestido del mismo material, como si la sala respirara a través de esa piel oscura.

Por todo el tren, largas guirnaldas parecían deslizarse sobre las paredes de madera como ondas que nos empujaban hacia delante.

Archibald siguió explicándome que buena parte de la decoración es obra del «gran maestro vidriero y joyero» René Lalique, a quien conoce y del que dijo también que «transforma la simplicidad en otro idioma», sensación que comparto.

Lo que más me impresionó fue el gran panel de cristal.

En él, unas ninfas danzan entre racimos y sarmientos incrustados en caoba procedente de Cuba, tan finamente labrados que jurarías verlas estremecerse al compás del tren.

La luz consigue atravesar el vidrio y las anima con un temblor casi orgánico.

Al parecer, todo es obra de ese Lalique y de otro artista, Louis Majorelle, quienes además compusieron un ramo de flores sobre fondo de plata dispuesto de tal modo que los pasajeros puedan admirarlo mientras cenan en el vagón restaurante.

El conjunto resulta prodigioso: un jardín como surgido de Las mil y una noches detenido en un vidrio, un lujo que parece desafiar la memoria reciente de Europa.

Hemos concluido la jornada en el bar del segundo vagón, revestido también de cuero, donde el aroma del tabaco resulta aún más intenso a medida que cae la tarde.

Nos hemos cruzado de nuevo con la pareja de estadounidenses, ya visiblemente alegres.

Traen consigo un aire de modernidad que parece adelantarse a nuestro tiempo.

Ella exhibe las piernas con una naturalidad que no se conoce en Francia, nuestra Francia, que no hace tanto se desangraba en las trincheras y todavía vive bajo la sombra de la guerra.

Y eso que, a lo largo de todo el tren, flota un aire denso que parece detener el tiempo; un intento de borrar las heridas recientes, de reemplazarlas por una música ligera que aún resuena en mi memoria. En unos meses, desde que dejamos el frente, la vida ha tomado un rumbo que aún me resulta falso.

Tras el velo del humo, algunas mujeres se han entregado al ritmo de lo que Archi llama jazz; sus vestidos negros y ceñidos parecían moverse por sí mismos, felices como si el mundo fuera a terminarse.

Debo admitir que al principio me sentí ajena. Además, descubrí que el vestido que llevaba desde el día anterior —el que me parecía más elegante— no seguía en absoluto la moda que observaba a mi alrededor. Sin contar con que pesaba como un castigo y me producía un calor insoportable.

Archi me ofreció un vermut blanco. Le añadió una aceituna y una rodaja de limón y otra de naranja.

Me explicó que así se bebe en Estados Unidos.

Habla de ese país con la familiaridad de quien nunca echa raíces.

También me ha contado de España, donde vivió con su padre, y de Chile, de donde procede su familia paterna.

Fue educado por su padre, elegante y ausente, entre hoteles con alfombras rojas y camareros de esos que no miran a los ojos.

Como en este tren. Por eso hoy viaja por gusto.

El dinero y una pasión improbable lo arrastran sin descanso.

No te vas a creer cuál es esa pasión: los circos.

Se le ilumina la mirada cuando me habla de carpas de tela, de espectáculos polvorientos en pueblos sin nombre, del olor a serrín que acompaña a los habitantes de esa ciudad movible, nómada o gitana.

Quizá porque allí, según cuenta, en una de esas caravanas, creció de niño con su madre, una tarotista a la que no ha visto desde hace años, rodeado de fieras y acróbatas.

Una vida convertida en una función interminable.

«Si trabajara en el circo —me confesó—, sería prestidigitador».

También me ha revelado que le fascinan los trucos, «no por lo que esconden, sino por lo que revelan».

Parece conocer el nombre de cada mago, payaso y escapista del mundo entero.

Habla de todos como si fueran viejos amigos.

De sus historias, me quedo con una, la de Chang y Eng, los hermanos siameses que vio de niño en el circo: dos cuerpos unidos por el esternón y, aun así, capaces de vivir su propia vida.

Me contó que un comerciante británico los descubrió a principios del siglo pasado y vio en ellos una fortuna.

Tardó años en convencer a su familia para que los dejará marchar a Occidente.

Con él emprendieron una gira que los llevó de feria en feria durante cinco años, hasta hacerlos célebres.

A través de esas vidas que Archi describe —reales o inventadas— de esos seres marginales, desplazados, criaturas a medio camino entre la maravilla y la tristeza, siento que me señala un lugar.

«De ahí vengo —me dijo en voz baja—, de la mugre y la opulencia. Por eso nada me sorprende. —Y añadió—: Todo en el circo es una farsa. Pero también es lo que llamamos realidad».

Y quizá por eso junto a Archi me siento a salvo, aunque no llegue a creer del todo sus palabras. Hoy me ha revelado el mundo que me rodea a través de sus ojos. En esa sonrisa permanente que acerca a mi rostro mientras me dejo llevar por sus relatos.

Un mundo hecho a su medida.

Un refugio donde, por un instante, también encuentro mi lugar. Un lugar en el que no existe mi lado quebrado, áspero y despiadado.

Allí, convivo con mis dos facetas distintas de una misma alma.